Editorial diciembre 2008

  26 Diciembre 2008

Camelot
Escribe Adolfo Bellido López

camelot-1.jpgCamelot existe. El reino de la saga arturiana no es un mito. Es una realidad. La riqueza, los eventos, su opulenta existencia se transmite de acá para allá con el fin de que su existencia sea conocida por todos los ciudadanos del mundo mundial. Sus cantores son los heraldos que van pregonando los faustos acontecimientos que allí tienen lugar. En algunos lugares dicen que hay crisis económica y tonterías de tal calibre. Pero eso será fuera, en Camelot tales cosas no tienen sentido.

¿Que dónde está este maravilloso reino? Allí, en una zona del oriente hispano resplandece en luces recreadas por un visionario arquitecto. Un lugar sostenido tanto por políticos enorgullecidos por años de apoltronamiento en su trono como por sus asentidoras cortes palaciegas. Y para que en dicho reino nada falte, allí se encuentra y adora el verdadero Grial. ¿Hay quién ante tal resplandor pueda tratar de negar tales maravillas?

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Del Norte al Sur de Camelot existen ciudades de ensueño, edificios futuristas no se sabe si salidos de la imaginación de Metropolis, Blade Runner o Dune. O a lo mejor sea de otras fantasías. Su personalísima grandeza está constantemente hisopada por purpurados que, en cuanto hace falta, se adoran a si mismo al tiempo que fulminan a los contrarios.

En todo Camelot la forma domina y destruye el fondo o lo que es igual el continente al contenido.

¿Es una realidad este lugar o acaso sólo es una ficción fílmica ideada en unos enormes (porque allí todo es grandioso) estudios cinematográficos situados al Sur de Camelot?

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Camelot es un reino, que algunos llaman país y otros comunidad, que se mira en ciudades reales o de cuento que poseen nombres tan insignes como de la Luz, las Ciencias, las Artes, la Lengua, la Música, los Circuitos… Se trata, en realidad, de lugares cambiantes. Son como los decorados de una faustuosa y, por tanto, costosísima producción, en la que se puede alterar el escenario, el tiempo y el espacio.

En un plis-plas, en lo que tarda un mosquito en un vuelo rasante, en Camelot se puede hacer factible como por arte de magia un circuito de coches de carreras o un puerto deportivo para que allí tengan lugar regatas u otras competiciones. Eso sí, todo, para que suene mejor se dice en inglés con un pequeño deje típico de Yale, y es que of course América tira lo suyo.

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¡Qué hermosos escenarios! Uno querría quedarse a vivir en este Camelot, deslumbrado, embobado por todo cuanto acontece. Sin parar se acumulan fiestas y más fiestas. Lo que menos gustará al visitante, aunque normalmente eso no lo verá, es el amontonamiento de los decorados desechados, desmontados, arrinconados, ya inútiles…

La capacidad de asombro en Camelot no tiene límites. Ahora veréis, parecen decir sus artífices, lo que ahora saco del sombrero. ¿Acaso un conejo? No, eso es para principiantes, miren nosotros de un estanque con chorritos –como aquellos que quería poner Pepe Isbert en Bienvenido Mr. Marshall para honrar la llegada de los americanos y recibirlos con alegría–, pues bien, en menos que canta un gallo, el estanque pasará a convertirse en una pista apta para celebrar un concurso hípico internacional o una especie de playa para jugar al balonvolea o en cualquier otra transformación válida para proyectar el juego o el concurso que menos se pueda imaginar. 

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El Camelot fílmico

Bendito Camelot donde, además, el cine resplandece con luz propia (y no sólo el facturado en su Ciudad de la Luz). Es por eso por lo que Bond, James Bond, aterrizó allí un día con su reloj de diseño para deslumbrar con su presencia y con la de otros actores de renombre (es un decir) y de profesionales de cine (no muchos). Todos presurosos por pisar la correspondiente y cacareada alfombra roja. Que en otros sitios convertirán  en verde, azul celeste o gris marengo. Lo de menos es el color. Lo importante será que existan alfombras para pisar y que puedan ser miradas por decenas de fotógrafos encaramados o arrodillados a su vera para inmortalizar (¿o será perpetuar?) el fugaz momento.

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Películas para Camelot, festivales de cine para Camelot, Ciudad del cine para Camelot, pasen y vean. Camelot es una fiesta perpetua donde todos tienen acomodo.

Si Polanski no quiere o no puede rodar en sus soberbios estudios, no hay que preocuparse, es sustituido rápidamente bien por un tal Francis Ford Coopola, no en sus mejoras horas, o por Asterix sin Cleopatra o, inclusive, por un Jean-Jacques Annaud que, habiendo olvidado o tirado las rosas, ante tanto enemigo que llama a su puerta, ha decidido unirse a una banda seres mitológicos, alguno de ellos nacido literalmente en una pocilga. Pobre director francés, sin rumbo desde que perdió en los bosques a sus amigos los osos.

Si en España, de la que forma parte Camelot, existen tropecientos festivales y otros miles de eventos cinematográficos, en la región, país o comunidad mágica se reproducen como las setas en una determinada época del año. De todo hay.

Pasen y vean: que si premios del Audiovisual Ginebriano, que si homenajes a Merlín, que si certámenes Lancelot o festivales Arturianos dedicados tanto al boato de tal o cual población afamada por su buen sol y su buena acogida como a la solidaridad, a la mediterraneidad o a la juventud. Todo ello gracias a empresarios, bancos (¿o será banqueros?), gerentes y ausentes de la profesión, sin olvidar los que promocionan los cargos públicos, entidades, fundaciones, amigos de la fundación, del regidor, del padrino o del hermano del hermano del primo. Oiga, haberlos los hay a mogollón.

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Éramos pocos y…

Eventos de uno u otro tipo nacen, crecen o desaparecen como han aparecido en esta región, reino, país o comunidad de cine. Todo es posible en Camelot. Alguien una mañana tiene una idea. La lanza. Tiene prisa en hacerla realidad. La hace….Y luego todo se esfuma en el diáfano aire de tan idílico mundo. Ha durado menos que un suspiro. Pero qué más da. Hay dinero y se gasta. Así de fácil. ¿Rentabilidad? ¿Qué es la rentabilidad? ¿O el dinero? Si es público mejor…No vean cómo vuelan… No, los pajaritos no: los euros.

mostra_valencia.jpgY para que se vea que aquí Arturo y sus compañeros de la tabla redonda, elíptica o cuadrada son agradecidos, hasta son capaces, en algún caso, de conceder un premio cinematográfico de honor a la persona que da nombre a su asociación.       

Ya se ha dicho: aquí todo es posible. Vamos un poco más lejos o más cerca, según se mire. Veamos lo que ocurrió un día cercano: por arte de biri birloque alguien anunció el próximo nacimiento de un festival de cine de categoría A. Sí, han leído bien, lo repito, de categoría A. Una marca, como de calidad, que ostentan muy pocos festivales en el mundo. En España uno: San Sebastián. Para obtener tal categoría concedida por una Federación de festivales hay que pasar determinados controles de calidad, algo que se consigue a través de años. Y no se da porque alguien tenga tan bienintencionada ocurrencia. Pero ya se sabe, en Camelot todo es tan sencillo que basta con sacar la varita mágica para que la rana o el sapo se conviertan en la princesa o el príncipe… Así que ¿por qué no tener de inicio ya un festival de primera división?

¿Cine o playa?

cinema_jove_valencia.jpgTal trompeteado festival se ha decidido además que se desarrolle durante el mes más caluroso de Camelot, julio. Para aliviar tan rigor, y con gran saber, se ha elegido la playa como centro del evento. Lo que no se sabe es si se harán playas privadas, con techumbre incluida, para poder proyectar a cualquier hora o las sesiones serán exclusivamente en horario nocturno. Como hay carreras de Formula 1 exclusivamente de noche, también puede haber un festival de cine con sesiones exclusivamente de noche durante toda una semana. O mejor alargar el certamen a diez, quince días o si me apuran hasta un mes. Durante ese tiempo las mañanas y las tardes pueden quedar para otras lúdicas actividades que se pueden llevan a cabo bien en pareja, bien en pequeña o gran compañía.

Las palabras de los organizadores o pagadores de tal gran idea dejan claro lo que quieren cuando afirman que utilizarán y dinamizarán las instalaciones del puerto y de la playa con el fin de lograr un festival moderno y de vanguardia. Todo es posible, ya saben, hasta que el día se haga noche. El milagro de Camelot es el milagro del cine. La realidad convertida en ficción. ¿O es al revés?

El embarazado (¿acaso embarazoso?) festival lo pregonan un grupo de empresarios audiovisuales. Bien saben ellos cómo “recoger” beneficios a costa de las audiencias televisivas o espectadores cinematográficos. Si no lo saben ellos, ya me dirán quien va a saberlo.

Entre sus pretensiones, honestas y de gran sapiencia, se asienta la de atraer proyectos extranjeros y contactar con la producción del cine internacional. Para que no haya problemas, ni luchas externas ni “intestinales”, dejan claro que los retadores no pretenden enfrentarse ni a la Mostra, ni a Cinema Jove, festival este último que curiosamente se lleva a cabo durante el mes de junio.

Llegados a este punto nos permitimos dar un consejo al (posible) nuevo festival (nada menos que quiere salir en 2009 o sea dentro de unos meses, por lo que si no lo remedian nacerá sietemesino): debería comenzar al día siguiente que Cinema Jove se clausurase, de esa manera se evitaría que productores, críticos y trabajadores del audiovisual tuviese que hacer otro viaje. Ya que están en el joven festival pueden quedarse para asistir al recién nacido, incluso los gastos de los invitados, si el festival asume transporte,  podrían repartirse a medias entre ambos festivales.

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Letras y compromisos

La nueva E-Mostra (nada que ver con Wall-E) debería, si su distinción está en emplear una letra a su original título, cambiar la E por la C. Se entendería mejor su adscripción a Camelot. La E es de peor entendimiento, análisis o explicación. Pero bien mirado, la E en un principio parece que puede señalar a España o a Europa, pero una frase dicha en la presentación o algo así del gran evento, asentaba claramente tal letra. Se afirmó que  hay (¿una?, ¿varias?) empresas Extranjeras interesadas en el proyecto. ¿Cuáles? ¿de dónde provienen? ¿del Imperio de acá o del de allá? No lo supieron o quisieron explicar y por eso uno cree que por ello se busca alcanzar la soñada distinción, que serviría para elevar a los cielos al endiosado proyecto desde su misma concepción.

camps_rita.jpgSilencio. Dejemos que en Camelot se siga soñando. El sueño o ensueño seguirá hasta que uno a uno sus habitantes despierten y se pregunten si su región, comunidad, reino o país era una realidad o un simple decorado, que en su (aparente) magnificencia no llegaba siquiera a ser una mala imitación de Cinecittà. Por no ser ni siquiera era un decorado venido del Hollywood grandioso. Aunque, para ocultar su destino, a su alrededor se hablase (más bien se chapurreara) el inglés americanizado.

Pero, tranquilos, de momento Camelot sigue soñando en estos días navideños de (obligada) felicidad y (ordenado) amor. Fíjense, vean, imagínense en una pantalla de cine a Camelot y sus habitantes. Allí se plasmarán en estas noches de buenos deseos incumplidos, lo que sueñan los grandes (hechos niños) y los pequeños (hechos grandes): grandes regalos caídos del cielo y traídos de no se sabe dónde. Algo así como les ocurría a los habitantes de Villar del Campo, perdón del Río, en la espesa noche en la que esperaban la llegada de los americanos.

Nosotros, los redactores y redactoras de nuestra revista, desde este Camelot, adulterado, mítico, complejo, casi felliniano, les hacemos llegar nuestros mejores deseos para el nuevo año en su vida y en el cine de verdad –y no el prefabricado– que nos llegue en 2009. Pero eso se lo decimos a todos ustedes en voz muy baja, porque tememos que en cualquier momento todo ello, deseos incluidos, se funda con la nada que también, seguro, trata de tragarse a Camelot. Y es que si a Camelot se le quita la “t” final la palabreja suena a… lo que ustedes quieran.

Que sean felices, qué caramba.

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