Fernando Rey en el cine de Buñuel

  18 Enero 2015

Un viejo caballero español

ese-oscuro-objeto-deseo-0Fernando Rey es un señor mayor. Es como si siempre lo hubiera sido. Como si desde los inicios de su carrera se hubiera instalado en una edad madura de la que ya nunca se ha movido. Sería una especie de pacto antifáustico que le hurta la juventud, relegándola a la condición de trastorno superable para instalarse en la época dorada de la vida. Una época, además, estática, puesto que parece que el tiempo no pasa a través de la madurez del actor. Aunque medien años entre sus interpretaciones su imagen permanece inalterable. Los dieciséis años que van de Viridiana a Ese oscuro objeto del deseo, la primera y la última de las películas en las que le dirigió Luis Buñuel, no se reflejan apenas en su aspecto. Las fechas podrían ser intercambiadas y aceptaríamos sin problemas la nueva ordenación temporal.

Esa imagen que asociamos al intérprete Fernando Rey y que se repite en sus trabajos actorales no se compone sólo de un factor físico. Junto a él se estructura toda una serie de cualidades que la complementan y que la acaban de construir. Es conocida la anécdota sobre la indumentaria de Don Lope en Tristana. El actor quiso saber cómo tendría que vestir en la película, y le preguntó a Buñuel. Parece ser que era verano y Fernando Rey llevaba una camisa floreada en ese momento (sólo escribirlo ya resulta extraño), y el de Calanda respondió: “Así mismo, mis películas no son fiestas de disfraces”.

La indumentaria

Pero no, Don Lope no vestía así. Él es un viejo caballero español que viste como los cánones establecen. La obra de Galdós de la que parte la película es una referencia perfecta para construir el personaje, aunque los distintos papeles que el actor ha interpretado bajo la dirección de Buñuel no se desvían apenas de este prototipo. Da igual que se trate del embajador de la República de Miranda (El discreto encanto de la burguesía) o del hombre de negocios francés que cierra la filmografía del director (Ese oscuro objeto del deseo), en todos ellos, como en Viridiana, el modelo es perfectamente identificable.

La indumentaria tiene en estas películas mucha más importancia de la que el director sugería. Fernando Rey aparece siempre impecablemente vestido, sin que le falten detalles como los guantes, la corbata perfectamente anudada o el sombrero, siempre de color negro. El mismo proceso de vestirse cobra una importancia relevante en las películas. En Tristana vemos a Don Lope utilizar aditamentos para su bigote o exigir la corbata planchada. Idéntico cuidado puede observarse en Mateo (Ese oscuro objeto...) al comienzo del relato.

Sin embargo esta pulcritud se desmorona cuando él mismo sucumbe ante los poderes de las mujeres. Cuando Don Lope consigue a Tristana la decrepitud se instala en su rostro y en su aspecto. Y en Viridiana Don Jorge es ya un viejo despreocupado de su apariencia externa. Pareciera como si el personaje mantuviese una imagen para alcanzar un objetivo, siempre en forma de mujer, y una vez conseguido no tuviese sentido continuar con el esfuerzo. Las pantuflas que exige a Tristana y que ésta finalmente arrojará a la basura son un buen indicador de la función que cumple el vestuario. Si bien, lejos de contener una estrategia, la actitud de renuncia contiene más bien, como enseguida veremos, la señal de la derrota.

El tiempo ido

viridiana-1Esa manera de vestir es también el testimonio de una época y de su pervivencia. No hay duda en esto: Don Lope es un personaje anacrónico, que vive en un tiempo que no es el suyo, y que se comporta de una forma extravagante, como la capa que viste en esa ciudad pétrea y compacta que lo acoge y con la que se abre la película.

Él mismo y los que le rodean son conscientes de esa rareza. Al principio se comenta elogiosamente que ya quedan pocos como él, y hasta el propio Don Lope lo reconoce cuando en la tertulia afirma que ya no hay hombres como los de su tiempo, aceptando por tanto que su tiempo ya no existe.

Ese anacronismo se puede observar en diversos detalles, como el del campanero quejándose de que ahora las campanas molesten, o en Don Jorge tocando el órgano. Pero quizá el más dramático sea cuando, intentando restaurar su honor, Don Lope golpea con un guante la cara de Horacio y éste le responde con un puñetazo. Lo que va de un gesto a otro no es sólo la magnitud de su humillación, sino la constatación de que su tiempo ha pasado, de que, como le dicen, es ya demasiado viejo para meterse en tales asuntos.

Aunque él intenta rebelarse contra la idea de su vejez, constantemente se la están recordando. Tristana es especialmente cruel en eso. Cuando en su noche de bodas le rechaza le llama Lopito, y le recalca que a su edad ya no proceden determinadas ilusiones. Sus esfuerzos para obtener la aprobación de sus amantes reales o anheladas son respondidos con silencios o con sonrisas que delatan, cuando no con una crueldad explícita.

Junto a su aspecto el personaje mantiene unos hábitos y unas conductas que también resultan inviables. Mateo es un acaudalado hombre de negocios, y puede mantener un modo de vida acorde con su prestigio social, y así puede visitar lujosos hoteles en Suiza, viajar en primera clase (aunque su criado lo haga en segunda, no hay que confundir el estatus), comprarle una casa a Conchita o colmarla de regalos.

Pero Don Lope, venido lamentablemente a menos, libra una ardua pelea por mantener su posición social. Aunque reconozca sus limitaciones, aunque tenga que ir vendiendo su patrimonio, lo hace con la gallardía que cree que le corresponde. No discute de dinero porque piensa que es impropio de alguien como él, y desprecia a quien le socorre comprándole sus cuadros y sus vajillas por dedicarse a tan vil oficio.

Sus carencias no aplacan sus quejas por la comida ni hacen que renuncie al vino en las comidas. Las rentas, de las que vive, no alcanzan, pero aún así le repugna comprar de fiado. Su actitud busca una cuadratura del círculo imposible de lograr. Quiere mantener un modo de vida que no está a su alcance, y en lugar de adaptarse a la nueva situación se aferra a la antigua hasta la indigencia.

Porque lo que no va a hacer es trabajar. Tal cosa no corresponde a los de su clase. Considera el trabajo como una maldición, y su peculiar sentido del honor lo concibe como una forma de explotación y de enriquecimiento ilícito. La vida para él es una representación sin la cual no merece ser vivida, y antes que abandonar su papel prefiere que le ahorquen. Como afirma en sus tertulias, el símbolo más claro de su quehacer cotidiano, “vivo mal, pero vivo sin trabajar”. ¿Qué más dará vivir mal si se es fiel a unos principios, por trasnochados que sean? Esa es la esencia del personaje.

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Las mujeres

La relación que este viejo caballero mantiene con las mujeres es compleja. Su comportamiento quijotesco (siempre defiende a los débiles, el honor no se paga con un rasguño) le impulsa a ser protector de las damas. Esa es la actitud que adopta con Tristana, a quien recoge bajo su cuidado a pesar de sus menguados bienes, o la que se empeña en ofrecerle a la esquiva Conchita.

Pero semejante talante tiene su contrapartida en la exigencia de sumisión, en la reclusión de la protegida en el ámbito que para ella reserva. Así, no cabe pensar ni en la posibilidad de que Tristana acuda a las tertulias que él frecuenta, ya que la mujer honrada tiene que permanecer en casa con la pata quebrada, dispuesta a acercarle las pantuflas cuando llega. Esa casa que regala a Conchita y que concibe más como cárcel que como morada, como muestran muy bien las rejas que la circundan. Hasta Saturna, la criada de Don Lope, es remitida a sus cacerolas, el lugar que en tanto mujer le corresponde.

La posesión de la mujer lleva consigo la exclusividad y el reconocimiento social. Y el incumplimiento de estas premisas no excluye la violencia como procedimiento restaurador. La amenaza a Tristana es clara: antes una tragedia que hacer el ridículo. Y la reacción ante los amantes que les descubre a Conchita y Tristana combina la furia y la agresividad. Cuando habla de felicidad como resultado de la libertad que ambos mantienen, Don Lope muestra un cinismo absoluto, pues tal libertad es sólo la suya, mientras que la mujer no puede, al menos él no lo contempla, escapar a su cautiverio.

Sin embargo esta actitud es más un deseo que una realidad. Forma parte de la imagen que se ha construido y tanto le cuesta mantener, del mismo modo que forma parte de ella su aura de conquistador insaciable, incapaz de resistirse a unas faldas, por mucho que proclame la necesidad de respetar a las mujeres de los amigos y a las inocentes y puras.

Esa agresividad será su tumba, la constatación de su decadencia, el empujón definitivo hacia su ocaso.

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En realidad sus alardes amatorios, su cultivado prestigio de conquistador, esconden un intento de aferrarse a una juventud que se le escapa. Conchita, Tristana y Viridiana representan el tiempo pasado que no puede volver. En todas ellas se busca una inocencia juvenil que, al someterse, revalide su deteriorado poder. No es gratuita la alegría que muestra al enterarse de la virginidad de Conchita, máximo trofeo al que un depredador como él puede aspirar.

Sin embargo su triunfo será doloroso. Al avasallar a Tristana y a Conchita y besarlas éstas responden con una risa inocente, risa que lejos de significar una rendición contiene los trazos de la victoria. Porque Buñuel concibe la relación amorosa como una guerra en la que hay vencedores y vencidos, y el viejo caballero español, derrotado ya en mil batallas, también aquí va a claudicar. Desde el momento en que declara su amor a la joven es ésta quien toma el mando de la situación y quien poco a poco va a ir humillando a su viejo amante.

Asistimos a un paulatino proceso de destrucción de Don Lope, Mateo y Don Jaime. Todo son indicios de ese proceso. Desde la amargura que causa la impotencia por no dominar la situación (mayor amargura aún para quien no concibe otro rol que el de dominador) hasta el mismo deterioro que se observa en la indumentaria (avanzando dubitativo tras Tristana, con los tirantes caídos), la enfermedad o finalmente el suicidio como única manera que tiene Don Jaime de retener a Viridiana (y, esta vez sí, de imponerse a través de su hijo, en un gesto de crueldad por la única victoria que puede permitirse).

Ese oscuro objeto... se basa en la novela La femme et le pantin. Pero en realidad el personaje del pelele no se limita a aparecer en esta película, sino que es una constante en los tres papeles interpretados por Fernando Rey. La perversión que estos personajes ocultan (Don Jaime disfruta viendo saltar a la niña con esa cuerda con mangos) recibe una cumplida réplica en el trato que van a recibir de sus supuestas seducidas. Buñuel en esto es implacable, y tras la aparente hidalguía que se esfuerzan en mostrar retrata toda la miseria que los constituye.

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La religión

El componente religioso es también importante en esta compleja personalidad. La función de la religión será sobre todo la de represora del encuentro amoroso. Donde más claramente se muestra es en Viridiana, siendo la vocación de la sobrina la que hace inviables las aspiraciones de Don Jaime.

Pero también en Tristana está constantemente presente a través de las iglesias de Toledo y de los toques de campanas, aun cuando Don Lope proclame que en cuestiones de amor no cabe el pecado, otra más de sus jactancias. Y asimismo está sutilmente en medio de los intentos infructuosos de Mateo por acceder a Conchita, sea en la forma de la cruz que cuelga en la habitación durante la primera tentativa de aproximación íntima, sea en esa especie de procesión con la que Mateo se cruza en Sevilla antes de volver a encontrarla.

No es de extrañar que el personaje no simpatice con un elemento religioso que desempeña semejante papel. Don Lope es un descreído, y presume de ello en un ambiente que incita más bien a lo contrario. En esto se vislumbra también la fuerza con la que defiende la fidelidad a sus principios Sin embargo esa misma grandeza dará cuenta de la magnitud de su humillación cuando, derrotado, se cobija en su casa, junto al brasero, tomando chocolate con los curas.

Afuera nieva, pero dentro se está muy calentito.

El final de Tristana es el final de una época.

Escribe Marcial Moreno

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