Editorial octubre 2022

  31 Octubre 2022

La Mostra de Valencia sigue creciendo

octubre-0-until-tomorrowConcluye, junto con la trigésimo séptima Mostra del Cinema del Mediterrani, un mes de octubre que se reconoce por estar plagado de celebraciones nostálgicas, como el 9 de octubre y el día de la Hispanidad.

El festival valenciano cerró su edición con un periplo de diez días en el que se han proyectado un gran número de películas, centradas en el entorno del Mare Nostrum. La sección oficial contó con doce filmes a concurso y la película ganadora ha sido la iraní Until Tomorrow, de Ali Asgari, una sorprendente —por lo sencilla— realización que sin embargo esconde una compleja y sutil caracterización sociológica del país chií.

Irán, desde luego, se encuentra últimamente en el candelero por la incipiente revolución que parece fraguarse tras la muerte de la joven Masha Amini. El antiguo país persa ha sido proclive a los levantamientos y los cambios de gobierno por la vía de la protesta social, y el triste detonante de este movimiento parece ser la gota que ha colmado el vaso de un país hastiado, contradictorio en la medida en que se muestra moderno en lo tecnológico pero caduco en lo social.

Es esta una combinación terrible para los autócratas, que no pueden evitar que las masas medianamente culturizadas exijan un aplanamiento de la tradición que las somete a una insoportable distorsión cognitiva y conductual, poco acorde con su formación académica.

No sé si el premio que el jurado ha otorgado a la sobria realización de Asgari ha tenido algo que ver con el actual estado de cosas, pero desde luego el mensaje que traslada la película es del todo congruente con él. Si es así, el galardón está bien concedido: nadie puede dudar de la relevancia social de la cinematografía, sobre todo en un país como Irán, con una industria audiovisual consolidada y pujante, que constituye una vía de escape a las estrecheces mentales del régimen de los ayatolás.  

Pero esta y otras películas y eventos que han jalonado la edición del presente año pueden conocerlas con mayor detalle gracias al seguimiento que sobre la Mostra hemos hecho en Encadenados.

Todo apunta a que el año que viene la Mostra ofrecerá novedades organizativas, visto el éxito de público y reconocido su prestigio creciente. Así lo ha confirmado su presidenta, Gloria Tello, que aseguró que en su próxima edición el festival contará con un presupuesto mayor y oficializará su sede en la calle de Aben al Abbar, trasladándose así de la clásica sala de proyecciones de los cines Babel a unas dependencias municipales. No cabe sino seguir felicitándose por ello.

La política es la guerra por otros medios ¿o era al revés?

Este ha sido un mes de octubre caluroso hasta decir basta, en el que, por no perder la mala costumbre estival, hasta incendios forestales ha habido en el norte de España. Los días otoñales han sido bochornosos, y las noches, bien que húmedas, no puede decirse que fueran frías.

octubre-13-diasEl fresco parece otorgar una tregua, lo cual en cierta medida es compatible con el estado de guerra que padecemos desde hace ya ocho meses: el trastornado clima parece compadecerse de una Europa desgarrada, energéticamente a merced de la evolución de un conflicto enquistado y peligroso, sobre el que planea amenazante la sombra —por fortuna todavía lejana y difusa— de una escalada nuclear.

Se ha traído a colación últimamente la crisis de los misiles de Cuba —muy bien diseccionada en aquella película de Roger Donaldson, 13 días—, en la que el mundo estuvo más cerca que nunca del abismo. Sin embargo, no parece que la calidad de los líderes de hoy día esté a la altura de los Kruschev y Kennedy de antaño: visto su vuelo gallináceo y populista, es muy probable que este no pueda remontarse por encima del precipicio que sí logró salvarse en los sesenta.  

Basta para ello ver cómo nos las gastamos en España, donde los dos principales partidos políticos son incapaces de ponerse de acuerdo sobre el contencioso del poder judicial. Los pactos casi alcanzados a finales de octubre se han visto desbaratados por extraños enjuagues con respecto a los delitos de sedición y otras llamativas mixturas jurídico-políticas.

En esta tesitura global, no sé por qué hay gente que se extraña del ascenso de partidos como los de Giorgia Meloni en Italia —otro país tradicionalmente caótico en asuntos políticos—, donde por primera vez una mujer ha llegado a primera ministra.

Lo que pasa es que no sabemos si su condición genérica tendrá algo que ver con su eficiencia política. Vistos los mimbres de su partido, nos permitimos ser escépticos sobre la misma, aunque guardaremos los cien días de rigor antes de pronunciarnos abiertamente sobre su desempeño.

Esperemos que, a diferencia de la líder británica, llegue a cumplirlos en el poder para ser consecuentes con nuestro compromiso, porque como radicalmente extemporáneas han quedado las promesas de Liz Truss, las más efímera de las primeras ministras del Reino Unido, que prometió una revolución fiscal con bajada de impuestos a las grandes fortunas que le costó el puesto.

Los muy humorísticos anglosajones apostaron —como es de rigor en su cultura— a que la inquilina de Downing Street duraría menos que una lechuga a la cabeza del Gobierno británico, y ganaron sobradamente, a pesar de que los poco habituales calores otoñales amenazaban con secar la asterácea antes de tiempo. A la oriunda de Oxford, tras solo 45 días en el cargo, le ha sucedido Rishi Sunak, un inglés de ascendencia india y meteórica carrera académica y política.

Ello muestra la delantera que, con todos sus defectos —al fin y al cabo, Sunak es un potentado cuya fortuna supera a la del Rey Carlos III—, lleva el Reino Unido con respecto a gran parte del mundo, al menos en lo que se refiere al valor de la ciudadanía política plena, que no sabe del menosprecio a metecos o féminas.

Y sí, lo decimos sobre todo por Irán, pero también por China, cuya plana mayor —como se ha visto en el reciente congreso del partido único—, sigue siendo una gerontocrática pléyade de hombres uniformados, tanto en su aspecto como en su ideología, en la que no parece caber una mujer si no es para llevar el café vestida de azafata.

Allí han acogido calurosamente la renovación en el cargo de Xi Jinping, no sin echar con cajas destempladas al anterior premier Hu-Jintao del mencionado cónclave.

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Homenaje en el Ateneo

Pero para calurosa acogida de un líder, la que se dispensó al patriarca de Encadenados, porque calor pasaron también en el recorrido por las memorias de Adolfo Bellido los centenares de personas que se acercaron a una sala más pequeña de lo prometido por el Ateneo Mercantil de Valencia.

El habitáculo, lleno a rebosar y con gente que quedó fuera por una clamorosa falta de previsión de los organizadores, disfrutó sin embargo con dos horas de charla escrupulosamente programada, salpimentada de intervenciones notorias de grandes de nuestro cine, y cuya meticulosa planificación fue convenientemente desbaratada por la capacidad improvisatoria de nuestro particular emérito.

Adolfo no ha sido nunca de ceñirse a guiones milimétricos y puestas en escena kubrickianas —más del gusto de Mister Kaplan—, pero eso no resta un ápice de rigurosidad y encanto a algunas de las más o menos intempestivas intervenciones de nuestro querido director.

Adolfo no hubiese sido Adolfo si hubiera contenido su entusiasmo por respeto al guion: el cine es una pasión noble, pero pasión, al fin y al cabo; resulta muy difícil encorsetarla para quien la vive desde dentro y durante tantos años.

Adolfo es un entusiasta del cine de Hitchcock, y así lo demostró durante su homenaje, que lo fue al cine transoceánico: el genio inglés rodó en ambas orillas, y de cada una mostró su encanto y sus sombras. No parece vana la analogía especular con el ínclito estadounidense Stanley Kubrick, que, habiendo nacido en EE. UU., decidió trasladarse al Reino Unido para acabar allí su carrera y su vida. Dos maneras de entender el cine que se dieron la mano —y no de guantazos— en tan calurosa velada.

Una de las preguntas que se le hicieron al fundador de Encadenados es si con la desaparición de ambos genios el cine sigue siendo como lo era en aquellos maravillosos años. La respuesta fue clara: siempre habrá grandes películas en cada época; el homenaje a Adolfo Bellido no fue hecho desde la nostalgia de un tiempo irrecuperable por la pérdida de grandes autores como Godard, Kubrick o Hitchcock, sino desde la esperanza por lo sembrado cinematográficamente por aquellos.

Bastó escuchar a su nieto para mantenerla.

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Esperanzadora nostalgia de lo perdido

Pero la nostalgia no es, ni mucho menos, un sentimiento rechazable.

Puede parecerlo si constatamos que los británicos, los estadounidenses, y todos aquellos que hayan tenido una infancia pegada al televisor desde 1984 hasta 1996, están de luto por una mujer: la londinense Ángela Lansbury, la inolvidable Bruja novata que también encarnó a la perspicaz escritora de novelas de misterio Jessica Fletcher de Se ha escrito un crimen —una serie que se emitió durante doce años por televisión—, y que debutó con Luz de gas, el clásico de George Cukor en 1944, falleció el día 11 de este mes en Los Ángeles, a los 96 años.

Su reino, desde luego, fue televisivo… pero a nadie se le escapa que Lansbury participó con gran éxito en producciones como El retrato de Dorian Gray, El largo y cálido verano, La historia más grande jamás contada o Muerte en el Nilo, junto a Peter Ustinov y David Niven, así como en importantes musicales de Broadway.

Para los nostálgicos televisivos hemos de recuperar la memoria de Ángel Casas y Jesús Quintero, dos monstruos catódicos que también nos han dejado este mes de octubre. Ambos pasaron a la historia de la televisión por sus entrevistas, pero al primero le debemos también la naturalización del striptease en la pequeña pantalla. Quintero se hizo famoso por su forma de entrevistar, entre nubes de humo y mirada atenta e inquisidora, que conseguía arrancar a sus interlocutores, y para miles de espectadores, secretos que nunca hubieran contado ni a sus más allegados.

No obstante, la pérdida más grande para los que crecieron frente a la pequeña pantalla ha sido la del denominado Walt Disney español: Claudio Biern Boyd, creador y productor —que no dibujante— de medio centenar de series y películas de animación, entre las que se encuentran Ruy el pequeño Cid, D'Artacan y los tres mosqueperros, La vuelta al mundo de Willy Fog o David el Gnomo, falleció el 17 de octubre a los 81 años.

Pero si alguien cree que me voy por las ramas, no olvido que intentaba demostrar una tesis, a saber, la de la positividad de la nostalgia.

La ventaja del arte, sobre todo del audiovisual, es que la nostalgia no es tan solo evocación de la pérdida, sino presente y constante recuperación de un placer que la memoria sublima con el borrado de lo trágico y la exaltación de lo gratificante: las obras de los artistas desaparecidos permanecen ahí para ser disfrutadas constante y transgeneracionalmente.

Esa es una esencial diferencia con la banal y efímera trascendencia de la baja política: ojalá Irán pueda contemplar pronto películas como Until Tomorrow desde la alegría de la superación de los tiempos oscuros.

Ojalá, para que, si se superan, nunca vuelvan.   

Escribe Ángel Vallejo

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