Editorial marzo 2022

  31 Marzo 2022

Olvido

oscar-0Marzo tiene el dudoso honor de haberse convertido en el mes más triste en lo que va de año.

El inicio de la primavera ha resultado ser una especie de invierno atrasado, con temperaturas frías y lluvias persistentes que han aguado la fiesta del equinoccio de primavera particularmente en Valencia, que disfrutó de las Fallas por primera vez —dentro de su calendario— en los dos últimos años.

Muchos estuvimos más pendientes de la celebración de los Idus de marzo que de las fiestas josefinas, con la esperanza de que algún dictador escuchara la famosa frase de Bruto —sic semper tyrannis— de boca de algún cosaco irredento. Pero parece que no hay nadie que se atreva a susurrar al César Putin el memento mori que debe advertirle que no se trata de un dios sobre la tierra, y de que no puede arrogarse el poder sobre la vida y la muerte propia y ajena. 

La guerra en Ucrania ha acabado por desolar nuestras esperanzas, aún más que las nubes, y ha contribuido a hacer de este marzo un mes para el olvido.

Marzo ha sido también el de la entrega de los Oscar, y a fe mía que quizá por ellos este período mensual nos ha hecho olvidar un poco la situación en Ucrania, pero no las agresiones injustificadas.  

La cuestión del palmarés pasó a un segundo término, a pesar de que habría mucho que discutir sobre su idoneidad: la gran favorita, El poder del perro, se hizo solo con uno de los galardones principales —el de mejor directora para Jane Campion—, Dune arrasó en los aspectos técnicos y ni Cruz ni Bardem obtuvieron la estatuilla, que sí consiguió Alberto Mielgo con su cortometraje El limpiaparabrisas.

Porque el guantazo de Will Smith a Chris Rock será —lamentablemente— lo más memorable de una gala para el olvido.

Los más cargados ideológicamente se han apresurado a calificar esta acción como efecto de lo que se ha venido a denominar como «masculinidad tóxica», un epíteto que explica menos de lo que parece, entre otras cosas porque últimamente parece querer explicarlo todo: la guerra, el cambio climático, la crisis económica, el reggaetón y la decadencia de occidente.

Pero creo que semejante «explicación» yerra en lo esencial y en lo accidental, que es una manera fina de decir que yerra absolutamente.

En primer lugar, la agresión en sí es un acto de indiscutible pésima educación y mal gusto, pero como en casi todo, el contexto y el desarrollo de la acción son importantes.

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Will Smith reía cuando Chris Rock estaba haciendo el chiste. Jada Smith, más mesurada, más inteligente, pone cara de disgusto y condescendencia con respecto a la ocurrencia de Rock, como pensando «pobre imbécil». Esa hubiera sido la mejor reacción ante lo que se consideraba un mal chiste. Esa y una conveniente respuesta sarcástica en la recogida del galardón por parte de Will Smith minutos después, combatiendo el humor negro con sus mismas armas. Así también nos hubiéramos ahorrado el patetismo y sus lágrimas de cocodrilo.

Algunos dicen que fue esa cara de Jada la que hizo que Will se levantase, pero no parece que su marido la mirase en ese momento y por tanto ese no pudo ser el detonante de su estúpida acción. Hay algo que las cámaras nos han hurtado inmediatamente después y que hizo que el protagonista de Alí cambiase de actitud. No me atrevo a decir qué fue, porque yo no lo vi y no me atrevo a juzgar intenciones del uno o la otra, pero algo sucedió, sin duda, que tornó la risa en violencia: atribuir ese acto infame al comodín del machismo o a una supuesta «masculinidad tóxica» es una manera fácil —y con toda probabilidad incorrecta—  de analizar un acto que va más allá de la inaceptable agresión física.

Hay algo sobre lo que sí puede hablarse con seguridad: un cómico cuenta un chiste incómodo y alguien se lo hace saber con una agresión que busca humillarlo delante de millones de personas.

Es la violación de un pacto implícito: la del comediante con su público... la del bufón al que se le permite decir todo delante del rey sin miedo a ser decapitado.

El pacto entre el humorista invitado y su público es el de que este pueda bromear sobre cualquier cosa sin ser censurado o agredido. Si lo que la Academia o el público querían es un entretenimiento inocente, más les valdría haber contratado a un mimo. 

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Si saben cómo me pongo, ¿por qué me invitan?

Esa es la frase que esgrime el borracho cuando estropea una fiesta en la que se ha pasado con los licores, molestando a todo el mundo con frases fuera de lugar, toqueteos indeseados o peleas extemporáneas.

Trasladado a la fiesta de Hollywood, vendría a ser algo así como Ricky Gervais aireando las vergüenzas de los examigos de Weinstein y Epstein en los Globos de oro, o el propio Chris Rock haciendo chistes sobre el aspecto físico de la gente en los Oscar. También, por supuesto, Will Smith toqueteando poco amablemente la cara de Rock ante una supuesta e inaceptable salida de tono.

Pero Hollywood ha invitado repetidamente a los bufones Gervais y Rock, sabiendo de su incontinencia verbal, quizá como vía de escape a su mala conciencia. La falta no puede estar ya en el bufón, sino en quien lo invita... o en quien acude a la fiesta sabiendo a quién va a encontrar en el escenario.

Esta serie de acontecimientos vergonzantes ejemplifica además la irrupción de lo políticamente correcto en forma de guantazo silenciador: si Clausewitz aseguró que la guerra es la continuación de la política por otros medios, podríamos decir que el tortazo de Smith es la continuación de lo políticamente correcto por otros medios.

La corrección política proscribe las bromas sobre determinados asuntos. No te puedes meter con la gente «racializada» —lo de la neolengua lo dejaremos para otra ocasión—, de género fluido o inconcreto, de preferencias sexuales o capacidades diversas, de clases desfavorecidas... no puedes hacer humor de arriba hacia abajo, pero sí de abajo hacia arriba, signifique eso lo que signifique.

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Es decir, es una suerte de censura previa, un acotamiento de espacios sagrados, cuyo poder para la represalia consiste en el silenciamiento y el ostracismo, pero también —como se ha visto—, en la violencia física si fuere menester.

Cabría discutir sobre si el chiste es afortunado, o sobre si Will y Jada Smith están arriba o abajo con relación a Chris Rock. En mi opinión, en determinados contextos y culturas, meterse con la enfermedad o el aspecto físico de la gente es socialmente aceptable si el pacto implícito entre público y bufón lo permite. Hay gente que entiende que eso es una manera de normalizar una situación desagradable, y es el fundamento del muy necesario humor negro, que correlaciona fuertemente con la inteligencia y la tolerancia de humoristas y espectadores.

En los EE. UU., no hace mucho, el propio Richard Pryor habló de su deteriorada salud, asegurando que pronto podría protagonizar una película de fantasmas.

Pero hay otra pieza que añadir al puzle, que es la del exhibicionismo moral o de la condición de víctima.

Las redes sociales han venido a convertir en un escaparate la vida privada de las personas, que ya no son expuestas en contra de sus deseos, sino que aun se exponen voluntariamente. Si unimos esto al exhibicionismo moral, tenemos un cóctel explosivo.

Jada Smith se exhibió a sí misma hace poco en redes, hablando de que se raparía el pelo porque sufre alopecia. Su condición de víctima de una enfermedad que —por su carácter excepcional y por la exagerada importancia que el rol femenino concede a la apariencia física— afecta de forma más intensa a las mujeres, la colocó en la situación de ser compadecida por el mundo. Presentarse como víctima —y esto no es lo mismo que ser víctima— es hoy un modo de ganar credenciales sociales y también de llamar la atención de un público deseoso de exhibir su empatía y su altura moral.

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Esto es carnaza para los bufones profesionales, que no respetan ni lo más «sagrado», o mejor dicho, que se ocupan estrictamente de no respetarlo. Los bufones son la personificación del carnaval, de la vía de escape a los más bajos instintos. Una figura necesaria que no permite que se nos pudra interiormente un alma encerrada.

Pero al hacer un chiste sobre su aspecto, que ella había colocado como señal de padecimiento, Chris Rock mostró las vergüenzas —la piel fina— de una actitud cada vez más extendida, y eso fue demasiado para las gentes que profesan tal culto.

No dudo de que Jada Smith tuviera razones para estar ofendida: la capacidad para ofenderse por algo, como la capacidad para reírse de eso mismo, dependen por igual de la cultura y del contexto, y curiosamente son actitudes prácticamente opuestas y excluyentes.

Tampoco niego que sintiera el daño y de que le afectara dolorosa, personal e íntimamente. No me atreveré a juzgar sentimientos, ni tampoco intenciones. Hay gente mucho más sensata e inteligente que yo que ha dado poderosas razones según las cuales debemos sentirnos más próximos al padecimiento emocional de Jada Smith que al de la mejilla enrojecida de Chris Rock.

Pero creo que lo que cabe señalar aquí es una costumbre —esta sí tóxica e insana— que consiste en atribuir mayor fuerza moral al patetismo y la melancolía por encima del humor y la alegría. Esto hace al mundo más gris y más pequeño, porque cierra los espacios de la libertad y del arte, cuyas manifestaciones no son sino una expresión de aquella.

Todos pensamos de vez en cuando que debemos morir, y que, para tan poco tiempo, lo mejor sería deshacerse de toda tiranía: también de la que no nos permite vivir alegremente en tiempos que debieran ser pasto del olvido.

Escribe Ángel Vallejo

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