El rey de la comedia (The King of Comedy, 1982)

  17 Agosto 2020

Trilogía del sueño americano: La fama a cualquier precio

king-of-comedy-10¿Qué características son necesarias para hablar de una trilogía fílmica, aparte del hecho evidente de contar con tres entregas? ¿Es necesario que cuente una historia humana y cronológicamente vinculada, con un retrato de la vida de los mismos personajes a lo largo de diversos episodios? Resulta evidente que en este caso nos hallaríamos más bien frente a lo que se denomina «saga», y en este caso, no parece que pudiéramos vincular tres películas tan aparentemente distintas como Taxi driver (1976), Toro salvaje (1981) y El rey de la comedia (1982) en una trilogía... de no ser porque su protagonista es el mismo.

Puede que de lo que antecede alguien haya podido interpretar que me estaba refiriendo a Robert De Niro, quien encarna los personajes principales de los tres filmes con registros tan distintos que incluso algunas personas como mi padre, estaban convencidas de que se trataba de tres actores diferentes. Sin embargo, esa sería la respuesta aparente y fácil, porque de lo que estaba hablando en realidad es del protagonismo temático sobre el «sueño americano» y del retrato tan descarnado que del mismo hace Scorsese en estas tres películas.

No es difícil encontrar esta continuidad esencial entre ellas y no creo haber sido el primero en haberlo hecho. Quizá pueda atribuírseles una temática ligeramente distinta —si no es el sueño americano puede ser una trilogía sobre el exitoso fracaso o sobre el encumbramiento de los perdedores—, pero lo cierto es que las tres están fuertemente relacionadas en torno a una nube de ideas común.

Lo que mostraba Taxi driver era una explosiva combinación entre el secular afán justiciero de la sociedad estadounidense, la necesidad de atención que tenían algunos de los desarraigados por esta sociedad, que se sirvió de ellos para después olvidarlos, y la tendencia a encumbrar a los héroes justicieros independientemente de dónde vengan, cuáles sean sus motivaciones y la salud mental de los mismos.

Toro salvaje jugaba de nuevo con la imagen del héroe como juguete roto, y el uso y desuso que de ellos hacía la corrupta sociedad del espectáculo. Del mismo modo, y como describe nuestro compañero Javier Herreros, la lucha de un hombre consigo mismo para poder encontrar su lugar en un mundo que, precisamente por habérselo dado y quitado todo, le resulta imposible de comprender.

El rey de la comedia, la película que nos ocupa, abunda en la idea del retrato descarnado de la sociedad del espectáculo. Siendo mucho más delicada en la forma, sin un ápice de violencia física, me parece con todo la más cruel y difícil de ver de las tres, porque la violencia moral y psicológica que se respira en sus fotogramas es de muy alto voltaje.

Rupert Pupkin, el protagonista interpretado por De Niro, comparte con Travis Bickle y Jake La Motta su afán de notoriedad, su necesidad de alcanzar el éxito y la gloria prometidos por el sueño americano. En última instancia, y como aquéllos, Pupkin cree que la culminación de la carrera de un hombre debe estar basada en los pilares del reconocimiento social y el bienestar económico, pero estos sólo refuerzan la cúspide de esa culminación, que es el amor de la chica de sus sueños. Ésta se verá atraída por y sustentada en la suficiencia de ambos basamentos, constituyendo una tríada perfecta que alimentará el ego construido por la sociedad del hiperindividualismo triunfante.

Esta tragedia social, de la que Scorsese muestra las sintomáticas grietas en cada una de sus películas, es enfocada cada vez desde una perspectiva distinta, pero sin perder la vista de lo esencial: nadie puede vivir así sin fracasar cuando triunfa. Ninguna sociedad sana puede sobrevivir encumbrando obsesiones enfermizas.

Lo interesante es que Scorsese muestra las tres partes de esa dialéctica como debe ser, de forma diferenciada y conjunta, en un relato sutil, pero que no deja puntos ciegos.

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¿Trastorno de la personalidad o maquiavelismo?

Rupert Pupkin se nos presenta como un individuo carente de amor propio, en apariencia incapaz de ver la realidad de sus actos, y dispuesto a pagar el precio de la fama, sea cual sea. Para ello, no duda en ridiculizarse, en saltarse todos los límites de la sociabilidad y la cortesía, sugiriéndose que padece un trastorno de la personalidad, según el cual no puede reconocer las señales verbales y no verbales de rechazo «cortés» en sus semejantes.

¿Pero es Pupkin consciente de esto? Al final no queda claro si su falta de vergüenza y carencia de escrúpulos responde a un trastorno narcisista o es resultado de un cinismo supino: en su monólogo final enuncia la famosa frase «es mejor ser rey por un día que bufón toda una vida», con lo que parecería que todos los medios que empleó conducían conscientemente a ese fin.  

Sin embargo, son tantas las situaciones incómodas, tan grande e inoperante el ridículo al que se somete a veces —sobre todo en casa de Jerry Langford, frente a su novia, la ya mencionada cúspide de la conquista— que no podemos dejar de pensar que Scorsese está mostrando también la destrucción de la dignidad de una persona cuando se somete a los imperativos del fin por el que conduce su vida.

El segundo de los aspectos interesantes del filme es el stress que tal modo de vida impone a los supuestos triunfadores. El papel de Jerry Lewis —tan maravillosamente alejado del icono, tan pobremente doblado en castellano— es desasosegante. Lewis apenas se permite esbozar una sola sonrisa durante toda la película —y cuando ésta aparece, es en los delirios de Pupkin—, lo cual hace justicia a la imagen del «payaso atormentado» que es otro de los leitmotiv principales del filme.

Nadie sabe cuánto de redención personal o desahogo emotivo tuvo esta película para la carrera de Lewis, pero lo cierto es que, llevando el personaje el mismo nombre de pila que el actor, y una vida si no calcada, enormemente parecida, se intuye que debió de ser mucha. 

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El personaje de Jerry Langford es el de un triunfador que aborrece la fama, y a quien todo el mundo confunde con su personaje. Un icono idealizado hasta el absurdo, convertido en fantasía erótica, en epítome de la extraversión, que no se sabe bien si por hastío o por propia inclinación vital representa en la intimidad exactamente lo contrario de lo que muestra en pantalla.

Es el drama de los personajes confundidos con la persona, que ha llevado a que algunos intérpretes sean odiados en la vida real por sus papeles —Louise Fletcher, Jack Gleeson, Josh McDermitt o Lenna Headey entre muchos otros—, pero también a que no se les respete en su intimidad o en la vida real, porque siendo supuestamente abiertos, accesibles y graciosos, ésta debería formar parte también del disfrute del público.

Y aquí Scorsese está apuntando, con la tercera pata de la tríada, a una sociedad infantil, hipnotizada por la fama, desconectada de la realidad, que tanto promueve como destruye a este tipo de personalidades conflictivas, mostrando sólo la parte brillante y fácil del camino al estrellato, que muchos ingenuos creen poder alcanzar sin coste ni esfuerzo, y que tanto vale para ensalzar a los triunfadores como para hacerlos cisco cuando caen en desgracia, la contraparte necesaria de un ciclo perpetuo y voraz.

Pupkin parece ser consciente de este juego diabólico: reitera que está dispuesto a pagar el precio, a convertirse en un delincuente... a ir a la cárcel. No parece tan ingenuo, tan inconsciente o ajeno a los mecanismos y resortes del artefacto mediático. Sólo busca una oportunidad para accionarlos, y todo lo demás vendrá solo, caerá como fichas de dominó.

Lo que muestra la película es precisamente cómo esto es así, en la medida en que, en un mudo masivo y mediático, aparecer en la televisión basta para alcanzar la fama, con independencia de la calidad de tu humanidad y tus chistes: siempre habrá un número lo suficientemente grande de gente a quienes ambas cosas caigan en gracia. Esto parece añadir una vuelta de tuerca a lo que sucede en Taxi driver, donde Travis, buscando redención más que fama, encontró ambas al mismo precio de un modo totalmente inesperado.

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Una película espe(cta)cular

Sí, El rey de la comedia trata sobre la sociedad del espectáculo y sus tres elementos: El artista, el público y el business... pero también es un espejo en el que a Scorsese (el artista) al público (la taquilla) y al business no les gustaba mirarse.

De Scorsese se cuenta que, en la sala de montaje con su inseparable Thelma Schoonmaker, al revisar la película no le agradaba nada lo que veía... porque se contemplaba a sí mismo. Nadie sabe muy bien si en el papel de Pupkin —lo cual parecería más acertado, dado que la voz de la madre del protagonista es en realidad la del propio realizador—, en el de Langford, o en todos un poco. Lo cierto es que en esta película la amargura tiene un tono casi físico, y nos hace comprender muy bien que fue una mala época para el genio de Queens, que se recuperaba poco a poco de sus adicciones, de su ruptura con Isabella Rossellini —alguna de las frases despectivas de la película se las dirigió ella misma a Scorsese— y del vértigo del éxito.

Con respecto al público, éste no pareció entender muy bien una película en que las masas aparecían aborregadas e irreflexivas, o quizá, no pudo aguantar la incomodidad que se desprendía de cada una de sus escenas en las que Robert De Niro se empeñaba en ponerse en ridículo, o, por último, puede que acudiera a ver una comedia de Jerry Lewis y se encontrara con un drama del tipo Vesti la giubba en el que la fama interpreta el papel de Colombina. Sea como fuere, un filme que costó 19 millones de dólares apenas recaudó 2,5.

Por último, la crítica, el star-system y las grandes productoras de cine y sobre todo, la televisión, no acabaron de comprender una película que se adelantó a su tiempo.

La crítica apareció dividida, con respecto a lo llamativo de su realización y a lo áspero de su temática... Pauline Kael dijo que Pupkin era «como La Motta pero sin puños», y que De Niro le negaba el alma a su personaje. Gary Arnold apuntaba que «era un estudio muy mal concebido y desagradable del comportamiento delirante», y que respaldaba y alentaba comportamientos como el que, a raíz de su papel en Taxi driver, tuvo el desequilibrado John Hinckley Jr. contra Ronald Reagan en su afán por impresionar a Jodie Foster.

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Con todo, la mayor parte de la crítica tuvo una respuesta más sorprendida y expectante que positiva, aunque no puede negarse que con el tiempo toda esa tensa expectación devino en admiración. Y esto es así porque El rey de la comedia, a pesar de contar con antecedentes críticos con el mundo de la televisión tan claros como Network, un mundo implacable, de Lumet, en algún otro aspecto también fue una adelantada a su tiempo. No debemos olvidar que, a pesar de estrenarse en 1983, el guión de Zimmerman ya estaba listo y en posesión de De Niro en 1974, habiendo pasado por las manos de Cimino y Bob Fosse antes retornar de nuevo de Scorsese, que ya lo rechazó la primera vez de manos de su amigo y actor fetiche.

Fue una novedad llamativa no necesariamente por mostrar las desnudeces de la industria, sino por constituirse en un modelo de pornografía emocional, elemento para el cual no todo el mundo estuvo preparado. Por eso gente como Adam Smith de Empire no la valoró, y dijo de ella que «Ni era lo suficientemente divertida como para ser una comedia de humor negro, ni lo suficientemente terrorífica como para aprovechar sus momentos de miedo y suspense».    

Del mismo modo, su extraño final, abierto en su interpretación sobre si realmente Pupkin adquiere la fama total o es presa de un nuevo delirio megalómano, no contribuyó a que su aceptación fuera fácil... ¿Quería Scorsese hacer una crítica al mundo de la fama televisiva, a la acriticidad del público, al nuevo tipo de espectáculo basado en la miseria vital y moral de los perdedores o en su capacidad para destaparse con pequeños talentos, modelo que triunfa ahora en la parrilla de la pequeña pantalla en los más distintos formatos? ¿O simplemente contaba la historia de un sociópata asimilado, cuya agresividad quedaba sublimada en su acceso al mundo del espectáculo, sin más pretensión que la de hacer un retrato personal de un individuo desequilibrado?

Scorsese, de nuevo, fue calculadamente ambiguo en la respuesta a estos interrogantes: «Con mi película quería que la fantasía fuese más real que la realidad». Con ello, inauguró un nuevo estilo que aún hoy día cosecha grandes éxitos, recaudación y cuotas de audiencia.

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Addendum: Scorsese revisitado; Joker y la cultura de la violencia

No podríamos acabar esta crónica sin señalar lo ya señalado por otros: el homenaje que hace Joker, una de las películas revelación de 2019 hacia El rey de la comedia y Taxi driver.

En el aspecto más anecdótico de este homenaje, cabría señalar la presencia de Robert De Niro como detonante de la llamada de atención sobre las similitudes entre Rupert Pupkin y Arthur Fleck, y el intercambio de roles que protagoniza con respecto al film seminal: De Niro es en la película de Todd Phillips la estrella televisiva que Arthur, el alter ego de Pupkin admira y cuya atención busca.

Por lo demás, la inspiración en al menos dos de las entregas de la mencionada «trilogía» es manifiesta. Los ecos de Taxi driver y El rey de la comedia son evidentes, pero también se hallan, en cierta medida, invertidos.

Arthur padece en Joker un trastorno mental grave, y no se hace nada por disimular tal condición: sus delirios quedan puestos de manifiesto como tales a lo largo del metraje. No es, en principio, un monstruo creado por la lógica distorsionada del sueño americano. Pupkin es en sí mismo un producto de tal entramado social y la ambigüedad sobre su trastorno es intencionada: no se sabe si la escena final es el delirio de un enfermo mental o la respuesta de una sociedad enferma al encumbrarlo. 

Joker, sin embargo, es el resultado de la suma del trastorno, la desatención y la burla. A pesar de sus delirios preexistentes, son el maltrato radical y el descubrimiento de la atención que le procura su adhesión al lado oscuro lo que lo convierte en monstruo. La crítica social es casi inversa a la de El rey de la comedia: de estar adecuadamente atendido por un sistema funcional, tanto en lo humano como en lo social, Arthur no habría descendido por la espiral del crimen en busca de la fama: son la falta de recursos como la atención médica psiquiátrica, la violencia de los desarraigados impactando contra los desposeídos y la incomprensión hacia la enfermedad mental y el alma sensible que se esconde tras ella, las que precipitan la transformación de Arthur en el Joker. No es la organización social per se lo que se cuestiona en Joker, sino sus fallas.

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Sin embargo, en la película de Scorsese lo disfuncional es el propio sistema, que acabará generando monstruos que, además, acabarán pasando por sujetos adaptados: la muchedumbre caza autógrafos es un producto acabado, no un residuo de la sociedad del espectáculo. Los problemas provocados por personajes desequilibrados, como Hinckley, son la anécdota truculenta en un mar de agresividad promovida a niveles «tolerables» por la cultura de masas, que necesita de personas ávidas de atención, reconocimiento y fama... de una dosis de fantasía en la realidad cotidiana.

Me atrevo a decir, en este sentido, que la obra menor de Scorsese es más radical, más atrevida que el Joker de Phillips.

La película de 2019 ha necesitado combinar la violencia explícita de Taxi driver, corregida y aumentada hasta el punto de lo insoportable, para alcanzar las cotas de desasosiego de una película tan blanca como El rey de la comedia, en la que la única pistola que aparece es de agua.

No quiere decirse con esto que sea una mala película. Simplemente es otro tipo de película.

El rey de la comedia es pionera; Joker es provocativa. Una rompió la taquilla; la otra rompió los esquemas. ¿Cuál de las dos pasará a la historia? En mi opinión, aquella que no pueda ser superada por otra que, jugando en la misma liga, simplemente se atreva a subir la apuesta.

Hay muchas buenas películas explícitamente violentas y desagradables. Hay muy pocas que sepan ser buenas, desagradables y violentas sin que se note, y sin que nadie, por tanto, pueda superarlas simplemente añadiendo más truculencia visual al guión.

Creo que mis preferencias están claras.   

Escribe Ángel Vallejo

 

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