Lupin III: El castillo de Cagliostro (Rupan Sansei: Kariosutoro no Shiro, 1979)

  02 Marzo 2014

“Cazar y ser cazado está en la naturaleza de un buen ladrón”

el-castillo-de-cagliostro-11Corría el año 1979 cuando un “joven” (apenas rozaba los 40 años) Hayao Miyazaki se sentaba por primera vez en la silla de dirección de un largometraje, después de casi 20 años trabajando en diferentes producciones para televisión.

La obra en cuestión fue la segunda adaptación al cine de Lupin III, una serie de animación producida por TMS, de la que el propio Hayao había dirigido una quincena de episodios desde que aterrizara en la serie en 1971. Tras una película de acción real basada en la serie (y en el manga, de hecho), que cosechó un modesto éxito, los productores decidieron que el siguiente proyecto sería dirigido por Hayao Miyazaki, esperando conseguir un éxito en cines que jamás tuvo lugar.

La película, sin embargo, no tardó en convertirse en una cinta muy apreciada entre los seguidores del cine de animación japonés, y serviría más tarde para encumbrar a Miyazaki mientras dirigía Nausicaä del valle del viento y fundaba lo que sería más tarde la gran productora Studio Ghibli.

Habrían de pasar aún cinco años antes de eso, y por ello el Miyazaki que descubrimos en El castillo de Cagliostro no tiene mucho que ver con la carrera que desarrollará posteriormente. La cinta abunda en elementos muy reconocibles del director nipón, sí, pero se nota a las claras que no es un producto enteramente suyo, sino que le venía encargado. De hecho, si la película no terminó de cuajar fue precisamente porque era demasiado Miyazaki para los seguidores de Lupin III, y poco Miyazaki para los seguidores de Hayao.

La cinta, sin duda, resulta un ejercicio muy curioso de ver para los que hemos sido seguidores del director japonés durante tantos años. Si bien la historia (aunque basada en el manga de Monkey Punch) y la dirección son suyas, no ocurre lo mismo con el guión, ni tampoco cuenta con sus colaboradores habituales en los apartados técnicos (como Joe Hisaishi en la banda sonora, que será realizada aquí por Yuji Ohno), lo que, aunado con el hecho de ser su ópera prima, crea esa curiosa sensación de pertenecer a un lugar intermedio entre dos mundos.

La trama, desde un primer momento, comienza de forma trepidante, presentando a los personajes principales con brusquedad: Lupin III (nieto del ladrón Arsenio Lupin que el escritor francés Maurice Leblanc creó en los años 40) y su amigo y colaborador Jigen roban un casino, sólo para descubrir que el dinero robado es una falsificación realizada con gran maestría. Decide el ladrón entonces embarcarse en una aventura que le llevará a reencontrarse con su pasado en el pequeño ducado de Cagliostro, mientras intenta descubrir el verdadero origen de las falsificaciones.

Los personajes resultan familiares incluso para un espectador que nunca haya visto los episodios de la serie, tal vez por lo clásico de los temas de la cinta, que remiten a una historia de aventuras como hemos visto ya en el cine o la literatura un millar de veces: tenemos a una princesa que es obligada a casarse a la fuerza con un malvado conde, a un joven ladronzuelo que se convertirá en el héroe para ayudar a la dama, una profecía antiquísima, un tesoro escondido durante siglos...

el-castillo-de-cagliostro-12Todos los elementos están hilados para construir una historia que engancha desde el primer minuto, dado el buen juego con el ritmo que tiene la cinta; sin embargo, carecen de la originalidad y el encanto que suelen tener la mayoría de historias de Miyazaki, y eso lleva a un desarrollo que resulta quizás demasiado facilón y predecible, a pesar de los esfuerzos de la cinta por evitar ese aspecto.

Eso, y aquí es quizás donde más se nota la mano ajena a Miyazaki, repercute también de forma un tanto negativa en los personajes. Los protagonistas son demasiado bondadosos (algo que echaron en cara también los seguidores de la serie a la cinta, pues Lupin III tendía a ser más egoísta en el manga), y los malos son villanos incorregibles, que de hecho son grotescos y están bastante caricaturizados... algo que chirría un poco, dada la afición de Hayao por dotar a sus villanos de complejidad, de luces y sombras, y de hacer en muchas ocasiones que quienes aparentemente eran malvados luego resulten no serlo.

Así y todo, la historia está muy bien trabajada, y el guión desarrollado con gran maestría. El ritmo en que se va desarrollando la cinta es muy adecuado, bastante movido gracias a las escenas de acción, pero también con el detenimiento suficiente para presentar una historia hasta cierto punto romántica que, obviamente, encaja a la perfección con ese esquema clásico de la historia.

De hecho, la forma de desarrollar esa historia tan poco novedosa es uno de los mayores aciertos de la cinta, ya que consiguen hacerla fresca y atractiva al espectador, como si no hubiera visto algo igual. Únicamente flojea, tal vez, en el final, resuelto de forma un tanto apresurada y en el que varios aspectos no parecen tener demasiado sentido... Da la impresión de que hay elementos incluidos sólo para hacer de la conclusión algo más emotivo, pero que realmente no guardan una gran coherencia con el resto de la película.

Hay que decir, eso sí, que no se cae en la “ñoñez” que aqueja a alguno de los finales de las cintas de Miyazaki, y que en ese sentido sí que está bastante bien cerrada la cinta. Sin embargo, si bien no hay esa cierta ñoñez al final, es porque tampoco hay ninguna de las moralejas que habitualmente intenta transmitir (salvo en contadas cintas) el director japonés, y eso es algo que también resulta curioso. En El castillo de Cagliostro no hay un alegato antibelicista, ni naturalista ni de ningún tipo, inserto en la historia, sino que esta se limita a ser un relato de aventuras, sin más.

Eso hace, quizás, que aunque tenga un final más maduro el resto de la película resulte un poco más infantil. Es algo que se nota, especialmente, en un humor muy facilón y ridículo, propio de animé kodomo dedicados a un público de corta edad; eso hace que la película tenga un tono ingenuo y simplón que si bien le dota de un encanto especial, se hace algo pesado por momentos.

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Ese tono infantil, por otra parte, repercute de forma bastante negativa en el desarrollo de las escenas de acción, por otra parte magistralmente realizadas. Los chistes infantiles ralentizan y hacen tambalearse el ritmo conseguido en persecuciones y escenas con gran tensión dramática, aunque Hayao siempre consigue encauzarlas nuevamente sin mucho problema. En alguna de ellas, incluso, se permite un tono más oscuro y triste que no termina de encajar con la ligereza anterior, pero que aún así está muy bien llevado.

Va unido ese tono más infantil a un desarrollo que abunda en imposibles, y que era algo común ya en la serie. La física no cobra la menor importancia, lo que convierte a una historia que podría ser perfectamente “creíble” en algo muy poco realista en todas las escenas de acción, reforzando así ese aspecto más ingenuo de la película.

Cabe destacar, como último apunte a la historia, lo bien dosificada que está la información que se nos va mostrando sobre los personajes. Muchos de ellos se nos presentan de forma sucinta, como si ya debiéramos conocerlos por la serie, y sin embargo los conocemos lo suficiente como para seguir la historia con ellos. Por otra parte, la historia enlaza con el pasado de Lupin III, en una información que también se va dosificando hasta culminar en un flashback que supone uno de los puntos álgidos de la película.

Tratando ya el apartado más técnico, vemos que la cinta sí es puramente obra de Miyazaki. La creación de paisajes, la fluidez del dibujo y sus movimientos, el preciosismo de la naturaleza... Todo son técnicas que ya había utilizado en, por ejemplo, Heidi (donde fue director artístico), y que volverá a utilizar a menudo en el resto de su carrera.

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Esa reutilización de elementos es algo que se ve perfectamente en la creación de personajes, muchos de los cuales nos recuerdan a los de otros trabajos del nipón. No ocurre con Lupin III y Jigen, que son el foco principal de la serie, pero sí con varios de los secundarios: por ejemplo, el anciano que les ayuda tiene algo que recuerda mucho al abuelo de Heidi (y no se parece en nada a la mayoría de ancianos que aparecen en las cintas de Miyazaki), y la princesa Clarisse trae ciertas reminiscencias de la propia Nausicaä.

El diseño artístico, en general, es bastante bueno y está bien detallado, aunque queda bastante lejos de las obras maestras de la carrera de Miyazaki, e incluso de su siguiente cinta, que tendrán un detallismo todavía más elaborado, y un impacto visual en el espectador mucho mayor, gracias a esa capacidad que tiene el nipón para crear mundos completamente nuevos... que aquí apenas si se puede notar.

Sin embargo, si bien la imagen no es perfecta, es en la música donde nos topamos con el apartado más inconexo. Ocurrirá también en Nausicaä del valle del viento que se combinen piezas muy electrónicas con otras más melódicas y orquestadas; aquí, ese aspecto parece crear dos mundos totalmente diferentes, que no terminan de encajar entre sí, y a los que además se une una banda sonora imitando estilos swing y piezas cantadas (bastante buenas, por cierto), como suelen acompañar al principio y fin de las cintas de Ghibli. Es ese aspecto el que más falla, pues saca al espectador de la cinta y resulta poco coherente con el resto de aspectos.

En general, Miyazaki logra crear una cinta que recupera parte del espíritu original de la serie, sí, pero a la que también dota de buena parte de su personalidad, y que utiliza como ensayo para desarrollar lo que serán sus largometrajes posteriores. Quizás peque de ingenua en ocasiones, pero resulta realmente entretenida, y tiene un encanto especial que hace que por ella no pasen los años.

Escribe Jorge Lázaro

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