Editorial abril 2021

  30 Abril 2021

Los olímpicos y la guerra eterna

oscar-0Pues ya se han entregado los Oscar de 2021, esos que, si bien no obligaban a cumplir con las normas «inclusivas» para poder optar a un premio, no han dejado de señalar implícitamente cuál es el camino hacia la redención y la victoria, que solo podrá alcanzarse a partir de 2024 si se acata el evangelio de lo políticamente correcto.

Como cabía esperar en la antesala de la nueva revolución cultural, el palmarés de este año ha recogido cada una de las obsesiones actuales de parte de la sociedad estadounidense. La Academia de Hollywood ha querido ser siempre la conciencia de su país, pero sin apenas darse cuenta de que, como creadora de relatos que es, tiene una insana tendencia a señalar a buenos y malos y a intentar moralizarnos con ello: sucedió con el código Hays, con la caza de brujas sustanciada en la declaración Waldorf, y ahora está sucediendo con el movimiento woke.

De un modo un tanto paradójico, la gran triunfadora de este año ha sido Nomadland, un filme que si bien refleja parte del desastre a que han llevado las políticas económicas de las últimas décadas, y con el que los neoevangélicos debieran sentirse cómodos, no lo plantea de un modo tan grosero como puedan hacerlo los activistas políticos; la película es más descriptiva que aleccionadora, más estetizante que moralizante, más deudora del western que del panfleto ideológico... Algo que debiera llamar la atención de los profetas de la nueva cinematografía, en la medida en que, siendo su directora extranjera, más que sentirse llamada por las formas revolucionarias parece reconocerse en los viejos estilos.

Nomadland es una película dirigida por Chloé Zhao, que para periódicos como el New York Times o el portal de noticias Yahoo, entra dentro de lo que se considera una mujer «racializada». Signifique eso lo que signifique, esta absurda visibilización de lo evidente —el aspecto físico de la cineasta, y la menos patente condición política que pueda derivarse de su origen y su sexo— pretende señalar algo que no tendría que tener la mayor importancia para valorar la calidad de su cine: la llamada de atención sobre un concepto tan polémico como la «raza» puede tener un aire penitencial en los EEUU, pero parece absurdo tener que aplicarlo a una persona que simplemente ha nacido en China, donde sus nacionales bien podrían, por su número, llamar «racializados» al resto de la humanidad.

El hecho de que una persona emigrada sea inmediatamente catalogada como «racial», da una idea del ombliguismo moral que envenena el país de las oportunidades: muchos no son capaces de reparar en que, con la catalogación de lo racial bajo un concepto explícito, hay también una valoración implícita de lo «no blanco» como lo extraordinario. Lo que se muestra aquí es una incapacidad para superar un complejo de superioridad disfrazado de mala conciencia. El problema es que mientras la norma, el criterio, lo ordinario, sea siempre lo blanco y la excepcionalidad, lo absolutamente otro, sean el resto de «razas», el peligro de que los bornes se inviertan, de que el péndulo oscile, estará siempre presente.

En el gigante asiático, patria originaria de Zhao, los críticos no hacen gala de tal exhibicionismo moral, e incluso tienen una palabra —baizuo— para ridiculizarlo. Sus intereses son otros, y pasan por señalar no solo las limitaciones a la libertad que atenazan a su país, sino las condiciones que impone un capitalismo tardío desbocado, primero en China —un país, dos sistemas— y luego en el resto del globo. Nomadland es, en cierta medida, una llamada de atención sobre esto en el mismísimo «núcleo irradiador» de occidente.

Pero dejando a un lado los asuntos morales y políticos, lo que Zhao desde luego sí puede exhibir, es el honor de ser la segunda mujer en ganar a la vez un Oscar a la mejor dirección y a la mejor película, entrando en un Olimpo en el que hasta entonces Kathryn Bigelow reinaba a solas.

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Nomadland trata temas de justicia social y pretende dar voz a los parias de la tierra; está interpretada por una monumental Frances McDormand, feminista militante pero no estridente, abogada de una cláusula de inclusión que no dudó en reivindicar en la entrega de los premios, y que por la performance con que la acompañó, podría entrar dentro de la categoría de lo que en nuestro último editorial consideramos una «aleccionadora salida de pata de banco», si no fuera porque guarda un poso de verdad notable: el protagonismo femenino en cualquier ámbito de la cinematografía —incluido el estrictamente protagónico, es decir, el de ocupar los papeles principales en una película— dista mucho de alcanzar las cotas de igualdad deseables, y para ello quizá quepa, como dijo McDormand, alentar a los productores y realizadores a que se ocupen de citar a las mujeres en los despachos y no simplemente de invitarlas a copas... o a sus habitaciones.

Sin duda McDormand se ha ganado el derecho a constituirse en referente: es tras Katherine Hepburn la segunda mujer en ganar tres Oscar de Hollywood, habiendo sido nominada además otras tres veces. Pocas personas pueden decir lo mismo, ya sea en la categoría femenina o masculina, y por eso merece también reinar en el Olimpo junto a Zhao y Bigelow.

Muchos hablan de suprimir esta diferenciación por sexos, y otorgar un único galardón a la mejor interpretación. No parece una mala idea desde el punto de vista de la igualdad, pero a las buenas intenciones siempre cabe mostrarles cómo el camino que abren puede conducir hasta el Hades: si estadísticamente los papeles protagónicos de las mujeres son menos, entonces cabría pensar que, de llevarse a cabo tal reforma, los premios otorgados también lo fueran. Quizá habría que esperar a que el anhelo inclusivo de gente como McDormand se cumpla antes de emprender aventuras tan arriesgadas.

Por otro lado, dos premios —o cuatro, si consideramos los secundarios— son siempre mejor que uno, y a la industria le iría mejor si el público pagase por ver dos —o cuatro— interpretaciones prodigiosas generalmente distribuidas en películas distintas, antes que conformarse con una sola exhibición de talento.

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Pero ya que hablamos de olímpicos bien podríamos referirnos a Sir Anthony Hopkins, que si bien no ha encarnado —todavía— a Zeus, el Padre de Todos, sí lo ha hecho con Odín, el Padre de Todo, en la saga Thor de Marvel.

Como para redondear esta tríada paterna, Hopkins ha ganado su segundo Oscar por su interpretación en The father (El padre), y con ello se ha convertido en el actor más veterano en hacerlo. Hopkins ha sido además nominado cuatro veces, con lo que quedan pocas dudas sobre su inclusión, como patriarca, en el panteón de los olímpicos.

Con respecto al actor secundario, el emergente Daniel Kaluuya ha obtenido el premio por una película sobre los Panteras negras. No podía ser menos en tiempos del Black lives matter. Y la veterana Joun Yug-jung ha conseguido el Oscar a la mejor actriz de reparto por Minari. Sin comentarios.

Otras películas han llamado la atención de la Academia, como la notable The sound of metal, una película sobre la superación imperfecta, lo que en términos menos ampulosos quiere decir simplemente real: un joven músico se queda sordo y descubre que adaptarse no solo exigirá de él esfuerzo y constancia. El cupo de las personas con discapacidad queda cubierto de una forma, hay que decirlo, bastante elegante. La pena es que la película solo ha obtenido el Oscar al mejor sonido.

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En el apartado de guion ha sido premiada una película sobre violación y venganza de tono de comedia negra —Una joven prometedora—, y en el resto de apartados, incluido este del libreto, las que a juicio de la redacción de Encadenados fueron dos de las mejores del año —El juicio de los siete de Chicago y Mank— han pasado sin pena ni gloria. La película de Sorkin se ha ido de vacío, y la de Fincher solo ha recibido dos galardones «técnicos».

Uno no sabe si el criterio de la Academia se ha visto influido por la excesiva hondura política de ambas, que contrasta con la superficialidad dominante, o simplemente no ha querido premiar dos filmes que se han estrenado en una plataforma de streaming.

Por lo ya dicho, no parece que Nomadland vaya a despertar pasiones fuera de la euforia inicial. Sin duda hay películas en esta edición que, con toda probabilidad, acaben por aportar más a la historia del cine que la epopeya nómada de Chloé Zhao, pero la sensación de que con estas producciones se siguen abriendo puertas, es innegable.

Ojalá llegue el día en que no tengamos que señalar nada de esto, en primer lugar porque sea habitual que las películas dirigidas y protagonizadas por mujeres ganen los premios principales, en segundo lugar, porque nadie lo aproveche para hacer una reivindicación partidista de ello, corrompiendo un equilibrio deseable que tiene valor por sí mismo, alejado de toda hemiplejía moral o ceguera ideológica.

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Y es que la tentación de mantener un enfrentamiento perpetuo entre contendientes que no debieran sino ser aliados es demasiado evidente en algunos movimientos políticos, y la más patente prueba de ello se da en España, donde no estamos para dar muchas lecciones morales a nadie.  

La eterna guerra electoral, sobredimensionada en esa insoportable —y acaparadora de todo el espacio político— campaña madrileña, ha demostrado que en el conflicto vale todo, hasta el uso partidista de las amenazas de muerte o la acusación generalizada hacia colectivos humanos que, siendo mayormente inofensivos, se erigen en bestia negra de algunos movimientos identitarios que solo saben crecer frente a la supuesta amenaza que suponen los otros.

Estos movimientos venenosos, importados precisamente de los EEUU, se van abriendo camino en nuestro país, y amenazan con colonizar todo nuestro espacio vital. Hoy es la política, mañana serán la educación y la cultura. El espacio del consenso se ha transmutado en el campo de Marte, y no se avistan tiempos de paz en el horizonte.

Los dioses, sin duda, deben estar muy entretenidos contemplándonos.

Escribe Ángel Vallejo


Más información sobre los Oscar 2021:
Nomadland  
El padre  
El juicio de los 7 de Chicago  
Soul  
Mank  
Minari: Historia de mi familia

  

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