Editorial febrero 2009

  02 Marzo 2009

Revistas, críticos y críticas
Escribe Adolfo Bellido López

Eventos, alfombras rojas. Ocurre siempre en los febrerillos locos, que se aprestan a dar abrigo a los idus de marzo, mientras se engalanan entre falsas y estrambóticas galas. Manda el tiempo carnavalero, y son las múltiples llamadas a premios que se conceden acá y allá las que nos recuerdan desde uno u otro lado (pero no hagan caso: es una farsa más de carnaval) cuáles son las mejores películas del año. Luego, cuando el tiempo se serene y las cosas se miren en lejanía se podrá comprobar que varios de la buena cosecha del año ni siquiera han sido mencionadas entre las campeonas.

Son también tiempos de celebraciones y de recuerdos, como el que corresponde al décimo aniversario fundacional de nuestra revista (en formato) digital ENCADENADOS, proclamado a través de sencillas exposiciones y de las correspondientes presentación en los medios. Algo que, además de alegrarnos, nos  lleva también a reflexionar tanto sobre lo que dejamos atrás, como por los tiempos cinematográficos (y de caos crítico) que vivimos. Siempre lanzados hacia lo desconocido e imprevisible. Y sin atisbos de concretar hasta dónde podemos llegar. Pero eso, el futuro, interesa ahora poco. Nos interesa más el presente, el intentar hacer las cosas lo mejor posible en nuestra labor diaria como críticos, escritores y analistas del cine.

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Este tiempo ha servido para procurar reunirnos la mayor parte de los que (desde allí o desde aquí) trabajamos en la revista. También para algo más, realmente hermoso, como es recibir el apoyo de una gran cantidad de amigos, al tiempo que se ha producido el encuentro con algunos de nuestros antiguos alumnos y alumnas. Nos han reconocido accediendo a las páginas (recién descubiertas por ellos) de ENCADENADOS.

Así han rebobinado hacia aquel pasado en el que se iniciaron en el buen cine, en el significado de las películas, así como en la necesidad de luchar por una vida en libertad. Todo aquello fue posible en las sesiones de cine club o en las clases de audiovisuales de la universidad laboral de Cheste (Valencia). Emocionan los mails enviados por alumnos y alumnas forjados en días en los que se transitaba hacia la libertad y en los que dicen lo que supusieron para ellos aquellas sesiones en las que aprendieron a reconocer imágenes y a tener memoria de unos tiempos a los que se despedía con alegría. El bautizo democrático (real o inminente) daba nuevas alas en la mirada y en la acción.

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La alegría de la celebración

Es casual que nuestras celebraciones se hayan encerrado entre Goya, Globos de Oro, BAFTA, Oscar o Cesar. En las nuestra no ha habido ni alfombras rojas, ni pasarelas expositivas de modelos únicos, ni glamorosas sesiones de fotos. Ni nadie ha premiado a tal o a cual. Pero todos, en armonía, hemos vivido, desde nuestra mayor o menor edad, el calor de la amistad y de la necesaria reflexión sobre lo que hemos hecho y sobre lo inmediato que nos disponemos a hacer.

La historia de Encadenados no es un cuento de hadas a la manera de Slumdog millionaire, pero se acerca a ese filme al llevar tan lejos a una revista que nació como un reto cuando no demasiadas personas sabían qué era eso de Internet. Reuniones, las primeras, donde decíamos sentirnos muy felices si los visitantes a nuestra revista eran decenas… al menos. No podíamos imaginar, entonces, que un día haríamos una revista viva en la que diariamente aparecieran críticas y comentarios, y cuyos visitantes mensuales los contáramos por decenas de miles. El inmediato presente traerá importantes novedades. Como hemos dicho, llegaremos hasta donde podamos. Ojalá eso signifique mucho tiempo.

Nuestra crítica, nuestra forma de acercarnos al cine, de estudiar directores, géneros o películas, quizás para algunos sea apabullante. Alguien a lo mejor se pregunta sobre la razón de las amplias filmografías que aparecen en los estudios de los directores, por las críticas largas con las que analizamos las películas, por el rigor de los apartados televisivos y de estudios de compositores de cine o, entre otras muchas cosas, por el seguimiento de los festivales de cine. Eso es así, pero lo es porque nosotros no entendemos la crítica como un mero escrito tópico y valorativo, ni pensamos que los estudios de una película o de un director se pueden despachar con rápidas anotaciones que cualquiera (aún sin conocer nada del director o de la película) puede llevar a cabo. De eso, por desgracia, hay mucho en la red y fuera de ella.

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Mirando sin ira

Basta echar una ojeada por cuestiones impresas y no impresas sobre cine (diarias, semanales o de la periodicidad que sea) para ver lo que a uno se le viene encima. Ególatras, engreídos, pelotas, escapistas, emborronadores de textos, hacen su agosto en el río revuelto de la crítica cinematográfica. Cualquiera puede escribir de cine, pasearse  alegremente por un lenguaje adquirido por arte –como mínimo– de magia.

No hace mucho leía un artículo de alguien que escribía de cine y, en aras de ello, recriminaba a un crítico por decir que no entendía la razón por la cuál cualquier podía escribir de cine. Lo decía totalmente convencido. Quizá ignoraba que para escribir de algo (también de cine) hace falta tener, pongamos, unas mínimas nociones de lo que se habla. Pero parecía ser que para el escribiente, el hecho de que muchos ven cine basta para que esos muchos tengan patente para escribir sobre –y analizar– películas. Lo curioso es que, casi seguro, quien eso dice piensa que no todos los que acuden a una exposición de pintura o a un concierto pueden escribir sobre lo que han visto u oído. Pero en el caso del cine, ¡que cruz!, sí es posible.

Así nos va. Sigamos dando vueltas por sitios y más sitios que comentan, hablan, charlan, dialogan, aseveran sobre cine y nos encontraremos con críticas tan maravillosas como esas de libro, tan de libro, que son válidas para cualquier película. Lean algunas críticas y pasen a sustituir el título del filme criticado por otro cualquiera y comprobarán, ¡oh milagro!, que sigue siendo válido el comentario.

Existen comentarios críticos ornamentados con valoraciones inútiles, aseveraciones sonrojantes o simples reflexiones personales. También podemos encontrarnos con escritos sobre películas realizados con prisa, con tanta, que suman errores con gran facilidad. Nadie posteriormente los rectifica.

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Algunos ejemplos

Algunos ejemplos de la “excelente” labor de la crítica, más o menos cercanos en el tiempo.

En un periódico de gran tirada se hablaba, no hace mucho, de lo que supuso en su momento para el cine español la película de Saura, Los chicos o, en otro lugar, se hablaba del recuerdo de Ladrón de bicicletas de Roberto Rossellini. Pues bien ni Los chicos es de Saura (se quería referir a Los golfos) ni Ladrón de bicicletas es de Rossellini. La primera es de Marco Ferreri y la segunda la realizó Vittorio de Sica.

Otros ejemplos nos llevan a la original manera con que algunos escritores (¿de cine?) encaran los festivales. Así podemos comprobar, con asombro, sobre el ajetreo (¿sexual?) existente en la habitación del hotel colindante a la del escritor, lo que le llevó a salir de noche o, en otros casos, a la importancia de tomarse unos cruasanes –que estuvieron o no buenos es lo de menos– nada más levantarse.

Hoy, sin rubor (por parte del crítico), alguien puede escribir sobre La duda, y en vez de hablar de la película plantear sus propias dudas sobre su oficio de crítico. O exponer a través de La clase su propia experiencia en el correspondiente instituto. No podemos olvidar tampoco el arduo viaje por las montañas de Irlanda narrado en la (se supone) crítica sobre un filme que trascurre en aquel país. Los tres ejemplos no estarían mal si se tratase de reflexiones de alguien que ha visto el filme y quiere darlos a conocer en un libro o un artículo de su blog. Pero no en una crítica de cine. Son referencias tomadas al azar, pero que clarifican el estado actual de la crítica de cine.

Casi prefiero, a las anteriores propuestas, la personal soberbia de aquellos que no se dicen críticos y hablan de sus personales gustos y de lo buena que está la señora protagonista. Al menos pueden resultar divertidos en su desfachatez. 

Se pueden encontrar otros maravillosos ejemplos. Podemos comprobar, por ejemplo, que alguien puede haber tomado nota de la ficha de una película, recogido aquí o allá dos o tres cosas sobre el director, y pasar a escribir a continuación quince o veinte líneas sobre una película que desconoce (lo que se intuye claramente). Puedo contarles que –en algún lugar de cuyo nombre no quiero acordarme– circula por ahí hasta una historia del cine compendiada (cada década) en lo equivalente más o menos a un folio. En ese tan “extenso” estudio ni siquiera, por ejemplo, aparece en los años sesenta referencia alguna a la comedia americana (excelente) de gente como Blake Edwards o Richard Quine. Seguro, sin embargo, que en la referencia a la primera decena de este siglo se hará un hueco (dentro de la comedia) para el más que discutible cine de Judd Apatow o Ben Stiller.

Nadie estamos libres de culpa. Hasta los más exigentes comenten errores, como se puede leer en una muy popular historia del cine en la que se afirma que Alemania, año cero (otra vez entra por medio Rossellini) cuenta  la historia de un soldado alemán pederasta que vuelve del frente (en la Segunda Guerra Mundial) y luego se suicida… Probablemente alguien hizo la cama a quien firmaba como autor. Lo asombroso es que en su no-se-sabe-qué-edición se seguía (y no sé si sigue aún) manteniendo el error.

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Final

Por último, vamos a referirnos a algunos ejemplos eruditos o de juicios precipitados. Así, con motivo del pase en el festival de Cannes de Vals con Bashir varios críticos acreditados en el certamen escribieron que era una película que no iría muy lejos al ser demasiado “localista” y “personalizada” y, además, para remate, ser de animación. Hoy sabemos de su  amplio recorrido por el mundo y de los premios que ha ido acumulando.

De La teta asustada se escribió que era una película de las muchas latinoamericanas que nos llegaban. Sus intenciones eran mejores que los resultados y que por tanto no daría ni gloria, ni premios a su realizadora. Días después de ese comentario la película recibía el primer premio en el festival de Berlín.

Hay, incluso, alguna crítica que ataca a los intérpretes (grandes ellos y ellas) de La duda porque, asevera el crítico, su interpretación deja vislumbrar la complejidad psicológica de los personajes. ¿Entiende algo? Si esa película es válida lo es ante todo por sus potentes interpretaciones. La de todos los que en ella intervienen.

Habrá que volver a La clase, de la que otro crítico dice ser un filme equivocado en su parte final ya que, asegura, es imposible a) que los alumnos enfrentados al profesor por la expulsión de un compañero pasen inmediatamente a formar una piña con el docente; y b) la conclusión final remarcada por la chica al decir que no ha aprendido nada a lo largo del curso.

Hay más cosas en ese escrito, pero estas dos son como mínimo sorprendentes ya que: a) ha pasado tiempo desde la expulsión del alumno hasta ese momento (final de curso) donde el alumnado está suavizado. Se ha producido un salto en el tiempo, una excelente elipsis, que conduce hacia el momento en que unos y otros (profesores y alumnos) se “liberan” de los muros en los que han estado confinados. Ese final, hay que remarcarlo, corresponde al día final de curso. Unos y otros piensan, entonces, en sus vacaciones.

Y b) el momento final (hay dos planos posteriores realmente significantes como son el partido en el patio “uniendo” a profesores y alumnos y la visión de la clase vacía de personas), es un (falsa) puesta en común de lo realizado a través del curso. La mayoría del alumnado explica lo que cree que ha aprendido y, salvo un curioso e importante caso, todos ellos demuestran con sus palabras que no saben nada. Sólo una alumna que se queda al final de la clase para hablar con el profesor es capaz de decir lo que realmente siente. Es, por supuesto, la demostración del gran fracaso (o casi) de todo un modelo educativo o, lo que es lo mismo, de un sistema social.

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El colofón

No puedo resignarme a dar cuenta del gran “descubrimiento” llevado a cabo en el estudio que se hace de la película española Rojo y negro (1942) de Carlos Arévalo, y de la que se asegura que anticipa determinadas decisiones formales propias de Jean Luc Godard o Jerry Lewis. De ahí a considerar un genio al realizador Jesús Franco (al que se le ha concedido además este año un Goya honorífico) sólo hay un paso.

Panorama triste en el que se mueven los trabajos, los estudios sobre cine y la critica cinematográfica. Así se deforma más que se forma. Hay que proceder a revisar y reconocer el cine. En su totalidad, no solamente las películas de hoy en día. Para conocerlo realmente hay que revisar las grandes películas y realizadores del pasado: adentrarse en su historia. Comprender la evolución del lenguaje para poder hablar con propiedad de cine, de películas, de autores, de géneros y poder así ayudar a los espectadores a entender los filmes a los que se enfrenta. Para eso se necesita una crítica serena, analítica, rigurosa y libre.

Hay revistas que desde hace tiempo tratan de analizar cuál es el papel real de la critica cinematográfica. Por tanto, también del crítico. Una y otro se encuentran en una encrucijada. El diálogo entre las diferentes formas de enfrentarse al análisis fílmico es necesario y urgente. Debe procederse a un debate amplio en jornadas organizadas por quien corresponda, al amparo de organizaciones, academias, escuelas de cine, filmotecas, festivales e incluso de publicaciones. Algo necesario y urgente. El cine y los espectadores así (nos) lo exigen.

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