Editorial octubre 2008

  25 Octubre 2008

De festivales y de autores
Escribe Adolfo Bellido López

sitges.jpgCon la cercanía del invierno, en diferentes lugares de España (al igual que por ahí “fuera”) crecen como hongos los festivales de cine. En el mes de octubre ya los ha habido en demasía, pero en noviembre su número se dispara aún más.

De los que se llevan a cabo, unos cumplen bastantes años, otros sólo cuentan con pocas ediciones. Todos ellos tienen una idea: subsistir especializándose en diferentes temáticas. Cualquiera es posible. Los festivales más abundantes son los dedicados a los cortometrajes. De todas maneras en estos últimos meses (¿alrededor de Halloween?) también existen varios que caminan por la estrecha línea de la fantasía y el terror. Así, al de Sitges le seguirá su homólogo de San Sebastián (la entidad u organismo organizador de ese certamen organizará meses más tarde uno de cine social), sin olvidar al más veterano en la materia, el de Molins de Rei.

En Valencia ciudad, donde acaba de terminar la Mostra, existen otros festivales que tienen lugar en diferentes épocas del año. Tales como Cinema Jove o los Premios Tirant del audiovisual valenciano. La ciudad levantina aún tendrá tiempo y ganas para (semi)organizar uno de tipo solidario (al estilo de los existentes en Cáceres y Guadalajara).

En la Comunidad Valenciana, además, existen otros como el de comedia de Peñíscola, el de l’Alfàs del Pi, el de cortos de Elche, otro festival en Alicante y bastantes más locales... Parecen mucho pero no lo son si los comparamos con los existentes en Madrid y Barcelona y su entorno. Hasta el punto que ambas ciudades se pueden considerar, en algunos momentos, “atascadas” o abrumadas ante tanto festival. En un sitio y otro nos encontramos con Documenta Madrid, Cine Alemán, Cine Indio, Animadrid, Alcine de Alcalá de Henares, Asiático, Dones, Alternativo, Documental... Añadan todo lo que deseen. Seguro que aciertan.

bcn-1-cartel.jpgPor muy estrambótico y aparentemente dispar que parezca un grupo de películas puede ser conjuntado para dar vida a un Festival.

Lo que ocurre en las dos grandes ciudades de la Península se repite en las Islas Canarias, donde se ofrecen distintas propuestas en las diferentes islas: largos, cortos y muy cortos realizados en cualquier tipo de formato, sin descartar el uso del teléfono móvil o Internet, sirven de soporte a su existencia. 

Diferentes ayuntamientos, organismos o fundaciones quieren promocionarse con algún tipo de festival cinematográfico, que en algunos casos queda reducido a una sucesión de estrenos llegados a un (recóndito) lugar: es la forma de que los habitantes de aquella población puedan tener acceso a unas películas que nunca, de otra manera, serían estrenadas.

No hay que pedir grandes eventos, películas sensacionales descubiertas en cada festival.

Salvo un escaso número de certámenes, el resto (dejando a un lado los que ofrecen pre-estrenos) ofrece filmes ya conocidos en otros festivales, repescados en tal o cual celebración. Y está bien que así sea, si eso sirve para promocionar, conocer, además del lugar, el buen cine, siempre que se proceda a una programación ajustada y coherente.

Hay varios ejemplos que demuestran el buen hacer de los algunos festivales, incluso con de la misma temática. Poseen un buen planteamiento, presentan sus ciclos de forma ordenada y metódica. Adornando el evento con homenajes, buenas publicaciones y excelentes mesas redondas en las que se puedan debatir temas importantes dentro del mundo fílmico, que abarquen desde la producción a la exhibición, sin olvidar debatir, entre otras cosas, sobre la crítica cinematográfica...

ss-01-cartel.jpgLo anterior es válido para los festivales de largometrajes, ya sean de ficción o documental de cualquier género. Otros certámenes agrupan largos y cortos, o se especializan (en el ámbito nacional o internacional) exclusivamente en el mundo del cortometraje. Estos eventos son los que dan vida al duro mundo de los realizadores de cortos. Los largos se estrenan, pero el futuro de los cortos se reduce, por lo general, a pasarse por las televisiones, por asociaciones o por los festivales. No es raro seguir el itinerante camino de un buen corto en su paso de un festival a otro.

Creemos que se debe apoyar a los festivales que tienen algo que decir, preocuparse de su salud, procurar un seguimiento. Es lo que venimos haciendo en esta nueva etapa de nuestra revista ENCADENADOS, que iniciamos prácticamente con el comienzo del año. Pero no podemos estar en todos los que quisiéramos. Se amontan y por tanto se intensifica el trabajo.

Entre todos los que conocemos (hay bastantes que desconocemos teniendo en cuenta que hay mas de doscientos al cabo del año en todo el Estado Español) escogemos los que tenemos más a mano o los que nos parecen más interesantes. Este año hemos pasado por Málaga, Islantilla, Huesca, Peñíscola, Cinema Jove, Cádiz, Mostra Valencia... Ahora mismo estamos en la veterana Seminci vallisoletana, para a continuación introducirnos en los Festivales de Alcalá, Sevilla, Huelva, Gijón... dejando un hueco para volar hasta el London Film Festival.

En los que hemos estado hemos sido bien tratados, tanto por los equipos directivos como por los servicios de prensa. Nada se nos ha exigido a cambio a la hora de realizar nuestra labor crítica e informativa. Hemos intentado hacerla desde la mayor objetividad posible, acercando el certamen y las películas proyectadas a nuestros internautas. Nuestro agradecimiento a todos los festivales que nos han acogido y también a los que lo harán en un futuro próximo.

Esta mirada al mundo de los festivales era algo que debíamos a las miles de personas que visitan nuestras páginas. Se la hemos podido ofrecer durante este año, en esta nueva etapa de la revista, cuando nos acercamos (nada menos) al décimo aniversario de su existencia. Un momento ideal para mirar hacia atrás y reflexionar sobre lo hecho.

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El (discutible) cine de autor

Ni los festivales albergan, en general, obras maestras en cada uno de ellos, ni tampoco, aunque lo deseemos, las películas de los grandes directores son un seguro de encontrarnos con excelentes filmes. Títulos que juegan la baza de un director importante, eso sí, pero el resto, es decir el valor de su último producto, es una total incógnita, a pesar de que grupos de críticos se aprestan a ensalzar o hundir al citado director según dónde lo hayan catalogado. 

2-la_noche_del_cazador.jpgFue la mítica revista francesa de cine Cahiers du cinéma la que en la década de los años cincuenta del siglo pasado (con Rohmer, Rivette, Truffaut, Godard, Chabrol... comandados por André Bazin) se erigió, entre otras cosas, en defensora del cine de “autor”, una forma generalista de ensalzar una buena forma de hacer. Lo mismo que algunos se obsesionan por buscar diariamente una (imposible) nueva obra maestra que echarse a la vista, otros se precipitan a aplaudir obras geniales de un mismo autor o a desprestigiar la de aquellos que no les caen bien.

Lean por ejemplo lo que escriben algunos críticos –o algo así– atacando a (el “pesado”) Angelopoulos, a (el aburrido) Kiarostami, a (el inaguantable) Amelio, a (el “relamido”) Sokurov... y elevando a los altares una tras otra las películas de (clásicos como) Billy Wilder, John Ford, François Truffaut... o de (realizadores en activo como) Claude Chabrol, Jean Luc Godard, Woody Allen, Manuel de Oliveira, Wim Wenders, Alain Tanner; Rohmer, Rivette, Cronenberg...

La crítica, sin duda, ha conseguido salvar del olvido y, por tanto, que sean conocidas películas en principio condenadas (por los productores, distribuidores o exhibidores) al olvido. Uno de los casos más elocuentes es el de La noche del cazador la única (y maravillosa) película que dirigiera el gran actor Charles Laughton. Si nadie la hubiera sacado del pozo, esta auténtica obra maestra hoy no existiría para la historia del arte cinematográfico.

La labor del crítico debe ser analizar y buscar la verdad de una obra. No ensañarse con ella, ni ensalzarla, en virtud de no se sabe muy bien qué criterios. La historia de los críticos está repleta de fatales traspiés y también de grandes (y a veces pírricas) victorias. ¿Cuántos defendieron en su momento la etapa mexicana de Buñuel? ¿Fueron muchos o pocos los que lanzaron a los infiernos 2001: una odisea del espacio cuando fue estrenada?

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Pero no es una reflexión sobre el papel de la crítica en general (sobre el cuál hemos hablado en varias ocasiones) sobre lo que ahora quiero escribir. Ni siquiera sobre esa polémica desatada últimamente sobre si puede (poder, puede, la pregunta sería si debe) cualquier persona a la que le apetece ejercer de crítico cinematográfico (sobre otras artes, tal hecho, ni siquiera se plantearía) aduciendo, para ello, que ve cine, lo cuál sería como decir, pongamos por caso, que cualquier andaluz puede escribir sobre flamenco.

Quiero centrarme simplemente en el equívoco que genera el termino más arriba señalado de “la política de autor”. Tal propuesta implicaría que sólo los autores de grandes películas (¿cuántas realizadas por un director deben adscribirse a esa categoría para que puedan ser admitidos en el selecto grupo de los elegidos?) pueden realizar grandes películas o aún mejor: cualquier película realizada por ellos por el simple hecho de ser suya, sería excelente. Lo contrario también se cumpliría. O sea, un autor mediocre, o un buen artesano, jamás podrá hacer una gran película.

15-wilder.jpgHoy día para engrandecer ese concepto se llega a endiosar a nuevos directores, que a lo mejor sólo han mostrado con cuentagotas sus excelencias, eso en el caso que las hayan mostrado. En esta trouppe de malabaristas de la imagen se agrupa a gente (más o menos joven) tan diversa, discutible, irregular y singular como Tarantino, Shyamalan, Amenábar, Medem, Gónzalez Iñárritu, James Gray,... o a los “padres” de la nueva comedia americana, comandados por Apatow y del que, al parecer, Ben Stiller es citado como uno de los alumnos más aventajados. El pobre y avejentado Blake Edwards estará perplejo preguntándose qué demonios serán las numerosas películas que él dirigió.     

Tal planteamiento de directores con no demasiada obra se extiende y amplifica a los que han realizado muchas películas. Así, se pronto alguien descubre, pongamos por caso, que Henry King o Michael Curtiz son grandes genios del cine y por tanto todos sus filmes –y realizaron muchos– son maravillosos. No es así. Uno y otro director, como muchos más, tienen obras excelentes, algunas lindantes con la maestría, pero también, junto a ellas, tienen otras muy flojas. Lo que decimos de ellos se puede aplicar a directores de muchas, muchísimas películas admirables. Pongamos por caso Billy Wilder o John Ford. El primero, frente a filmes inolvidables y maravillosos (Perdición, El apartamento, El crepúsculo de los dioses, Con faldas y a lo loco...) tiene otros flojos o muy flojos... como Aquí un amigo.

Ford, por su parte, hizo casi ciento cincuenta películas. Muchas de ellas auténticas obras maestras (Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance, El hombre tranquilo...), pero también otras muy mediocres (Huracán sobre la isla, Bill qué grande eres, Un crimen por hora, María Estuardo...).

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Según esa absurda regla, Herbert Ross jamás pudiera haber hecho Dinero caído del cielo, o Woody Allen (en el otro lado de la balanza de Ross y por quién fue dirigido en la interesante Sueños de seductor, sobre una obra teatral del autor de Annie Hall) nunca podría realizar una película tan floja como Vicky Cristina Barcelona.

La política de autor ha llevado a muchos críticos a ensalzar el citado filme propagandístico sobre Barcelona (ciudad que, por cierto, ya había sido piropeada en 1994 por un realizador emulador de Allen: Whilt Stillman en Barcelona) dándole la catalogación de (casi) genial. No hay que ponerse nerviosos. Debemos relajarnos, sentarnos delante de la pantalla y objetivamente tratar de analizar el filme. Ese o cualquier otro.

A lo mejor así, como decía, Vicente Molina Foix en un brillantemente irónico artículo publicado en el diario El país, y referido a la película de Woody Allen, llegaríamos a la conclusión de que tal filme a lo que más se asemeja es a Las chicas de la Cruz Roja. O lo que es lo mismo, a admitir que tal película española era maravillosa. Por tanto también lo serían Los chicos del Preu, 15 bajo la lona, Las chicas de azul, Viaje de novios, No desearás al vecino del quinto... Perlas como se puede suponer del cine español. Siguiendo ese discurso concluiríamos que Mariano Ozores es, en nuestro cine, el maestro de maestros... y no realizadores como Buñuel, Bardem, Berlanga, Erice, Patino... realmente todos ellos de grandes, y también, como es natural, de menores películas.

No estaría mal que a los críticos, al menos algunas veces, se nos suprimiesen los letreros de crédito de las películas que vemos, y por los que podemos saber quien ha intervenido en ellas. Así se podría juzgar la obra en su primigenia desnudez.

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