Elucubraciones

  26 Julio 2021

Convertir lo banal en contenido del día

raffaella-carra-0A veces una palabra o una expresión suscita más pensamientos que todo un discurso. La que precede a estas líneas puede ser un buen ejemplo. Pero si además a ella se le añade el complemento que todos estamos suponiendo, el que encaja cual pieza de puzle, entonces aparece la locución que mejor define el devaneo en el que se desenvuelven los medios. Y esto con independencia de a quién pertenezca la propiedad o de la línea editorial. Con «elucubraciones doctrinales» podemos zapear de Piqueras a García Ferreras, pasando por las declaraciones de Sánchez o de Casado.

No hay más remedio que rendirse ante la creatividad de los ingenieros del lenguaje (Iván Redondo, Miguel Ángel Rodríguez, etc.). Por la noche elucubran y por la mañana administran las monodosis que sus patrocinadores sueltan luego ante los micrófonos. La onda expansiva de la palabra administrada hará el resto ante los comentaristas de la actualidad.

Da igual lo que estén disfrutando o padeciendo en ese momento las gentes de la calle. Para los medios no existe otro asunto que retorcer la locución lanzada por algún político en maitines. Así sucedió un día con la «libertad» de Ayuso, con lo del «chuletón» de Sánchez, con la «suspensión vs. Restricción» del Tribunal Constitucional o con las «elucubraciones doctrinales» de la magistrada Margarita Robles.

No obstante, hay ejemplos que contradicen la tendencia descrita. El otro día en el programa que está a punto de desaparecer Las cosas claras (La 1), vi un gesto que me pareció edificante. Una tertuliana se negó a comentar las palabras de ese mamarracho que, dijo lo que dijo, en las redes sobre sus relaciones sexuales sin preservativo. Simplemente pasó la palabra al siguiente que, un poco descolocado, se limitó a criticar el papel amplificador en estos casos de las redes sociales. Gestos así, me da la impresión, son excepcionales en los grandes medios, pues le dan cabida a todo ese material de palabrería contagiada. Contenedor del que luego, creo que dijo Muñoz Molina, extraen los contenidos con los que rellenar horas de televisión y series de «ficción».

A la observación del académico hemos de añadir el descubrimiento de los especialistas en «economía de la atención»: cada 9 segundos, como máximo, nuestra retina exige nuevos estímulos a los que mirar. Si se mantienen más tiempo, entonces los espectadores cambian de pantalla. Esto es tremendo, porque significa, entre otras muchas cosas, que el continente propiamente dicho se convierte en el contenido que engancha al espectador. Aparece un código con el que nos identificamos tanto si las elucubraciones aparecen en el Sálvame de Rocío Carrasco o en el Liarla Pardo (La Sexta).  

Complejo proceso sociocognitivo del que se ocupó académicamente el comunicólogo, recientemente fallecido, con su teoría de la mediación. En definitiva, la televisión, como el resto de los medios, no dice lo que aparentemente nos parece entender, sino que codifica ideas y comportamientos para atribuirles otro significado. Vaya así mi particular homenaje al profesor Jesús Martín-Barbero quien, desde distintas universidades colombianas, tanto aportó al conocimiento de la relación entre la cultura y los medios.

En definitiva, mientras en las tertulias se convierte lo banal en contenido del día, los consumos vitales de nuestro día a día (luz, agua, gas, combustibles, el deficiente funcionamiento de los servicios públicos, incluido el sanitario), disparan sus precios sin que nadie le ponga remedio. Ni siquiera Alberto Garzón, ministro del ramo, parece estar dispuesto a ello. Si habitáramos otros tiempos, habría que decir que todo esto responde a una estrategia de alienación y habría que levantarse contra el opio del pueblo. Atónito se queda uno cuando un mismo periodista nos dice impávido que los beneficios de las eléctricas han subido un 18% y, sin cortar la palabra, anuncian que estamos con el Kw/h más caro de Europa. ¿Tendrán alma estos periodistas se llamen Vicente Vallés o Ana Blanco?

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Nada aparente puede decirse de la actitud de los señores y señoras del Tribunal Constitucional que, con la que está cayendo, elucubran sobre si ha habido suspensión o limitación de derechos. ¿Y de los miles de fallecidos por la pandemia qué se puede decir, más allá de culpabilizar el botellón? Bueno, estas mismas señoras y señores han decidido, con bastante retraso, que el nombramiento de Rosa María Mateos como presidenta de RTVE no había seguido los cauces habituales y, por tanto, es ilegal. Eso sí, los magistrados se pronuncian cuando el Gobierno ya ha puesto a otra persona al frente del ente público RTVE.

Mientras se suceden las cuentas y los cuentos, se nos está marchando una generación de personas con capacidad de protestar. En poco tiempo se han ido Rafaella Carrá, Tico Medina y estos días la gran Pilar Bardem. TVE modificó la programación de aquellos días para homenajear a la cantante italiana con los recortes de uno y otro programa (Viaje al centro de la tele), hilados por Santiago Segura. Menos sus comentarios, todo lo demás daba un poco de tufo a naftalina. En À Punt, en modo étnico, mostró el plano con la paella que le regalaron como recuerdo cuando la diva italiana visitó uno de los programas de Canal 9 presentado por el inefable Ximo Rovira.

En el caso de Tico Medina, pese a ser uno de los pioneros de la TV en nuestro país, no fueron más allá de la necrológica en los informativos. Esperemos que con Pilar Bardem sean un poco más generosos y le dediquen el espacio que se merece, aunque solo sea por su inconformismo militante que tanta falta hace en estos momentos. Al menos mientras haya personajes como José Luis Moreno y sus negocios televisivos o como Toni Cantó, elucubrando sobre el cargo que le han dado o el que le darán en Telemadrid ahora que Ayuso despidió al presidente.

Y llegados a este punto con la vista nublada por el inhumano calor, ¿no les parece que Toni Cantó es el tipo crocanty y el extra de verano del exitoso spot de la ONCE? O tal vez ese tipo sea Jeff Bezos, el que gasta un puñado de millones por estar unos minutos en el espacio.

Escribe Ángel San Martín   

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