El gran calavera (1949)

  15 Enero 2015

Hombre rico, hombre pobre

el gran calavera-1Olvidados los tiempos escandalosos del surrealismo, Buñuel languidecía en México, a punto de retirarse del cine. Finalizaba la década de los cuarenta, el fantasma de la Segunda Guerra Mundial comenzaba a alejarse y el cineasta estaba a punto de cumplir cincuenta años. Nada parecía indicar que su futuro dentro del medio estuviese asegurado.

Su paso por el cine consistía, hasta entonces, en dos añejas curiosidades (Un perro andaluz, 1928) y La edad de oro, 1930); un tremendo documental (Las Hurdes, tierra sin pan, 1932); dos películas más como codirector en España (¿Quién me quiere a mí?, 1936 y ¡Centinela alerta!, 1937) y su desangelado debut como realizador en el cine mexicano (Gran Casino, 1947), que aunque fue un rotundo fracaso de taquilla sirvió como carta de presentación e introducción apropiada a las películas mexicanas más cínicas de Buñuel.

Tres años después, sin trabajo ni dinero, Buñuel recibió una llamada del productor Oscar Dancigers (quien posteriormente también colaboraría con el director en títulos tan imprescindibles como Los olvidados, 1950, o Él, 1953). El motivo no era otro que pedirle que se pusiera al mando de una película que iba a dirigir y a interpretar Fernando Soler (Demonio y carne, Mamá nos quita a los novios), pero que finalmente decidió sólo protagonizar. Buñuel aceptó.

El argumento lo habían escrito Luis Alcoriza y su esposa Janet, una pareja de actores que habían abandonado la actuación cuando descubrieron que podían trabajar muy bien juntos como guionistas. Alcoriza se convertiría en un gran amigo de Buñuel y en uno de de sus más importantes colaboradores hasta su debut como director en 1960.

El film está basado en una comedia de Adolfo Torrado, autor dramático español. Sus obras, caracterizadas por el enredo, el humor y el efectismo sentimental, tuvieron un éxito enorme entre los años treinta y cuarenta, destacando títulos como Un caradura, El famoso Carballeira, Una gallega en Nueva York o El gran calavera que ahora nos ocupa.

Buñuel, que había pasado un barbecho de dos años sin acercarse a un plató, acometió la adaptación de esta enérgica y divertidísima comedia, para con su toque —tipo Lubitsch, pero pasado por el tamiz de la moralidad ambiguamente conservadora tan típica del maestro aragonés— ofrecernos una auténtica obra de arte que no debería pasar desapercibida para todos aquellos amantes del buen cine con pedigrí.

La trágica pérdida de su esposa hizo que Ramiro, un empresario muy rico, empezara con sus excesos con la bebida. A su alrededor, su familia se aprovecha de su indolencia y exprime su dinero para darse todo tipo de caprichos. Desde Ladislao, su hermano holgazán, hasta Virginia, su hija, la única con buen corazón en esa casa, acaban pasando por su despacho en busca de un cheque.

En la fiesta de compromiso de Virginia, Ramiro, otra vez alcoholizado, arma una gran bronca al querer impedir que su hija se case con un pretendiente que sólo la quiere por su dinero. La tensión alcanza tales niveles que Ramiro cae fulminado de un ataque al corazón. Su hermano médico ideará entonces un plan de choque, pues considera que el origen de su mal es moral y propondrá a la familia trasladarse a un barrio humilde y simular que tuvieron que ocultarse ahí después de que Ramiro fuera perseguido por la justicia, haciéndole creer que ha perdido todo su dinero cuando se despierta en alguna parte en los suburbios de Ciudad de México.

Con una vida más tranquila espera que Ramiro deje el desenfreno, sin embargo las consecuencias de ese plan se escaparán de toda previsión. La familia se infiltra voluntariamente en la cultura campesina temiendo que Ramiro ya no será capaz de atender sus frondosas necesidades.

Aunque es sin duda la película más accesible de Buñuel, El gran calavera enfrenta a un dilema moral siempre presente en la obra de su autor: que el dinero allana el camino para la sensibilidad y la complacencia equivocada. Ramiro es una persona humilde a pesar del grosor del tamaño de su billetera. La reacción inicial a su empobrecimiento repentino (en un momento del film afirma: “Qué tonto, pensé que había despertado”) es menos una indicación de su petulancia que una respuesta directa a un cambio de retórica aparentemente ilógico.

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Avergonzado por la miseria que cree que sus caminos de borracho han traído a su familia, el héroe de la función intenta arrojarse desde la azotea de su apartamento sólo para ser salvado por su vecino Pablo (Rubén Rojo). “No, sólo se va a romper las piernas”, le dice el joven vendedor de medias, convenciendo con éxito a Ramiro de que lo único peor que la muerte es ver a un hombre postrado en una silla de ruedas.

Pronto se dará cuenta de que ha sido sometido a engaño, y pondrá en práctica una venganza que repercutirá en lección para todos aquellos que se han atrevido a jugar al clasismo sin ser conscientes de las funestas consecuencias.

Es una historia que parece simple en su estructura pero que está cimentada sobre múltiples capas de embuste y falsedad. Como buen humanista, Buñuel complica el asunto cuando Pablo toma como un insulto el hecho de que los ricos jueguen a ser pobres para arreglar sus problemas. Al final, sin embargo, él mismo debe tragarse su orgullo y humildad y con una patina inusualmente optimista se nos invitará a creer que el amor puede llegar a conquistarlo todo.

Mediante una elegancia visual un tanto exagerada con el objetivo de ensalzar los finos modales de la mayoría de sus personajes, contiene varios episodios en los que la presumida cordialidad de las clases altas se ve constantemente torpedeada por su falta de vergüenza y displicencia. Todos son unos aprovechados que intentan con mayor o menor fortuna continuar agarrados a su alto modus vivendi; y no será hasta que prueben la medicina de los que sufren el día a día de la precariedad que se darán cuenta de que la verdadera felicidad se encuentra en seguir los preceptos de aquéllos que afirman que “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Injustamente tratada como un trabajo menor de su director (lo que no repercute para nada en el menoscabo de sus obras maestras, obras geniales sin parangón), El gran calavera merece ser reivindicada como un trabajo inconformista y de una tremenda rotundidad (y contemporaneidad) que pone en tela de juicio los valores morales de quienes actualmente se reconocen como “casta” o burguesía acomodada en su propia corrupción.

Y es que en el año 1949 el progresismo de Buñuel ya estaba fuera de toda duda, y no nos es de extrañar que su legado como visionario siga esparcido como una fiebre, como una peste que va dejando sus bichitos a quien quiera que la mire directamente, sin encontrar límites, propagándose, incluso excediendo y hasta a veces subvirtiendo perspectivas de clasificación o género.   

Escribe Francisco Nieto

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