El discreto encanto de la burguesía (1972)

  27 Febrero 2015

La producción programada del placer

el-discreto-encanto-de-la-burguesia-1El plan de celebrar una comida con amigos es una especie de preludio del placer contenido en el propio acto de comer bien y en buena compañía. Visto desde la óptica de una ética de corte epicúreo, la consumación del placer contenido en una futura celebración orientaría el presente de la acción humana restringiéndola a un espacio y a un tiempo específico: el tiempo de su realización.

La relativización propia de una reflexión ética de carácter más universalista, en cambio, diluiría una de las principales aspiraciones pragmático-burguesa: la consumación programada del placer.

La comida representa, en este sentido, una de las escenas sociales en la que confluye más claramente la mezcla entre lo que podríamos denominar el placer de los contenidos —sabores, olores, etc.— y el de las formas —gestos, palabras, silencios—. El placer como confluencia entre contenido culinario y forma social sería un reflejo, pues, tanto de la pericia o prudencia del cocinero en la preparación de los platos como de la de los comensales en la escena de su degustación: ni excesos ni carencias, sino la justa medida.

No deja de ser curioso, entonces, que Aristóteles llegue a afirmar que de todas las virtudes éticas la más importante sea la prudencia (la acción en su justa medida). Curioso, pues, la prudencia es algo así como la prima hermana de la discreción y esta última representa una de las principales monedas de cambio dentro de la sociedad burguesa. Sociedad que emplea la comida como una de las escenas favoritas de la transacción y del negocio.

Dicho lo anterior, resulta interesante ingresar analíticamente a una de las últimas obras de Luis Buñuel a partir de su título, aun cuando, claro está, los títulos de las películas de Buñuel muchas veces no articulan el o los posibles sentidos de estas (y claro, siempre y cuando sea posible extraer llanamente un sentido de ellas).

El discreto encanto de la burguesía (Buñuel, 1972, Francia) aparecería ante nosotros, pues, como un ensayo que articula fílmicamente cuestiones tan amplias y fundamentales como el intento (o tentación, dicho en clave religiosa) de dominio del azar en pos de la producción programada del placer.

La película misma sería, en este último sentido, una forma de desarticular sistemáticamente todos los circuitos cinematográficos de la satisfacción programada del placer voyerista, negándole al espectador versado en los cánones de la industria de la entretención la posibilidad de hilar un relato coherente y, por ende, placentero.

Tal como ya lo había hecho al comienzo de su carrera rodando filmes henchidos de una poética surreal como por ejemplo Un perro andaluz (1929, Francia) y La edad de oro (1930, Francia), Buñuel abandona en El discreto encanto de la burguesía los cánones clásicos dominantes de la industria para articular, en este caso, un híbrido de prosa y poesía ajeno a la narrativa cinematográfica de rigor.

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 Retrato de grupo como radiografía de clase

En efecto, pues, si bien los personajes del filme representan un amplio y definido espectro de la sociedad burguesa europea en el que encontramos al político, al hombre de negocios, a las esposas de bien, al militar, al sacerdote y al hombre y la mujer comunes, las variadas tramas de éste, sin embargo, se presentan de una manera particularmente imbricada y fragmentaria.

El film representa una especie de modulación tardía del surrealismo buñueliano en la que encontramos elementos propios de la estética temprana y subversiva de Buñuel: la presencia de los sueños, del cuerpo fragmentado, del erotismo y de la muerte, entre otros; su puesta en escena, no obstante, es menos amplia y más acorde con las pautas de un movimiento crítico encaminado a denunciar la hipocresía y el doble estándar en la que vive la sociedad pequeño burguesa europea (1).

La trama elegida por Buñuel es la historia de un grupo de amigos burgueses que busca infructuosamente, en gran parte del filme, celebrar una comida. Junto a este motivo principal la película ofrece otros secundarios en los que vemos, por ejemplo, a Rafael Acosta (Fernando Rey), embajador de la República de Miranda, llevar un próspero negocio de tráfico de drogas junto a sus socios Francois Thevenot (Paul Frankeur) y Henri Sénéchal (Jean-Pierre Cassel).

Vemos igualmente a monseñor Dufour (Julien Bertheau), un obispo que se convierte en jardinero asalariado del señor y la señora Sénéchal (Stéphane Audran); vemos a Simone (Delphine Seyrig) esposa del señor Thevenot y amante de Rafael y a Florence (Bulle Ogier), hermana menor de esta última, quien no tiene más interés que beber y seguir a los demás en sus empeños.

El grupo es, aquí, el expediente que emplea Buñuel para retratar a la burguesía francesa (y europea, por extensión), destacando sus aspectos más diletantes y decadentes. El supuesto refinamiento social del que presume el grupo (en un pasaje del filme vemos, por ejemplo, cómo es puesto a prueba el chófer de Rafael, quien, ignorante de los convencionalismos de clase, se bebe una copa de licor de un trago y no sorbo a sorbo como lo indica el protocolo de rigor) contrasta con la rudeza con la que sus integrantes enfrentan situaciones poco convencionales que les acaecen: el encuentro con una muerte repentina en un restaurante, la llegada a casa de una visita inesperada, una serie de sueños que aparecen a lo largo del filme.

La cinta se transforma, secuencia tras secuencia, en una especie de radiografía fílmica de una clase social que se empeña en vivir bien y sofisticadamente ignorando todo cuanto pueda perturbar su bienestar: la irrupción de lo inesperado, de lo injusto, de lo absurdo, entre otros.

Las señales de dichas perturbaciones las encontramos diseminadas a lo largo del filme en elementos tan disímiles como, por ejemplo, la progresión dramática de la historia central y la continua subversión de los estereotipos representados por los personajes: un embajador que ejerce su cargo velando por sus propios intereses antes que por los del país que representa, un obispo entregado a la obediencia de clase y a la venganza, militares reflexivos y policías supersticiosos, etc.

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Prosa surreal

Buñuel rueda este filme mezclando una prosa ensayística junto a una poesía surreal. La estructura narrativa de la película es un ejemplo de ello. Por un lado vemos una serie de largas secuencias unidas por la inserción de una escena recurrente: la de los amigos burgueses caminando por una carretera en medio del campo sin más motivo aparente que el de ir juntos. Una escena-argumento que se repite a lo largo del filme y que resaltaría las “formas puras” de la pertenencia de clase: el caminar desenfadado, el vestir sofisticado, etc.

Por otro lado, nos es ofrecida una confusión de planos y varios contrastes de elementos como estrategia narrativa y dramática: un sueño que se revela como sueño dentro de otro sueño, vivos y muertos compartiendo un mismo espacio y tiempo, diferentes formas del aparecer del cuerpo (socializado, moribundo, herido, torturado…).

El discreto encanto de la burguesía sería, entonces, una especie de ensayo prosaico y surreal acerca de la forma y el contenido del placer (y del dolor), de su producción e interrupción; también del encanto de la comida como placer inmediato (en cuanto a su contenido) y como acto social posible de reproducir (en cuanto a su forma). Un ensayo acerca de los límites entre lo individual y lo social, del cuerpo como objeto de placer/dolor o de reflexión.

Más prosaico que poético —aun cuando la presencia de numerosas escenas e imágenes surreales digan lo contrario—, El discreto encanto de la burguesía daría cuenta de una época marcada por la crítica a ciertas formas de lo burgués, oscilando entre el realismo de su fotografía y el surrealismo de algunos pasajes y elementos de su puesta en escena.

En algún punto de este oscilar, suponemos, estaría lo más característico de Buñuel: su penetración poética en la realidad socialmente determinada, la universalidad de su denuncia, la lucidez ética de su estética cinematográfica.        

Escribe Carlos Novoa Cabello


Nota

(1) No hay que olvidar que sólo cuatro años antes de rodar este filme, en Mayo de 1968, se produjeron en Francia masivas protestas estudiantiles y obreras contra el orden burgués de la República, la que vió, con ellas, peligrar sus cimientos.

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