Editorial febrero 2021

  28 Febrero 2021

¡Parad de hacer famosa a gente estúpida!

jean-claude-carriere-0Cada vez que dices una palabrota, Dios mata un gatito.

Cada vez que conviertes en mártir o estrella a un mal poeta, Dios se lleva a su lado a un gran artista.

Ha muerto Jean Claude Carrière. Uno de los más grandes guionistas que colaboró con los más grandes directores. Compañero y amigo de Buñuel, con quien trabajó en nueve películas, pero también guionista de Berlanga, Vajda, Malle, Kaufman, Rappeneau o Haneke. Pocos como él han escrito sobre el totalitarismo y el terrorismo de Estado, sobre la hipocresía y la malevolencia de las clases burguesas o sobre los fantasmas de la libertad y los demonios del sexo. Fue, además, un prolífico escritor de ensayo y cuentos. Hizo del estudio de la narración un arte, y nos legó jugosos estudios sobre ella en las más diversas culturas. También puso a nuestro alcance los secretos del guión cinematográfico.

Carrière tuvo que sortear, con ingenio, la censura. Pero él presumía sobre todo de sus luchas con la autocensura, esa introyectada y castrante moralidad ante la que sucumbe el timorato, pero también el prudente. Porque Carrière, como artista, sabía que lo puramente chabacano, la provocación por la provocación, acabaría por matar el arte.

La paradoja de los sorteadores de la censura es que, luchando contra monstruos inanes, desarrollaron una habilidad sutil para decir lo que querían decir sin que sus palabras tropezaran con el muro de la estupidez, atravesándolo como agua que permea entre sus grietas. Crearon así un arte especial, profundo y metafórico, solo apto para los que pudieran comprenderlo, y con ello propiciaron un espectador atento y vivaz, iniciado en las artes herméticas por pura necesidad, por estricta obediencia a las reglas del arte elevado, que obligaba a poner parte de su inteligencia al servicio de una obra que, interpelándole, lo respetaba.

También entre los censores de antaño, además de los arribistas, envidiosos o serviles, podía en ocasiones encontrarse gente culta y talentosa —el propio Camilo José Cela fue uno de esos—, de los que cabía esperar que captasen las sutilezas de los artistas. Lo que sorprende es que, en el ejercicio de sus funciones, dejaran pasar más de una vez ideas subversivas de las que no podían dejar de ser conscientes.

Quizá lo hicieran como pequeños actos de desagravio o contrición, o puede que supieran que siempre hay que dejar una vía de escape al torrente creativo de los espíritus inquietos. Se preocupaban sobre todo de que lo publicado en cualquier formato no arribase a desestabilizar o inquietar al poder, ya fuera por excitar las pasiones lúbricas y políticas del populacho, ya por evitar la ofensa al honor de los poderosos. No debían permitir que se acercase a lo mundano lo que por orden divino había sido puesto a conveniente distancia de la chusma, pero tampoco podían resistirse al encanto de lo subversivo cuando este tenía un carácter selecto: eso no podía ser peligroso, porque al fin y al cabo ni siquiera la plebe podría comprenderlo.

Pero precisamente por esto, la autocensura de la que hablaba Carrière no era interpretada solamente en un sentido negativo, como aquella que le impedía expresarse por miedo a molestar al poder, sino sobre todo y en un sentido positivo, como aquella que, autoimpuesta por dignidad, no debía permitir que los más bajos exabruptos se abriesen camino fácilmente con la salvaguarda del arte. No se podía subestimar a los censores, pero tampoco decepcionarlos. La guerra fría de la inteligencia artística se libraba de un modo discreto en las salas de montaje y en los oscuros despachos de la administración, a menudo sin que los poderes fueran conscientes de la secreta complicidad entre vigilantes y vigilados.

Ahora que por fortuna en los países democráticos la inquisición adopta solo ocasionalmente la forma de lo servil, los censores ya no son funcionarios que husmean —con culpable deleite— cada manifestación política o cada expresión artística en busca de la semilla de la revolución, sino que, en una suerte de respuesta autoinmune de las sociedades líquidas, son los ciudadanos los que se han vuelto celosos guardianes de la moralidad propia y ajena. Policías de balcón, viejas del visillo, fiscales de alcoba y seguratas de lo opinable... alimentan su impostada indignación buscando lo que les escandalice para señalarlo y arrojarlo a la turba, convirtiéndose con ello en baluartes de la santidad laica que sigue haciendo del escarnio uno de los elementos de purificación del alma social.    

Pero visto el alcance intelectual de los nuevos censores, su furor higiénico tiene al menos dos consecuencias indeseables. La primera es que disparan contra todo lo que se mueve, sin pararse a interpretar su significado, sin calibrar su verdadera valía.

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Correlato de lo anterior, la segunda es que rara vez lo censurado atesora, como antaño, la dignidad de lo sublime. La consecuencia es que lo basto y lo insulso alcanzan con la prohibición el cielo de la fama al que nunca soñaron arribar por su propio valor artístico.

Porque lo prohibido siempre llama la atención de los rebeldes, con o sin causa. Y si lo prohibido es algo insustancial, algo con lo que ya no vale la pena meterse, solo atrae a los rebeldes más estúpidos. Entre ellos, los artistas que no usan la autocensura como criterio de demarcación entre la banalidad y el arte.

Muchas veces estos «artistas» nos recuerdan a los revolucionarios que tumban las estatuas de los dictadores una vez que han caído, o a los primates que golpean al enemigo en 2001: una odisea del espacio, cuando el más atrevido de ellos ya ha asestado la descarga mortal: son coreografías vacías de significado, efímeras, absurdas... golpes en el pecho de quienes quieren sobresalir entre la muchedumbre sin más mérito que una colosal desvergüenza, una total carencia de amor propio.

Por eso las prohibiciones, en el ámbito de la libertad artística y de expresión deben ser, en una sociedad democrática, no solo mínimas, sino también inapelables. De manera que cuando alguien las viole no solo consiga dignificar lo protegido, sino desacreditarse a sí mismo. Si alguien insulta a una víctima o reivindica un terror, solo puede ser castigado en la medida en que su exabrupto constituya una amenaza real, y lo que debe quedar en evidencia es su estupidez y su indigencia moral, como si en vez de derribar la estatua de un dictador, nos escupiese a todos en la cara y con ello quisiera convertirse en un héroe.  

También en esto las sociedades maduras deben ejercer una autocensura punitiva, porque si no, corremos el riesgo de elevar a la categoría de mártires a verdaderos imbéciles.

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En este sentido, las ofensas a la Corona o a los sentimientos religiosos en las obras artísticas o las expresiones públicas —toda vez que sancionados «solamente» con multas administrativas—, perviven como un anacronismo ominoso en el código penal de nuestro país, y deberían ser desterradas de toda sociedad madura si se quiere conservar y fomentar la madurez de sus habitantes, así como salvaguardar la dignidad de las instituciones y protegernos de los idiotas.

Al contrario de lo que la antigua censura propiciaba —sin desear un ápice su vuelta o valorar en lo más mínimo su necesidad—, estas modernas prohibiciones solo alientan a los insustanciales a castigarnos con su mal arte, creyéndose presos de las musas y aspirando a ser presos de conciencia o héroes de la libertad, como si esta no hubiera sido conquistada y necesitara de sus bajezas para alcanzarse totalmente. Estos arcaísmos legales no solamente constituyen una sombra persistente de lo que antaño fue una práctica indigna, sino que además favorecen un tipo de arte contrario al que aquellas propiciaron.

En otro sentido, la moderna censura ya no intenta proteger al poder, sino al pueblo, convirtiéndolo en un ser infantil, sobreprotegido, indigno de ser interpelado por la obra de arte, considerado incapaz de juzgar lo que merece pasar a la historia por su riqueza y profundidad y lo que, por cutre o banal, merece ser arrojado al basurero de la irrelevancia y el olvido.

Como epifenómeno o subproducto cultural de la cohabitación entre neocensura y mercado, ha florecido en los últimos tiempos un nuevo tipo de guionistas que, renunciando a explorar las fronteras del arte, reproducen una y otra vez con escasísima variación los mismos argumentos para eludir los potenciales conflictos con un público poco acostumbrado a la novedad y a las densidades interpretativas.

Además, muchos pretenden troquelar la conciencia de la ciudadanía con aventuras rosáceas que no se desvían un ápice de lo políticamente correcto. Es difícil que lo consigan, porque los mecanismos de la psique humana son complejos y oscuros, pero lo cierto es que con ello empobrecen irremediablemente la riqueza narrativa de nuestras sociedades, y con ello, la posibilidad de pensar más allá de lo dado.

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Lo dramático es que nada parece escapar a esta banalización de las narrativas: las películas intelectualmente provocativas no serán financiadas por miedo a provocar la respuesta autoinmune de una sociedad infantilizada, ávida de indignación y siempre dispuesta a la cancelación. Esto lleva a la autocensura de los creativos, que no pueden vivir fuera de una industria cada vez más concentrada en las manos de las grandes corporaciones del entretenimiento.

La respuesta solo podría venir del acuerdo de estas grandes corporaciones para propiciar algún espacio creativo donde la libertad fuese la guía del arte. Pero para ellas es tarde: el monstruo que han creado y alimentado es ya indomeñable. Como en una carrera armamentística, nadie se atreve a dar el primer paso en la desescalada de la imbecilidad.

La otra opción es que los valientes se atrevan a conjurarse para habilitar ese espacio ellos mismos, en lo que siempre se ha llamado cine independiente. Pero parece que hasta ese tipo de cinematografía no puede sobrevivir ya fuera de las plataformas de streaming, llamadas a liquidar la exhibición en salas. Algo que la actual plaga no contribuye a evitar.

Uno llega a preguntarse si no habrá un poder superior que quiera castigarnos por haber encumbrado a los idiotas, pero lo cierto es que el ocaso de una civilización llega cuando los poetas ya no saben contar nada sobre ella, cuando su arte decae hasta el punto de volverse colosal, pero hueco.       

O quizá no. Quizá haya otra respuesta. Solo Dios lo sabe.

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—Bienvenido, Jean Claude.

—Gracias, Señor.

—Anda, siéntate aquí y cuéntame un cuento de esos que los mentirosos narran en sus círculos.

—Pero Señor, si usted ya los sabe todos.

—Jean Claude, las historias son siempre las mismas, eso es cierto. Pero no todas están bien escritas ¿Por qué crees que te puse en el mundo?

—¿Para que aprendiese a narrar?

—Efectivamente. Necesito a gente que sepa contar historias. La eternidad es muy aburrida.

 —Pero no sé si estaré a la altura.

—Lo estás. Por eso te he traído aquí. A los que no están maduros los dejo allí un tiempo; a los que se creen moralmente superiores los mando al infierno, solo por fastidiar un poco a Satán. Últimamente hay muchos de estos.

—Haré lo que pueda...

—Empieza pues.

—Érase una vez un maño...

Escribe Ángel Vallejo

Más información sobre Jean Claude Carrière y la censura:
Monográfico nº 87: Luis Buñuel 
Mentiras, cobardías, silencios: El cine de Bardem 
Confidencias de un director de cine descatalogado (de Jordi Grau)

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