Los olvidados (1950)

  01 Marzo 2015

Cuando hoy es como ayer…

los-olvidados-10…Y como mañana. Porque nos tememos que lo seguirá siendo, mientras la miseria y la maldad conduzcan nuestras vidas. Este Buñuel, de hace 75 años, parece rodado anteayer, incluso ayer mismo, por la sinceridad de sus impactantes imágenes, la sencillez de sus propuestas, la capacidad de sugerencia hacia el mundo actual; y la más que notable disección de una sociedad que se sigue guiando por un mismo principio, entonces y ahora: “El trabajo es para los burros”.

Lo demás se va presentando como añadidura. Es decir, si quienes viven en la calle y duermen donde les dejan tienen como objetivo dominar a los demás, sea por el carácter de unos u otros, o se lo consienten, porque así parecen sentirse como amparados, protegidos, no es de extrañar que el Ciego (entrañable, sabio, contundente, Miguel Inclán) añore tiempos dictatoriales, en los que él se encontraba seguro, aunque no explique nunca por qué.

Esa tendencia a la irracionalidad de los protagonistas, tan humana, es la que logra que sus acciones y omisiones sean tan verosímiles como lo es la vida que estamos, vamos viviendo. Y en este contexto nadie es malo ni bueno del todo. Así las andanzas del Jaibo (excelente, natural, Roberto Cobo), son tan plausibles como instintivas, casi hasta rozar la ingenuidad infantil. Otro tanto le sucede a Pedro (espontáneo, versátil, Alfonso Megía), aunque su caso se vea más lastrado por esa indiferencia malvada, rayana en la inocencia, de su madre (consciente, digna, Estela Inda).

Con la música de Rodolfo Halffter, inspirada en motivos de Gustavo Pittaluga, enmarañando el fondo con sutileza y sin hacerse notar, como formando parte de las imágenes (las músicas para el cine así deberían ser), se van deslizando las acciones en un sabio montaje de Carlos Savage, oportuno siempre para destacar lo que Buñuel pretende, quiere: los sueños y visiones de Pedro, su pelea con el Jaibo, las manos del Ciego con la paloma, el Jaibo golpeando a Julián con ganas, el ataque al lisiado que no tiene piernas, el diente que le devuelve la chica a Pedro: “Toma tu diente para que no te pase nada malo”

Las secuencias mencionadas son una muestra oportuna de esos inocentes que van dejando sus vidas al albur, a la próxima algazara callejera, al temple de lo que pueda pasar al día siguiente, y al otro. Sin olvidar, entre otras, la compasión de algunos, sobre todo con el Ciego, para que así pueda decir: “Pa la salud no hay como la leche de burra”; y las relaciones del director del correccional con Pedro; o la cruel indiferencia del Jaibo rompiendo el bombo del Ciego, sin olvidarnos que éste tiene una maldad tan genuina como impresionante y creíble. Por eso es capaz de lo mejor y lo peor, de ahí que sea tan humano.

Como ejemplo, otra frase suya: “Ojalá los mataran a todos antes de nacer”, que nos indica claramente cómo es y funciona su sentido vital, al borde de la autodefensa. Algunos dirán que tal vez por la ceguera, otros que eso le es innato; y los más porque es parte de su idiosincrasia. Diríamos que forma parte de su sabiduría de la vida: si los malos no naciesen ¿habría engaños, asesinatos, robos, delincuencia?

Luis Buñuel nos está diciendo, en unión del ajustado, excelente guión de Luis Alcoriza, y los años transcurridos así lo suscriben, que el ser humano es tan complejo como sencillo. Y no es una contradicción: la existencia de esta película lo atestigua bien a las claras, porque el paso del tiempo le está dando la razón. Es igual que cuando el Ciego restriega la paloma por la espalda de la enferma: los males pasan a la paloma. Así ocurre con la película: las imágenes de estos olvidados han hecho causa común con el tiempo; y sus males son transferidos a quienes los vemos, aumentando así nuestro conocimiento.

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Debemos mencionar, por si no ha quedado claro, que la relación del Jaibo con Pedro es de mutua dependencia, que beneficia siempre al Jaibo, desde la visión de Pedro de la carne cruda, después de la muerte de Julián, que le arrebata Jaibo; hasta las breves, necesitadas mutuamente, relaciones de éste con la madre de Pedro, y cogerle el poco dinero que le han dado cuando sale del correccional y el Jaibo lo sabía, porque le estaba esperando. En todos los casos hay un denominador común, casi siempre presente en cualquier relación entre dos personas: uno impone y el otro obedece.

Dicha dependencia se hace palpable en las consecuencias finales. Tras matar a Pedro después de pelearse, al Jaibo no le queda coartada alguna para justificar sus andanzas, ya que la soledad ha hecho acto de presencia, porque ya no tiene a nadie ante quien presumir. Y es acorralado, perseguido y abatido. Al ir arrastrándose, para morir, surge el surrealismo que Buñuel lleva dentro, ofreciéndonos unas bellas imágenes subliminales de su agonía.

Los olvidados ha quedado como un más que acertado y auténtico testimonio de la eficacia del cine para analizarnos a nosotros mismos y las vivencias que gozamos y sufrimos. Luis Buñuel ha tenido la osadía y el valor de plasmarlo con humilde resolución y una sensibilidad que ya es historia. Además, tiene la ventaja, el mérito, de que al verla otra vez nos parece una de las películas imprescindibles del cine. En este caso, muy bien que el hoy sea como ayer… y hasta como mañana.

No hay duda: estos olvidados siempre serán recordados. Ironías de Buñuel, el cine y el destino.

Escribe Carlos Losada  

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