Barcelona: fundido en negro

  06 Noviembre 2014

 

Una aproximación al cine criminal rodado en Barcelona

biutiful-1“Lo estaban esperando. En la calle de la Sal, que termina al fondo contra la montaña de escombros de lo que había sido plaza de Francesc Magrinyá, no había vecinas en sus sillas, cosiendo redes o cotilleando, sino dos hombres que por su aspecto muy bien hubieran podido ser policías”.

                                                                                   Cabaret Pompeya. Andreu Martín, 2011.

Cabaret Pompeya es una nostálgica y violenta declaración de amor a la ciudad de Barcelona, y este fragmento de la novela parece un sentido homenaje de Andreu Martín a la librería Negra y criminal ubicada en la calle de la Sal en la Barceloneta, uno de los barrios más populares de la ciudad Condal. Regentada por Paco Camarasa, librero a la antigua usanza especializado en género negro, esta pequeña librería es actualmente uno de los pilares que con mucho esfuerzo confirman la influencia de la ciudad de Barcelona cuando hablamos del género criminal.

En esta atracción fatal entre Barcelona y el noir, y concretamente en la realización de films de temática criminal, confluyen factores muy diversos, fundamentalmente de índole social y cultural, pero también  urbanísticos y hasta geográficos.

No hemos de olvidar que Barcelona es una ciudad abierta al mar, con un puerto potente asociado clásicamente al barrio chino (ahora desaparecido) y a los barrios marineros, favoreciendo un determinado tipo de lumpen y delincuencia unido a su actividad portuaria. Además la separación entre la Barcelona Norte, donde predominaban los barrios pobres y más degradados, en contraste con los barrios del Eixample o la Barcelona Sur, donde viven las clases acomodadas, agudizaba más si cabe  la división en clases sociales favoreciendo un caldo de cultivo muy favorable al surgimiento del genero criminal. La pobreza, la inmigración, el tráfico de drogas y la delincuencia organizada, la lucha de la clase obrera, la industrialización unida a  la corrupción inmobiliaria y política son temas que conforman el imaginario “negro” de cualquier gran urbe, pero que en la ciudad de Barcelona cobra un protagonismo especial.

En cuanto a los factores culturales resulta trascendente el auge de la novela negra escrita por catalanes, destacando figuras clave como Manuel Vázquez Montalbán y su serie de novelas protagonizadas por el detective Pepe Carvalho; sin olvidar otros autores esenciales como Andreu Martín, González Ledesma con la serie del comisario Méndez, además de Pedro Casals o Jaume Fuster entre otros autores que abrazaron el género.

Este gusto de los catalanes por la temática criminal favoreció la proliferación de editoriales ubicadas en Barcelona y que editaron colecciones de novela policiaca, como la editorial Bruguera, Molino, Caralt o Albor, sin olvidar que curiosamente el semanario barcelonés de sucesos El Caso se publicó por primera vez en 1952 teniendo una gran repercusión no sólo en Cataluña sino en toda España, estimulando el morbo de la población por los aspectos más sórdidos de la actividad delictiva.

Así las cosas, sin pretender ser exhaustivos nos planteamos realizar un recorrido por una selección de films de temática criminal ambientados en la ciudad Condal, encuadrados en distintos momento históricos, haciendo hincapié en como las calles de Barcelona, sus lugares emblemáticos, los diversos ambientes y sus gentes logran amalgamarse en las tramas más oscuras y corruptas.

1950-1975: La negra noche franquista

apartado correos 1001El cine negro español realizado a partir de los años cincuenta se ha etiquetado en numerosas ocasiones como “cine barcelonés”, ya que aunque algunos títulos se rodaron también en Madrid, fueron preferentemente los rodados en la ciudad Condal los que mejor supieron captar la estética característica del cine negro, su nihilismo y un atisbo muy matizado de contestación política. Títulos como Apartado de correos 1001 (1950), Camino cortado (1955), Distrito quinto (1957), Los atracadores (1961) o A tiro limpio (1963) entre otros, conformaron un corpus estilístico que consiguió aunar las tramas criminales con la urbe barcelonesa. De entre ellos vamos a destacar Apartado de Correos 1001 y A tiro limpio.

Apartado de correos 1001, dirigida por Julio Salvador en 1950, constituye uno de los títulos fundacionales del cine negro español. De temática muy transgresora para la época al tratar el tráfico de drogas, narra las andanzas de una banda de delincuentes y estafadores que trafican con cocaína y son perseguidos sin tregua por las fuerzas del orden (entre ellos un pujante Conrado San Martin) hasta que  logran desarticularla.

De carácter marcadamente neorrealista, esto lo podemos rastrear en numerosas secuencias rodadas en localizaciones barcelonesas, como el asesinato al inicio del film en la concurrida Vía Layetana (delante de la propia Jefatura Superior de Policía), las escenas filmadas en la oficina central de Correos, lo chocante de un ver un frontón real donde maneja la raqueta una de las protagonistas o por la presencia de los personajes en un lugar tan emblemático como las Ramblas, recordándonos las escenas filmadas por Jules Dassin en escenarios naturales en La ciudad desnuda (1948).

Es destacable la persecución final ambientada en la feria del complejo de atracciones Apolo, con los consabidos espejos deformantes y su tono burlesco, que irremediablemente nos trae a la memoria el final rodado por Orson Welles sólo dos años antes en La dama de Shanghai (1948).

Así Apartado de Correos 1001 se conforma como un film muy innovador para su época y en el que adivinamos la huella de referentes cercanos del mejor cine negro americano.

a tiro limpioFrancisco Pérez Dolz rueda doce años más tarde y con producción de Balcázar A tiro limpio (1962) y observamos cómo en tan solo una década y de forma tímida la modernidad pugna por abrirse paso en la sociedad catalana, y esto resulta patente en aspectos tan superficiales como los vestidos, las armas o los vehículos pero tan bien en cuestiones de mayor calado como la filiación política de los personajes o el abordaje de las relaciones sentimentales; todo esto se acompaña de una realización más dinámica y menos envarada, consiguiendo unas caracterizaciones estilísticas y temáticas muy cercanas al polar francés de la época.

La trama nos muestra cómo Martin y Antoine (de insinuado pasado antifascista) pretenden crear una banda de atracadores y contactan con Román (José Suarez) para conseguir armas y captar a un cuarto hombre; tras varios atracos  las relaciones entre los miembros de la banda se deterioran lo que conducirá de forma ineludible a su trágico final.

La cinta, rodada en interiores y exteriores naturales, hace un magnifico uso de algunas localizaciones, como los alrededores del mercado del Borne o del puerto de Barcelona, destacando el desenlace final con José Suarez rodeado y abatido por la policía en una de las estaciones del metro de Barcelona. Resulta modélica la escena en la que Suárez yace herido de muerte y su cuerpo es transportado por las escaleras mecánicas del metro hasta los pies de sus perseguidores.

La organización cuasi militar de los atracadores de pasado antifascista, las armas automáticas, el rodaje en escenarios naturales, la presencia de la gran urbe y el apunte de relaciones amorosas transgresoras entre Suárez y su novia María Asquerino aportan al film un aire moderno, “europeo”, que lo emparenta con el mejor cine de Claude Sautet o Jean-Pierre Melville.

Conviene resaltar unos sencillos y eficaces títulos de crédito (con las metralletas como leit motiv) y una banda sonora jazzística de Francisco Martinez Tudó; por cierto en 1996 Jesús Mora hizo un remake de A tiro limpio, esta vez ambientado en las Islas Canarias y de resultados muy inferiores.

1976-1999: Los bajos fondos de la democracia.

Con la muerte de Franco, el advenimiento de la democracia en lo que se conoció como “la transición política española” y el final de la censura cinematográfica en 1977, se genera el caldo de cultivo ideal para el surgimiento de una serie de jóvenes artistas e intelectuales (cineastas, novelistas, autores teatrales, dibujantes de comics, músicos…) que rompen definitivamente con el antiguo régimen con la producción de historias social y políticamente transgresoras, marcadas por la violencia, el sexo y la denuncia de la podredumbre de los estamentos del poder.

tatuajeLa crisis económica, el paro, el mundo marginal de la droga y la corrupción del estamento policial y político son tratados en aquellas fechas por un cine más popular con las películas de quinquis o navajeros de José Antonio de la Loma o Eloy de la Iglesia, aunque autores de mayor fuste como los escritores Juan Marsé, Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza o cineastas catalanes como Bigas Luna o Vicente Aranda consiguen obras de profundo calado social y político, ambientadas todas ellas en las calles de la ciudad Condal. Ejemplificamos esta etapa con los films Tatuaje y Fanny Pelopaja.

Tatuaje de Bigas Luna, realizada en 1976 pero estrenada en España tres años más tarde, está basada en la obra de Manuel Vázquez Montalbán del mismo título y presenta por primera vez en la pantalla las desventuras del detective Pepe Carvalho encarnado por Carlos Ballesteros.

El hallazgo en una playa barcelonesa de un hombre con el rostro desfigurado con un tatuaje en el brazo con la frase: “He nacido para revolucionar el infierno”, permite a Vázquez Montalbán y a Bigas Luna desarrollar una típica historia de investigación con detective privado (tan atípica hasta la fecha en la tradición novelística y cinematográfica española) que le lleva de los bajos fondos barceloneses hasta los chalets de la burguesía catalana, con algún vericueto de la trama por los canales de Ámsterdam.

Carvalho-Ballesteros intenta averiguar la verdadera identidad del cadáver y esa investigación lo sumerge en una Barcelona setentera algo desaliñada, con barrios empobrecidos y prostitutas comprensivas (estupendas Pilar Velázquez y Terele Pávez).

Barcelona y Carvalho conforman un solo cuerpo, así el detective sabe entremezclarse con todo tipo de fauna urbana, y podemos ver sus lánguidos paseos por la Ramblas o el mercado de la Boquería en busca de alguna pista y de viandas para sus preciados guisos. Resulta visualmente impactante la entrevista de Carvalho con el limpiabotas Bromuro (Luis Ciges) en el antiguo Teatro Principal reconvertido en el club de billar Monforte, donde vemos la majestuosa Cúpula Venus, nido de palomas, desvencijada y ennegrecida por los incendios y el paso inexorable del tiempo. Todo un símbolo de la transformación que la ciudad sufrirá años más tarde.

fanny-pelopajaFanny Pelopaja (1984), de Vicente Aranda, está basada en la novela Prótesis de Andreu Martín publicada en 1980, y constituye en mi opinión un título clave dentro de la literatura y el  cine negro español. Aunque ambientada en Barcelona, es la historia y los personajes los que tienen el principal protagonismo, apareciendo la ciudad sólo como mero telón de fondo.

Historia de amour fou y de venganza, de sexo sin concesiones y fatalismo (temas tan queridos al cine de Aranda), el film nos describe la relación amor-odio de una delincuente con un inspector de policía (magníficamente interpretado por el actor francés Bruno Cremer), y los planes de un grupo de patéticos delincuentes de atracar un furgón blindado en el que Cremer trabaja de guarda jurado. La ejecución fílmica del atraco es modélica, creíble y con un ritmo acertado y seco, sin espacio para las concesiones o la espectacularidad gratuita.

La utilización de las calles y ambientes de Barcelona resultan funcionales, evitando las localizaciones turísticas, aunque ahondando en el ambiente más lumpen del barrio chino, con algunas escenas destacadas en el cabaret El Molino, uno de los más famosos music-halls del Paralelo, donde se reúnen Fanny (Fanny Cottençon) y sus desgraciados amigos.

Noir plenamente europeo (no en vano es una coproducción entre España y Francia y sus principales protagonistas son franceses), he de reconocer que no me gusta demasiado la interpretación de Cottençon, demasiado fría y con escasos matices, y me quedo con los secundarios (sobre todo Francisco Algora) y la portentosa fisicidad de Bruno Cremer, con una composición impecable de policía pasado de vueltas, violento y torturado, que tiene atemorizada a su familia y sólo concibe la vida y la muerte junto a su desdentada amante.

En este periodo también se rodaron otros thrillers ambientados en Barcelona, entre ellos: la decepcionante Crónica sentimental en rojo (1986) de Francisco Rovira Veleta, basada en la novela ganadora del Planeta de González Ledesma, en mi opinión con el importante escollo de un inadecuado José Luis López Vázquez interpretando al comisario Méndez; la muy floja Barcelona Connection (1988) de Miguel Iglesias, sobre otra historia de Andreu Martin; o un título extraño, alejado del noir, La tabla de Flandes (1994) del director americano Jim McBride, que adaptaba con poca garra la novela de misterio de Arturo Pérez Reverte, y que realizaba una tourné por algunos de los lugares más señeros del modernismo catalán como la casa Milá (la Pedrera, donde vive en el film la atractiva Kate Beckinsale) o el parque Güell.

2000-2014: Incertidumbres para un nuevo milenio.

La transformación de la ciudad tras los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992 supuso un acelerado empuje urbanístico y reafirmó un peso político y cultural para Cataluña, que paulatinamente ha ido menguando con la actual crisis económica, la política neoliberal de recortes sociales, el sentimiento de frustración político-nacionalista que vive buena parte de su población y el  goteo constante de casos de corrupción que desconciertan y desaniman al pueblo llano.

Frustración, incertidumbre por el futuro y desánimo vital son también las claves del film 25 Kilates (2009), escrito y dirigido por el vasco Patxi Amezcua, convirtiéndose en una seria propuesta de género negro que refleja el devenir moral y anímico de la sociedad catalana actual.

En las primeras secuencias observamos un plano del skyline barcelonés, con las torres de la Sagrada Familia como elemento más icónico, a partir de ese momento la ciudad sólo aparecerá representada en grandes avenidas, calles de barrio o polígonos industriales; como en Fanny Pelopaja, la ciudad es sólo un escenario perfectamente intercambiable, sin lugares bellos o gratificantes, donde los personajes intentan sobrevivir a toda costa.

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Abel (Francesc Garrido) un exboxeador que trabaja cobrando deudas para un gánster, entabla una relación sentimental con Kay, una delincuente de poca monta (Aida Folch) cuyo padre a su vez mantiene una peligrosa asociación comercial con un grupo de policías corruptos. En esta historia todo es amoral, la policía del grupo de atracos esta corrompida hasta la medula y no duda en robar, extorsionar o asesinar. El padre de Kay, un excelente como siempre Manuel Morón, es un patético ladronzuelo que sólo quiere dar el gran golpe que le saque de su miseria y Abel tras cobrar las deudas a base de golpear y amenazar a sus “clientes” ahoga sus penas con el alcohol y es incapaz de llevar una vida familiar gratificante junto a su hijo.

Tras un final violento y excesivo en casa de los padres de Abel, comprobamos como sólo el amor conseguirá redimir a Abel y Kay; ni la caída de sus perseguidores o conseguir el dinero soñado, ni la muerte de sus propios padres, nada valdrá la pena para nuestro protagonista si no consigue el amor de Kay y el respeto de su hijo; la secuencia final es determinante en este sentido, al mostrar la desolación de Abel cuando no ve el coche de Kay y cree que ha huido traicionándolo, y sin embargo el alivio es mayúsculo cuando descubre que ella continúa esperándolo con una sonrisa. Todavía queda un resquicio para la esperanza.

Como ocurre con frecuencia en este tipo de productos, el peso de los secundarios aporta la verdadera alma al film, destacando la interpretación de Manuel Morón, siempre rozando lo repulsivo y un extraordinario Joan Massotkleiner como jefe de la policía de atracos, que compone un personaje duro y amenazador, que nos recuerda al Bruno Cremer del anteriormente comentado film de Aranda.

En los últimos años Barcelona se ha convertido en un plató de lujo para superproducciones de acción americanas, como el El caso Bourne (2002) de Doug Liman o la reciente Indomable (2011) de Steven Soderbergh, además de otros productos comerciales españoles como la saga Rec (2007) de Jaume Balagueró y Paco Plaza.

Pero de entre todas ellas me gustaría acabar este recorrido con un film que es un compendio de géneros y un estudio sobre la entereza y la dignidad humana: me refiero a Biutiful (2011) de Alejandro González Iñarritu, rodada en la ciudad de Barcelona, que nos muestra los últimos días del perdedor Uxbal, un portentoso Javier Bardem, físicamente enfermo, que recorre una ciudad también enferma por la pobreza, la incultura, la inmigración ilegal y la corrupción policial. No es estrictamente cine negro, pero a la manera de la serie The Wire (HBO, 2002-2008) recorre todos los aspectos de la sociedad actual (da igual Baltimore o Barcelona), haciendo un repaso por las frustraciones y las penas de las gentes, pero también por sus anhelos y esperanzas.

Esperemos que todos estos anhelos no estén construidos, como el negro Halcón Maltés, con el material con el que se forjan los sueños.

Escribe Miguel Angel Císcar

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