La última tentación de Cristo (The last temptation of Christ, 1988)

  10 Mayo 2020

Los cuatro jinetes de Scorsese

the-last-temptation-of-christ-0Me eduqué en un colegio católico. Evidentemente la Pascua se trataba de un acontecimiento que requería un alto grado de atención, preparación y dedicación. Con los años, echo la vista atrás y veo la belleza de estas celebraciones, la poética de las mismas, más allá de creencias e ideologías, y me arrepiento enormemente de no haber podido tomar una Súper 8 por aquel entonces y comenzar a filmar. Imagino, desde mi humilde opinión, que así debió sentirse Martin Scorsese en el momento en el que abrió la novela homónima de Nikos Kazantzakis y comenzó a idear este maravilloso filme.

Es de sobra conocido el trasfondo católico del director italoamericano. De hecho, huelga indicar todos aquellos filmes harto famosos en los que subyace un profundo y moral mensaje católico. Filmes como Silencio (2016), en el caso más obvio, o Malas calles (1973) son claros ejemplos de ello. Evidentemente, la obra tratada en este breve artículo aborda el mensaje católico en su totalidad. Fundamentalmente, porque la historia narrada transcurre en los últimos días de vida de Jesús de Nazaret.

Más concretamente, el filme de Scorsese, basado en la homónima novela de Nikos Kazantzakis, no busca representar de forma fidedigna los hechos recogidos en las escrituras sobre los últimos días de vida de Jesús de Nazaret. De hecho, ambas se centran en el tratamiento más humano del mismo: sus miedos y pasiones, sus dudas y angustias, sus tentaciones, etc. La historia, como no podía ser de otra manera, transcurre en el territorio palestino de Israel durante la ocupación del Imperio Romano, narrando las últimas andanzas, supuestos milagros, persecución, detención y muerte de Jesús de Nazaret.

Sin embargo, lo interesante de este filme de Scorsese no es la historia que narra en sí, pese a haber sufrido de innumerables censuras por parte de la Iglesia Católica y gran cantidad de boicots en su proyección en las salas de cine, sino el cómo la narra. Scorsese, lejos de querer mostrar con insultante verosimilitud la vida del Mesías, hace uso de una perspectiva humanizadora que nos regala al Cristo y Judas más humanos.

Sumado a su forma de tratar el relato, la obra de Scorsese sustenta su solidez, brillantez y grandiosidad, sobre todo, en cuatro pilares que serán explicados a vuelapluma y de forma individual a lo largo de este análisis.

Mitología humana

El primer pilar del filme de Scorsese son los personajes. Más allá del cómo están construidos, el tratamiento a estos es lo realmente exquisito y fundamental. Me explico. La tópica cristiana ya había sido previamente abordada por otros cineastas, como en Rey de reyes (1961), de Nicholas Ray, o La historia más grande jamás contada (1965), de George Stevens. Ambas películas presentaban la figura de Jesucristo desde una perspectiva de deidad y grandilocuencia absoluta. Lo mismo sucede con sus respectivas puestas en escena, que serán explicadas más adelante.

Scorsese, sin embargo, más interesado en el tratamiento de la figura del nazareno realizado previamente por Pier Paolo Pasolini en su maravilloso El Evangelio según San Mateo (1964), ideó y creó una leyenda humana y llena de dudas, deseos y miedos, más tangible que la vida misma.

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Así pues, Scorsese moldea a sus actores siguiendo dos categorizaciones que pueden ser fácilmente distinguidas a lo largo de gran parte de su filmografía. Por una parte, nos encontraríamos a aquellos personajes que sufren de una severa alienación y se encuentran sumidos en un mundo que los margina. Por otro lado, podemos toparnos con aquellas figuras que persiguen un único objetivo sin importar las consecuencias, siendo este, en la mayoría de sus filmes, el dinero.

Esta distinción de personalidades —o almas— es válida también para La última tentación de Cristo (1988), siendo el mismo Jesucristo tachado de pertenecer al primer grupo y Judas Iscariote, pese a su transformación final, al segundo.

Dentro de los principales personajes de la historia cabe destacar a dos: Jesús de Nazaret y Judas Iscariote. Jesús de Nazaret, interpretado magníficamente por un tremendo William Dafoe, se nos muestra como un ser lleno de dudas, miedos y, como bien el título augura, tentaciones. Lejos de ser un Dios materializado en carne sobre la Tierra, se trata de un ser marginal, aplastado por su propia aparente condición mesiánica que desconoce las razones de su viaje al igual que el motivo y naturaleza de su sino.

De esta forma, Scorsese, pincela, en lo que a mí respecta, el Jesucristo más humano y verosímil de la Historia del Cine. La representación humana de Jesucristo viene acompañada por un profundo sentido de dualidad en sí mismo. Es decir, dentro del personaje de Jesús podríamos encontrar dos caracterizaciones: el Jesús humano, lleno de miedos, dudas y angustias; y el Jesús divino, menos frecuente a lo largo del filme, pero mucho más sereno y sobrio. Esta dualidad será reforzada por el montaje de la película y la disposición en el plano de William Dafoe, siendo estos posteriormente analizados en este mismo análisis.

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Algo similar ocurre con Judas Iscariote. Si a Jesús se le podría etiquetar dentro del grupo de personajes azotados por la alienación, el Judas Iscariote de Scorsese, interpretado por el grandísimo Harvey Keitel, bien podría tacharse de pertenecer al segundo grupo de personajes mencionado con anterioridad. No obstante, lo más interesante del retrato que Martin Scorsese realiza de Judas no es tanto el abordaje a su figura sino la transformación que este sufre a lo largo del filme.

La razón de mi interés en esta metamorfosis subyace en su comienzo como hombre de ideales claros y perseguidor de un fin específico, la expulsión de los romanos mediante la violencia, para ir progresivamente abandonando el carácter agresivo que inicialmente lo definía, dando paso a una relación cercana, sincera y casi fraternal o sexual con Jesucristo.

Sumado a su arco de transformación, me interesa profundamente el momento de la tan conocida traición por las treinta monedas de plata. Scorsese, en lugar de representarlo melodramáticamente como en otras obras, lo muestra como parte de un plan urdido por el propio Jesús de Nazaret, quien convence a Judas, destrozado por el papel con el que va a tener que lidiar, como parte de su estrategia mesiánica.

Así pues, volviendo sobre mis palabras, Scorsese recrea la relación Jesús-Judas de una forma humana, marginando la divinidad a la soledad de Jesús de Nazaret, siendo fruto de su condición de deidad o de su propia locura.

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Montaje narrativo

El empleo del montaje en el filme de Scorsese es tremendamente significativo a la hora de abordar la obra en su totalidad y, sobre todo, la dualidad de Jesucristo que mencionaba con anterioridad.  

El hilo narrativo de la obra es sencillo al comienzo, siguiendo una estructura puramente lineal hasta el momento de la crucifixión. Cierto es que las elipsis empleadas son poco frecuentes, narrativamente hablando, en comparación con la segunda fase del filme. Dicho esto, La última tentación de Cristo (1988) no se estructura en capítulos sino a lo largo de una fina cadena de secuencias que ejercen de conductoras de la historia narrada, al menos en apariencia. Cierto es que esta continuidad lineal se resquebraja en el momento de la crucifixión de Jesús, más concretamente cuando la niña, quien afirma ser su ángel de la guarda, lo ayuda a descender de la cruz y alivia todo el sufrimiento al que había estado sometido. Es en este punto cuando entraríamos en un tipo de montaje completamente diferente al empleado previamente a lo largo del filme.

Durante la primera parte de la película, el montaje sigue un estilo más convencional, sujeto a apoyar la dualidad de Jesús de Nazaret. Esto se puede contemplar a la perfección en una serie de secuencias a lo largo del filme. Uno de los ejemplos que más me llamó la atención fue en el momento de los latigazos, tras haber sido condenado a morir crucificado. Durante el juicio previo realizado por Poncio Pilato, Jesús se nos muestra en clara inferioridad con respecto al romano, no obstante, la actuación es tranquila, pausada y serena, propia de una deidad.

Sin embargo, la transición a la escena de la tortura es abrupta y simple, comenzando con un travelling lateral mediante el cual, Jesús, recibe una paliza por parte de los guardias. Una vez finalizada, se nos muestra la espalda de Jesucristo, enjuta y encorvada, completamente herida y magullada por la paliza y, mediante un travelling, esta vez de retroceso, se enfatiza en su fragilidad y debilidad. Pero, como bien mencionaba anteriormente, el montaje del filme juega con la dualidad y, es por ello, que el plano siguiente será un primer plano del rostro sangrante de Jesús, pero con un semblante completamente sereno y tranquilo, reforzando así la idea de la doble naturaleza que convive en el interior del protagonista.

La segunda parte del filme, la comprendida desde el descenso de la cruz hasta pocos segundos previos al fin de la obra, adquiere una dinámica muy distante de la que anteriormente estábamos acostumbrados. Cabe recordar que, en esta sección del filme, Jesús recibe supuestamente el perdón de Dios, aliviando así todo su sufrimiento físico y carnal y dándole la oportunidad de vivir el resto de su vida como un humano.

A través de una niña que se tacha a sí misma de ser su ángel de la guarda, Jesús, es liberado de la terrible y espantosa muerte que suponía la crucifixión, viviendo así la vida de un hombre y renegando de su condición de Mesías. No obstante, la niña no resulta ser su ángel de la guarda sino la última tentación llevada a cabo por Satán. Así pues, en este bloque, las elipsis narrativas incrementan considerablemente con respecto a la primera sección del filme, con la intencionalidad de dotar a la narración con un mayor carácter de irrealidad. Las elipsis, en estas secuencias, son frecuentes y combinadas con planos de breve duración, otorgándole a la historia una naturaleza frívola, efímera y fugaz en comunión con la vida mundana, liviana y repleta de pecados que Jesús decidió vivir tras abandonar su dolor junto con su condición de deidad.

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El estruendo del silencio

La edición de sonido en el filme de Scorsese es también brillante. En ciertos momentos de la obra, predomina una ausencia total o parcial del sonido, valga la redundancia, acrecentando la soledad del personaje en ciertos momentos, como en su marcha por el desierto, o impulsando la irrealidad de la situación, como en el bautizo de Jesús de Nazaret por Juan Bautista o en los momentos previos al descenso de la cruz.

También son significativos ciertos elementos sonoros como el producido durante la primera crucifixión a uno de los acusados por sedición, al comienzo del filme, con el martillazo a cada uno de los clavos. La sangre emerge del cuerpo de la víctima a borbotones, salpicando el rostro de Jesús de Nazaret, que queda profundamente conmovido tras la escena. El sonido de cada uno de los clavos siendo golpeado por el martillo es atronador y los sentimos en nuestras propias carnes.

Poco tiempo después, Jesús decide marcharse de su hogar en busca del resto de sus discípulos. Caminando solo por el desierto escucha pasos que provienen del fuera de campo. Jesús se gira impetuosamente para descubrir a su perseguidor, encontrando únicamente la profunda nada. No obstante, esos pasos procedentes del fuera de campo, tanto Jesús como el espectador, los siente muy cerca, siendo estos más similares al golpeo de unos clavos que al sonido que producen nuestras pisadas en la arena.

Por último, cabe destacar también el excelente uso de la banda sonora del filme y su combinación simbiótica con la ausencia de la misma. En ocasiones, esta resulta intrigante y desaforada, golpeando al espectador sin ningún tipo de piedad, en otras, fruto de una delicadeza exquisita, acompaña a la perfección el transcurso de las imágenes como si de un vals se tratase.

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Un Dios controlador y obsesivo: Martin Scorsese

Tanto la dirección, a cargo de Martin Scorsese, como la puesta en escena son ambos elementos determinantes y brillantemente abordados a lo largo del filme. Para comenzar, el estilo de la obra es puramente sobrio. El escenario que acoge la acción es mayoritariamente pobre y poco, o nada, sobrecargado, algo extraño en el estilo barroco tan característico de Scorsese, aunque este sufre una pequeña transformación a lo largo del filme.

Si bien la obra está dividida en dos secciones o partes, la primera, correspondiente a las últimas andanzas de Jesús de Nazaret hasta su crucifixión, transcurre en un escenario mayormente desértico y decadente. Los interiores, como el palacio de Pilatos, también son característicos por su austeridad de elementos. Este patrón se romperá únicamente en dos ocasiones: en la destrucción del templo, recargado de elementos como representación de los intereses comerciales que abundan en el mismo, y en su llegada a Jerusalén.

Esta primera parte se desarrollará, como bien he mencionado con anterioridad, en ambientes desérticos carentes de más vida que la de los propios personajes. No obstante, una vez Jesús cae ante la tentación de Satán, su última tentación, el entorno en el que se desarrolla esta segunda sección de la narración es completamente diferente al primero, de hecho, bien podría tratarse de un lugar geográfico completamente ajeno al inicial. En este, la vegetación es abundante y el desierto queda relegado a un segundo plano, en ocasiones inexistente. De esta forma, Scorsese, muestra visualmente la irrealidad de la situación, enfatizando su naturaleza ilusoria.

Scorsese, como bien exponía con anterioridad, otorga un tratamiento dual a la figura de Jesucristo. Por una parte, lo concibe como ese Mesías salvador del Pueblo de Israel realizando milagros por doquier y venciendo todas las tentaciones. Por otra, nos muestra una deidad débil y dubitativa, más consciente de su propia condición humana que de la divina. Para ello, se apoya no solo en la interpretación de William Dafoe, quien magistralmente evoluciona de la serenidad a la incertidumbre, como por ejemplo en la cura de leprosos o en la resurrección de Lázaro, sino que emplea a su vez la dirección técnica y la puesta en escena para enfatizar esta idea.

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La esencia grandilocuente del mismo hijo de Dios será contrastada por planos individuales que lo marginan, reforzando así el concepto de alienación sufrido por el mismo, como por grandes planos generales en el desierto que solo muestran su fragilidad y pequeñez frente a un mundo inmenso y completamente hostil a sus predicaciones.

Lo mismo sucede en otra escena de gran importancia dentro del filme: el momento de la predicación y la parábola de la semilla. Los planos, por lo general durante esta escena, carecen de movimiento alguno, siendo estáticos y representando, por una parte, a Jesús en solitario en la composición del plano y a la muchedumbre agrupada de contraplano. Esta disposición, nada pomposa, sugiere la separación de ambas condiciones: la humana y la divina. No obstante, una vez concluida la parábola, la burla e incertidumbre se apodera de los oyentes y, para ello, Scorsese, cámara en mano, muestra visualmente la inestabilidad y delicadeza de la situación. De nuevo, un Mesías más humano que divino y con tan poca elocuencia que se ve incapaz de transmitir el mensaje de Dios a un par de decenas de personas.

Por último, otro momento brillante en el desempeño de la técnica y el lenguaje cinematográfico por parte de Martin Scorsese es en la discusión que Jesús mantiene con los sacerdotes del templo, una vez ha boicoteado los puestos de cambio de divisa. El enfrentamiento entre ambos ocurre en clara inferioridad dada la disposición física de los personajes en el espacio dentro del plano, véase que los sacerdotes se encuentran en alto y Jesús a ras de suelo.

No obstante, en lugar de haber representado la discusión mediante un plano contrapicado a los sacerdotes y un contraplano picado a Jesús, Scorsese, desarrolla la escena mediante planos y contraplanos contrapicados, mostrando así la grandeza divina de ambos personajes, tanto de los sacerdotes como de Jesús. La discusión se acentuará con cada toma, manteniendo planos cortos a cada uno de los componentes del enfrentamiento. No obstante, mediante un sutil y mínimo travelling de acercamiento a Jesús y el sucesivo y más lejano contraplano de conjunto de los sacerdotes, refuerza y enfatiza la final superioridad de la figura de Jesús.

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Mi última tentación

A modo de conclusión, evitando ser pretencioso y arrogante, me gustaría reiterar, por última vez, mis sentimientos hacia el filme de Scorsese. La última tentación de Cristo (1988) no es una obra sencilla, no es fácil de digerir y en ocasiones se cocina tan a fuego lento que resulta abrumadora y frustrante.

No obstante, no tengo dudas de que su rechazo inicial será reconsiderado en un futuro, espero que próximo, pues en mi más sincera y humilde opinión, no solo se trata de una de las cintas más personales de Scorsese sino también una de las más bellas.

Al parecer, ajena a su tendencia a las películas de mafiosos desarrolladas en ambientes barrocos e hiperrealistas, apartada completamente de sus manías y vicios, La última tentación de Cristo (1988), junto con Taxi Driver (1976), El rey de la comedia (1982), Toro salvaje (1980) y El irlandés (2019), es una de las más perfectas obras realizadas por quien quizás solo podía realizarla: el siempre magnífico Martin Scorsese.  

Escribe Iván Escobar Fernández  

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