Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, 1988)

  13 Febrero 2014

Un mundo de fantasía

mi vecino totoro 1El cine de animación, infaustamente, no es tomado en serio por la mayoría de crítica y público al asumirse que los dibujos están destinados a los más pequeños. Hayao Miyazaki, que lleva trabajando incansablemente desde los años setenta, ha influido sobremanera a la hora de que este tipo de películas consiga situarse a la par con proyectos que solamente por el hecho de contar con actores de carne y hueso pudieran considerarse más serias.

Al fin y al cabo, ¿qué hay más serio que la mente humana? Y de eso trata Mi vecino Totoro, no solamente de la imaginación de unas niñas pequeñas que no atinan a adivinar la gravedad de la enfermedad de su madre sino de cómo se enfrentan a los diferentes cambios que sacuden sus vidas.

El director demuestra que lo relevante es el mensaje, no el medio por el que se transmite. En este caso, la animación es exprimida al máximo con todos los recursos que pone a disposición de aquel que tenga la maestría suficiente como para utilizarlos.

La vida del ser humano se nutre de las diversas elecciones que debe ir efectuando con el paso de los años, algunas mayores y otras más insignificantes, dentro de las decisiones o acciones a las que se puede ver abocado, hay una ventana que cada uno utilizará a su propia manera provocando resultados dispares. Dicha ventana es la mente y Miyazaki, mediante los personajes más jóvenes de la película, nos hacer ver la importancia de la imaginación, algunos padres eligen tirar un cubo de agua fría sobre sus hijos para que maduren a la mayor brevedad posible, en esta ocasión los adultos prefieren potenciar las semillas que hay que la cabeza de sus pequeñas para que de ellas broten extraordinarios elementos que, de otro modo, nunca hubieran llegado a existir.

Gracias al modus operandi de los padres, las niñas despliegan un universo a su alrededor formado por elementos reales y otros imaginados pero que les ayudarán a lidiar con la cotidianidad de la vida. Ahí es donde se hace presente la mano de Miyazaki, utiliza la fantasía para explicar la realidad, en ningún momento se desconecta de la trama “real” sino que los ornamentos que puedan parecer más surrealistas como el gatobus, no sirve sino como representación de las emociones y necesidades de los personajes.

Los problemas están presentes en todo momento y para cada individuo, tanto en el filme como en las vidas de los espectadores, desde las familias más adineradas hasta las más pobres, ya sean de salud, amor, etc. pero está en cada individuo la elección de cómo afrontarlos. Existen casos en los que la realidad demolerá cualquier intento por escapar de ella pero, por fortuna, son numerosas las ocasiones en las que con un poco de creatividad y sentido del humor se puede dar un giro de 180 grados.

Mi vecino Totoro es mucho más que una película de fantasía, gracias a su enfoque tremendamente humano ha conseguido la etiqueta de película de culto. Mientras que se podría haber desbocado y cabalgado hacia un sinsentido repleto de absurdos e inimaginables personajes, Miyazaki consigue crear a Totoro, un ser raro, difícil de describir, pero que provoca una sensación de calma y tranquilidad, el imaginario es tan prodigioso que cualquiera quisiera formar parte de él. Este mundo ficticio paralelo queda perfectamente diseccionado sin necesidad de tener una excesiva presencia en la cinta, siendo más numerosas las escenas con otros personajes pero cediendo relevancia a Totoro y compañía.

No es necesaria la explicación de la historia, ni siquiera de los protagonistas, sus motivaciones y sensaciones quedan clarificadas en todo momento sin frases grandilocuentes, de hecho Totoro y gatobus ni siquiera hablan en sus apariciones pero la emotividad realiza dicha función sin tener parangón con ninguna de las palabras en todos los idiomas que existan en esta u otras galaxias.

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Valiente Miyazaki

La película está narrada desde el punto de vista de las dos niñas, esto supone un riesgo dado que se puede dar una desconexión con los espectadores adultos al tratarse de un proyecto repleto de fantasía, protagonizado por niños y carente de un referente adulto (los padres se limitan a potenciar la irrealidad en ellas).

El director y guionista no derrama ni una sola gota de sudor ante esta posible molestia, desde el minuto uno el misterio y la emoción son tan magnánimos que no es de recibo quien narra la historia mientras los elementos que en ella participen sean los que su psique ha parido.

Pudiendo haberse decantado por un trabajo menos arriesgado prefiere contar la historia de un modo original, sin un punto de vista realista y maduro. El gran triunfo de Miyazaki es relatar hechos duros de un modo simple pero sentimentalmente impactante. Aquí aunque pueda parecer que la fantasía es una vía de escape de la realidad es el modo de narrarla de un modo diferente pero no por ello menos serio.

Al centrarse en la visión de las niñas, el tiempo es un concepto abstracto, nunca se menciona en que lapso transcurre ni resulta necesario. De hecho, Miyazaki parece criticar la inflexibilidad del mundo respecto a los relojes y horarios estipulados, así lo denota la profesión del padre y su falta de seriedad en referencia a dicho tema, aunque tiene dos hijas no les fija horarios estrictos de comida o para hacer los deberes como hoy en día parece tan importante.

Esto queda patente en absurdos programas como Supernanny donde un sistema de castigo y refuerzos “arregla” a niños que van por el mal camino, enseñando a los padres cómo domesticar a sus pequeños. A pesar de desarrollarse en los años cincuenta, la familia protagonista podría formar parte de nuestros días, otro riesgo asumido por el director, el no anclarse en una época temporal fácilmente reconocible en 1988 (fecha de su estreno).

No importa el resultado, solamente la historia de dos hermanas. El comienzo y el final solamente son unos puntos irrelevantes del desarrollo, pudiendo haberse iniciado antes. Dejando la sensación de necesitar más dosis de su genialidad.

Nada es común en este filme, pudiendo haber elegido opciones más sencillas y seguras, Miyazaki se decanta por un proyecto apasionante. Tan cercano y lejano a la realidad que solamente una persona de enorme talento pudiera haber llevado a cabo. La ausencia de altas metas y la importancia del camino hacen del filme del japonés una obra cumbre tanto en su carrera como en el cine de animación.

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Las reglas no explícitas

Aquellos cegados por los prejuicios no serán capaces de ver que las películas de animación aunque más libres poseen sus propias reglas, claramente diferenciadas de los filmes protagonizados por actores de carne y hueso pero sin las que no podrían funcionar y mucho menos, convertirse en clásicos.

En animación, al final y al cabo lo que diferencia un proyecto de otro es su calidad como el cualquier otro tipo de cine. El trabajo en este tipo de películas puede resultar más simple pero no es sino más complejo porque al ser los personajes más distintos de la realidad que los de una película al uso la atención de espectador puede diluirse. Por ello, aun cuando esté protagonizado solamente por humanos animados posee la dificultad añadida de la identificación por parte de los ojos del que mira y no se ve reflejado.

Los elementos que introduce Miyazaki en Mi vecino Totoro están claramente estudiados, en ningún momento da un vuelco incomprensible sino que dentro de un mundo desbordante de imaginación siempre hay un hilo conductor que guía la trama.

Sería fácil que se hubiera perdido en absurdos pero el director se aferra con fuerza a los sentimientos de los personajes, las reglas, aunque no estrictas, marcan que no se puede ni debe alejar de las emociones de los protagonistas, especialmente de los de las niñas.

La norma principal es ser fiel al espíritu de la infancia y nunca perderse en un mundo demasiado apartado del real.

Escribe Sonia Molina

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