Un oso rojo (2002), de Adrian Caetano

  29 Marzo 2020

Gran western urbano, irreverente y crudo

un-oso-rojo-0Hace años, tuve la ocasión de visionar este thriller en La Plata (Buenos Aires), en la época de su estreno. Por otras vías he vuelto a visionarlo de nuevo. En su momento me pareció una película genial, muy buena, un thriller tipo western urbano asilvestrado, políticamente incorrecto y del que salí encantadísimo.

La película se desarrolla en una Argentina pobre, decadente y delincuencial. Un personaje apodado Oso (Julio Chávez) acaba de salir de la cárcel tras siete años en prisión, condenado por homicidio y atraco a mano armada. Se trata de un individuo peligroso, de pocas palabras, templado, impredecible, violento tanto por necesidad como tal vez por naturaleza y un contexto familiar disfuncional.

El espectador intuye que ese hombre no le ha contado a nadie, en sus años de cárcel, lo que oculta, agazapado tras su actitud silente y su mirada triste. Cuando en el film Oso sale del presidio, piensa en la posibilidad de volver a empezar de nuevo, tal vez de otra manera.

Al principio será remissero (especie de taxista) con Güemes (Enrique Liporacce), con el que contacta por medio de un compañero de celda y que tienen una remissería (oficina de coches de alquiler con chófer en la Argentina). Güemes protege al Oso y le ofrece empleo como conductor de su agencia de remisses. Pero cerca anda el «ilusionista», alias el Turco (René Lavand), el jefe de la banda para el que trabajaba el Oso y al que aún le debe su parte del botín, fruto del asalto por el que fue detenido y juzgado. Oso desconfía del Turco.

En cuanto a su familia, Oso ha perdido afectivamente a su mujer (Soledad Villamil), que ahora ha rehecho su vida con otro hombre de nombre Sergio (Luis Machín), un obrero sin trabajo y adicto al juego. Su pequeña hija Alicia, de ocho años (Agostina Lage), apenas lo recuerda, pero él está dispuesto a recuperarla y a reparar los daños causados tras años de ausencia. El Oso entonces decide proteger su hija, sin abandonar el mundo del delito; en un oso rojo de la niña guarda el dinero.

La película describe cómo es el destino de un hombre marginal y justiciero, en el entorno duro de un suburbio de Buenos Aires, con bares (boliches en lenguaje porteño) atestados de gente dudosa, deprimente entorno argentino, con gente bebiendo mate, la música cumbia sonando, el acento marcadamente porteño, con calles peligrosas y plagadas de delincuentes, y Oso caminando cual vaquero urbano, presto a apretar el gatillo de su revólver al menor movimiento extraño. La periferia de Buenos Aires como lugar de la marginalidad y la desesperanza

Es una película tipo thriller-drama dirigido con gran maestría por el director uruguayo Israel Adrián Caetano, que sabe imprimirle ritmo y sazón a un relato que en sus manos se hace emocionante y mantiene la atención de manera expectante.

El guion, del propio Caetano junto a Graciela Esperanza, adaptación de una historia de Romina Lanfranchini, está perfectamente construido, con un tempo sostenido y una tensión in crescendo, sin que se sepa cómo acabará una historia que tiene todos los ingredientes para llegar a una conclusión sangrienta.

Buena la música de Diego Grimblat, magnífica la fotografía de J. Guillermo Behnisch y muy buena puesta en escena que transmite sensación de dureza ambiental, con un gran diseño de producción de Graziela Oderigo.

El periodista argentino Carlos Gabetta profetizó sobre la época en que se desarrolla la película, con la nefasta gestión del dimisionario presidente Fernando de la Rúa, diciendo: «Las fiestas de este fin de año podrían ser muy calientes en Argentina, y no precisamente por las elevadas temperaturas habituales de la época. (… ) El termómetro que hay que observar es el social. (…) La crisis económica ha llegado a su punto extremo».

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El reparto es excelente, haciendo gala a la tradición de buenos actores argentinos. Actores y actrices bien elegidos (gran casting), que hacen una labor gran nivel, sobre todo Julio Chávez, que interpreta con solvencia y credibilidad a Oso, sujeto obligado a sobrevivir en circunstancias difíciles y en un entorno hostil.

Soledad Villamil es una actriz reconocida (por ejemplo El secreto de sus ojos, 2009), mujer de gran belleza que juega muy bien sus bazas de actriz como ex esposa de Oso; secundan una expresiva Agostina Lage como la hijita; el pobre ludópata y nuevo esposo —correcto— Luis Machín; René Lavand brillante en su papel de Turco, líder de una pandilla de ladrones, interpreta con majestuosidad y sutilidad, exuberante; Enrique Liporacce muy solvente en su papel de Güemes, el patrón remissero; y así y en perfecto coro Daniel Valenzuela, Freddy y Ernesto Villegas.

Sobre su carácter de western yo lo explicaría así. El personaje hace las veces de héroe, un héroe marcado por un pasado turbio y un presente que lo envuelve y del cual no puede escapar aunque lo desee; al modo de tantos pistoleros que hemos visto en los western norteamericanos.

No puede abandonar su mundo delictivo y violento limitado por su vida y sus condicionantes de pistolero y asiduo delincuente. El devenir de los acontecimientos lo coloca en una posición indeseable en la que, no obstante, «debe estar». Y este «sino», este perfil de Oso dirigido a un destino violento y trágico, es lo que hemos visto una y otra vez en los westerns.

Hay diferencias con el western USA. En esta obra es la fiereza y el salvajismo del entorno lo que impele al protagonista a un destino de crimen y robo. Mientras que en el western típicamente norteamericano el origen de la barbarie proviene de un sociedad donde aún no han llegado las leyes, en esta historia la barbarie es fruto de la decadencia y la impunidad; de un submundo profundamente desfigurado en el cual, aunque haya leyes, estas son corruptas y el contexto irrespirable.

Entonces, en las películas yanquis la tendencia al «gatillo fácil» está motivada por una pre-civilización aún montuna, sin Justicia donde rige la Ley del más fuerte. En este film, en cambio, el pistolerismo es fruto de cierto declive y arbitrariedad; es producto de que la incivilización se ha instalado y hace su trabajo en forma de permanente transgresión.

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Por eso éste es un western social. Crítica social no exenta de sarcasmo, sobre todo en la parte final de la película. Resulta que mientras realizan un atraco a mano armada, suena solemne el himno nacional argentino proveniente de la escuela de la hija del Oso.

Marina Penso ilustra a la perfección estas dramáticas escenas: «La larga y compleja secuencia del robo y posterior huida de los ladrones comienza con un paneo del colegio de la niña, en donde se celebra la fiesta patria. El espacio ordenado del patio del colegio, con todos los estudiantes en fila cantando el himno nacional, se contrapone irónica y paradójicamente con la violencia del espacio exterior, en donde yacen dos guardias muertos por los delincuentes antes de entrar a la fábrica. Tal violencia continúa en el interior de la fábrica hasta dar con el dinero (…) al realizar visualmente ese contraste entre el robo y la celebración y aunarlo musicalmente con el himno nacional, se reafirma el fracaso de los ideales de unión y paz de los padres de la patria. La imagen final de la secuencia, un primer plano del policía al cual Oso mata para poder escapar ileso, con las estrofas del himno ‘coronados de gloria vivamos/o juremos con gloria morir’ como fondo».

Todo lo cual es la alegoría de una sociedad, la argentina, en crisis casi permanente. De igual modo, señala la circularidad de la existencia de Oso: todo en su vida se va a repetir («compulsión de repetición» como decimos en psicoanálisis), para concluir en un sinsentido que llega a adquirir características absurdas.

No obsta lo que digo para que el protagonista se haga por momentos querible. Pese a su carácter indómito e impetuoso y su perfil de criminal, Oso puede también convertirse en alguien compasivo. Acierta a poner en valor lo único puro que tiene: el amor incondicional por su mujer y su hija. Y es el ángel de ellas y del nuevo marido de su ex mujer, proveyéndoles de dinero, salvándolos del desahucio y cubriendo sus necesidades con parte de lo robado.

Todo lo cual contrasta con el duelo final, cuando en un bar al modo de saloon, Oso se encuentra con el Turco, personaje que había ordenado su muerte, y varios secuaces. Aquí se desencadena el apocalipsis final y una balacera propiamente del far west donde el bar es espacio central de violencia, con una escalada de fuego y furia en la cual Oso liquida con certeros disparos de revólver a sus contrincantes para perderse por una calle oscura y desierta, con rumbo desconocido hacia la soledad.

Excelente producto del cine argentino, cine que da pasos firmes hacia una mirada propia y crítica de la sociedad en que se enmarca. Una vez más el cine argentino alcanza un logro indiscutible. Esta cinta representa un ejemplo más de la capacidad que la cinematografía austral tiene para realizar trabajos destacables.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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