Editorial agosto 2021

  30 Agosto 2021

Últimos y tristes días de vacaciones

johnny-depp-0Muchos estamos por empezar el curso. Los últimos días de agosto se viven, para alumnado y profesorado, con la misma angustia que las tardes dominicales: son el mortecino preludio de la rutina, del atribulado fin del ocio y del comienzo de un trabajo arduo, atado a los resultados y por ello de recompensa postrera e incierta. Son la constatación de que todo es efímero y transitorio, pero también vanamente emocional: en realidad, el colegio no es tan terrible, puesto que para el alumnado propicia el reencuentro con los amigos, y para la mayor parte del profesorado no supone un desempeño lastimoso, sino un fructífero intercambio —a pesar de la burocracia y las torpezas administrativas— entre generaciones.

Pero la fatuidad de nuestros temores se muestra cuando, atendiendo a la actualidad, reparamos en que en Afganistán el curso ya no comenzará normalmente. Para el profesorado del país asiático muy probablemente suponga una purga criminal. Para el alumnado, según seas chico o chica, un destino de invariables tonalidades oscuras.

Generalmente las chicas verán vedado su acceso a la formación, al trabajo o cualquier otro desempeño fuera del hogar, y con ello condenado su futuro a una vida de encierro y servidumbre. No será sin embargo el encierro lo peor de sus destinos, cuando pueden ser obligadas a casarse o ser azotadas, como animales, por los más absurdos motivos.

Para los chicos, si tienen la suerte de sobrevivir a las purgas —puesto que hallándose en edad militar pueden ser considerados antiguos traidores o potenciales enemigos—, suele esperar el reclutamiento forzoso o el trabajo forzado. Los pocos de estos que consigan estudiar lo harán bajo la égida talibán —que curiosamente significa «estudiante»— y no podrán alcanzar tampoco la deseada emancipación que promete una escuela ilustrada, sino convertirse en correa de transmisión de la esclavitud propia y ajena.

La cinematografía se ha ocupado de mostrar el horror —y también la esperanza— afganas desde muchísimos puntos de vista. Desde las producciones rusas que relataban la época de la ocupación, como La novena compañía, de Fedor Bondarchuk (una especie de Chaqueta metálica soviética) o Última misión en Afganistán, de Pavel Lungin, que narra la retirada del ejército soviético, hasta los (casi) siempre heroicos relatos norteamericanos.

En este sentido, uno no puede dejar de recordar ese monumento al exceso que fue la infame Rambo III, en la que los muyahidines eran coleguitas. Hay que reconocer, sin embargo, que la cinematografía norteamericana no ha eludido a veces una visión crítica, como en Leones por corderos, de Robert Redford; La guerra de Charlie Wilson, de Nichols y Sorkin, o la Zero-Dark-Thirty, de Kathryn Bigelow.

Con la excepción de El pan de la guerra, película de animación irlandesa de Nora Twomey, basada en un libro de Deborah Ellis, o Cometas en el cielo, inspirada en la novela escrita por Khaled Hosseini, un afgano emigrado, y dirigida por el estadounidense Marc Foster, podría decirse que los occidentales, sin duda, tienen una visión muy distinta de la de los mediorientales: estos no suelen operar desde los soleados despachos de la costa oeste donde lo hacen aquellos, sino que  viven el terreno y la historia de los polvorientos parajes asiáticos. Fueron famosas las películas Kandahar, de Mossen Makhmalbaf, o La piedra de la paciencia, de Atiq Rahimi, tras su paso por Cannes o Gijón, pero la producción afgana es mucho más fecunda de lo que se supone un país tan desestructurado podría ofrecer.

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Curiosamente muchas de las más importantes realizadoras afganas son mujeres: Shahrbanoo Sadat, Saba Sahar y Roya Sadat han sido ampliamente reconocidas en el panorama internacional, y entre ellas de un modo especial la directora de la Organización del Cine Afgano, Sahraa Karimi, a la sazón directora del documental Mujeres afganas detrás del volante (2009) y la película Hava, Maryan, Ayesha (2019). Karimi ha conseguido salir de Afganistán para refugiarse en Ucrania, pero reconoce que la mayor parte de intérpretes o técnicos se han quedado atrás.

Por ello, la producción de películas en el país de los talibanes está sin duda acabada. Un epílogo doloroso y abrupto para una industria prometedora.  

Ya que hablamos de finales dramáticos, cabría señalar que el Festival de Cine de San Sebastián se ha visto envuelto en una extraña polémica al otorgar a Johnny Depp su premio Donostia, un galardón honorífico que pretende reivindicar su ya casi sentenciada carrera.

La polémica viene al caso de las —de momento— nunca sustanciadas judicialmente acusaciones de maltrato por parte de su ex mujer, Amber Heard, y tiene un cierto fundamento en la idea de que, albergándose una duda razonable sobre su responsabilidad, no parece de recibo premiar a alguien que pueda ser condenado por tan abyecto comportamiento. Los colectivos que han protestado sugieren que el premio no le sea concedido en tanto estas responsabilidades no se aclaren. No creen en la oportunidad de tal concesión.

José Luis Rebordinos, el impecable director del Zinemaldia, a quien tuve el honor de conocer y tratar personalmente hace años, cuando dirigía la Semana de Cine Fantástico y de Terror de la misma ciudad, ha querido defender este premio con razones no menos poderosas: Depp no solo no ha sido condenado por maltrato —la única sentencia en su contra es por una demanda de difamación contra un tabloide británico—, sino que tampoco ha sido procesado formalmente.

Rebordinos, en un breve, pero sustancioso, comunicado que lleva por nombre Hablemos de ética deja claro que la lucha por la igualdad y la condena y persecución contra el maltrato no son menos importantes que el derecho a la presunción de inocencia, y correlativamente, si Depp fuera culpable, que su derecho a la reinserción.

Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención de su comunicado es la referencia que hace a los tiempos que nos ha tocado vivir, en los que estos dos principios fundamentales se ven laminados por «el linchamiento en las redes sociales».

En efecto, aunque Depp ha sido defendido por sus ex parejas, conocidos y por una legión de admiradores, también ha sido linchado por la turba digital y analógica, y aun algo más que eso: ha perdido muchos de sus más importantes papeles, como el de Grindelwald en la saga de Animales fantásticos o, sobre todo, el de Jack Sparrow en la franquicia de Piratas del Caribe. He aquí el final dramático del que hablábamos.

Sobre si esas pérdidas son debidas a su affaire con Heard, a su proverbial mala conducta en los rodajes y a su confesada adicción a todo tipo de tóxicos, o a las tres cosas a la vez, no estamos en condiciones de saberlo con certeza. Lo cierto es que la oportunidad de su linchamiento tampoco estaba justificada, y más aún a medida que se van conociendo los ambiguos y oscuros pormenores del caso que lo ha puesto en la picota.

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Este ajusticiamiento previo, esta damnatio memoriae, ya están en proceso sin esperar a que las cosas se aclaren. La valentía de los responsables del Zinemaldia ha sido la de señalar que no podemos caer, como en los peores tiempos del macartismo, en una delirante caza de brujas.

La apuesta es arriesgada: si Depp resulta condenado, se les echará en cara haber premiado a un maltratador; aunque siempre quepa la posibilidad de retirarle el premio a posteriori, su prestigio quedará tocado. Han roto un tabú no haciendo el vacío al maldito y se han manchado con la misma culpa del infractor.

Pero también es moralmente valiente: si Depp acaba por ser exculpado, solo los que señalaron el carácter inalienable de su dignidad personal estarán en condiciones de mirarlo a la cara y alzar la cabeza frente a otros.

En este hipotético caso, es muy probable que los que se aprestaron a señalarlo, sin embargo, no pidan perdón y quieran eludir el tema.

Porque, como sucedía en La caza, de Thomas Vinterberg, sobre un supuesto agresor, aunque sea inocente, pesará siempre la sombra de la duda. La escena final de esta película de 2012 sugiere que algunos, incluso contra toda evidencia, seguirán insistiendo en la culpa del señalado, porque el reconocer que estaban equivocados es demasiado duro: mostraría cómo se apresuraron a lanzar una ominosa sombra sobre alguien solo para hacer patente su rechazo a los hechos que lo inculparon, para hacer ostentación de la pureza moral de quien afirma que nunca se encontrará en una situación parecida, porque no comparte la naturaleza de semejante bestia inhumana.

Este es, a mi juicio, el sentido de la frase de Rebordinos sobre los tiempos actuales: el escaparate moral que son las redes sociales no es sino una especie de espejo trucado; muestra lo que querríamos ser, no lo que somos, y lo hace ofreciendo la figura invertida de eso que no queremos ser, sirviéndose de la imagen de quien representa lo absolutamente otro.

Poco importa que el acusado sea inocente o culpable: una vez blasonada nuestra impoluta dignidad, el medio del que nos habíamos servido para evidenciarla no importa, y puede quedar abandonado a su suerte. La maldición de Depp, en este sentido, es peor que la de la Perla Negra, porque no hay redención posible para su muerte en vida.

Del mismo modo —no nos engañemos— si Depp es realmente un maltratador, habrá toda una muchedumbre dispuesta a negar la evidencia. Tampoco estos estarán dispuestos asumir que defienden lo indefendible, o que su ídolo —atendiendo a la etimología de la palabra—, no es más que eso: una imagen idealizada, que no refleja la realidad de la persona.

Por esto mismo, nadie debería sentirse angustiado por disfrutar con el trabajo de Depp. Ese interno malestar, ese aguijoneo de la conciencia que algunos sienten cuando valoran la obra de los malditos, se debe solo a la feísima costumbre de trasponer la ya discutible manía de pensar que el arte debe tener siempre un fin moralizante, al hecho de que el artista debe ser ejemplo vital de esa moralidad.

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No, Charles Chaplin —otro insigne difamado— no merece ser amado incondicionalmente por ser el barbero judío de El gran dictador, ni odiado sin remisión por encarnar a Hynkel o a Monsieur Verdoux. Su persona, con sus luces y sombras, está mucho más allá —o quizá más acá— de los personajes que interpretó, y como persona debe ser valorada solo por sus actos.

Con todo, la concesión del premio a Depp no deja de sacudirnos el ánimo, y quizá debiéramos repensar nuestro malestar encarando de otro modo el problema.

La cuestión sería, entonces, si debemos premiar a un monstruo, aunque su trabajo sea digno de encomio.

La respuesta es: depende. ¿Estamos premiando su monstruosidad? ¿Estamos acaso intentando justificar, disculpar u ocultar la zafiedad de la persona gracias al galardón? Es evidente que en estos casos no deberíamos hacerlo.

Pero creo que todo el mundo coincidirá en que los responsables del Zinemaldia quieren premiar a un artista, no a un monstruo. Y con toda probabilidad lo hacen porque, aparte del artista, conocen a la persona y no reconocen —como la mayor parte de sus compañeros de profesión— al indeseable personaje que últimamente las redes han contribuido a crear.

Así, muy humanamente, lo que el Festival de Cine de San Sebastián parece haber hecho es ofrecer a Depp un refugio durante la tempestad. Una primera piedra sobre la que reconstruir su vida tras ella.

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No se trata de si el premio es oportuno o no, o si Depp es culpable o inocente, sino si debe contar con la posibilidad de ser rehabilitado a pesar de sus defectos y faltas: un galardón que reconoce tu carrera es un hito que recuerda que hasta la caída fuiste alguien, y que siempre puedes contar con eso que fuiste para rehacer tu vida sobre ese recuerdo.

Con todo, no dudemos tampoco de que esta piedra será arrojada sobre la cabeza del refugiado y sus hospedadores si al final el actor resulta condenado: siempre son mejores dos imágenes invertidas que una para llegar a construir adecuadamente la nuestra.

Marion Cotillard ha sido la otra premiada en el festival y ese galardón no parece haber levantado polémica. Es natural, dado que el talento de la francesa es indiscutible, y su carrera brillante, impoluta. Lo único dudoso es que esta se halle en su tramo final, ese en que los festivales suelen homenajear toda una vida dedicada al espectáculo. Al contrario que para Depp, la espada de Damocles no parece pender sobre su cabeza, y todo apunta a que disfrutaremos de su buen hacer durante muchísimos años más.

Por lo demás, también es hora de ir acabando esta crónica. Septiembre se avecina y con él, el tiempo de retomar los quehaceres. Esperemos tener la oportunidad de seguir haciendo lo que nos gusta durante muchísimo tiempo, sin que nadie pueda encerrar o frustrar esa esperanza.  

Escribe Ángel Vallejo

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