La condesa descalza (The barefoot Contessa, 1954) Joseph L. Mankiewicz

  14 Junio 2014

1.- Cuando la vida encuentra al cine

la-condesa-descalzaTambién podíamos escribirlo al revés. Y como diría Mankiewicz, mejor dicho, Harry Dawes (Humphrey Bogart), el guión sería mejor porque la vida estropea el guión. Se puede añadir que la vida se va estropeando a sí misma, a quienes la viven; y como consecuencia hay que refugiarse en el arte para así intentar no morir del todo. Bien que lo sabemos quienes estamos en eso, desde pintores, escultores, grabadores, escritores hasta cineastas. Y el cine, tanto como las demás, consigue, y lo vemos, su especialidad, es capaz, de imitarse a sí mismo.

Lo atestiguan las películas que han ido pasando por este Rashomon, desde la emblemática, en más de un sentido, Cantando bajo la lluvia, y olvidándose de una interesantísima Show People —Espejismos— (King Vidor, 1926), tal vez porque era muda, hasta la incursión de esta condesa descalza que Mankiewicz pone en pie con la técnica y el espíritu de aquella inolvidable, inmarchitable y veraz Eva al desnudo, que es al mundo del teatro lo que La condesa descalza al mundo del cine.

En este caso hasta con premeditación y alevosía. Porque desde la lluvia inicial, con los continuos flashbacks en el punto de mira, hasta la voz en off que acompaña a las imágenes con el acierto habitual, irónico y socarrón de su autor, la historia de un guión que debe hacerse película, ensambla con el rodaje de esas películas que nunca veremos, hasta el de la boda de María Vargas (Ava Gradner), con Vincenzo Torlato (Rossano Brazi), todo para que entendamos que el cine, las imágenes, se miran, se observan a sí mismas.

Harry Dawes, al asistir al entierro de La condesa descalza, nos dice que está pensando en el escenario, en la iluminación, porque es guionista y director más años de los que quisiera recordar. Ya nos ha metido en la filmación, su voz en off la hacemos nuestra y hasta compartimos sus puntos de vista, sus miradas y análisis, sobre lo que va viendo, y lo que intuye. Estamos dentro de la película y vemos cómo el cine, y quienes lo hacen, a uno y otro lado de la vida y del guión, forman parte de nuestra existencia.

Es así como, desde las sombras donde se mueve, María Vargas se ha quedado con nosotros, no podía ser menos, ya que es bailarina en un tablado madrileño de finales de los años 40, y asistimos al misterio de ver y oír las exclamaciones entusiastas, las miradas ardientes y los aplausos de todos ante su actuación, que no hemos visto.

De ahí nuestra espectación cuando entran Harry Dawes, Kirk Edwards (Warren Stevens) y Oscar Mulldon (Edmond O’Brien). ¿Bailará para ellos y así todos podremos verla? No, sólo vemos sus pies descalzos, cuando Dawes entra en su camerino, significativamente antes que veamos su rostro.

A partir de ese momento, el cine encuentra a la vida e intenta amalgamarse con ella, ofreciendo las consecuencias de lo que idean los guionistas para que su historia resulte veraz y consecuente. Aún no se han dado cuenta que la vida lo es todo, menos consecuente y predecible. Lo sabe bien Dawes, sobre todo cuando habla con María Vargas al lado de la casa donde vive, con los mejores y más expresivos primeros planos que nunca se han hecho a una actriz.

Tal vez sean esas secuencias íntimas, reveladoras, apasionantes, lo mejor de esta incursión del cine en la realidad de una época, que resalta María con unas  palabras contundentes: “No había dinero para comprarme zapatos”. La cámara, como siempre, está en su sitio exacto y tanto Bogart como Gardner parece que se han olvidado de que están rodando una película, dentro de otras, para ser,  sencillamente, Harry Dawes y María Vargas, como igualmente hacen todos los demás actores, de manera excelente y magistral, de esta película indispensable.

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2.- Los reflejos condicionados del cine

Expuestas las premisas de este cine dentro del cine, nos queda subrayar la idoneidad con que se exponen, y se manifiestan, opiniones y frases, de más calado y sentido, de lo que tal vez pensó Mankiewicz cuando preparaba estos reflejos condicionados que el cine encuentra al contemplarse sin rubor. Podía sintetizarse en el lema-proverbio de la familia aristocrática de Vincenzo Torlato, con la que emparenta María: “Lo que ha de ser, será”.

Por supuesto, ese proverbio suele ser cierto la mayoría de las veces; entre otras cosas porque caemos en nuestras propias trampas, como hace María al expresar que “Necesito que me amen cuando tengo miedo”. Y así se refugia en brazos y cuerpos que suele olvidar con presteza. Hasta que cede al encanto de quien la mira de frente, al fondo de sus mágicos ojos solitarios, sintiendo que ya puede sentirse segura, y no sólo como cuando estaba con los pies en el barro.

Lo que no sabe esta María, en la cumbre de su carrera, es que parece igualarse a Cenicienta, porque acaba de encontrar a su Príncipe azul. Y más allá de la coincidencia, es que su príncipe, como ella, también participó en una guerra y que le dejó secuelas para siempre. Se entera en su noche de bodas a través de una nota oficial que le da Vincenzo. El destino se ha cumplido: y no ha perdido el zapato porque iba descalza.

Decíamos que la condición del reflejo va consigo mismo, y en el cine, en las imágenes, mucho más. Desde el productor Kirk Edwards, en un continuo alarde de dinero y soledad, hasta el predecible Oscar Mulldon, que en su labia y sudor expresa su inquietud ante la vida y el amor; sin olvidar a Bravano (Marius Goring), otra soledad cegada por las bellezas fáciles de la Costa Azul, sus bravatas y sus insultos; y hasta la solitaria Eleanora (Valentina Cortese), la hermana de Vincenzo, que sólo se siente segura entre el pasado de una familia que se extingue sin remedio, porque su hermano tampoco tiene la solución… Lo que ha de ser, será.

Sin olvidar que todo eso se ha hecho posible con la fotografía de Jack Cardiff, de una precisión que a veces asusta, otras conmueve y siempre acierta en el fondo, tono y forma. De la misma manera actúa la música de Mario Nascimbene, tan envolvente, a la par que no se entromete nunca para distraernos de lo que vemos, oímos o sentimos. Y la dirección artística de Arrigo Equini, detallada sin agobiar, sin petulancia, y muy apropiada.

No hay duda que cuando guionista y director es también un productor consecuente, el resultado a la vista está. Lo cual no quiere decir que otras veces Mankiewicz no se saliese con la suya. Repasando su filmografía comprendemos que siempre ha sido así, salvando un par de títulos, que tampoco justifican nada. Estamos ante un cineasta capaz de aunar la vida con el cine, en el caso que nos ocupa, llevándolas al lugar que les corresponde en el arte y en la vida.

Sirvan como ejemplo eficaz esas secuencias de María, ya estrella, que no ha renunciado a sí misma, defendiendo a su padre por haber dado muerte a su esposa, esa madre que María nunca quiso. Es la culpable de su estancia “con los pies en el barro” y que jamás se ocupó ni de su padre ni de su hermano, allí hasta donde llegan sus recuerdos. O cuando se escapa al campamento gitano, cercano a la Costa Azul, para esbozar unos pasos de baile, miradas y complicidad.

La palpitación de este drama familiar, dibujado en la Guerra Civil española de 1936, es lo que la vida proporciona, ofrece, a los guionistas, con el hallazgo de defender a un padre al que golpeó esa madre posesiva, que parece sacada de un esperpento valleinclanesco, o de un drama decimonónico de Echegaray.

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3.- La vida se ha hecho cine

No, no nos engañemos. Podemos decir que cuando el cine encuentra a la vida, está asumiendo que sus reflejos condicionados escarban en el subconsciente de plasmar, en imágenes, lo que ambas artes, por separado, no suelen conseguir: el equilibrio entre lo que se cuenta y cómo se cuenta y cómo se interpreta. Sencillamente, como la vida y los guiones son arte, al unificarse están cumpliendo con su misión.

Viendo, una vez más, La condesa descalza, llegamos a una conclusión que hasta es pertinente. A día de hoy, a pesar de todos los avances técnicos que tenemos, y otros que vendrán, cuando el cine encuentra a la vida, narrándolo con la técnica cinematográfica apropiada, es que la vida se ha hecho cine. Es decir, el cine dentro del cine es la vida visualizada en imágenes que, desde ya, se quedan con nosotros.

Y como es el final, pues que ha dejado de llover, como en el entierro del inicio, se nos ocurre pensar, y escribir, que, por ejemplo, al bueno de William Shakespeare, que ya sabía de Mankiewicz por la admirable versión que consiguió con su Julio César (1953), no le hubiese importado colaborar con él en las ideas y el guión de este cine dentro del cine. Seguro que le hubiese salido igual de bien, o tal vez mejor, que esta película, insustituible y memorable, de Joseph L. Mankiewicz conocida como La condesa descalza.

Así pues, imploramos para que el cine y la vida, cuando se unen y complementan, nos acompeñen por siempre jamás. Es lo que salimos ganando para satisfacción íntima y saber un poco más de cómo, y por qué, se desenvuelve el universo y sus manifestaciones. No debemos olvidar que estamos aquí porque somos sus destinatarios. El resto, silencio…

Escribe Carlos Losada

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