The Majestic (The Majestic, 2001) de Frank Darabont

  03 Junio 2014

Espartaco en Hollywood

the-majestic-0Curiosa fábula promovida por Frank Darabont y su estrella Jim Carrey, que comienza como un cuento de hadas y acaba escondiendo un alegato contra la Caza de Brujas de Hollywood. Todo con una inmaculada pátina de perfección técnica y amable comedia, aunque con notables puñaladas al sistema y a la actitud cobarde de Hollywood en los años 40 y 50.

Entre la primera imagen y la penúltima, ambas un primer plano del guionista Peter Appleton (Jim Carrey), escuchando todos los “consejos” de los productores para mejorar su guión (1) hay una diferencia importante: al inicio, los acepta todos con tal de mantenerse en el sistema; al final, es capaz de enfrentarse a esa multitud de tópicos sugeridos por un montón de inútiles que jamás han escrito un guión y marcharse. Romper con un sistema caduco, cobarde, ciego y que está hundiendo el gran cine de Hollywood.

No cabe duda, con este planteamiento tan diáfano, que la propuesta de Frank Darabont (recordado sobre todo por Cadena perpetua y La niebla en cines, y por la primera temporada de The walking dead en televisión) tiene un afán didáctico, asistimos a un viaje en el que el protagonista va a aprender a enfrentarse a la vida: a decir no, a madurar y a recuperar su propia autoestima.

Tras ese primer plano atormentado, los créditos nos introducen en el mundo de las postales de Hollywood: la meca inventada, idílica, soñada… incluso finalizan con la cámara introduciéndose en la última postal, la del mítico Teatro Chino donde tanta veces se han otorgado los Oscar.

El sueño hecho realidad: allí nuestro protagonista va a estrenar su primera película como guionista, que no es La reina de África (título que se exhibe en esos momentos), sino su complemento, una serie B titulada Sand pirates of the Sahara escrita por Peter Appleton, nuestro héroe… aunque aún es pronto para considerarlo como tal, algo que él mismo subraya con una voz en off algo incómoda (2).

Una voz en off que pronto desaparece: exactamente en el momento en que pierde su identidad, por más ridícula que ésta sea, para ser confundido con un héroe fallecido en la segunda guerra mundial. Uno más de los muchos cuyas tumbas veneran en el pueblo de Lawson… aunque dentro no estén los cuerpos sin vida de esos hijos que jamás regresaron de combatir la injusticia en el mundo.

Su nueva vida es un aprendizaje, un camino: el sendero que debe recorrer un personaje mediocre para convertirse en héroe y ser abrazado por todo un pueblo, un pueblo que vive atrasado, atado a la tradición, encerrado, ocultando su historia en los sótanos, de espaldas a la vida moderna: para ilustrarlo, ahí están su monumento a los caídos en la guerra, escondido en el sótano del ayuntamiento; la música para bailar los jóvenes, algo que jamás se escucha en las fiestas; o su mítico cine, el Majestic, hoy en ruinas.

Un pueblo que debe abrazar la auténtica Ley, la justicia, no en vano todos son “hijos de la ley” (recordemos: el pueblo se llama Lawson) y no esas normas impuestas por el Comité de Actividades. Un pueblo, en definitiva, que debe aprender a no aceptar la Caza de Brujas dando la espalda a personas acusadas injustamente: debe aprender abrazar a los que dicen “no” a la injusticia, a la falta de ideas propias, al Comité.

Resumida así, es evidente que The Majestic habla de dos historias: una personal, la del hombre que busca su identidad (perdida tras un oportuno accidente en plena tormenta); la otra genérica, de un pueblo que busca su camino, su héroe, y lo encuentra en un hombre que sabe plantarse y darles un soplo de aire frío.

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¿Cine o realidad?

Pero hay más, porque el film también es una alegoría del cine, del cine de Hollywood para ser más concretos: ese cine que sucumbió a la Caza de Brujas y perdió muchos de sus encantos, hasta quedar sepultado; como el simbólico cine que hay en el pueblo: Majestuoso en otro tiempo, hoy enterrado, hundido… hasta que alguien decide devolverle su esplendor, su majestuosidad perdida a base del trabajo colectivo de todo un pueblo: una idea, la de la colectividad, muy comunista: en el fondo sí hay un alegato comunista en el film (3).

Una idea simbólica que Darabont siente la tentación de convertirla en realidad y eso aleja el film de la Historia para pasar al terreno de la fábula: esa narración imaginaria, simbólica, que nos enseña, nos deleita, nos ilustra, pero desde luego no es real.

Porque es difícil creer que un hombre se levante, diga no y un imperio se derrumbe. Vale, pasó en Espartaco, al menos según el punto de vista de Dalton Trumbo en el guión y Stanley Kubrick en la dirección. Pero aquélla también era una fábula, no una película histórica.

Sin embargo, el símbolo funciona: la película, pese a que le sobran minutos, acaba siendo un atractivo y aleccionador relato del hombre contra el sistema, del individuo contra la masa, del cine contra el Comité de Actividades Anti Americanas.

Que un hombre sea capaz de decir no al comité (como hicieron aquellos “Diez de Hollywood” luego sentenciados a la cárcel) y que pese a todo salga entre aplausos de la sala de interrogatorios, convertido en un héroe del pueblo, es algo que nos hubiera gustado ver en la realidad… y que Darabont nos regala en una escena emotiva, quizá algo tramposa en su construcción, pero de esas que demuestran que en el cine se pueden difundir ideas que ayuden a mejorar el mundo.

Aunque la realidad sea otra.

Al fin y al cabo, ese es uno de los poderes del cine, la capacidad de fabular. Y si no pensemos en esa brillante propuesta de Quentin Tarantino titulada Malditos bastardos. ¿Cómo habría sido la historia si Hitler hubiera muerto mucho antes, en un atentado perpetrado por los americanos y la resistencia en un simbólico cine de París?

Una atractiva fábula cinematográfica, aunque la realidad fuera muy distinta.

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La noche americana

Todo un pueblo trabajando junto para reconstruir su cine, motor de su vida, de su ilusión. Una idea atractiva que, además, funciona a la perfección en la trama. Como no hay dinero, todos deciden aportar su esfuerzo para reconstruirlo. Un momento mágico que habla de la colectividad, del trabajo en equipo para recuperar el esplendor perdido.

Esplendor reflejado en un cine llamado simbólicamente The Majestic.

Y aquí esa reconstrucción funciona a nivel simbólico de maravilla. La película habla de reconstruir un cine (espacio físico) de un pueblo, pero también está hablando de reconstruir el Cine (arte e industria) de todo el pueblo americano, para lo cual hace falta el apoyo de todos.

Las películas que se exhiben en el Majestic también son de una claridad meridiana. Sirven para contarnos, así en segundo plano, qué está pasando en el cine norteamericano a lo largo de los años 40 y 50. Y ello se refleja especialmente en tres títulos:

a) La reapertura del Majestic se celebra con Un americano en París: ejemplo perfecto de evasión, de sueño hecho realidad, un musical con la ciudad del amor como telón de fondo, el mundo del arte se impone a la miserable vida cotidiana. Es el cine de evasión, el que niega la realidad del país y del momento.

b) Cuando la amenaza se cierne, con la presencia del FBI rondando el pueblo de Lawson, Ultimátum a la Tierra es la película proyectada: ese mensaje pacifista venido de las estrellas enfrentado a un país belicista, en el que siempre hay alguien que dispara antes de preguntar, como vemos en el film: un soldado dispara contra el alienígena pacífico. No hay duda de quién es el pueblo avanzado y cuál el retrógrado.

c) Finalmente, la noche en que todos han dado la espalda al presunto Luke (ahora ya llamado a declarar por el Comité), esa noche en que nadie acude al cine, se proyecta La invasión de los ladrones de cuerpos, aquella que fue considerada la metáfora más perfecta sobre la Caza de Brujas: unas vainas sustituyen los cuerpos humanos por unas réplicas idénticas, pero sin alma, sin vida, simples cuerpos sin voluntad propia. Una descripción perfecta de los habitantes de Lawson y de Hollywood.

Para cerrar el círculo, será precisamente su propia película como guionista, Sand pirates of the Sahara, la que acabe devolviéndole a la realidad. Su proyección en el cine Majestic devolverá la cordura (o mejor dicho, la conciencia de la realidad) a Peter Appleton, que ya sabe quién es y lo que realmente vale. Es hora de poner fin al sueño y volver a la realidad. Toca declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas.

Y, paralelamente al cine como símbolo del Cine, también hay un elemento que Darabont maneja con habilidad: la música.

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Nuevo cine, nueva música

La música adquiere un protagonismo especial, es otra forma de explicar que hay que abrir la mente a los nuevos tiempos, aunque ya sepamos que cuando las cosas se pongan feas las “vainas” poblarán Lawson y las personas desaparecerán.

En este sentido, es especialmente significativa la fiesta para celebrar el regreso de Luke, el hijo pródigo, el soldado ejemplar: la maestra pide a Luke que toque al piano una pieza de Liszt, un clásico. Pero éste no sabe tocar el piano. Una situación incómoda, que hace dudar a los presentes de su verdadera identidad… hasta que Luke transforma la “aburrida” música clásica en un moderno boogie que hace bailar a todos.

Un momento quizá tramposo a nivel de guión (¿de dónde nace la habilidad del mediocre guionista para tocar el piano de esa forma?), pero que resume en una sola escena una de las grandes ideas del film: hay que dejar entrar aires nuevos en el pueblo, abandonar la tradición, olvidar el pasado y vivir el presente.

Momentos después, durante la reconstrucción del cine, Luke y los miembros de la banda interpretan juntos piezas de boogie, jazz y rock en una fusión que habla sin decir una palabra de la evolución, de la apertura a nuevos sonidos, de la revolución que está en la calle… y también en la música. No es el cine lo único que hay que modernizar, también a la música hay que quitarle su mordaza para que pueda expresarse libremente.

Y es que los detalles que apuestan por “otro aire”, por abrirse a los nuevos tiempos, a otras ideas, van parejos con las imágenes que hablan del pueblo unido para levantar una idea común.

Insistimos, al final sí hay una apuesta por otros valores distintos a la tradición… por más que Luke nunca haya creído y, desde luego, no haya pensado nunca en ser comunista porque, como reconoce en su declaración ante el Comité: jamás ha tenido convicciones, nunca le ha costado cambiar de opinión con tal de mantenerse a flote, dentro del sistema.

Y, por supuesto, nunca pensó en levantarse y gritar: “¡Yo soy Espartaco!”.

Escribe Sabín

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Notas:

(1)  Un guiño de los muchos que tiene el film. Las voces que se oyen (pero que nunca vemos) de esos productores incluyen a Sydney Pollack, Carl Reiner, Rob Reiner y algún otro director-productor de prestigio en Hollywood.

(2)  El uso de la voz en off acaba siendo significativo: casi parece que en la primera parte del film, la que transcurre en el mundo “real” de ese Hollywood donde el protagonista intenta mantenerse a flote a cualquier precio, esa parte necesite de un apoyo “explicado” para tontos. Como el cine que se hace en esos momentos allí. Luego, cuando empieza la nueva película y el proceso de aprendizaje, tras el accidente, la voz desaparece. Algo nuevo llega al cine y al pueblo. Aunque también podría interpretarse de una forma más sencilla: la voz en off desaparece porque el protagonista no recuerda nada en esos momentos y poco puede explicar por sí mismo.

(3)  Recordemos que la Caza de Brujas promovida por el senador McCarthy pretendía encontrar y castigar a todos los presuntos comunistas que trabajaban en Hollywood y que estaban infectando el cine con ideas poco recomendables tras la segunda guerra mundial. Una situación que llevó a delaciones, mentiras y lo que hiciera falta para sobrevivir. Y también una situación que llevó a muchos grandes profesionales a abandonar Hollywood, a trabajar en proyectos menores con pseudónimo o, directamente, a no trabajar. Todo ello, evidentemente, supuso una pérdida de calidad global en el cine de las grandes productoras en los años 40 y 50.

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