Network: Un mundo implacable (Network, 1976) de Sidney Lumet

  08 Junio 2014

La televisión como excusa

network-0Algunos pensadores de entonces interpretaron que el nacimiento de la televisión, significaba el final del cine y de la radio. Con el paso del tiempo hemos advertido que no sólo no ha sido así, sino que se han complementado bastante bien. De forma más o menos continua practican una especie de “bricolaje mediático” del que sacan ventajas las partes implicadas. ¿Se imaginan qué sería hoy de la televisión sin el cine? Igualmente cierta es la afirmación contraria: el cine necesita de la televisión tanto por el apoyo económico que le presta como por la difusión de sus obras.

En esta ocasión nos vamos a interesar no de cómo el cine habla del cine, sino cómo éste trata a la televisión. Circunstancia que se ha dado en numerosas ocasiones y no precisamente para reírle las gracias a la tele.

Desde los principios del medio televisivo, los cineastas lo han tomado como fuente de inspiración. Así lo ponen de manifiesto películas como Un rostro en la multitud (1957), Mi año favorito (1982), El show de Truman (1998), Buenas noches y buena suerte (2005), Slumdog Millionaire (2008) o la más reciente Reality (2012).

No todas tienen el mismo valor cinematográfico y abordan la cuestión televisiva de la misma manera, como tampoco estos títulos agotan la lista de películas sobre la televisión. Pero sí son indicativas de una tendencia y sensibles a la cuestión que plantea la película que nos ocupa: Network: Un mundo implacable (1976).

Arranca la película con una pantalla partida en cuatro encuadres, cada uno de éstos lo ocupa el primer plano de un locutor presentando sus respectivos informativos de televisión. Tanto el off como la cámara acaban situándonos sobre uno de los rostros, es el de nuestro hombre (Howard Beale, personaje por el que se le dio un Oscar póstumo a Peter Finch). De él se dice que en 1969 fue despedido porque la curva de su audiencia descendió varios puntos. Esa fecha se nos antoja significativa para entender el planteamiento de la película. Es el tiempo en el que se inscribe el subtexto de la historia que se propone contarnos Lumet. Historia desarrollada sobre la base de un guión escrito a partir de un hecho real protagonizado por una joven productora (parecida a la que se nos muestra en la película).

Poco antes de aquella fecha, en 1967, se había publicado el polémico e influyente ensayo de G. Debord: La sociedad del espectáculo. Texto en el que, entre otras lindezas, se afirma que en el espectáculo “el mundo sensible es sustituido por una selección de imágenes que existen por encima de él”; imágenes que además se presentan como “lo sensible por excelencia” (tesis 36). Algunos meses más tarde, se desencadenan las movilizaciones estudiantiles del 68, con todo lo que ello supuso de crítica al orden establecido. Circunstancias que de algún modo laten en el fondo, a veces explícitamente, de la historia que nos cuenta Signey Lumet.

La producción de Network se sitúa en los primeros años setenta. Además de la crisis del petróleo, en aquellos convulsos años se instauran las dictaduras en Chile y Argentina, acontecimientos sobre los que las embajadas de EEUU algo tuvieron que ver. Por entonces está en plena actualidad el escándalo Watergate, finaliza la sangrienta guerra de Vietnam y el republicano Ford sustituye a Nixon en la Casa Blanca. Son acontecimientos que no suscitaban ninguna simpatía en el pensamiento progresista de Signey Lumet, quien además había sobrevivido al  mccarthismo. Por otro lado, se trataba de acontecimientos sobre los que la TV hablaba mucho y bajo enfoques muy diversos, sin que lo verosímil le interesara demasiado.

Ahora bien, si los hechos no se atienen a lo previsto en el guión, cámbiese el devenir de aquéllos. Tal parece ser el precepto de la televisión de entonces, según defiende Lumet en su película Network (1976). Recuerdo que la primera vez que la vi me pareció algo descabellado. Era imposible pensar que a la televisión pudieran atribuírsele tantos poderes. Sobre todo porque entonces no era más que otro de los aparatos ideológicos del capitalismo. Hoy, cegadas aquellas trincheras ideológicas, hasta sale a la calle la clase obrera a pedir que no se cierren esos instrumentos de “represión simbólica”.

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En una de las últimas escenas se ve a los “malos” de la película, presidente de la UBS, consejero delegado (interpretado por Robert Duval) y la productora, cómo traman cambiar el curso de los hechos para que se ajusten al guión. La joven y ambiciosa productora (Diana Christensen, interpretada por Faye Dunaway, Oscar a la mejor interpretación femenina), propone la solución para no seguir perdiendo audiencia. Los asistentes valoran las diferentes posibilidades, incluso la indemnización del seguro, pero siempre con la forma que más atraiga a la audiencia, aunque ello obligue a cometer un crimen.

Otro momento especialmente llamativo de la película es cuando el telepredicador insta a su audiencia a que griten aquello de: “¡Estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo!”. Tanto el público presente en el plató como los telespectadores en sus casas, le hacen caso. Unos puestos en pie y otros asomados en las ventanas de sus casas, gritan lo que se les dice desde el monitor de televisión. Cuanto más enloquecido está el presentador más entusiasmo despierta entre el respetable. Con esta secuencia se borran los límites entre ficción y realidad. Lo cual, entre otras cosas, deja al telespectador bastante indefenso ante lo que fluye de la pantalla. Cómo podrá asegurarse de si lo que  le cuentan es algo sensato o simplemente le están tomando el pelo.

Destacamos otra escena que resulta hilarante, si no fuera por lo que tiene de premonitoria. Llega a manos de Diana, la productora, la grabación del  asalto a un banco realizada por los propios asaltantes. Le hace tanta gracia que decideó que esos contenidos deben formar parte de su programa. Así que trata de contratar sus servicios y la escena retrata la reunión entre los miembros del ejército ecuménico de liberación —los atracadores— con los ejecutivos de la cadena. Reunión en la que se impone el silencio mediante un disparo al aire. Modales que contrastan con los exhibidos en las reuniones mantenidas por los encorbatados directivos de la cadena con los representantes de los fondos de inversión que la financian.

Desde luego, Lumet puede hacer tan mordaces críticas porque conoce muy bien los entresijos de la televisión. No en vano es otro de los muchos que por en los años 50 llegaron al cine previo paso por la televisión. Al igual que han hecho algunos de sus colegas, aprovecha el formato del largometraje cinematográfico para destapar los intríngulis que hacen de la televisión un medio con éxito sin precedentes. Conoce desde dentro dicho medio y, tal vez por ello, su crítica es mucho más eficaz que cuando se carece de esa experiencia.

Por supuesto, el ajuste de cuentas de Lumet no es propiamente con el medio, sino con las gentes que lo poseen y la hacen posible desde dentro. Los “técnicos” en la cabina de control, ante las mesas de mezcla, reían y consentían sumisamente con lo que se hacía y decía en el plató.

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La plástica de la película es realmente buena. Aunque con recursos de la narrativa televisiva (planos cortos, movimientos de cámara, zoom, mucho plató, etc.), articula un relato convincente y atractivo. El guión (reconocido con un Oscar) traba con acierto a los distintos personajes y situaciones.

Mención especial se ha de hacer de la interpretación de los actores y la actriz protagonistas, sin que los secundarios desmerezcan su presencia en las diferentes escenas. De hecho la interpretación que hace Beatrice Straight de esposa engañada y abandonada le permitió conseguir el Oscar de actriz secundaria. Los diálogos, rápidos e incisivos, permiten captar perfectamente los cambios de ánimo y posición vital que van experimentando los personajes a medida que avanza la historia.

Vista Network desde 2014 no ha envejecido. Puede que el vestuario y la tecnología de la televisión nos resulten de otro tiempo, pero de ningún modo la crítica a lo que rodea al medio televisivo. Mantener la audiencia sigue siendo el principio ante el que se sacrifica todo lo demás. Ejecutivos y trabajadores del medio están dispuestos a cometer cualquier tropelía con tal de mantener cuotas bien altas.

Así, hoy nos encontramos con los realities que pueblan las programaciones o con las cámaras en el féretro de un personaje famoso para “dar cuenta de la actualidad”. Resulta de suma actualidad el baile de ejecutivos en los medios de comunicación y también en las empresas de televisión. Solamente que ahora nadie nos cuenta de qué fondo de pensiones procede o cuál es la catadura moral de quienes toman el capital de una u otra cadena de televisión.

Hemos de reconocer, al hilo de lo que nos muestra Lumet en Network, que en la televisión no se cuenta la verdad, sino que es un circo mediático, según mantiene ante los telespectadores el protagonista. El empresario capitalista precisa que la televisión no está para hacer obras de caridad, sino que es una parte importante del sistema monetario y ha de comportarse como tal. Lo cual viene a ratificar que todo en la televisión es puro espectáculo; esto es, ocultamiento de lo sensible.

¡De acuerdo, hasta aquí! Pero al salir del cine nos gustaría preguntarle al Sr. Lumet: ¿el cine es muy distinto de lo que nos dice de la televisión? 

Escribe Ángel San Martín

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