Editorial junio 2008

  25 Junio 2008

De Apocalipsis, críticos y otras amenazas
Escribe Adolfo Bellido López

I
semilla_diablo.jpgSe pueden leer en las crónicas que envié desde el festival de Huesca algunos de los comentarios que realicé sobre los cortometrajes que allí se pusieron y en los que, escribía, abundaba un pesimismo apocalíptico. Realmente nada extraño visto el panorama que nos cerca. Y cuya existencia se reproduce en gran medida en parte de las actuales artes narrativas.

Puede hacerse un viaje por el túnel del tiempo, instalándonos años atrás, para apreciar la cantidad de mensajes tenebristas que aparecían en los filmes de la década de los años setenta del siglo pasado. Los (falsamente) felices sesenta dieron paso a una gran cantidad de películas de terror ya anunciadas en el cambio de década con títulos como La semilla del diablo de Polanski, que nos aseguraba de la inmediata llegada del anti-cristo. Tema, en mayor o menor medida, que sería explotado posteriormente en otros títulos, desde la americana La profecía, de Richard Donner, y sus secuelas hasta la (mucho más tardía) española de El día de la bestia, de Álex de la Iglesia. Aunque ésta última, claro, se beneficiara de los atávicos temores del cambio de milenio.

Pero ahora mismo, ya tranquilizados por la vivencia de los años dos mil, el cine sigue empeñando en su campaña atemorizadora. A su favor, para poder contar con la aprobación de los espectadores, este tipo de películas se beneficia de la gran batería de amenazas que nos golpean tales como la crisis mundial en la que estamos sumidos o la proliferación del terrorismo.

nombre_rosa.jpgNada nuevo si bien se piensa. Lo que se pretende es asustar al precio que sea al personal. Es, como demuestra El nombre de la rosa, algo que resulta rentable para las facciones económicas – políticas - religiosas dominantes. Mejor asustar que hacer reír: una forma de tener a los ciudadanos aplacados, encogidos, dominados.

Discursos que van desde el miedo al mundo en que nos ha tocado vivir hasta enumeración de proféticas pestes que nos asolarán si somos malos. Estamos mal pero podemos estar peor. Mensajes más intranquilizantes en cuanto no son claros sino difusos, algunos, incluso, difíciles de descifrar y por momentos inexplicables.

Los enemigos se multiplican: naturaleza vengativa, monstruos salidos de no sabe dónde, raptores o poseedores de mentes, reflexiones post guerras o traumáticos recuerdos infantiles... Abundantes son las (negativas) propuestas de estas películas salidas de acá y de allá. Sin que, claro, se pueda olvidar el trasfondo de un terrorismo que acecha. Por ello será preciso estar en guardia y mirar al “vecino” como un probable enemigo.

La relación de películas que tratan, en el cercano presente, de tales males es grande. Como ejemplo ahí están Rec, Monstruoso, El orfanato, El día de mañana, La niebla de Stephen King, Señales, El incidente... Y, en algunas de estos títulos, o en otros, la idea (positiva, reflexiva) no se encuentra en la indagación psicológica y la llamada de atención sobre un determinado hecho como la que, por ejemplo  expresa Hitchcock en el aparente parejo título de Los pajaros: que en el fondo habla de la sumisión de la mujer.

De lo que se trata, en las películas apocalípticas actuales, es de acobardarnos, exigirnos que nos escondamos, desconfiemos de los otros o nos afanemos en pedir perdón a los dioses vengativos para aplacar su furia bíblica.

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II
Cierta crítica, y ciertas revistas de cine, se dedican hoy a levantar altares a determinados y más que discutibles realizadores o a películas de ciertos directores que no son más que una relativa o pequeña diversión (1). Nada que ver con las grandes películas de aventuras, o algunas de las maravillosas (aparentes) naderías del Hollywood clásico, uno de cuyos más sonoros ejemplos sería la excepcional Hatari de Howard Hawks.

¿Por qué hacen eso sesudas publicaciones, incluso especializadas? A lo mejor creen en ello o a lo mejor lo que desean es captar a unos lectores-espectadores que viven de títulos ubicados en los primeros puestos del ranking (en recaudación) de los estrenos semanales. No se entiende de otra manera. Resulta difícil aceptar que publicaciones notorias dediquen amplios espacios (y más que generosas calificaciones) para ensalzar las virtudes (al parecer grandes) del último título de Indiana Jones o del último sermón enunciado por el casi siempre reaccionario Shyamalan.

elgatopardocartel2.jpgDe las películas, de todas, se puede hacer un análisis: explicar lo que hay en ellas, tratar de comunicar su lectura, exponer una reflexión sobre la realización a través del estudio de una o varias secuencias... Por el contrario, no se debe caer en unas valoraciones calificatorias de escasa validez o en curiosas divagaciones que normalmente ni están en la película ni forman parte de ella. La negatividad personal que algunos críticos antepusieron, en el momento de su estreno, a la brillantez temática y formal de un filme como El gatopardo (por citar el título en el que nos centramos ahora los redactores de Encadenados) es todo un ejemplo que nos induce a reflexionar.

Los críticos no es que podamos equivocarnos, es que nos equivocarnos. Nadie, como dijo Wilder, es perfecto. Y nosotros menos que nadie. Pero de ahí a que algunos escribientes de cine utilicen la crítica como rancho particular en el que muestran sus personales frustraciones o sumisiones (añádase otras perversas o simpáticas motivaciones), hay un abismo. Es muy distinto analizar que rendirse incondicionalmente o enarbolar un hacha destructora.

A veces puede ocurrir que el crítico, cansado por tantas horas de imágenes, se dedique a hablar o escribir de particulares películas o de imaginar escenas que siente como propias para clarificar tal momento. Además, puede sentir que están presentes una serie de ideas que sólo rondan por su cabeza. Lo malo de todo ello, es que tales mentes imaginativas terminan no sólo por crear adicción sino que interfieren la realidad de forma que sus “dichos” pasan a ocupar el colectivo crítico. Así, una serie de datos inexistentes se toman como verdaderos.

Lo hemos dicho en alguna otra ocasión: en una Historia del Cine muy conocida de carácter generalista se puede leer que Alemania, año cero cuenta la historia de un pederasta que vuelve de la guerra y luego se suicida. No sé si tal error se sigue manteniendo en las últimas ediciones, pero sí puedo asegurar que no hace demasiado tiempo, en una edición alejada de la primera, seguía afirmándose tan falaz argumento.

Siguiendo con este tipo de entuertos, diré que no hace mucho, en una misma revista de cine nos encontrábamos con tres estupendas “ensoñaciones”. Las dos primeras hacen referencia, en el mismo estudio crítico, a dos momentos de Mil años de oración. Hecho implícito, por supuesto, el primero que se señala, pero que el film de Wang no explicita: la “visión” del final de una escena de amor (donde se muestra la frustración de la mujer) entre la hija del protagonista y su amante.

El segundo momento al que se alude se refiere una secuencia existente, pero que el crítico “literaraliza”. Se centra en el momento en que la mujer asiste a una sesión de cine. Según el cronista, la sala está semivacía y los espectadores asistentes están adormecidos. Relativa verdad: en la sala (contando a la co-protagonista que en primer plano mira atentamente la película que se proyecta) hay, además de la mujer, cuatro personas más. Una pareja, mayor, a mitad de la sala, otra pareja al final. Y de ninguno podemos aseverar con exactitud que se encuentran adormecidos...

centauros_desierto.jpgMás grave es el tercer desliz referido al nombramiento de un momento de esa obra maestra de John Ford que es Centauros del desierto. El escribiente habla de la maravillosa escena en la que la cuñada de Ethan expresa (sin palabras) su amor por ese personaje por el simple hecho de acariciar su capote. Ese maravilloso momento es visto, desde la sorpresa, por el predicador-ranger Ward Bond. Observa sorprendido lo que hace la mujer sin que ella se percate. En el desliz del crítico se procede a alterar el personaje voyeur de forma que, para el crítico, quien observa tal reacción es el propio Ethan. ¿Tanto costaría revisar ese momento en el correspondiente DVD?

Errores que también aparecen en buscadores generalizados en los que se puede encontrar cosas tan curiosas como comprobar (de acuerdo a sus listados) que El señor de la guerra, el buen filme sobre la Edad Media de Franklin Schaffner, no se llegó a estrenar en España.

Y, que conste: no quiero tirar piedras contra nadie. Todos, en nuestro cometido analítico, hemos cometido errores críticos más o menos importantes. Así, un buen amigo me preguntaba no hace mucho que por qué decía que la idea de utilizar con frecuencia la nieve en American gangster era muy acertada. Tengo que revisar la película para comprobar dónde se encuentra mi fallo de apreciación. Al parecer en el filme de Ridley Scott no aparece tal elemento atmosférico. Personalmente me parecía perfecta la introducción de ese fenómeno atmosférico como manera de hacer explícito el tema de la droga, de la “nieve”.

Otra de mis (discutibles) aseveraciones se refiere a la última película de Lumet, La colina (The hill). Estaba convencido de que ese título se había estrenado, en su momento en España. Así lo indique en un artículo reciente escrito en esta nuestra revista. Al parecer no es así. De haberse estrenado lo habría sido en los cines de V.O. o en algún pase televisivo. Estoy seguro, y más después de haberla visto en DVD, que he visto el filme y que, incluso, en algún sitio escribí sobre la película. Con la ayuda de amigos de Encadenados sigo investigando el hecho.

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III
Para envidia de todos por un cine ya desaparecido, y uniendo películas y críticos, deseo recordar parte del listado que el American Film Institute ha publicado sobre la mejor película referida a diversos géneros.

Algunos de los mejores filmes (para ellos), según la encuesta de esa asociación serían: comedia romántica, Luces de la ciudad de Chaplin; western, Centauros del desierto de John Ford; deporte, Toro salvaje de Scorsese; misterio, Vértigo de Hitchcock; ciencia ficción, 2001, una odisea del espacio de Kubrick; gángster, El padrino de Coppola; tribunales, Matar a un ruiseñor de Mulligan; épica, Lawrence de Arabia de David Lean... Naturalmente sólo referido al cine americano. Películas grandes, junto a muchas más, del cine de nunca jamás. Insisto faltan importantes títulos europeos cuyo problema no es de calidad o de competencia sino de desconocimiento o intransigencia por parte de quienes corresponda.

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(1) Y no sólo eso. Hay publicaciones que incluyen “cuadernitos” integrados o no en la propia publicación, en los que se publicita (previo pago de los organizadores de los eventos) tal o cual actividad o certamen, enmascarando el propósito por medio de artículos sobre las películas, ciclos o directores presentes en tal celebración. Informaciones, como mínimo, descaradamente interesadas. 

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