¡Pim, pam, virus!

  05 Mayo 2020

Móviles, Bryant, Domingo, Zaldibar

kobe-bryantEl título tiene truco, pónganlo en cuarentena. No pienso hablarles de la película de Pedro Olea (1975), ni siquiera de la de Pedro Sánchez. En uno de los artículos de opinión, Le Monde Diplomatique venía a decir que, frente a las pandemias, lo primero es parar la acelerada destrucción de los hábitats naturales.

El artículo remite a otro mucho más extenso en el que se aportan datos sobre cómo, la llamada «economía digital», cierra filas en torno a los grandes conglomerados empresariales. Todos ellos amasan su riqueza con las energías fósiles y, por si no fuera suficiente, extraen de terceros países los metales raros con los que fabrican teléfonos móviles o la smart tv que miro para llenar esta columna.

A partir de estas lecturas, me pongo ante la pantalla un poco más incómodo de lo normal. No puedo evitar que aflore el complejo de culpa al saber que miro un artefacto producido con lo que se ha expoliado a gentes de lejanos lugares. Gentes que no tienen lo que necesitan para sobrevivir ni se les facilitan los medios para mitigar sus penurias. Y algunas de esas gentes, seguro, nos las muestran en la televisión siendo rescatadas en el mar o caminando entre policías de Turquía a Grecia para huir de la guerra en Siria que nadie entiende.

Con estos conflictos dando vueltas en mi cabeza, no se pueden ni imaginar el grado de irritación que me produce cuando en la pantalla de TV, contaminada toda ella, aparecen anuncios de móviles. Mucho más me irrita la proliferación de escenas en las teleseries que, venga o no a cuento, ahí está la llamadita intrascendente de teléfono entre los personajes de la trama. Hace años con los desnudos picantones por lo menos se recurría a lo de «exigencias de guion». Ahora ya ni eso, simplemente suena el móvil y la trama avanza economizando planos y escenas a base de monólogos con el aparato. Cuando veo Néboa (TVE) o Vivir sin permiso (Tele 5), no puedo evitar irritarme con el abuso de este recurso narrativo que, de momento, no aparece en Downton Abbey ni en Cuéntame cómo pasó.

Esta especie de contradicción entre el medio y el mensaje, nada que ver con el aforismo acuñado por McLuhan, convierte a La Sexta en un poco tóxica. Hace unos días, en el programa de Ferreras escuchaba a Alberto Garzón hablar de su proyecto legislativo estrella para regular el juego y no fomentar la ludopatía. Argumento encomiable, pero se lanza desde una de las cadenas que más anuncios emite sobre juego y apuestas de todo tipo. Si el Sr. Ministro hubiera afeado al presentador este hecho, creo que habría ganado muchas papeletas ante el electorado.

Otro tanto me pasó este día con el Intermedio, a media entrevista con la Sra. Ministra de Igualdad, presentando su proyecto de ley contra violencia sexista, hacen un corte publicitario. De nuevo aparecen los anuncios de telefonía exhiben su carga machista y promoción de la ludofilia entre machotes.

Otro virus peligroso es el doble rasero moral en la información. Cuando los rumores y comentarios sobre los comportamientos sexistas y abusivos de Plácido Domingo pasaron a los papeles judiciales, se produce un cambio de registro. Entonces las televisiones no solo se hicieron eco sino que, siguiendo el mandato bíblico, se liaron a lanzar piedras contra la citada figura del bel canto. Sin embargo, cadenas como Tele 5, no alzaron ni una sola voz en favor de quienes habían denunciado malos tratos en su reality estrella, el Gran Hermano.

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Coincidiendo en el tiempo, se produjo la muerte en accidente del jugador de baloncesto norteamericano Kobe Bryant. Informativos y especiales nos contaron obras y milagros de un jugador, por lo visto, excepcional. ¿Cómo es posible que este deportista, implicado en un caso de acoso y arreglo extrajudicial, gracias a sus recursos económicos, fuera exaltado mediáticamente hasta el hastío? Por cierto, una periodista del The Wasington Post, fiel a su profesión, dedicó unos artículos a recordar los abusos cometidos por el personaje en cuestión y su recorrido judicial. Textos por los que fue despedida del prestigioso periódico aunque, eso sí, el escándalo se tapó reconociendo los directivos que todo había sido un «error».   

Este doble lenguaje lo estamos viendo a diario en la información sobre la actualidad, ya sea en relación con  las reivindicaciones que menudean en las calles de las ciudades o a propósito de las tragedias que también salpican el día a día. Las tractoradas, por poner un ejemplo, fueron portada en todos los telediarios e informativos. Incluso objeto de programas especiales como en Informe Semanal (La 1) o en Equipo de investigación comandado por Gloria Serra (Antena 3). Pero una vez consumida su excepcionalidad, ya no se han vuelto a retomar las reivindicaciones formuladas entonces. Pero, claro, si a la tractorada de Palma de Mallorca, la corresponsal de una cadena —lamento no encontrar la nota— la describió como la «excursión de tractores», ¿qué otra cosa podemos esperar?

Hemos de convenir que los soportes digitales padecen contaminaciones de muchos tipos, pero la información también tiene virus contagiosos. Al menos esto es lo que se desprende de la bronca montada en torno a las acusaciones prematuras e infundadas tras el atentado de la ultraderecha en Hanau (Alemania). Maligna es también la falta de información ante una tragedia como la del vertedero de Zaldibar, que cuando los políticos se asomaron a las televisiones fue para pedir disculpas y atribuir lo sucedido a un error de comunicación.

¿Qué será más dañino, el coronavirus en los pulmones o el miasma de la información en el cerebro?

Escribe Ángel San Martín

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