El castillo en el cielo (Tenkū no Shiro Rapyuta, 1986)

  01 Marzo 2014

“Para vivir, no es necesario sembrar la muerte”

castillo-en-el-cielo-2Así, con esa sencilla cita de El castillo en el cielo, podría resumirse buena parte de la película que se nos presenta... así como el cine posterior (y su trabajo anterior) que el director japonés realizará durante gran parte de su carrera.

Estamos todavía en 1986, sin embargo, y ese tópico ya presente en sus orígenes tardará en manifestarse en todo su esplendor. Sin embargo, supone aquí una buena declaración de intenciones para una nueva forma de hacer cine: una animación japonesa que, como las series que la precedieron en televisión (ya habían arrasado en España en los años 70 series como Mazinger Z, Heidi o Marco, estas dos últimas obras en buena parte de Miyazaki y su gran amigo Isao Takahata), barrió por completo en el cine occidental, a pesar de los problemas más iniciales para su estreno en salas (muchas películas, como esta misma, comenzarían a llegar a partir de 2003 aquí).

La historia que rodea a la cinta es la historia de un sueño en construcción: tras haber estrenado la ya mítica Nausicaä del valle del viento (basada en una novela gráfica del propio Hayao) dos años atrás, en 1985 un grupo de animadores de Topcraft (que había producido la cinta anterior) y Nippon Animation deciden fundar un estudio independiente que se convertiría en un auténtico sello a la hora de dirigir animación, y cuyo núcleo lo constituirían, además de Hayao Miyazaki, su colega Takahata (La tumba de las luciérnagas) y su hijo Gorō (Cuentos de Terramar).

Así pues, el desafío al que se enfrentaba la cinta era importante: si bien Miyazaki ya estaba más que consagrado en el mundo de la animación, tanto en televisión como en cine (este era su tercer largometraje, tras Lupin III: El castillo de Cagliostro y Nausicaä), supondría la presentación en sociedad de un estudio recién formado, y podría en buena medida determinar su futuro.

Y ese futuro fue ya desde este instante un éxito, quizás debido en buena parte a que el realizador japonés no dejó de tener en mente ese reto a que se enfrentaba, y por eso construyó una película con una temática cargada de fuerza y concienciación (como a él le encantaba) y con su característico y cuidado apartado visual, pero que también atrapaba con la acción desde el primer instante, y que era perfectamente asequible para un público más infantil que el de Nausicaä.

Es por ello que El castillo en el cielo no narra sino una historia de aventuras, en cierta medida cargada de tópicos muy propios del género: Sheeta es una misteriosa chica que conoce por casualidad a Pazu, y ambos se verán embarcados en la búsqueda de una fortaleza voladora, Laputa (llamada en el doblaje español de 2003 “Lapuntu”, dado lo malsonante que resultaba la palabra en nuestro idioma; en el redoblaje de 2010 se volvió al original “Laputa”, por la influencia de Miyazaki y una mayor búsqueda de fidelidad), tras la que también están unos peligrosos bandidos y una misteriosa división del ejército.

Los tópicos, como decimos, son abundantes: tenemos a un héroe (y a una heroína) con un objeto de poder que ella heredó de sus antepasados, y cuyo valor desconoce; no sólo eso, sino que ambos son huérfanos, y aunque tienen un ligero afán de aventuras (Pazu más que Sheeta), se ven más arrastrados a ellas que otra cosa. Tenemos por otra parte el tesoro perdido mucho tiempo atrás, o los dos bandos enfrentados en su búsqueda (la ley y el orden): incluso en algunas escenas aparecen tópicos concretos, como puedan ser el cautiverio de Sheeta y Pazu y su interrogatorio.

Sin embargo, a todo ello se le intenta dar un enfoque más original, especialmente gracias a personajes secundarios que, aunque en algunos casos tampoco sean muy únicos (Papipong como el anciano que les ayuda), o no estén demasiado desarrollados, sí que resultan tremendamente carismáticos y le dan un toque de color a la historia que será de gran importancia.

Más allá de eso, el guión está llevado con un ritmo bastante irregular, a caballo entre escenas de acción muy intensas (como la primera) que se combinan con una tónica general lenta, y muy centrada en los detalles visuales. Miyazaki hace uso, además, de diversos flashbacks, que por lo general tienen una presencia menor en otras de sus obras, pero que aquí son uno de los principales pilares que hacen avanzar o explican los vacíos de la historia.

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El tono de la película, por otra parte, es más infantil y ligero de lo que había sido su anterior largometraje. Todo está rodeado de una cierta afabilidad que lleva a escenas en que la acción incluso desaparece a favor de la comedia (como en la pelea en el pueblo), y que acerca así al público más joven esa temática de mayor calado que trasciende a la película (hay ciertas escenas más oscuras y menos infantiles en el tercio central de la cinta, pero al final se retoma la tónica más ligera).

Porque si en cuanto a su historia es tópica, no lo es tanto en la temática que trata... O sí lo es y será en el cine de Miyazaki.

Tenemos, por un lado, unos apuntes interesantes de cierto feminismo, con su afán por construir heroínas fuertes y profundas (aquí serán Sheeta... o en el otro extremo, sin ser heroína, Dola), que demuestran a menudo superar a los hombres en destreza, valor e inteligencia, y que poco tienen que ver con las princesas que protagonizan buena parte del cine de animación occidental.

Por otra parte, otra constante en el cine del japonés: sus películas —y aquí ocurre— muchas veces no tienen villanos verdaderamente polarizados. Son personajes enfrentados, donde a priori los que parecen malvados resultan ser buenos (o no tan malvados como se pensaba), y cuya presunta “maldad” se debe más a las decisiones que toman para alcanzar un fin bueno o justificable que a un verdadero acto villanesco.

Y aunque aquí, finalmente, sí que hay villanos (a pesar de que se explican sus motivaciones, que resultan hasta cierto punto lógicas), Miyazaki juega durante la cinta con esos dobleces y ese engaño que le dan una dimensión mayor a buena parte de sus personajes.

Y luego, por fin, tenemos el Tema de Miyazaki, su gran amor: la naturaleza. Toda la cinta supone un alegato de cómo hemos de proteger el medio ambiente, pues es la naturaleza la que perdura, la que renace aunque muera, para imponerse siempre a la obra de hombre... y aquí, cómo la tecnología que nosotros construimos debe estar al servicio de proteger esa naturaleza, y no de despreciarla y destruirla.

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Ante esa perdurabilidad del medio ambiente, la obra del hombre (se intuye aquí, además, un pasado dorado, una antigüedad mejor y más avanzada, así como más respetuosa con lo que le rodeaba) no hará sino desaparecer con el paso del tiempo, y el hombre que pretende imponerse a ella en busca del poder y el conocimiento está abocado al fracaso.

Este tema, que luego llevaría a su máximo esplendor en La princesa Mononoke, no sólo se refleja a lo largo de la cinta en su propio trasfondo, sino también en un apartado visual impecable (Ghibli siempre ha destacado por su capacidad de humanizar con una gran maestría a los personajes de sus historias, no sólo narrativa, sino también visualmente), y lleno de paisajes grandiosos y espectaculares, con detalles muy cuidados (todo lo está, desde la animación al doblaje) y colores muy vivos, que permiten un gran juego visual con transiciones en la imagen bien trabajadas, pero que sin embargo no logran alcanzar la belleza de los cuadros que presentaba Nausicaä.

No sólo en los paisajes, sino también en los objetos o seres que aparecen la naturaleza tiene un papel destacado: así son por ejemplo los robots (un tanto mecha) que parecen murciélagos; la nave del ejército cuyo morro parece el de un roedor; la cabina con forma de cabeza de pájaro del dirigible de los bandidos; o las naves con forma de libélula que éstos utilizan.

Asimismo, aparecen constantemente animales de diverso tipo: las palomas que cuida Pazu, los bichos con ojos rojos que tanto gustan a Miyazaki y que se muestran en Laputa... Incluso aparece un grupo de ardillas-zorro como las que acompañaban a la princesa Nausicaä en su viaje.

Porque ese es otro de los puntos más destacados de la cinta, y es que es quizás la que más referencias hace a otras obras de Miyazaki... o dado que es de las primeras, de la que más beberán más tarde otras. Es imposible no pensar en la Sophie de El castillo ambulante cuando vemos a Sheeta y a Dola (que siendo jóvenes parecían la misma persona... igual que Sophie, siendo la misma persona, aparece como joven y anciana), o en la bruja Yubaba de El viaje de Chihiro. También el abuelo Motro (interpretado en español por un genial Julio Núñez) recuerda mucho en su aspecto a Kamaji, de El viaje de Chihiro, o al mismísimo doctor Eggman, archienemigo del erizo Sonic en sus primeras aventuras.

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Las referencias no son sólo a otras obras del japonés. Laputa es un guiño al castillo volador que aparecía en Los viajes de Gulliver, de Swift; la estética steampunk, aunque pueda recordar a Nausicaä o El castillo ambulante, acude mucho a diseños renacentistas de artistas como Da Vinci, y los créditos iniciales (que parecen narrar los primeros tiempos de Laputa... o los últimos) se asemejan a los paisajes del ukiyo-e japonés, que hoy en día se considera uno de los pilares del cómic y la animación del país nipón.

Por último, cabría una mención aparte a la banda sonora, obra del sempiterno Joe Hisaishi, que aquí continúa en la línea de Nausicaä para ofrecer una composición a caballo entre la electrónica, el pop ochentero y la banda sonora más sinfónica y orquestal. Esta última se recupera sobre todo en escenas donde la naturaleza es protagonista indiscutible, dando las pocas notas orientales de la cinta, y primando en general la electrónica que, si bien demuestra un enorme talento compositivo, no termina de cuajar con la ambientación del film.

En general, es un producto muy pulido y agradecido en la mayoría de los aspectos, que no sólo consolidó a Studio Ghibli con la fama merecida, sino que sirvió a Miyazaki para pulir muchas de las asperezas o fallos que había tenido poco antes en Nausicaä y que aun siendo menores, reducían la calidad general de la obra.

No es, a pesar de todo, sino el punto de partida. Dos años más tarde Ghibli estrenará su segunda película, la durísima La tumba de las luciérnagas de Takahata, y poco a poco irían llegando las obras más inmortales del propio Miyazaki: Mi vecino Totoro (en 1988, el mismo año que la ópera prima en cine de Takahata), La princesa Mononoke, El castillo ambulante (que sería nominada al Óscar) o El viaje de Chihiro, que por fin lograría hacerse con la codiciada estatuilla.

Escribe Jorge Lázaro

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