La foto

  30 Mayo 2020

Pablo Casado, Jorge Javier Vázquez y Gervasio Sánchez

gervasio-sanchez-0Vivimos en la sociedad de los números. Todo y todos acabamos siendo un número más o menos largo. Un nombre o la foto de alguien, remite siempre a la otredad. Un número, en cambio, es ajeno a la contingencia y a la historia. Tal vez por ello, las autoridades de cualquier signo político envuelven los números con un sinfín de leyendas. De modo que, en vez de arrojar luz, nos sumergen en la oscuridad de lo inexcrutable. Solo hay que observar lo que sucede con las estadísticas de la pandemia, aquí o en Pekín. El envoltorio deviene en más importante que el contenido propiamente dicho.

Y si tanto los números como las palabras nos colocan en penumbra, volvamos la mirada a las imágenes. Es cada vez más evidente que los hilos que mueven nuestras emociones y comportamientos, tienen formato de imagen. De manera que quien, en las actuales circunstancias culturales, pretende hacerse presente ha de protagonizar una foto.

En la mayoría de los informativos de TV, además de los matutinos y tertulias varias, pudimos ver el autorretrato del líder de la oposición sollozando ante un espejo. La foto, como se decía en otro tiempo, es de estudio. Luz, composición, encuadre, ángulo de toma, escenografía, indumentaria y dramaturgia del fotografiado dan fe de estar cuidado hasta el más mínimo detalle. Por ejemplo, cómo no reparar en la corbata negra del protagonista.

El personaje no se mira a sí mismo, ello podría tener interpretaciones que remiten a valores ajenos al código moral conservador. Peor sería si con los ojos abiertos mirase al frente y tratara de seducir, de convertir en cómplices a los espectadores (Roland Barthes dixit). El gesto quedaría un tanto vulgar y la derecha los prefiere más recatados.

Sin embargo, con la mirada entornada transmite la sensación de instrospección, de estado de trance invitándonos a seguirle en la ascensión. Aparentemente no nos está pidiendo nada material, ni siquiera el voto, solo apela a nuestra fe ciega para seguirle. Las reminiscencias religiosas son ineludibles.

Pero hablando de detalles, les llamo la atención sobre otro. El gesto cabizbajo del protagonista, dibuja un eje visual hacia la parte inferior. Tal vez no lo vea, pues tiene los párpados cerrados, pero sí debería oir que el grifo del lavabo está abierto. Sin embargo, no parece que el personaje vaya en algún momento a hacer uso del agua que fluye. Da igual, lo que en otro contexto es un bien preciado y escaso, símbolo de la vida, aquí contribuye a acrecentar la preocupación por lo inconmensurable de la tragedia que supone el que no sea él quien la gestiona. El que la fotografía sea en blanco y negro, remite a los tiempos en los que el mundo se representaba en escala de grises, y cuando el agua no se veía como problema, como tampoco el cambio climático.

Lo que los números no nos dan, las imágenes lo prometen. El posible valor artístico de la fotografía aludida nos aproxima al fenómeno que tratamos de comentar. Dado que, en efecto, la imagen nos remite al diálogo con uno mismo y con la otredad, sucede que se envuelve con relatos que acaban desactivando el posible efecto de verdad que hay en ella. Me refiero a que esta fotografía ha sido objeto de todo tipo de tratamiento en los diferentes medios de comunicación (muy propio de la sociedad del espectáculo, Debord dixit), los visuales en mayor medida. Pero es que en las redes sociales han circulado miles y miles de comentarios de todo tipo, memes y montajes varios. Tanto ojo escrutador, añadiendo referentes y deformidades a la obra inicial, esta acaba perdiendo cualquier parecido con el original.

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Les propongo ahora detenerse a observar los detalles de un montaje fotográfico atribuido al líder hiperactivo del chafardeo televisivo: Jorge Javier Vázquez. Desde sus cuentas de redes sociales, blogs y sus Sálvame (Tele 5), ha hecho escarnio de las poses beatíficas de la presidenta de la Comunidad de Madrid. En esta ocasión, franquedada por la foto de la presidenta y la del popular presentador, se inserta una fotografía en blanco y negro de un personaje femenino (la viuda del dictador). Aunque cronológicamente no tienen ninguna relación entre sí, le añade un plus y traslada la imgen a otro nivel de significación y de afinidades ideológicas. En buena medida potenciado por el contexto de banalidad sobre el que circulan. Este collage fotográfico también ha concitado miles de «me gusta».

Aunque hace unos meses pudimos ver a Gervasio Sánchez en un programa, por lo general bien interesante, como es Imprescindibles (La 2). En un fin de semana de mayo se asomó desde su casa al talk schow La sexta noche (La Sexta), moderado por el periodista Iñaki López. Con unas pocas palabras el fotoperiodista nos puso en la órbita de lo que está sucediendo: nunca antes le habían puesto tantas dificultades e incluso impedido fotografiar «el abandono tan brutal que han sufrido los muertos de este país».

Las fotografías con poder evocador o que cuentan historias del día a día le molestan tanto al poder que tratan por todos los medios de impedirlas. Para ponerlas en circulación han de ser «domesticadas» como las comentadas más arriba. Pero en la TV también se hace: Gervasio Sánchez pone sobre la mesa un tema tan gravísimo, sin embargo, el moderador del citado programa cambia de escenario e interpela a los tertulianos del plató sobre si la presidenta de la Comunidad de Madrid le ganará o no el relato al presidente del Gobierno sobre las fases del desconfinamiento. ¿Puede haber mejor forma de desactivar el mensaje del recién entrevistado? 

Durante este tiempo de excepcionalidad, según diferentes estudios, las audiencias de televisión no han crecido de modo espectacular. El medio no ha ganado nuevas fidelidades. Lo que sí ha aumentado y además de forma exponencial, es que quienes antes veían la tele un ratito al día, durante el confinamiento se han apoltronado ante ella, al menos los colectivos de menor capital cultural. Tal dosis de ingesta acaba provocando disfunciones compatibles con la televisionitis atribuida al «virus 4K».

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Lo más preocupante en estas circunstancias no son tanto las muchas horas sentados en estado vegetativo, como el contenido bobo y tramposo que ofrecen los canales de televisión. Debilidad presente también en los canales públicos, como nos recuerda en sus columnas, cada vez que viene a cuento, Javier Marías.

Sobre este particular me vienen a la mente unas palabras del director de cine Víctor Erice. Primero, en una entrevista y más tarde en un artículo suyo, decía que la opulencia de los medios dominantes fomenta una visualidad que produce «mirones». La visualidad entretiene a la mirada, incluso la conforma instaurando un régimen escópico, pero este dificulta el ver. Para Erice, es preciso despojar a la imagen de la visualidad con la que la cubren los medios, para que el ojo perciba «el latido invisible» del mundo, que es lo propio del ver.

Cierto es que nuestra mirada se conforma contemplando series como la recientemente estrenada y anunciada a bombo y platillo, titulada La unidad (Movistar +). Poco antes y en el mismo canal pudimos ver Hierro. Ambas series de ficción, promocionadas como realistas, nos vienen a decir que, aunque los agentes del orden son humanos y a veces tienen miedo, siempre acaban reestableciendo el imperio de la ley.

Con este bagaje de visualidad, ¿qué podemos «ver», cuando el poder político legítimo sustituye en cargo de responsabilidad a un jefe militar? ¿Cómo deconstruir la mirada cuando los informativos nos muestran cómo un uniformado estrangula sobre el suelo a un ciudadano, de quien se dice que murió poco después? Y parafraseando a Gervasio Sánchez, ¿cómo reconstruir la historia reciente si nuestros mayores se han ido sin permitir reconocerlos en una imagen?

Escribe Ángel San Martín  

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