Ponyo en el acantilado (crítica del estreno)

  12 Marzo 2014

Imaginación al poder (1)

ponyo-en-el-acantilado-111Hubo un tiempo en el que la industria del dibujo animado podía presumir de plasmar en pantalla todo aquello irrealizable en una película convencional. Siendo como se suponía un perfecto híbrido entre dos expresiones artísticas, la pictórica y la cinematográfica, la primera tenía como límite nada más que lo que la pura imaginación fuera capaz de trasladar a la mano del artista, superando con creces las angosturas de una realidad que la cinematografía clásica no podía trascender por razones obvias.

Con la llegada de la infografía, esos límites se desdibujaron para el cine "de carne y hueso" y las pantallas se colmaron de seres imaginarios o de escenarios de otro mundo sin necesidad de disparar el presupuesto en decorados y agotar la paciencia de los técnicos de la stop motion, que pasito a pasito conseguían animar los monstruos de nuestra infancia. La artesanía cedió paso a la informática y, si bien es cierto que se consiguió (por lo general) una perfección técnica insospechada, no lo es menos que se perdió una tradición que apenas pervive en los filmes con personajes de plastilina.

Lo problemático del asunto es que la revolución tecnológica arribó igualmente a la animación y, como suele suceder, todo acabó derivando en una discusión sobre la forma y el fondo: ¿Se preocupan más ahora los productores de animación de la espectacularidad de sus realizaciones que de lo consistente de sus guiones? Monstruos y alienígenas y algún que otro producto contemporáneo parecen dar la razón a quienes así piensan. Incluso se postula la necesidad de valorar por un lado el apartado técnico de un filme y por el otro el de la película en sí.   

Afortunadamente, aún queda un escaso número de artesanos que se resisten a abandonar el lápiz, el rotulador y la acuarela, aunque sólo sea porque son lo bastante mayores como para haber alcanzado la perfección en tal arte y no tener la voluntad de aprender un nuevo proceso demasiado alejado de la mesa de trabajo. Hayao Miyazaki es uno de ellos, probablemente el más grande con vida y el que más momentos puramente imaginativos nos ha regalado desde hace más de tres décadas.

El fundador del Estudio Ghibli reaparece con Ponyo en el acantilado, su primer filme tras más de cuatro años, durante los cuales se especuló sobre su retirada por el simple hecho de que delegó la dirección de uno de sus largos en su hijo Gedo.

Pero no, Miyazaki no se ha ido, de hecho vuelve a la carga con esta suerte de adaptación de La sirenita de Andersen al imaginario japonés del siglo XXI, y lo hace como siempre, alcanzando muy altos niveles de expresividad y ternura, sin dejar de fascinar a los mayores que no buscan melindres y sensiblerías o historias de buenos muy buenos y malos muy malos, como suele ser el caso de la animación de dudosa calidad educativa.

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Misterios de las profundidades

Es cierto que Ponyo en el acantilado no puede considerarse una de sus obras más logradas, en parte porque Miyazaki parece no ser capaz de controlar su imaginación desbordante y en ocasiones se pierde en lo racional, es decir, en lo argumentario: hay saltos de guión difícilmente explicables en lo que respecta al destino de ciertos personajes tras una tormenta que asola y sumerge el poblado donde viven los protagonistas, y en ocasiones, se plantean y aceptan situaciones fantásticas sin la más mínima justificación, aunque es cierto que lo bello de las mismas suple con creces esa minucia racionalista... y es que quizá a veces no reparemos en que estamos tratando con un realizador oriental, que tiene su propia cosmovisión y que puede que no considere necesario explicar todos y cada uno de los puntos de la trama... aunque nosotros bien que se lo agradeceríamos.

No obstante, los niños (y en última instancia éste es un producto orientado a ellos) no parecen detenerse en semejantes minucias, y acaban captando muy bien el sentido último e íntimo de la película: la necesidad de amar sin fronteras con respecto a la condición o la edad y la obligación de respetar la naturaleza. El mensaje de Miyazaki es recurrente; su conciencia ecológica aparece muy vinculada (como ya lo hiciera en la maravillosa El viaje de Chihiro) a la limpieza y cuidado de unas aguas pobladas por seres fantásticos, y la necesidad de respeto a los mayores o a los diferentes se muestra aquí como algo naturalmente asumido por todos los personajes.

Se constata por tanto la calidad (no tanto la profundidad) del mensaje, lo imaginativo de su planteamiento y ejecución y lo agradable de su visionado, que a veces nos deleita con un simple paseo en barca (tal y como aquel maravilloso viaje en tren de Chihiro) y otras con una despiadada tormenta sobre la que cabalgan fantásticos peces al ritmo de una más que sospechosa adaptación de la Cabalgata de la Valkirias de Wagner; pero tampoco puede dejar de señalarse que nos hallamos ante una película menor dentro de la filmografía de Miyazaki, quizá más infantil y, por tanto, menos elaborada argumentalmente. Uno no puede dejar de pensar que si atiende a la edad de los personajes principales de sus películas, sabrá inmediatamente a qué tipo de niño van dirigidas.

Los demás pueden disfrutarlas, pero acaso sólo los coetáneos de los protagonistas sepan comprenderlas.

Escribe Ángel Vallejo


(1) Esta crítica fue publicada en Encadenados el 25 de abril de 2009, con motivo del estreno del film en España: http://www.encadenados.org/rdc/sin-perdon/1298-ponyo-en-el-acantilado-3

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