Susana (Demonio y carne) (1950)

  17 Febrero 2015

La familia de bien

susana-0Don Guadalupe, interpretado por el popular actor mexicano Fernando Soler, protagonista de varias de las primeras película mexicanas de Buñuel, representa a un rico hacendado, guardador del honor, de la moral y defensor de las virtudes de cristiana de su mujer, a la que mantiene encerrada y dominada en su hacienda.

En un momento del filme abrazará con pasión a su sorprendida esposa que ignora que ese abrazo oculta el deseo que siente hacia la carnal Susana. Es, éste, uno de esos grandes instantes del cine de Buñuel en los que asoma la mala uva de este aragonés que, por cierto, en su vida, celoso él, era muy dado a guardar a su familia. La diferencia, en fin, entre la persona y el artista. Freud, muy presente en su cine, tendría que decir mucho sobre el genial cineasta y su personal duplicidad.

Buñuel rodó Susana inmediatamente después de Los olvidados, en el mismo año. La grandeza que algunos críticos habían descubierto en el anterior filme se vuelve contra éste ya que —opinan— sigue centrándose en el carácter popular, melodramático y folletinesco de sus anteriores títulos mexicanos, lo cual no es admisible para quien había realizado varios años atrás títulos claves de la historia del cine como Un perro andaluz, La edad de oro, Tierra sin pan...

Una crítica, claro, que se basa en estereotipos ya que gran parte del cine mexicano de Buñuel se eleva, partiendo de tal estructura, por encima del melodrama, del estilo popular del cine mexicano, hasta convertir su obra mexicana en grandiosa con títulos como Los olvidados, El ángel exterminador, Él, Ensayo de un crimen, Simón del desierto… y, por supuesto, Susana.

En principio Susana es uno de los clásicos dramones mexicanos que, por momentos, parece estar pidiendo a gritos canciones rancheras y donde no falta de nada: hogar roto, mujeres malignas llevando a los hombres a la perdición, madres y esposas honradas a punto de ser expulsadas del paraíso familiar. Todo ello conduce a un final feliz donde todo vuelve a la normalidad: la bondad se ha impuesto sobre la maldad, condenada a ser arrojada al abismo suprimiéndola para siempre de la buena sociedad. Para que todo siga igual.

Al igual que en varios de los filmes de Buñuel la influencia de Freud es clara en lo referente a referencias relacionadas con el sexo. Un ejemplo: los huevos que ha recogido Susana, y que lleva en su mandil, son aplastados por el abrazo al que es sometida por el capataz de la hacienda de forma que su jugo chorrea por las piernas de la mujer.

Buñuel escribió la película junto a Jaime Salvador y Rodolfo Usigli, novelista del que luego tomaría Ensayo para un crimen. Tardó en rodarse 20 días, llevándose a cabo casi en tu totalidad en los decorados del estudio. Se pudo realizar gracias a las recomendaciones del actor principal, Fernando Soler. El guión partía de una historia impuesta por el productor Sergio Kogan, cuyo mayor interés, a priori, era exclusivamente exhibir a su voluptuosa mujer, Rosita Quintana.

La gran inteligencia de Buñuel al realizarlo consiste en superar, y dar la vuelta, a los elementos propios del melodrama mexicano, consiguiendo una obra personal, provocadora, crítica, fustigadora de la moral burguesa. Si el filme se titula Susana, por el nombre de la protagonista, se procede a añadirle una especie de subtítulo Demonio y carne.

Lo que cuenta es simple: la lucha de una mujer en busca de su felicidad y libertad utilizando, en ese combate, a los hombres como peleles por medio de sus encantos. La protagonista al comienzo del filme escapa de un reformatorio por medio de un supuesto milagro (considerado como conjuro blasfemo) para instalarse en una casa honorable donde todo el mundo vive amorosa y felizmente en paz: una familia tradicional unida para siempre, hasta que sean separados por la muerte, en lo bueno y en lo malo.

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Al final todo vuelve a su sitio al producirse un milagro contrapuesto al del inicio. Si al principio la maligna Susana pedía salir de la prisión en la que se encontraba, ahora es la buena y respetable doña Carmen quien pide se cumpla la verdad o se recomponga todo lo que se ha alterado a resultas de lo cual la mala mujer volverá a la prisión de la que había escapado.

Al comenzar el filme, Susana es conducida a rastras a su celda. Transcurre un día más en su vida. Se trata de una mujer que no se doblega fácilmente a la situación en la que se encuentra (al parecer desde hace tiempo) a pesar de los castigos a los que es sometida. Su rotunda figura destaca frente al prusianismo de las carceleras. La tempestad que estalla es un presagio de lo que ocurrirá posteriormente, al tiempo que lo bravío de la naturaleza se emparenta con la propia protagonista, algo que, posteriormente, aseverarán los tres hombres a los que seducirá Susana.

La mujer se arrastra por el suelo reflejando al mismo tiempo vitalidad y primitivismo. Los rayos y los truenos se acercan y se amontonan. Animales, tan presentes en el cine del aragonés, como ratas y murciélagos se vislumbran a cada bocanada de luz. En un breve momento, sobre el suelo, la mujer ve dibujarse, o imagina ver, una cruz, imagen debida a las sombras que los barrotes pintan sobre el suelo. Por esa figura se pasea una araña. Susana arrastrándose hacia la imaginaria cruz pide a Dios un milagro: salir de la celda. Y, entonces, los barrotes ceden como si fueran de cartón por lo que Susana puede salir al exterior donde la (su) naturaleza se hace presente, explosiona.

Lejos de aquel lugar, en una hacienda, se encuentran en aquel momento reunidas las futuras marionetas familiares que serán movidas por la mujer: el hijo, Alberto; la abnegada esposa-madre, Carmen, dueña del lugar; Felisa, la criada que intuye la tormenta como la ira/presencia del diablo; Jesús, el capataz; y Guadalupe, el patrón, defensor del orden.

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Alberto y Jesús son dos personajes contrapuestos. El primero es el señorito, el hombre de la ciudad dedicado a los libros y a la caza… de insectos, mientras el segundo es el genuino representante del macho valiente e impetuoso, un claro charro mexicano. Da igual, ambos junto a Guadalupe como voraces cazadores caerán en las redes de la casta Susana, cuya referencia bíblica se encargará explicar Alberto.

La llegada de la mujer a la casa se presenta como si la recién llegada fuera un ser fantasmal o demoniaco: un rayo cae mientras su rostro aparece en una ventana ante el pavor de los habitantes encerrados en la casa.

Susana, convertida en objeto de deseo por los tres hombres, buscará la forma de adueñarse de la casa en un intento de subvertir el orden. Su estancia transformará la falsa felicidad de sus habitantes, arrojando a sus existencias las mentiras de sus vidas. La mujer pondrá a prueba a cada uno de los hombres de la hacienda. Juega con ellos, les obliga a quitarse las máscaras. Y poco a poco, la familia, al igual que la hacienda, se va desmoronando. El aburrimiento, el viejo e inútil pasado, la pátina de una existencia anodina lo impregna todo. Basta que entre en el HOGAR una brisa de aire para que los valores de siempre se tambaleen.

La abnegada Carmen tampoco saldrá bien parada. Al sentirse perdedora, despechada, se transforma en un verdugo ciego y placentero: con una fusta pegará a Susana. En su cara, dada en un plano efectista, se dibuja algo parecido al éxtasis ante el placer que le supone tal salvaje acto.

En otro momento de la película, nuevamente simbólico, estallará una tormenta. Es el instante en el que la pasión de los tres hombres ha llegado al punto máximo. Entonces, los tres hombres ocultos en diferentes sitios, se encuentran en la oscuridad de la noche, iluminados sólo por los relámpagos. Los tres desde sus escondites observan  a la mujer mientras se desnuda.

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A Guadupe, especializado en armas de caza, se le reserva uno de los momentos eróticos más, digamos, divertidos, porque sí, en Susana, no lo duden, hay mucho humor: el rico hacendado limpia sus fusiles mientras observa las piernas y el escote de Susana. Un instante donde, claramente, el fusil se convierte en falo y la gamuza limpiándolo… eso mismo.

El aparente final feliz, tópico al máximo, merece ser destacado como uno de los más interesantes (¡ya es decir!) y ambiguos del cine de Buñuel. Recordemos cómo Susana a punto de triunfar, de hacerse la dueña de la hacienda, es detenida y devuelta al reformatorio del que se escapó. Todo vuelve a su lugar exacto. El orden, lo correcto, ha triunfado. Toda la hacendada familia, sonriente en su unión inquebrantable, observa el amanecer. Un nuevo —y probablemente también malévolo— día repetirá el camino de sus vulgares existencias. Más o menos escuchamos el siguiente diálogo:

Parece un sueño

—El sueño era lo otro, una pesadilla del demonio

Y después la familia cierra la ventana mientras aparece el fin. Entre los elementos para destacar de esta terminación se encuentra el concepto, muy del director, del sueño, de lo visto como algo onírico (deseos reprimidos en los que aletea la sombra de Freud) y el de la casa como prisión: la familia queda encerrada dentro de la casa negando la peligrosa salida al exterior. Sobre este excelente final parece barruntarse los futuros ecos de El ángel exterminador.

Pocos realizadores han hablado tan bien y tan claro sobre la falsedad de los mundos familiares (falsamente) honorables. En eso, y en otras cosas, Buñuel era un maestro. Y esta película, en apariencia menor, así lo atestigua

Escribe Adolfo Bellido López

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