Dioses del infierno

  12 Septiembre 2020

La cuestión religiosa en el cine de Scorsese

scorsese-30nEn su tremenda y hermosa película Al límite, el protagonista en un momento del filme (cito de memoria) dice: «Salvar vidas y estar enamorado son las mejores drogas que existen. Durante días, incluso semanas, bendices todo lo que encuentras a tu paso, sientes que Dios te ha ungido con su gracia, te sientes Dios».

Sin embargo, nadie quiere ser dios de los infiernos y ese es el frustrante sentimiento del que se quieren redimir casi todos los personajes de los filmes —incluso en los menos logrados— del cineasta Martin Scorsese. El mundo, la historia, la persona humana están heridos de muerte: huir de ésta, escapar de este malestar metafísico y religioso es el denuedo inútil, la agonía (lucha) que mueve a los personajes de todo su cine.

Se suele decir que esta pesimista reflexión humana del cine Scorsese es fruto de la influencia de la escritura de los guiones del calvinista Paul Schrader. Aunque es precisamente en los filmes dirigidos sobre sus guiones donde estas ideas más se subrayan, estas preocupaciones religiosas de Scorsese son propias de él, fruto de una tradición y una educación religiosa católica en contacto con el judaísmo (cuenta Scorsese que en el barrio de su infancia, Little Italy, tuvo un gran contacto con los vecinos judíos), fuera todavía de la renovación de muchas ideas sobre la naturaleza positiva del mundo y la historia que la Iglesia Católica conoció a raíz de su transformación provocada por la celebración del Concilio Vaticano II.

Ya en su primera película ¿Quién está llamando a la puerta? (1969), ese malestar que produce el sentimiento de culpa aparece en el protagonista (J. R.: Harvey Keitel). En Malas calles (1973), igualmente, Charlie, está constantemente atormentado por la visión religiosa del mal que le rodea, intentando «lavarse» de este mal con la práctica de la religión. El abogado de El cabo del miedo (1991) intenta, incluso con malas artes, liberarse de la conciencia de culpa que representa el vengador Max Cady.

En general, todos los filmes de Scorsese nos suelen presentar a personajes incapaces de dominar su vida, atormentada por el sentimiento de culpabilidad, de conciencia de pecado.

Esta huida hacia delante de tan incómodo enemigo de conciencia se realiza casi siempre por medio de la autopunición, por medio de una especie de autoflagelación: ¡el dolor que se quiere ahogar con más dolor, con el sufrimiento, como único medio de salvación!

De ahí, que en el cine de este cineasta abunden los símbolos y metáforas religiosas, que hacen mención a la muerte de Cristo en la cruz, a la sangre derramada como redención. Esto ya aparece muy tempranamente en su obra. Así, en El tren de Bertha (1972), el protagonista, un salteador de trenes, es literalmente crucificado en un vagón de tren.

La conjunción pues de esta temática con las preocupaciones religiosas y trascendentes del guionista Paul Schrader subrayarán, aún más si cabe, las originales ideas de Scorsese. Quizá por eso los filmes de ambos sean tan brillantes y los finales de sus películas no pueden ser más explícitamente religiosos.

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El calvinismo de Schrader refuerza la tesis de predestinación y de maldad del ser humano cuya única posibilidad de redención sólo es realizable a través de un último acto de redención, de sacrificio, de baño de sangre purificador. Al catolicismo bastante reaccionario y cerrado del director italoamericano, se junta la visión pesimista y más negra del calvinismo de su guionista.

No causa ninguna extrañeza que en su película Al límite se haya regresado a los temas favoritos de ambos: la descripción de las calles de Nueva York como un puro infierno, donde toda clase de miseria y pecado tienen su sitio (ya lo describieron por primera vez en Taxi Driver (1975), la necesidad de salvar a la gente por medio de actos casi suicidas, de actos masoquistas o de entrega total para poder así hacer descansar del tormento en que anda sumida la vida del protagonista.

Ese es el sentido de la bella escena final —una representación de La piedad— de Al límite. Igualmente, ese es el fondo de una de las mejores películas de Scorsese, Toro salvaje (1980), donde el boxeador La Motta se autocastiga intentando escapar de la espiral de violencia que él mismo genera.

Es verdaderamente una lástima que Scorsese-Schrader no consiguieran con la película netamente religiosa, La última tentación de Cristo, donde toda esta temática aparece excesivamente explícita, dar forma compacta a toda estas ideas, dada la confusa, prolija y descompensada composición que se hace del personaje de Cristo.

Escribe José Luis Barrera


Este artículo se publicó inicialmente en el nº 17 de Encadenados, en diciembre de 2000.

 

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