Editorial enero 2021

  29 Enero 2021

El rayo que no cesa

1984-0Disipada la esperanza de que 2021 supusiese un cambio a mejor, o que al menos se iniciase una progresiva calma del oleaje que durante todo un año nos había azotado, se alejaba también la posibilidad de ir recuperando las viejas costumbres y rituales que, antaño rutinarias, hoy se muestran como islas soñadas e inalcanzables en un horizonte temporal desdibujado.

No parece que vayamos a regresar pronto a las salas de cine, ni que estas vayan a renovar su cartelera con nuevas producciones. La única esperanza es que el nuevo año sea capaz de proporcionar sustento argumental suficiente como para producir un buen número de historias, y que posteriormente estas sean llevadas a la pantalla grande.

Porque parece que 2021 ha empezado fuerte, mantenido y renovado el vigor de la pandemia, sazonado además con una serie de eventos rocambolescos, como el inusitado y burdo intento de cornada de Estado en los EEUU, una especie de invasión bárbara que daría para completar la trilogía de Denys Arcand sobre el imperio americano, de no ser porque el director canadiense no se atrevería a imaginar y plasmar semejante evento en celuloide, por miedo a ser considerado exagerado o fantasioso.

Hizo también aparición la borrasca Filomena que, a nuestro pesar, sumió en una pequeña edad de hielo a todo un país mediterráneo, lo que, junto a los cada vez más constantes terremotos que sufre el sudeste peninsular, parecería una buena excusa para emular aquí al ínclito Roland Emmerich y su 2012.

Pero lo que realmente está marcando los últimos tiempos —y no es necesario tomar esta última afirmación en un sentido emmerichiano—, es la salida a flote de la insolidaridad, la delación y la picaresca, como muestra de que la pandemia no solo no nos volvió mejores sino que aun hizo emerger nuestras miserias. Es desolador comprobar que lo que ha subido a la superficie de las turbulentas aguas, aquello que se mantenía quieto en el tranquilo lecho marino, a la espera de ser agitado y removido en cuanto las circunstancias lo permitiesen o cualquier desaprensivo lo necesitase, no es solo ni principalmente un cargamento de perlas, sino el lodoso fundamento del egoísmo humano.

La insolidaridad, desde luego, se ha manifestado en el muy turbio asunto de las vacunaciones a ciertos individuos —generalmente políticos o altos cargos de la administración— que no respetaron el orden ni el protocolo, pero también en las estrategias de ciertas farmacéuticas que especulan con la producción y el precio de las vacunas, algo que en su conjunto recuerda demasiado a los tiempos oscuros que Graham Greene y Carol Reed plasmaron respectivamente en su novela y película homónimas, El tercer hombre.  

Por suerte, las perlas de abnegación y heroísmo insisten en tornasolar un poco el gris de la miseria social, política e institucional: científicos españoles trabajan con denuedo en una vacuna de la COVID con  apenas 700.000 euros, un presupuesto que ni siquiera alcanza para comprar ratones de laboratorio, como si aún estuviéramos viviendo aquel Tiempo de silencio de Luis Martín Santos, llevado a la pantalla por Vicente Aranda, y donde las chabolas del Madrid de los cuarenta no dejan de parecerse a las de la Cañada Real en 2021.

Mientras tanto, en el otro frente de batalla el personal sanitario sigue sacrificando sus vidas en un sentido estricto, pero también emocional. Trabajando sin horario ni compensaciones y lidiando a diario con la muerte física —propia y ajena— que poco a poco los encallece espiritualmente. Apagado ya el eco de los aplausos o el reconocimiento sincero de la ciudadanía, algunos son ya considerados como antipáticos Pepitos Grillo o incluso como desalmados e indeseables restrictores de nuestra libertad que nos piden que no salgamos, que no vivamos con normalidad una realidad anormal comportándonos como subnormales.

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Esta sociedad del espectáculo no parece dispuesta a valorar un relato de puro y monótono heroísmo durante más tiempo del necesario, y precisa de epopeyas donde también haya villanos a los que odiar o populistas a los que encumbrar.

En este sentido, es sobrecogedor calibrar el cambio de perspectiva política según suba la curva de afectados en cada comunidad autónoma: lo que antes ciertos personajes exigían, después estos mismos soslayarán, a mayor gloria de la ganancia del relato en el que unos transforman en enemigos a los otros.  La remoción del tranquilo fondo marino para la obtención del botín y el oscurecimiento de las intenciones, esta es la finalidad de la nueva política, tan vieja como el ser humano, tan alejada de lo que llamamos comportarse con humanidad. 

A nadie puede extrañar esta duplicidad, porque no hay tal cosa como una naturaleza humana unívoca; ni el licántropo tremendismo hobbessiano ni el adánico buenismo de Rousseau conviven por separado en nuestras sociedades, y es posible que ni siquiera lo hagan entre los individuos, que tantas veces se comportan como héroes o como villanos según las circunstancias.

Todo intento de cambiar esta realidad mediante el optimismo de la voluntad está condenado a enfrentarse al pesimismo de la inteligencia. Por desgracia, este último, transubstanciado en realismo pragmático, apenas abunda entre quienes llevan las riendas si no es para aprovecharlo en beneficio propio.

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Leí hace poco que Orwell dejó dicho de los moralistas que estaban convencidos de no poder cambiar el mundo hasta cambiar a los seres humanos, y de los revolucionarios, que asumían que no podríamos cambiar nada del ser humano hasta no cambiar del todo el mundo.

Pero esa frase, corolario de más antiguos debates como los ya mencionados de Hobbes o Rousseau sobre la bondad humana, o de Leibniz o Schopenhauer sobre la calidad moral de este mundo, solo muestra que ninguno puede tener toda razón o ambos estar plenamente equivocados. Esta misma sentencia nos obliga a buscar un delicado equilibrio entre los extremos, porque en un mundo perfecto los seres humanos se volverán inútiles y pusilánimes y en un mundo caótico, desgraciados. Como correlato, los hombres perfectos y las sociedades perfectas son ambos sueños monstruosos de una razón especular, pero en ambos casos totalitaria.

Lo que ha mostrado la cinematografía, ese lugar de la imaginación de cuyos templos hemos sido desterrados, es que en las historias de las que se alimenta ya se han previsto todas esas posibilidades.

Por seguir con Orwell, cabría decir que 1984 ha sido llevada al cine muchas veces, con desigual fortuna, pero hasta el punto de formar ya parte de la sabiduría popular, aunque sea en forma de programa de telerrealidad alienante. Lo más llamativo es que sus predicciones también han tomado forma en las realidades políticas de nuestro tiempo. Sus telepantallas han sido trocadas en redes sociales y cookies de seguimiento, pero mantienen el espíritu de control que soñó el genio londinense. El ministerio de la Verdad trabaja, como antes he sugerido, con la vista puesta en la evolución de las curvas estadísticas. Si algo no imaginó Orwell, es la fineza, minuciosidad, disimulo y descaro con el que se cumplirían sus vaticinios.

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Por mucho que las distopías coloreadas como la V de Vendetta, dirigida por James McTeigue, pero ideada por los hermanos Wachowsky, hoy hermanas —que no el oscuro relato de Alan Moore que la inspiró— quieran endulzar la rebelión masiva de los indignados, esta será siempre aterradora, porque los seres humanos no saben congregarse sin consignas, y las consignas matan el pensamiento.

Por otro lado, los relatos —y películas— sobre héroes han ido transitando desde la perfección moral hasta la claroscura duplicidad de las almas atormentadas. Batman y el Joker son dos caras de la misma moneda. Deckard era el villano y Roy Batty el héroe. Hannibal Lecter nos cae bien y los Capitanes América y Marvel nos parecen ambos perfectos gilipollas.

Por eso sorprenden para bien algunas extrañas aproximaciones al cine de superhéroes, como esa desigual, pero en todo caso original serie que es The boys, donde los hiperpoderosos se comportan como alguien que está muy por encima de los límites del bien y del mal, y en quienes no deberíamos confiar más que para pasar un buen rato a este lado de la pantalla, protegidos por el insalvable hiato entre realidad y ficción.

Que Zeus con sus rayos nos libre de los considerados héroes o salvadores que se creen dignos y puros y no muestran tacha, porque ellos y sus seguidores piensan que merecen el reino de los cielos... a menudo para ascender a él dando pasos sobre nuestras cabezas.

Escribe Ángel Vallejo

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