Editorial marzo 2021

  30 Marzo 2021

Si Goya levantara la cabeza...

goya-0Alborea la primavera, con un tiempo inestable en lo meteorológico, en lo artístico y en lo político. El mundo parece haber enloquecido, y las luces de la razón alimentan sospechas entre los llamados a conducir nuestras sociedades por caminos transitables. Nadie parece querer una guía ilustrada en tiempos convulsos, quizá porque la convulsión no es el inesperado resultado de su ausencia, sino la consecuencia buscada en su falta: la guerra es el padre de todas las cosas, que diría Heráclito, y la única paz que se anhela es la que llega tras una victoria aplastante sobre el enemigo.

Marzo casi comenzó, como es tradicional, con la entrega de los Goya. No parece casual que el autor de los caprichos sea modelo para el icónico «cabezón» que premia a los más destacados de nuestro cine. Goya fue un ilustrado crítico, visionario, malhumorado y a veces arribista, pero también íntegro e incómodo. Alguien que frecuentó las más altas esferas y los más bajos fondos.

Un modelo perfecto para todo aquello que pueda representar la cinematografía: el artista que trabaja con la luz y la oscuridad, la realidad y la fantasía, que ansía la libertad creativa y lucha por encontrar el sentido y a su manera, mostrarlo al mundo. Alguien que retrató crudamente la sociedad de su tiempo —que bien podría ser el nuestro—, con dos individuos enterrados hasta las rodillas moliéndose a palos.

No seré yo quien desmerezca el palmarés de los premios en 2021, que me parece tan acertado como pudo no serlo. Sí me parece significativo el reconocimiento a Las niñas y El año del descubrimiento, retratos ambas de una época con luces y sombras, pero que casi todos recordamos brillante por los oropeles de la efeméride y por la admisión de España en el teatro mundial de la apariencia. Un escenario que, como siempre, invisibilizó las tramoyas y la efímera arquitectura de sus decorados.

Ha resultado también llamativo, en una ceremonia deslucida por la pandemia, pero sobria y correcta, la casi total ausencia de quienes pretenden dar lecciones de ética desde los púlpitos televisivos en la presentación de una gala. No echo de menos a los que buscan aleccionarnos sobre ciertos movimientos salvíficos o reconvenirnos sobre nuestras fallas ideológicas. Y tanto me da que sean las justificadas apelaciones al Me too de Hollywood o el abandono de la sanidad pública de Candela Peña, como el señalamiento de la hipocresía de algunos artistas que hiciera Ricky Gervais en su presentación de los Globos de Oro: la nobleza de cualquier propósito no les da bula para ocupar el lugar de la fiesta del cine, si no es porque una película premiada trata explícitamente el tema sobre el que peroran.

Porque como bien dijo Banderas —alguien que, por su parte, nos ha aleccionado no pocas veces—, es el cine y las historias que cuenta quien sí tiene derecho a plantear los dilemas morales, el que puede y debe hablar sobre el vasto cielo y los innumerables infiernos, el que debe mostrar los entresijos de la naturaleza humana, con sus glorias y miserias. En la celebración del cine, dejemos hablar al arte y callemos nosotros, porque los discursos desde el púlpito pretenden no pocas veces marcar el camino de los hacedores, cuando no señalar a los disidentes que no se pliegan a estos discursos.

Esto no incluye, por supuesto, el deber de un creador de fomentar y defender su arte y la supervivencia del mismo. Ha de decirse que esto lo ha hecho siempre bien Antonio Banderas, cuando y donde debía.

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El malagueño sí tuvo un obligado y emotivo recuerdo para los ausentes, para los enfermos, para los que han sufrido esta plaga. Fue breve, pero digno y significativo. No hacerlo habría resultado inhumano. Luego pasó a señalar la doliente realidad de las salas vacías. Una catástrofe, un verdadero problema que cabía señalar en el lugar donde se hizo. Pero también hubo luz cuando habló de la Historia —así, en mayúsculas— y de las lecciones que nos enseña: el teatro donde se realizó la gala fue destruido dos veces, y dos veces se recompuso hasta llegar al preciso momento en que Banderas hizo por recordarlo.

Lo que el actor quiso mostrar es que la mejor manera de que la cinematografía se recupere será mirando hacia delante, contando historias, que es lo que sabe hacer. Llegará un momento en que deba contar también la historia de la pandemia, y esperemos que para entonces quede alguien con lucidez para hacerlo.

Porque antes he sugerido que las luces se han vuelto sospechosas... y quizá esto sea así porque muestran y proyectan las sombras. Estos años de peste han evidenciado muchas zonas oscuras, entre las cuales se adivinaban las tramoyas y los ajados decorados de antaño. También, que lo que antes fue cultura está siendo sustituido por la propaganda, ese trampantojo romo y dual que nos impide ver las cosas con perspectiva.

Y es que la cultura debiera ser tan rica y diversa como cada uno de los puntos de vista desde los que se pueda contemplar un hecho. La mirada que ha sido educada tiene la obligación de captar los matices de aquello que no quiere ser visto. A su vez, debería ser capaz de —y valiente para— mostrarlo a otros.

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Naturalmente, ninguna persona tiene la posibilidad de situarse en el punto de vista de Dios, y pocas tienen la habilidad para evidenciar lo oculto. Pero la pluralidad de visiones de una miríada de artistas podría ser un buen sustituto para esta noble aspiración de pararse a mirar, como diría Wittgenstein, incluso antes de ponerse a pensar sobre lo que creemos estar viendo.

Pero no parece que desde los poderes se fomente aquello que reivindica una cultura crítica, independiente y plural. Al menos, no se hace desde el ejemplo, ni tampoco desde la legislación. La única referencia a la cultura en nuestro tiempo político es la de la guerra cultural.

En efecto, se reaviva la llama de los discursos monocordes, vacíos, sin matices, sin sombras. El adversario es el enemigo y su discurso es el mal, mientras que los nuestros atesoran el bien. Desde este posicionamiento, toda puntualización es una ofensa y toda corrección, una amenaza.

El contexto ideal para el florecimiento de tales discursos es el perpetuo conflicto —que no debate— electoral. España se apresta, desde movimientos tácticos y cortoplacistas como las mociones de censura y las dimisiones de líderes políticos que valoran solo el momentum, a un escenario de inestabilidad perpetua en medio de una cruel crisis humana.

Como para disimular la inoperancia de nuestra clase política, se abre paso lo chabacano en las televisiones, y se eleva a categoría ministerial un asunto de prensa rosa. Sería esperpéntico si no fuera porque empieza a conocerse un proyecto de Ley educativa que va a renunciar a la cultura por la cultura, y porque gracias a esto es probable que en pocos años nadie conozca a Valle Inclán, pero sí a Rocío Carrasco.

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Quien vea aquí cualquier atisbo de elitismo sin duda no ha comprendido que la verdad, como diría Ortega, no se encuentra en una visión atómica que por su propia constitución excluye a otras igualmente válidas —la aspiración del relativismo—, o radicalmente inciertas —como diría un dogmático—, sino que todas forman parte de una perspectiva parcial que cabe integrar para obtener una imagen de conjunto.

Lo peligroso sería que, en unos años, las narraciones cinematográficas tomen como referencia la vida de Carrasco y olviden las historias de Inclán. Aunque también podría pasar, para nuestro regocijo, que se escribieran historias al estilo de Valle con los mimbres de la de Rocío.

Mi esperanza es que por mucho que los poderes lo intenten, no siempre se puede acabar con el talento, y este florece a pesar de la tierra baldía. La educación y la cultura son aquello que se transmite mientras los ministerios y las leyes que elaboran, van cambiando de manos.

Puede que en unos años la gala de los Goya premie películas ambientadas en los primeros años veinte. Estas obras serán como las pinturas negras de Goya, sin duda: retazos fantásticos de una realidad que nadie pudo —o quiso— ver en su tiempo.

Mientras tanto, los que solo nos dedicamos a ver cine y a enseñar lo que buenamente podamos, intentaremos arrojar un poco de luz sobre las sombras de las tramoyas y los decorados.

Escribe Ángel Vallejo

Más información sobre las ganadoras del Goya:
Las niñas
El año del descubrimiento 

  

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