Editorial junio 2021

  30 Junio 2021

Quizás porque mi niñez sigue jugando en tu playa...

luca-0Llegó el tiempo de la juventud. Junio es el mes donde se inician las vacaciones escolares, que muchos aprovechan para realizar su tradicional viaje fin de curso. Que yo sepa, bajo el mandato de la responsabilidad, ningún centro educativo ha organizado este año tal evento, lo que no es óbice para que algunas familias hayan decidido prescindir de la tutela del profesorado para enviar a sus vástagos a desfogarse a las Baleares o cualquier otro destino típico.

Uno de los resultados indeseados e indeseables de todo esto ha sido el brote Covid de Mallorca, donde los púberes, juntos y revueltos, en ocasiones hacinados por gusto en sus habitaciones, intercambian copas y se besuquean sin remilgo ni recato, celebrando una juventud que la pandemia ha querido robarles, y que casi poéticamente ha acabado por encerrarlos en un recinto insular, como al Conde de Montecristo, sin que haya más culpa en sus actos que la pura necesidad de sentirse libres y amados.

Alguien hacía notar que su destino no era tan opresivo, puesto que no había nada más deseable que hallarse a centenares de kilómetros de la vigilancia paterna, junto con los compañeros de juegos y amores, sin deberes ni ocupaciones forzadas —más allá del propio encierro— y con las necesidades básicas satisfechas. Quien así razona ignora que uno de los elementos de la felicidad es su carácter efímero, y que la dicha impuesta y artificialmente prorrogada se convierte pronto en desdicha.

Además, la juventud necesita siempre de nuevos desafíos, de variados paisajes; estar encerrado sin hacer nada es solo un vaporoso efluvio del sueño frustrado de los adultos que viven demasiado ocupados en naderías, esas que se les llevan el tiempo incluso para estar a solas consigo mismos. 

Algún día deberemos preguntarnos si nos hemos preocupado lo suficientemente de las necesidades de los niños durante esta maldita época. Los acontecimientos de Mallorca parecen una metáfora comprimida de toda la pandemia y el síntoma de nuestro descuido hacia una juventud señalada, que catalogamos como alienada, irresponsable, insolidaria… adjetivos demasiado duros para quien solo quiere, como en su tiempo quisimos todos, simplemente vivir.

Quizá estos epítetos no son más que la muestra de nuestro lamento por el paraíso perdido. Los jóvenes se creen eternos e invulnerables, pero nosotros los vemos como ignorantes: pensamos que nuestra decrepitud espiritual es síntoma de una vida madura, sensata y previsora. Ellos, puede que incluso más sabios, entienden que deben aprovechar al máximo los placeres y los días antes de verse atrapados por esa sensatez opresora.

Junio simboliza también la victoria de la luz sobre la tiniebla, el dominio del día más largo sobre la noche más corta, el vigor de la primavera triunfante. Sin embargo, y como señalando lo efímero de su victoria, sobre el cénit se adivina el largo camino recorrido desde la celebración del sol invictus, pero también el vertiginoso descenso que a partir de ahora nos conduce de nuevo al dominio de lo oscuro: como todo periplo vital, el verano empieza a morir cuando nace.

Tal podría ser el tema principal de unos estrenos más sonados de este mes estival: Luca, de Pixar, ha sido un soplo de aire inocente y fresco en nuestra cartelera. Simboliza toda la fuerza de la juventud y la vitalidad del descubrimiento. También la apertura a la madurez y la llegada de la responsabilidad. Por parte de los adultos, la necesidad de dejar volar a los hijos.

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Su carácter mediterráneo no es inocente ¿Acaso hay algo más joven que el espíritu del Mare nostrum, donde cien pueblos han vertido su llanto eterno para que pintemos de azul las largas noches de invierno?

En Luca, por su carácter inequívocamente itálico y por el recuerdo de los paseos en Vespa de Gregory Peck y Audrey Hepburn, Roma parece la protagonista. Pero Grecia no deja de estar muy presente; una de las más evidentes metáforas de la película es su referencia a Platón y el Mito de la caverna: Luca es arrastrado hacia la luz, por una «escarpada subida» por su amigo Alberto, que ya ha estado arriba muchas veces, y su primera reacción es quedarse cegado ante el brillantísimo sol.

Cuando Luca desciende de nuevo a las profundidades para comunicar la buena nueva, es tomado por loco, y sus conservadores padres pretenden que vaya a vivir con su obtuso tío a las profundidades como castigo. Luca se escapa, y Alberto guiará a su joven amigo hasta la Polis, donde el protagonista descubrirá la sabiduría de mano de Giulia, y ya no podrá dejar de dedicarse a ella. A la sabiduría, se entiende, no a Giulia. 

Y digo esto porque algunos han querido ver en Luca una referencia a las preferencias sexuales de los dos protagonistas masculinos. Sin embargo, tengo la sensación de que tales intérpretes luchan con vanas sombras: no parece haber nada de esto en la película, y no solo porque el director lo haya dicho explícitamente, sino porque en el filme se adivina mucha más philia que eros: trata sobre la pura amistad, el afecto y la convivencia, no sobre el arrebato de las pasiones concupiscibles.

No hay una sola relación sexualizada, ni entre hombres ni entre mujeres. Y no la hay sobre todo porque los protagonistas son niños, y el descubrimiento de la vida fuera del océano —la caverna— es tan deslumbrante, que bastante tienen con adaptarse a una realidad epatante y agotadora que reclama de ellos una atención total.

Pero como nadie —ni siquiera el propio director— tiene un criterio interpretativo absoluto, baste añadir lo siguiente: no puede saberse si Luca es homosexual, y en esta ignorancia se halla la clave, puesto que, en realidad, esto no debería importar lo más mínimo.

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Tanto da que lo sea como que no lo sea. Las relaciones homosexuales han de ser normalizadas, de manera que haya un momento en que no quepa señalarlas como llamativas, para conseguir así mostrar su absoluta cotidianeidad.

Así que, si alguien se siente mejor pensando que Luca es gay, adelante: lo que la película señala es que el odio a la diferencia y la esclavitud a la que conduce la ignorancia son un problema, y esa interpretación es, desde luego, evidente. Si cualquiera, en un esfuerzo hermenéutico, quiere ver que esto también refiere a las preferencias sexuales de los protagonistas, es muy libre de hacerlo.

Pero quizá también tendría que tener en cuenta que tan absurdo es que un director intente acotar e imponer la interpretación de una obra de arte, como que quiera hacerlo una parte del público.

No. Nadie está equivocado o deja de comprender bien el trasfondo si piensa que Luca es simplemente una película sobre la amistad y la infancia. Ni siquiera el propio director.

Pero los que reclaman una interpretación así sobre Luca tienen razón al menos en una cosa: el espíritu de los tiempos no parece caminar hacia la deseada normalización de estas relaciones, sino a un claro retroceso, a veces mediado por las agresiones a quienes se atrevan a hacer públicas sus preferencias.

Quizá por eso Disney sí se ha esforzado en hacer ver que Loki, el protagonista de la serie homónima encarnado por el atractivo Tom Hiddleston, se reconozca como bisexual en uno de sus capítulos.

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Junio también es el mes de Cinema Jove

Sea como sea, la combinación de cinematografía, juventud y mediterráneo, nos lleva indefectiblemente a Cinema Jove, ese certamen en cuya fundación tuvo tanto que ver Adolfo Bellido, director emérito de Encadenados.

Este año se ha celebrado su trigésimo sexta edición, y como nuestro redactor jefe ha querido mostrar, lo idóneo del palmarés entra dentro de lo discutible. No podría ser de otro modo, cuando en este mismo editorial acabamos de abrir el abanico interpretativo hasta los límites de lo razonable. Por ello les invito a que pasen a valorar su opinión, de mucha más enjundia que mi pobre comentario.

Personalmente he agradecido el ciclo de animé japonés, y algunos filmes cuya temática, como no podría ser de otra forma, se centran en una juventud desolada, algo que parece ser signo de los tiempos y los lugares, desde la tundra hasta Capadocia, desde Algeciras a Estambul.

Así pues, y por muy discutible que haya sido la entrega de premios, que Valencia siga haciendo sitio a la cultura cinematográfica orientada hacia los más jóvenes, sigue siendo digno de encomio.

Quizá esos jóvenes encerrados en Mallorca tengan una bonita pesadilla que contar en un futuro. Quizá ellos sean la memoria de una pandemia que no ha ido dejando sin nuestros mayores. Puede que, a fuerza de desventuras, quede su alma profunda y oscura.

Escribe Ángel Vallejo

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