Ponyo en el acantilado (Gake no ue no Ponyo, 2008)

  20 Febrero 2014

Retorno a la inocencia

ponyo-en-el-acantilado-1Sosuke y su madre avanzan por una carretera para volver a su casa situada en la parte alta de un acantilado aislado. Los hombres que controlan los accesos les han advertido de la fuerza de la tempestad que se acerca, pero Lisa quiere llegar a su hogar y circula velozmente entre la tormenta. En esa carretera que circula junto al mar las olas saltan por encima de las barandillas y comienzan a perseguir al coche, transformadas en una especie de peces gigantes.

De pronto, la figura de una niña sobresale entre la cresta de las olas que le van acercando al vehículo. La banda sonora de Joe Hisaishi, el músico habitual de Miyazaki, llena de sinfonismo la escena y la melodía de clara inspiración wagneriana, por lo que el dramatismo del conjunto crece en intensidad.

Mientras Lisa conduce con dificultad, Sosuke alerta a su madre de que una niña los sigue por encima de las olas. El coche llega finalmente a la casa y las olas depositan a la niña en tierra firme junto a ellos. La niña, que de una especie de pez mutante se ha transformado en una figura humana, corre para abrazarse a Sosuke, que tras el impacto emocional, reconoce por fin a esa niña que él bautizó con el  nombre de Ponyo, el pececito que tiempo atrás rescató del mar y que éste le arrebató posteriormente.

En esos minutos que dura esta escena se define toda la fuerza expresiva que la animación de Miyazaki es capaz de transmitir al espectador, niño o adulto. Es un tour de force que soporta todo el abanico de temas que el autor de El viaje de Chihiro ha ido tejiendo en su filmografía: la fuerza de la naturaleza desatada, la transformación de los personajes, la diferencia entre adultos (padres) y niños, la amistad, y, sobre todo, la irrupción de la fantasía en el mundo real.

Si bien es cierto que hay una lectura que estructura la trayectoria de Miyazaki, partiendo de sus primeras colaboraciones en series de animación japonesas de los 70, como un camino ascendente que en diferentes escalones (Mi vecino Totoro, La princesa Mononoke, Porco rosso) llegó hasta la cumbre en su filme más ambicioso, El viaje de Chihiro; y a partir de ahí, los siguientes filmes no han sido capaces de ahondar en la profundidad temática de ésta última; sí que es innegable que en todo filme del maestro japonés encontramos elementos, escenas y temas recurrentes que hacen necesaria su visión, obligando a evitar la comparación, para valorar cada obra por sus valores intrínsecos.

Amistad

El filme, inspirado lejanamente en La sirenita de Hans Christian Andersen, es en realidad una creación de Miyazaki como el propio autor explica: "Para crear una película, a mí me gusta arrojar una red al océano de mi imaginación y ver qué es lo que saco. Y un día, apareció en mi red un pececito que me llamó la atención y que se llamaba Ponyo. Creo que esa es la mejor descripción de como se me ocurren las ideas" (1).

A partir de este argumento en el que una niña-pez asciende a tierra firme para vivir con Sosuke, un niño que la liberó de una botella en la que Ponyo quedó atrapada, el universo de Miyazaki se despliega para hablarnos de la necesidad de la amistad. Esa pececita, un pez con cara de humano que reúne el encanto de los criaturas creadas por el animador japonés, es capaz de abandonar su mundo submarino, transmutarse en un ser humano (mediante esa mutación gallinácea en la que va incorporando unas patas con tres dedos que terminan en brazos y piernas) y luchar por vivir en tierra junto a su amigo.

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Sosuke, por su parte, descrito como un niño afable, curioso, pero carente de la compañía de hermanos en su familia, se aferra a su relación con ese pez que un día encuentra en el mar y que el propio mar insiste en arrebatarle.

El descubrimiento de ese pez, que Sosuke bautizará como Ponyo, supone para el niño todo un cambio en su rutina (tendrá que protegerlo, darle de comer), creándose un vínculo especial entre ambos. Los juegos en solitario cerca del mar dejan paso a la ansiedad de cuidar su mascota a la que lleva a todas partes, desde el colegio hasta la residencia de ancianas en la que trabaja su madre. El descubrimiento de ciertas particularidades mágicas asociadas a Ponyo (la sorprendente curación de la herida que Sosuke tiene en el dedo, la defensa del pez frente a otros, la capacidad de relacionarse con el niño) no hará más que contribuir a los lazos de unión entre estos personajes.

Es por ello que cuando el padre de Ponyo, ese personaje que surge del mar y que cuenta con las olas como aliadas para recuperar a su criatura, devuelve al pececito a su mundo original, Ponyo hace todo lo posible por regresar a tierra firme y unirse a su amigo. Ese suceso que acontecerá a través de la escena que hemos descrito al principio, en el que las olas llevan triunfalmente a Ponyo a reunirse con su amigo, sellará definitivamente la amistad entre el humano y la criatura del mar, ahora personificada en una niña de su misma edad.

El mundo de los adultos

Esa amistad entre Sosuke y Ponyo es necesaria para ambos pues su relación con el mundo de los adultos es muy ambigua. Al igual que hemos visto en otras películas de Miyazaki, la figura de los padres no cumple con el modelo de representación habitual; al contrario, parecen vivir sus vidas al margen. En Mi vecino Totoro, los hermanos están al cuidado del padre porque la madre permanece enferma en el hospital, pero el padre debe trabajar y los niños se mueven por su entorno en libertad; en El viaje de Chihiro los padres, debido a su gula, son convertidos en cerdos, dejando a Chihiro sola. En Ponyo en el acantilado ocurre una situación similar, Lisa está sola en casa porque su marido permanece en el mar trabajando en un buque y ella pasa buena parte de su tiempo en su trabajo en la residencia.

Esta actitud de Lisa se une a un comportamiento que podemos definir como poco racional, así su forma de conducir es caótica, rápida y peligrosa, incluso llevando a su propio hijo en el coche; Lisa desoye cuando los vigilantes de la carretera le indican que no puede cruzar el vado inundado de la carretera, y en el momento de la tormenta, es el hijo quien tiene que ir a la residencia pues la madre está atendiendo a las ancianas.

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Así, esta soledad es la que provoca que Sosuke tenga la necesidad de buscar el afecto y simpatía de un compañero de juegos, una persona en la que volcar sus sentimientos. Este elemento de búsqueda es lo que facilita el encuentro entre ambos personajes.

Ponyo, asimismo, vive la misma circunstancia en su mundo, pues a pesar de verse rodeada de los suyos busca algo más. La relación con su padre es de tirantez y siente la inquietud de descubrir el mundo que hay más allá de su entorno. Es por ello que no tendrá ninguna duda en abandonar el mar para transformarse y poder disfrutar del cariño de  Sosuke.

Ambos personajes se complementan para solventar las carencias afectivas. Al igual que en  Mi vecino Totoro los hermanos añoraban a la madre enferma hospitalizada, en Ponyo en el acantilado, Sosuke suple la falta del padre y la dedicación de la madre a su trabajo con una niña que se convierte en su compañera de juegos.

Fantasía

Planteado este esquema durante la primera mitad del filme, en la segunda parte entramos directamente en el terreno de la fantasía. La definición de los personajes y los dibujos que ejemplifican esa imaginería siempre presente en Miyazaki, arrasa al espectador y lo conduce a los diferentes mundos que recorren los personajes.

En este sentido cabe destacar que una época donde el ordenador preside la animación, en el caso que nos ocupa, se realizaron más de 160.000 dibujos hechos a mano, para una representación basada en colores planos y donde el movimiento dentro del plano es fundamental. La velocidad del coche por la carretera sinuosa, el movimiento del mar y las olas que se humaniza con sus ojos y bocas, la furia de la tormenta (viento, oleaje, espuma) o los desplazamientos sinuosos de las bandadas de peces, guían al espectador a ese mundo absolutamente visual donde la forma es en sí misma la expresión del contenido del filme.

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Contenido basado en esas olas que se animan y que se mueven como seres humanos, los peces con cara de niños, el barquito que se hace grande y es capaz de navegar, las transformaciones de Ponyo, las tierras inundadas que hacen que la superficie terrestre y el mar se confundan, la presencia de la madre de Ponyo, esa especie de diosa del mar con poderes mágicos, las ancianas que pueden abandonar su sillas de ruedas y la conversión definitiva de Ponyo en una muchacha gracias al amor de Sosuke.

Fantasía que se hace creíble por la convivencia del mundo mágico con el mundo real, convivencia que todos los personajes entienden y aceptan. Lisa considera normal la aparición de la niña salida de la nada, los marineros se salvan del naufragio gracias a la diosa del mar (a la que agradecen su mediación), las ancianas conviven en el mar y mejoran su salud, de tal forma que lo irracional se hace presente en el mundo real.

Finalmente, la representación del mundo del mar, con todas sus complejidades, enfrentado al mundo terrestre del Hombre, se solventa no por la intervención de los adultos, que son la fuente de conflictos, sino precisamente por la unión de los dos personajes infantiles que encarnan la inocencia de la infancia no contaminada.

Quizá no encontremos aquí la complejidad temática de El viaje de Chihiro, el antibelicismo de filmes como La princesa Mononoke o Porco rosso; pero el retorno a la capacidad de creación de un personaje inocente, mágico, que entronca directamente con Mi vecino Totoro; las  transformaciones y el paso de un mundo a otro; y el discurso ecológico (que Miyazaki se encarga de reforzar con la suciedad que se muestra inherente al desarrollo de los humanos), son argumentos que hacen de Ponyo en el acantilado, una valiosa pieza en la filmografía del animador japonés.

Escribe Luis Tormo


Nota

(1) Entrevista a Hayao Miyazaki aparecida en La Vanguardia el 30 de octubre de 2009.

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