Luna

  11 Junio 2021

Imprescindibles: el tiempo, la luna y los menores

junio-superluna-00Desde hace algún tiempo me acerco con sumo cuidado al programa Imprescindibles (La 2, TVE). Pues cada vez que emiten la semblanza de alguna persona relevante es porque acaba de morir o se atisba un final inminente. Esta constatación me genera la sensación de señalar con el mando a distancia quién será el siguiente. De todos modos, programas como este reconcilian con el gusto por la tele. Lo incomprensible es que se hagan programas de homenaje cuando ya se han ido o están cerca. Al menos esto me ha sucedido con Juan Marsé, Cristóbal Halffter, Caballero Bonal o Concha Velasco.

Hace un par de domingos, lo reconozco, me quedé colgado de la tele escuchando la trayectoria vital y poética del último premio Cervantes. Una voz bien templada y con una vocalización perfecta, leía de tanto en tanto, alguno de los versos de Francisco Brines. Por ejemplo, en un momento de aquella noche, la voz recitó lo de «y secos ven los ojos / la blanca luz de la maldita luna». ¿Cómo se podrá concitar tanta emoción con tan pocas palabras?

Por aquellos días, en el megaespacio que las televisiones dedican a la meteorología como final de sus informativos, me volvió a cautivar la tele. De entrada, la escenografía virtual del tiempo impresiona en sí misma, casi tanto como la virulencia del próximo temporal o el desenfreno del tornado fotografiado por algún telespectador. Virulencia solo comparable con los movimientos en el plató de quienes presentan unos mapas plagados de pictogramas e isobaras. ¿La fisionomía atlética de estos chicos y chicas tendrá algo que ver con el cambio climático?

En la sección de Tu Tiempo (Antena 3), Roberto Brasero danza sobre las nubes como si las pudiera mover a su antojo. Desde luego que aprovecha el plató para dar auténticas lecciones de climatología y derivas socioambientales. Pero no me preocupa tanto si se van a cumplir sus pronósticos de lluvias o si aciertan con la vertiente por la que entrará la corriente de frío polar. Simplemente me dejo llevar por la poesía que le ponen a las nubes, a las corrientes de aire con polvo subsahariano, incluso me pasa desapercibido si es adecuado o no el nombre de Filomena para un temporal.

Lo que sí resultó apoteósico fue el énfasis y la excepcionalidad con la que presentaron el reciente episodio de la «superluna». Zapeando pude comprobar que todas las mujeres y hombres del tiempo televisivo decían la suya sobre el particular. Mi decepción se produjo casi al mismo tiempo escuchando al responsable de un planetarium. Este hombre de ciencia, dijo que el fenómeno glosado ni era tan infrecuente ni las nubes lo dejarían ver con tanta espectacularidad como se estaba proclamando.

La caprichosa conjunción de los astros quiso que, por aquellos días, muchos millones de telespectadores nos quedáramos boquiabiertos con la luz de otra luna. Y tal vez en esta ocasión sí, desoyendo a Pablo Casado, hubiera sido mejor haberse fijado en el dedo que señalaba a la luna. Era el dedo de una estudiante en prácticas, llamada Luna, y que acogió con un abrazo al joven náufrago al que acababan de salvar la vida. Las redes sociales hicieron el resto: insultar a esta voluntaria y eclipsar la luz de superluna que desprendía su gesto de ayuda. ¿Qué cochambre moral albergan quienes obligaron a la joven estudiante a salir de todas las redes sociales?

Fue también muy comentada la instantánea de un miembro del cuerpo de salvamento, con el agua al cuello, manteniendo en alto a un bebé de pocos días. En diferentes programas, generalmente de informativos, las televisiones han vuelto a hablar tanto con Luna como con el socorrista. Incluso en varios telediarios de TVE hablaron con el muchacho consolado por la voluntaria. Semejante plus informativo no puede ya sino agrandar el problema de fondo: la instrumentalización de las vidas y de los seres humanos. Especialmente de los más débiles y de las y los menores de edad.

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Supongo que la conjunción de los astros ha querido que en pocos días nos hayan mostrado las televisiones asuntos como: la matanza de niños y niñas en Palestina, las niñas y niños invitados a entrar a Europa por las playas de Melilla, más de 200 niños son secuestrados en una escuela islámica de Nigeria, meses antes lo fueron 300 niñas, aparecen cientos de niños y niñas en una fosa común dispuesta al efecto por un orfanato canadiense, antes lo fueron en Irlanda. Hace unas semanas asesinaron a 9 menores en una escuela de la antigua Rusia, como hace unos años fueron asesinados a balazos 30 escolares en Beslán y de vez en cuando en algún colegio de EE. UU. sucede otro tanto. Por cierto, ¿recuerdan aquella secuencia repetida una y otra vez, en la que un traficante de seres humanos devolvía a dos niñas dejándolas caer desde lo alto del muro de Trump?

Mientras todo esto sucede a relativa distancia, algo más cerca nos encontramos con el sonrojante incremento del porcentaje de menores que empiezan antes a consumir pornografía, prácticas de acoso a los iguales o a las apuestas online. Nada que decir de las constantes denuncias desde la pediatría por el incremento de las tasas de obesidad infantil. Con el mismo tono de información neutral, nos decían en los informativos que una multinacional de la alimentación, principalmente infantil, reconocía que más de la mitad de sus productos son insalubres. Es conocido y denunciado el empeño puesto por las grandes de las telecomunicaciones en cautivar a los menores con sus dispositivos. Eso sí, les halagan su ego con el gentilicio de «nativos digitales».

Y llegados a este punto, si no es ya demasiado tarde, les traslado una duda que me obsesiona. ¿Qué pensar de los programas que explotan la figura del «niño prodigio» en la danza (TVE), en cuanto a sus voces (Antena 3) o cocinando (TVE)? Desde luego, nada que ver con aquel Juego de niños (TVE) en el que Javier Sardá repartía gallifantes a diestra y siniestra.

Ante la duda de que se tenga clara la barrera entre la ficción y la realidad, me genera no pocas dudas algunas ficciones. En la serie El inocente (Netflix), la trama se monta a partir de las perversiones que unas gentes muy distinguidas, practicaban con niñas menores en un club de alterne. También estos días se ha podido ver en la miniserie 22 Ángeles (TVE), que a otros tantos niños se les inoculaba el virus de la viruela para llevarlos en una travesía de varias semanas hasta ultramar. En Equipo de investigación (La Sexta) hace un tiempo, y una noche de estas Comando actualidad (La 1 de TVE), bajo la advocación de Modas peligrosas, se ocupó de los menores que realizan prácticas de altísimo riesgo para sus propias vidas y a veces también para la de los demás.

En ambos casos nos dejaron claro que estos chicos y chicas, invisibles en sus propias familias, necesitan ponerse en situaciones tan extremas porque eso los inunda de adrenalina. Sustancia que al parecer es dopante, pero, sobre todo, en las redes les reporta miles de likes que, a su vez, segrega más adrenalina. Una vez más, parafraseando al poeta, la blanca luz de la pantalla nos impide ver la mano que la señala.

Escribe Ángel San Martín   

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