Marte (The Martian, 2015)

  13 Abril 2020

Más dinero para salvar a Matt Damon…

marte-10…Y, esta vez (de nuevo), bien invertido, a pesar de la ironía que subyace en el chiste que tanto ha circulado por Internet desde el anuncio de esta cinta: una vez más, la Tierra (o lo que es lo mismo, los EE.UU.) tiene que invertir una millonada para devolver a casa a un Matt Damon que dejara el uniforme de soldado para ponerse, en dos ocasiones ya, el de astronauta.

La inversión era arriesgada. Todos los ojos estaban puestos en un Ridley Scott que no hace, en los últimos años, más que cosechar críticas muy polarizadas y estrenos alejados de sus tiempos de gloria, a pesar de la fuerza mediática con la que hayan brillado producciones como Exodus. Muy atrás queda el esplendor de sus grandes obras, y cada nueva apuesta es una puerta abierta al miedo y la desconfianza.

Pero Marte entra por esa puerta con paso firme, la cierra y consigue algo que parecía ya casi inconcebible: un éxito en taquilla con el sello Scott más reconocible y la aclamación casi unánime de los críticos. ¿Cómo lo consigue? Mediante la fórmula de la vuelta a los orígenes, a esos primeros pasos (Alien, Los duelistas, Blade Runner) cargados de sencillez, antes de que la épica de Gladiator empapara todo.

La historia asume la mayor parte del mérito en este éxito: basada en el libro homónimo de Andy Weir, y definida como una mezcla entre Apolo 13 y Náufrago (volveremos a esto más tarde), la trama nos abandona en Marte junto con Mark Watney, un astronauta dado por desaparecido y muerto tras una misión fallida en el planeta rojo. A partir de ahí, mano a mano con Watney, el espectador se remueve en el asiento en busca de cada rayo de esperanza para sobrevivir hasta la llegada de la misión de rescate que quiera enviar la NASA.

Las dos comparaciones (también ha sonado el nombre de Gravity a menudo) son justas y lógicas. A diferencia de las tres, sin embargo, Marte juega una gran baza que en las otras se veía con fuerza mucho menor: la del humor. Watney es un personaje con el que resulta sencillísimo empatizar desde el primer instante, dado su carácter y su forma de enfrentarse a los problemas con estoicismo y un humor a veces egocéntrico, a veces incluso autodestructivo, pero que saca una sonrisa sin tener que esforzarse.

Ese buen juego con el humor tiene otra contrapartida beneficiosa, y es que dota a la parte dramática de la película (de igual importancia) de una enorme fuerza. Es fácil sufrir por alguien en la situación de Watney, por supuesto: ahora bien, cuando vemos derrumbarse a un hombre que ha mantenido el buen humor incluso abandonado y herido en un planeta hostil y desierto… obviamente, el dolor de esos momentos se magnifica en muchos enteros.

Y eso lleva, claro, a la épica que cabría de esperar en el Scott actual. Sin embargo, como comentaba más arriba, la cinta también supone una vuelta a los orígenes: sí, sabe emocionar y ser grandiosa cuando hace falta, pero el resultado final está trabajado con pericia de artesano, con mimo por los detalles, con un cuidado por la sencillez y con un alejarse del recargamiento, que consiguen crear un producto muy pulido y disfrutable.

Estas dos vertientes, la más actual y la más clásica de Scott, se ven reforzadas por un elemento vital en la trama: la banda sonora. Enfatizando más el aspecto humorístico (aunque sin dejar de lado el dramático en la composición instrumental), una colección de temas ochenteros suena de manera constante, y para desgracia de Watney, en las arenas rojas de Marte. Otro aspecto en que ésta se aleja de las principales cintas a las que se debe: Tom Hanks nos apena mucho cuando pierde a Wilson, pero todos sabemos que es más divertido ver a Matt Damon desmantelando módulos espaciales a ritmo de ABBA y David Bowie.

El resto de apartados cumplen sobradamente, aunque tampoco de manera inesperada. Damon sostiene con mucha fuerza el armazón de la película, acompañado por un plantel de secundarios (encabezados por Chiwetel Ejiofor) más que correctos. Obviamente, la historia de Watney es el arco central (y de ahí la alegría del buen hacer de Damon), y Scott no pierde eso de vista al mostrar con más sobriedad al resto de astronautas que han abandonado Marte, o los esfuerzos del control de misión en la Tierra. Quizás les preste más atención de la necesaria o se recree en ellos, pero no pretende equiparar las tres vertientes de una historia en la que una tiene más fuerza que las otras.

Como mención de honor y cierre podríamos encontrar el apartado científico. Si bien hay aspectos erróneos o excesivamente especulativos, Scott sigue las huellas del modelo más kubrickiano en algo fundamental: tratar al espectador con inteligencia. Basta con ver la forma de una nave espacial para saber cómo funciona la gravedad en ella, y el director no se molesta en explicarlo. Ese conjunto de detalles, que pueden pasar desapercibidos, pero que existen, cierran dejando un buen sabor de boca en un producto que ya de por sí merecía la pena.

Marte es, sin duda, la reconciliación de Scott con el cine en que mejor se desenvuelve (el de la ciencia ficción sin las ambiciones de Prometheus, por decirlo claramente), y con los que le seguimos hace años, de paso. Una de las más gratas sorpresas del año y, esperemos, un nuevo rumbo en la trayectoria de británico.

Escribe Jorge Lázaro

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