Nazarín (1959)

  21 Enero 2015

La fe de un gran hombre

nazarin-0Don Nazario, el cura retratado por Buñuel es, ante todo, un tipo a carta cabal, un hombre íntegro e incapaz de traicionar sus convicciones. Se vuelca en cuerpo y alma a socorrer a sus semejantes que son pobres de misericordia. Acciones con las que, pese a todo, no logra arreglar el mundo, porque lo estructural resiste a las actuaciones individuales. Late así en el cine de esta época, y en especial en el de Buñuel, una desasosegante ambivalencia entre cultura y naturaleza, ficción y realidad, política y acción.

En Nazarín subyace, además, la dualidad entre humanitarismo y fe cristiana, e incluso Buñuel alienta la duda de si el panorama representado es México o el Madrid galdosiano... Dicotomías que hacen, si cabe, un poco más cautivador el devenir de la película que analizamos aquí. Tan característico nos parece este recurso narrativo, que lo proponemos como una de las claves más relevantes para interpretar esta película, por lo demás, de impecable factura técnica.

Nazarín se estrena en 1959, poco antes que Viridiana (1961) y algunos años después de una sus grandes obras: Los olvidados (1950). Es obvio que el tiempo transcurrido desde el estreno de la película hasta nuestros días, poco más de medio siglo, cambia la mirada hacia Nazarín. Aunque sólo sea por esta circunstancia, la película que nos ocupa se presta a múltiples interpretaciones y enfoques de análisis.

Su metraje aparece poblado de personajes y situaciones dando lugar a un relato duro pero que atrapa la mirada del espectador. El mismo Buñuel reconoció en diversas ocasiones que esta era una de sus obras preferidas, si bien le sorprendía que la crítica hubiera resaltado demasiados simbolismos y propuestas expresivas. Todo lo cual, insistía, no son sino equívocos que dificultan el acceso a lo que él pretendía transmitir.

En un primer visionado de aproximación, la historia que nos propone es muy sencilla. La trama se localiza físicamente en el México de principios del siglo veinte. La acción arranca en un mesón de nombre Chanfa y aspecto pobretón, donde el cura Nazarín interpretado magistralmente por Francisco Rabal, comparte su humilde condición con unos habitantes y sobre todo unas paisanas de moral distraída. Una de ellas incendia el mesón para despistar a la policía y el sacerdote, para no delatarla, se ve obligado a huir del lugar.

Inicia con ello un periplo en el que le siguen dos mujeres del mesón, enamoradas perdidamente “del hombre” que hay detrás del sacerdote, según lamenta la madre de una de ellas. Y es precisamente en esa huída en la que le van a suceder una serie de situaciones problemáticas que afronta desde sus principios de cristiano entregado a la fe. Tanta abnegación atrapa a los espectadores por la entereza con la que afronta y trata de resolver los entuertos que le salen al paso, aunque fracasa casi siempre.

El relato fílmico se desarrolla, como indica el propio director, de manera lineal y sin grandes artificios expresivos ni refinamientos en la puesta en escena. En coherencia con el contenido y la realidad representada, dice que se limita a poner la cámara y dejar que grabe cuanto sucede delante de ella. Sin embargo, no parece que esto sea exactamente así. Cuando se ve por segunda vez, es fácil advertir que nada aparenta estar de relleno en la pantalla.

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La fotografía, dirigida por el gran Gabriel Figueroa, resulta portentosa y en ocasiones escabrosa por el realismo con el que muestra los detalles, como la paliza que le propinan a Nazarín en un establo sus compañeros de viaje. No menos carga simbólica y metafórica tiene la primera secuencia de la película. En medio de la plaza, mientras esquilan un burro, aparecen los personajes clave de la historia, desde el afilador hasta el operario que le anuncia al aristócrata la instalación de los cables de la luz eléctrica. Desde la primera escena, por tanto, nos deja claro el perfil de quienes son responsables de que pase lo que iremos viendo que pasa.

Durante algún tiempo, Buñuel no se mostró interesado por la obra de Pérez Galdós. De hecho tenía los derechos de varias de sus novelas y hasta Nazarín no llevó ninguna a la pantalla. Pocos años más tarde y ya en España, hizo lo propio con Tristana (1970). Debido a las reticencias hacia la obra del novelista canario, tal vez porque éste pertenecía a la generación del 98, tardó varios años en terminar el guión de Nazarín. Fue el lapso de tiempo que necesitó para comprender que la novela de Galdós no era únicamente denuncia del tradicionalismo santurrón. La novela homónima le ofrecía abundantes materiales con los que Buñuel podía desarrollar lo que realmente le interesaba para afianzar su universo fílmico, especialmente en lo que se refiere a la representación de la realidad a partir del surrealismo.

Universo tejido en torno a las sarcásticas alusiones a la religión, a las creencias de las gentes y una crítica feroz a las situaciones de miseria en las que vivía la gente sencilla. En definitiva, la novela de Galdós le sirve a Buñuel para desplegar un discurso fílmico poderoso y eficaz visualmente. Lo cual se hace patente en el poderío de los personajes y las situaciones que deben afrontar, materiales a partir de los que logra construir un relato corrosivo sobre cuestiones que para otros millones de conciudadanos suyos eran “sagradas” y, por tanto, intocables.

La complejidad de Nazarín, como el resto de su obra cinematográfica, tiene que ver también con la experiencia vital del director. Buñuel llega a la Residencia de Estudiantes en Madrid desde una población de provincias. Allí contacta con una serie de intelectuales y creadores de primera fila (Lorca y Dalí fueron sus amigos más íntimos y emblemáticos representantes de la generación del 27), que habían tejido un entorno propicio para que Luis Buñuel saque de su interior todo lo que llevaba dentro. Y lo saque, fundamentalmente a través del cine, porque él mismo dice que ni le gusta ni se considera capaz de poner sus sueños en papel mediante la escritura. Dentro lleva todo un conjunto de obsesiones, muchas generadas por el tipo de relación que mantenía con su madre y, otras, de elaboración propia dada la intensidad de los estímulos que le ofrecía el entorno en el que se desenvolvía.

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Luis Buñuel cambia de continente para continuar con el exilio en América. Ni sus ideas ni su conciencia política y creativa le permitían vivir bajo los auspicios de un régimen dictatorial como lo era el franquismo. Así que de Francia viaja a México donde vivirá durante varios años, al tiempo que continúa con su faceta creativa en el cine, primero por encargo y luego seleccionando lo que más le interesaba. El cambio de horizonte artístico es muy considerable y, por tanto, con un impacto importante en las coordenadas del creador. En este ir y venir del cineasta de Calanda, es en su primera larga estancia en México como exiliado cuando, ante la insistencia de un productor (Manuel Barbachano Ponce), decide rodar Nazarín.

Experiencias y obsesiones que supo transformar en materiales artísticos con los cuales profundizar en la condición del ser humano. En Nazarín encontramos muestras de todo ello, desde el amor apasionado, la caridad hasta poner en riesgo la propia vida o la maldad gratuita.

Los personajes principales se sostienen en pie o se arrastran, según lo requiera la situación, imbuidos por una fe, se la considere o no como católica, que les permite mantener la dignidad en tanto que seres humanos. Luego hay escenas más oníricas, como cuando la apasionada Beatriz, al sentirse rechazada por su pretendido, le da un mordisco en el labio del que brota un borbotón de sangre.

No menos carga surrealista tiene esa otra en la que una imagen de Cristo le sonríe a Nazario o la que muestra que a la habitación del cura, cuando estaba en la posada, fueran nobles o truhanes entraban por una ventana. Igualmente llamativa es la escena en la que unos bandoleros, para divertirse entre ellos, mantienen colgado de un árbol a un enano que luego se enamora de Ándara, seguidora de Nazario en el periplo de redención.

Como el propio Buñuel, Nazarín es un transeúnte sin parada fija, está moviéndose de un lado a otro y esa es una constante narrativa de la película que nos ocupa. Arranca en una posada donde entra y sale la gente más variada de condición y rango social, y termina escoltado por un guardia caminando por una carretera polvorienta junto a otra columna de malhechores. Una vez más la referencia implícita al Jesús de Nazaret es inevitable, camina en compañía de los pecadores y menesterosos cuyo comportamiento provoca la vergüenza entre sus conciudadanos más decentes, pero no en el cura Nazarín y sus dos seguidoras.

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El hispanista Ian Gibson ha hecho un exhaustivo estudio de algunos de los coetáneos de Buñuel y también del aragonés bajo el título Luis Buñuel. La forja de un cineasta universal 1900-1938), editado por Aguilar. El historiador no duda en reconocer que es, con todo merecimiento, uno de los grandes creadores del siglo XX. Da buena cuenta de ello el despliegue fílmico y temático de Nazarín. Poco importa terminar de ver la película sin saber si es un ataque o una loa a la religión católica, sobre todo cuando nos enfrentamos a la escena final. De fondo redoblan los tambores de Calanda (la música es de su compañero de exilio Rodolfo Halffter) y por el camino polvoriento el cura Nazario acepta, tras dudar, la piña ofrecida por una campesina.

El camino, metáfora de profunda reminiscencia católica y la bienaventuranza de dar de comer al hambriento. Con el rostro, casi desencajado, el protagonista no se rinde porque algo extraordinario (¿tal vez la fe?) mantiene erguido su cuerpo y el permite seguir. Sin embargo, el desaliento provocado por esta última escena es agónico. De pronto se constata que “la caridad” tampoco es la solución más adecuada para las desigualdades lacerantes instaladas en las sociedades de entonces, como en las de ahora.

Da igual la conclusión que extraigamos, es, como dice Gibson, un creador y en este caso una obra que cautiva y, por supuesto, invita a pensar sobre lo que estamos viviendo en nuestros días. ¿Nos aporta claves para interpretar las circunstancias sociales y políticos actuales? Nazarín comparte con las demás obras de arte, recordemos que recibió en 1959 el Gran Premio del Jurado del Festival Internacional de Cine de Cannes, el que por ella apenas se nota el paso del tiempo. Siempre aportan alguna enseñanza para interpretar el presente pese a que haya pasado más de medio siglo desde su estreno.

Sobran, pues, razones para dedicar poco más de 90 minutos a ver con deleite y sobrecogidos esta impresionante obra de cine en estado puro.

Escribe Ángel San Martín

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