8 y ½ (8 ½, 1963) de Federico Fellini

  05 Junio 2014

El cine y el sueño

ocho-y-medio-3Llamado el visionario y con cierta razón, Federico Fellini ha contado y representado la historia del ser humano a través de espejismos y sueños como nadie ha hecho en la historia del cine. La atmosfera onírica invade los paisajes de sus cuentos y define las máscaras de sus personajes con un toque inquietante de suspensión entre realidad e imaginación.

8 y ½ representa la apoteosis de su dirección con todos los elementos típicos que han definido precisamente su carrera de director cinematográfico. Después de seis películas enteramente dirigidas por él, más tres y media codirigidas, Fellini decide elaborar y meter en escena sus pensamientos y sus sueños personales, en un flujo de consciencia continuo en el que se alternan imágenes provenientes de su yo más profundo.

Es allí que nace 8 y 1/2, película culto y fuente de inspiración para numerosos directores. El filme nace por casualidad, cuando el director ya no sabía sobre qué escribir y dirigir, terminando con realizar justamente una película sobre esto: es decir la dificultad por parte de un director de realizar una película sobre un sujeto no definido.

La historia de Guido Anselmi, interpretado magistralmente por Marcello Mastroianni, es la de un director ahora ya decepcionado por la vida y por no haber realizado completamente todas sus aspiraciones, un hombre que fluctúa en el limbo de sus indecisiones y sus dudas sobre el sentido de la vida que no consigue capturar. La particularidad de una historia como ésta es el perene estado de espera en la que se encuentran los personajes y así también los espectadores, sin posibilidad de rescatarse y sin saber precisamente qué es lo que esperan.

Guido es un hombre como todos los demás y representa el ser humano por excelencia que está completamente turbado por su vida y ya no sabe qué significado darle, causa sus remordimientos y lamentos respecto a situaciones dejadas abiertas y sin una conclusión satisfactoria. Así que la historia de Guido se desarrolla paso a paso con la realización de su película. Lo único es que el guion no sigue un camino lineal, sino se confunde místicamente con los pensamientos, los recuerdos y la imaginación del protagonista, tanto que no distinguimos la realidad del sueño, característica típica de las películas fellinianas.

El filme, que en algunos aspectos toca el mismo remordimiento humano que Fresas salvajes de Bergman, punta el objetivo sobre un hombre y sus melancolías que el presente no puede ajustar, dejando el gusto amargo de no haber conseguido la satisfacción personal. Este tema recurrente queda siendo el más actual que se repercute en todas las épocas y remite al significado más ancestral de la vida y del mundo. A través de la forma artística, Guido se enfrenta a su pasado, presente y futuro que, contemporáneamente, es el mismo que Federico busca con esta película, considerada por los críticos, de hecho, la más autobiográfica del gran director.

El uso del expediente del cine dentro el cine, de esta continua búsqueda de un guión perfecto o del encuadre justo para intentar expresar precisamente lo que Guido encuentra en su memoria, choca con una parte importante del camino humano que es redescubrimiento de la inspiración interior, del arte, del talento que cada uno posee y que, muchas veces, es difícil identificar.

ocho-y-medio-4

Fellini es el espejo intacto de Guido y que en ese momento, en el lejano 1963, se encontraba perdido y en un momento estático de su producción cinematográfica. La falta de un sujeto definido y completo ha hecho de manera que saliera el talento en su máxima expresión narrativa y cinematográfica. El cine es el medio con el qué Guido redescubre a sí mismo y el rescate con el que Fellini inaugura otra época de su arte, un cine aún más íntimo.

La elección del director de utilizar el cine como punto de rescate definitivo nace de la idea de que el talento es el único modo que tenemos para salir de la dura realidad y refugiarnos en nuestras características más personales y especiales y reencontrarnos a nosotros mismos. La figura de Guido es emblemática y todos los personajes que se encuentran a su alrededor son los estereotipos de las personas que normalmente encontramos en nuestra vida: la pasión, la amistad, el amor legal y el amor puro.

Escena sublime la del harem en el que Guido se imagina poder aglomerar a todas las mujeres que ha amado en su vida en un único lugar, sin preocuparse de los esquemas sociales y de las ideas burguesas que condicionan la vida. Emblemática también la escena en el coche con la gran Claudia Cardinale (en el mismo filme Claudia) donde Guido le pregunta “¿Serías capaz de dejar todo y empezar la vida de nuevo, de elegir una cosa, una cosa sola y de ser fiel a ella, conseguir que sea la razón de tu vida, una cosa que recoja todo que se convierta en todo justo porque es tu fidelidad que le permite ser infinita, serías capaz?”.

Es justamente aquí que se encuentra la fragilidad del protagonista, en un primer plano en penumbra que demuestra todo lo incompleto que representa, en contraposición con la imagen de Claudia, limpia y clara como un deseo inalcanzable. En estos dos personajes se encarna el cine como única forma para capturar el tiempo perdido que Fellini guarda celosamente en una obra maestra sin guion ni diálogos, en una total improvisación.

Improvisar contra las reglas, justo como un sueño: todo ocurre sin racionalidad, sin unas normas precisas, en la belleza más pura del arte que Fellini, como pocos en el mundo, supo exaltar con humana genialidad. Y esto no es un oxímoron sino una extrema forma de capacidad artística sin iguales y que ve en 8 y ½ una descripción del cine como el arte más cercana al sueño.

Escribe Serena Russo

ocho-y-medio-2