Editorial diciembre 2020

  25 Diciembre 2020

Un palíndromo imperfecto

adolfo-bellido-0Acaba 2020, un año nefasto que parece bromear ya desde su propia expresión numérica, cuya cifra iterada expresa el doble y la nada; un guarismo que se consume para volver a nacer, amenazante, como una ominosa ave fénix que resurge de nuestras cenizas.

El mismo uno de enero fue la fecha de cierre del mercado de Wuhan, en China. Allí se inició una pandemia que aún no ha acabado, y que parece seguir el ciclo expresivo del año: de duplicación y decaimiento, sin que se atisbe un final para las sucesivas olas que nos golpean y dejan exhaustos. 

Este año, el año de Tenet, es a su vez un palíndromo imperfecto, que no acaba como empieza, sino que vuelve a iniciarse a mitad de su recorrido para reducirnos de nuevo a la desesperanza y el confinamiento, cerrando ciclos hace mucho tiempo abiertos y amenazando con cambiar nuestro mundo para siempre.

2020 es el año en que nuestro querido director, Adolfo Bellido, dejó el timón de Encadenados. Y uno, que no puede menos que alegrarse y enorgullecerse de seguir en el barco que él mismo puso a navegar, que comprende lo merecido de su descanso y admira la dignidad de su retirada, tampoco puede dejar de sentirse huérfano en cierta medida, como si hubiera perdido algo más que la guía, en este maldito año que nos ha desterrado de la sala oscura y hurtado los abrazos familiares, a veces para siempre.

Este ha sido el año de las esperanzas perdidas. Una de ellas, la de la formación de un Gobierno largo tiempo deseado que, visto lo visto, al cabo resultará como todos: efímero en la ilusión, pronto en la decepción, tardío en el reconocimiento de errores y, frente al principio de realidad, pródigo en el desleimiento de sus propios principios.

Algo no muy diferente de lo que podría predicarse de gabinetes anteriores y que con toda probabilidad podría anticiparse para los próximos. En este sentido, 2020 perece junto a una Ley educativa que será sustituida por otra que también morirá pronto, sin que nadie sea capaz de alumbrar una tan duradera que pueda ser recordada como algo más que unas siglas.

Y es que legislativamente, en este año hasta lo positivo se ve acompañado por el signo de la desesperanza: en 2020 ha sido aprobada una Ley de eutanasia que muchos desesperados reclamaban, pero algunos dudan sobre si precisamente estos tiempos tan poco serenos son los mejores para legislar sobre un tema tan ética y emotivamente complejo.

Sin duda es una Ley madura, deseada y bienvenida por muchos, que llevaba largo tiempo gestándose en nuestra sociedad. Para ellos, nada justificaba esperar más.

No es difícil de recordar, en este sentido, el caso de Ramón Sampedro, que fuera llevado a la pantalla grande por Amenábar y Javier Bardem. Un filme donde se apelaba a la evolución de las conciencias para que todo un país estuviera dispuesto a tratar el tema de la muerte digna. O del doctor Kevorkian, interpretado por Al Pacino en un filme de Barry Levinson que pretendió humanizar a quien, como si fuera un asesino, había sido deshumanizado por una sociedad polarizada. Igualmente, por esa maravillosa obra de Clint Eastwood que trata el tema de un modo tan abrupto en su epílogo que cabe dudar sobre si es una película de boxeo o una parábola sobre la existencia... sobre la miseria de la existencia.

Lo cierto es que la Ley ya está aquí, y cualquier Ley es conveniente juzgarla desde quienes la padecen y quienes la aplican. El tiempo dirá si las conciencias han evolucionado lo suficiente como para que la muerte deseada sea tratada con seriedad, salvaguardando la dignidad de los afectados; si en realidad la frialdad del BOE no la convertirá en un simple —y peligroso— trámite administrativo, o la miseria intelectual de nuestra clase política en objeto de vana disputa ideológica, en un país tan dado a echar los muertos en la cara del adversario.

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Pero hay otro aspecto en que también las leyes tratan de la muerte. Este aspecto es algo así como el reverso tenebroso de la eutanasia, en la que es el Estado, y no el individuo dotado de dignidad y derechos, el que ejecuta fría y desapasionadamente el tránsito al otro mundo. Hablamos por supuesto de la pena capital.

Enero de 2020 fue el mes en el que, de nuevo, Pablo Ibar fue hallado culpable del triple asesinato de Miramar. Traemos a colación el asunto porque muy recientemente ha sido tratado por la cinematografía en dos ocasiones: en la primera, la serie dramática interpretada por Miguel Ángel Silvestre para Movistar+.

En la segunda, el espléndido true crime dirigido por Olmo Figueredo para HBO, que mostró los entresijos de un juicio maldito —tanto para las víctimas como para los acusados— y del que podemos entresacar varias conclusiones: en primer lugar, que la justicia tardía nunca puede ser justicia. En segundo, que la verdad yace sepultada no solo por los años, sino por lo teatral de la presentación de las pruebas en un sistema judicial que tiene mucho de espectáculo. En tercero, que este espectáculo vende, y que muchas veces la justicia queda eclipsada bajo los focos, pero también expuesta de un modo inevitable tanto para lo bueno como lo malo, sin oscurantismos ni trampantojos, en la medida en que falla o se aplica equitativamente. El documental de Figueredo es sin duda la exposición desnuda de un sistema judicial con sus luces y sus sombras. Solo por ello ya merece la pena verlo.   

Y hablando de puro espectáculo, 2020 ha sido también el año de la decadencia de Trump, inmolado en sus propios excesos y devorado por su histrionismo, pero también por la gestión de una pandemia que nunca tomó en serio y que se ha llevado por delante en los EEUU a 300.000 personas.

Y por el resurgimiento de los conflictos raciales, que han convertido al país en un polvorín difícil de gestionar y casi imposible de reconciliar. Algo de ello puede leerse en nuestro último Rashomon, dedicado al racismo.

También se hizo evidente —y no solo en los Estados Unidos— el abandono de la lucha por el cambio climático, atenazada la naturaleza humana por amenazas más perentorias que, sin duda, serán reflejadas en breve por la pantalla grande... si alguna de ellas sobrevive a su propia catástrofe.

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Porque grandes autores como Martin Scorsese —a quien Encadenados también dedicó un Rashomon hace poco—, Spike Lee, Alfonso Cuarón, Charlie Kaufman o David Fincher ya han estrenado películas en streaming. Esto no quiere decir, por supuesto, que lo que hacen no sea cine, sino que estas decisiones están llamadas a cambiar el mundo de la cinematografía tal y como la conocemos.

Pedro Almodóvar, Christopher Nolan, James Cameron, González Iñárritu, Quentin Tarantino y Steven Spielberg han alzado la voz contra esta tendencia y con distintos argumentos. De momento, solo el británico se ha atrevido a estrenar en cines en plena pandemia, desafiando al mercado y a la naturaleza, y la apuesta le ha salido bien a medias, recuperando lo invertido, pero no logrando el taquillazo que esperaba para poder revertir una tendencia nefasta para las salas.

Disney, en esta guerra sin cuartel, ha decidido estrenar dos de sus grandes películas —Mulan y Soul— directamente en su plataforma online. El tiempo dará y quitará razones a unos y otros. Veremos si en este caso gana el doble o la nada. 

2020 fue el año en que nos dejaron, entre otros, Kirk Douglas, José Luis Cuerda, Olivia de Havilland, Sean Connery, Ian Holm, Kelly Preston, Ennio Morricone, Rosa María Sardá, Lucía Bosé, Max Von Sydow, Terry Jones y Chadwick Boseman. Pero también, fuera del cine, Kobe Bryant, Juan Marsé, Pau Donés, Luis Eduardo Aute, John Le Carré, Quino, Diego Armando Maradona y Michael Robinson.

Todos nos han dado buenos momentos y de casi todos podremos seguir disfrutando mientras quede registro de su obra o… —tal y como sucedió el pasado 14 de diciembre— no se caiga Google.

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Vivimos tiempos extraños. Quizá todos lo han sido a su manera. Pero lo cierto es que antes de los nuestros, era difícil manejar tal cantidad de información de forma instantánea. Las ventajas de esto son innumerables, y es difícil imaginarlas todas. Las desventajas, pueden acotarse en una simple máxima: faltan serenidad y reflexión, ingredientes de una vida razonable.

Hoy día, tan fácil es preparar un plato exótico como linchar a una persona globalmente, sin más pruebas que la acusación de una parte. Ambos actos florecen bajo el signo de la inmediatez. Nadie parece pararse a pensar que, si la justicia deja de serlo aplicada de manera tardía, igualmente desaparece si no hay una ponderación de los hechos. Curiosamente, la defensa para la víctima de la jauría digital a menudo se reviste con ropajes clásicos.

Y digo esto porque Woody Allen ha lanzado este año una autobiografía en la que, sobre papel, ha procurado expiar sus pecados y ahuyentar sus fantasmas. Toda una profesión de fe en un siglo acelerado que cada vez huye más de la letra impresa.

Creo que, con esta afirmación, tan conveniente en un editorial digital, es momento de ir despidiéndose hasta el año que viene. Sé que solo un iluso pretendería que la tendencia de un año nefasto cambiase solo porque variara la cifra que lo representa.

Pero quién sabe... 2021 parece sugerir él mismo una evolución, un superar la nada, una ruptura de las cíclicas olas.

No queda más que desearles un feliz año y, sobre todo, salud para disfrutarlo. Sin duda vivimos tiempos extraños... y apasionantes.

Escribe Ángel Vallejo 

Más información:
Monográfico sobre Cine y racismo
Monográfico sobre Martin Scorsese
A propósito de nada (de Woody Allen)

 

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