Editorial octubre 2020

  26 Octubre 2020

Presidente, presidente, presidente

chicago-7-0Cerca ya del primer martes después del primer lunes de noviembre, en el que los Estados Unidos de América elegirán presidente, la creciente presencia de noticias en prensa, redes, radio y televisión, hace notar que tan magno evento no solo influirá en la realidad de las vidas de la mayor parte de la ciudadanía mundial, sino que una supuesta batalla entre el bien y el mal parece estar librándose allende los mares.

Contribuye a este maniqueo planteamiento el hecho de que los contendientes norteamericanos con posibilidades reales sean siempre dos, y que esta suerte de bipartidismo excluyente acabe polarizando en extremo a la ciudadanía, de manera que muchas veces la mejor manera de ganar sea destruyendo políticamente al contrario, deshumanizándolo o demonizándolo como si fuera cifra y sustancia de todos los males del mundo sin mezcla de bien alguno.

Si, aburrido de tal tsunami mediático, usted pretende refugiarse en un tipo de ocio más constructivo sin pasar por desinformado, sepa que esta cíclica disputa ha tenido un influjo notable en la cinematografía a nivel global, en la medida en que ha generado argumentos para series y películas de la más diversa índole durante décadas.

Así pues, si decide ponerse a revisar tan ingente catálogo, no deje de reparar también en que, en ocasiones puntuales y con éxito desigual, ha sido la vida quien ha querido imitar al cine, muchas veces con la ingenua pretensión de emular su magia, y poner un poco de color al gris patetismo de la confrontación política.

Y es que para todo el mundo es evidente que las elecciones en el país norteamericano han gozado siempre de un componente de puro espectáculo. No en vano se trata de una nación que ha hecho del audiovisual un estilo de vida, y que albergando dentro de sus fronteras la Meca del cine, no podría dejar de reflejar a la fiesta de la democracia y sus protagonistas en la pantalla grande... y en la pequeña.

Así pues, la industria audiovisual estadounidense se ha afanado en retratar a sus presidentes desde los más diversos enfoques. Los Padres Fundadores como Washington, Adams o Jefferson —y, muy posteriormente, Lincoln—, suelen suscitar devoción o al menos un sereno respeto. Por el contrario, Nixon —junto con Lincoln y Kennedy, probablemente el presidente que más se ha visto reflejado en pantalla— suele estar, como George W. Bush, abonado al desprecio más absoluto.

Pero sin pasar por los extremos de la estima, también hay lugar para la inanidad o la malevolencia con que son bosquejados Truman, Carter o Reagan, aunque las realizaciones que se han ocupado de ellos suelen adolecer de su misma falta de carisma y no han pasado a la historia de la cinematografía. Habrá que ver qué nos depara el séptimo arte para el retrato de Trump, pero creo que casi todos podemos apostar por que acabará situado en el podio que también ocupan Nixon y Bush.

Tan nutridas han sido estas caracterizaciones, que no podríamos hacer justicia a todas y cada una de ellas en el breve espacio de este editorial. Comoquiera que tampoco es objeto de esta tribuna el ocuparse de la crítica cinematográfica, lo que vamos a mostrar es cómo ese evento —la elección presidencial—, puede marcar la actualidad política y audiovisual de un modo simultáneo y en cierta medida, relevante.  

Por eso no podemos dejar de mencionar en esta crónica, ahora que Aaron Sorkin estrena su segunda película —bien vinculada, por cierto, al tránsito electoral que se produjo en los Estados Unidos en el año 68, a propósito de la lucha por los derechos civiles y la Guerra de Vietnam, con la derrota del Partido Demócrata a manos del funesto Richard Nixon— que el neoyorkino es el artífice de una de las series más descarnadas sobre la Presidencia de los EEUU en los últimos años: El ala oeste de la Casa Blanca.

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Protagonizada por Martin Sheen —todo un adicto a la figura presidencial, que ya dio vida a un presidente psicopático en La zona muerta, de David Cronenberg  en 1983 y a un joven Kennedy en una serie de televisión el mismo año—, esta serie pasa por ser, junto a la inquietante House of cards, de Beau Willimon, el producto que mejor ha reflejado los tejemanejes de la Casa Blanca, sus miserias y grandezas, y la innegable humanidad, en todos los sentidos de la palabra, de los inquilinos del 1600 de Pennsylvania Avenue.

No es un fenómeno exclusivamente estadounidense, claro, puesto que la propia House of cards es en realidad una adaptación de la serie británica homónima producida por la BBC en 1990, que revelaba los entresijos de la política sucesoria en el 10 de Downing Street tras la caída de Thatcher y que muestra el inusitado compromiso con la calidad —y la dolorosa verdad— de la cadena pública del Reino Unido.

Los pasos de la BBC han sido seguidos por la también pública Channel 4 en alguno de los más epatantes episodios de Black Mirror, la serie de Charlie Brooker que ha sido capaz de emparejar eróticamente al Primer Ministro británico con una cerdita en el primero de sus episodios en 2011 sin ser censurada por ello. Cabría preguntarse si hoy día podría emitirse una cosa así.

Pero también, y gracias a la mejor tradición de colaboración europea en producciones televisivas, el éxito de las series patrocinadas por la cadena pública ha podido encontrar un sugestivo eco en la más reciente Years and years, de Russell T. Davies, que cuenta con producción británica, francesa y estadounidense.

Del mismo modo, series de gran trascendencia y calidad han surgido en los lugares más insospechados, como la Borgen danesa, de Daniel Price, que se llegó a postular como ejemplo de los pasos que podían seguirse en nuestro país para encumbrar como presidente, en 2016, al candidato bisagra de una lista escasamente votada.

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Y ya que hablamos de España, Vota Juan y su secuela Vamos Juan, de Diego San José y Juan Cavestany, miniseries de TNT que mostraban los esperpénticos avatares de la política española, han tenido menos relevancia de la que debieran, quizá porque aquí, a pesar del gran García Berlanga y su trilogía de la Escopeta nacional, o Antonio Giménez Rico con El disputado voto del señor Cayo, o Jarrapellejos, y en menor medida —por la hondura metafórica de su cine, que consiguió hacerle burlar la censura—, Juan Antonio Bardem y su Muerte de un ciclista o Calle Mayor, no ha habido una tradición consolidada de cine político, ya fuera este cultivado en la tragicomedia o el drama.

Quizá esto se deba a que nuestra industria, que durante décadas tuvo que verse abonada a la prudencia, o mantenerse temerosa del brazo censor, quiso hacer buena la sentencia del dictador y decidió, como él, no meterse en política.  

Sin embargo, varios nombres propios han venido a hacerse un hueco en el desarrollo actual del género, con al menos tres obras notabilísimas: hablamos de Rodrigo Sorogoyen y su película El reino —un crudo y preciso retrato de la corrupción política en nuestro país— y su serie de televisión Antidisturbios, ahora mismo en emisión y que, aclamada por crítica y público, promete convertirse junto con Patria, de Aitor Gabilondo, en HBO —otro drama político de primer orden—, en el fenómeno televisivo del año en España.

Pero no podemos dejar de señalar, tal y como ya se ha anticipado con Borgen, el segundo aspecto de la vinculación de lo poético con lo real: la imitación de la vida al cine.

A no pocas personas debe haber pasado desapercibido el hecho de que Santiago Abascal, aspirante a la presidencia del Gobierno de España mediante moción de censura, leyera en su respuesta a Bildu los nombres de las más de 800 víctimas de la banda ETA, como queriendo interpelar al partido vasco con respecto a su relación con el terrorismo.

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Más allá de lo discutible, o al menos muy matizable de tal relación, lo que muchos ignoraban es que Abascal había tomado como ejemplo el alegato final de Tom Hayden en El juicio de los 7 de Chicago, cuando el activista estudiantil decidió leer los cuatro mil nombres de los caídos en Vietnam desde que se iniciara el juicio. Probablemente Abascal pretendía realizar un gesto emocional impactante en el palacio de la soberanía nacional, cuando todos los teleobjetivos y cámaras le apuntaban.

No nos corresponde a nosotros juzgar si lo consiguió, pero independientemente del efecto real que sus palabras tuvieran en el Parlamento, o por extensión mediática, en la ciudadanía, lo cierto es que aquella emulada escena no sucedió nunca en el auténtico juicio de los siete de Chicago. También cabría señalar, para disgusto del aspirante, que lo que supone un golpe de efecto en pantalla no siempre tiene un correlato efectivo en la vida real. Pero sucede a menudo que nuestros políticos se creen actores de una emotiva tragedia, cuando las más de las veces no son más que involuntarios figurantes de una gran farsa.

Esta ha sido una de las ocasiones en las que la vida imitó al cine, pero no fue la primera ni la única. Creo que casi todo el mundo recuerda ese «buenas noches y buena suerte» de Zapatero al final de un debate de 2008, descarada referencia la película homónima dirigida por George Clooney, y que tuvo como objetivo confeso del posteriormente exitoso candidato, el ser comparado con los perseguidos por el senador McCarthy.

Quizá, por ser más reciente, sea fácil recordar el más escueto y poético «volveré» de Pedro Schwarzenegger en su agria despedida de la secretaría general del Partido Socialista en 2016.

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Y es que otro de los elementos con los que la nueva política suele jugar es el de la victimización y recuperación heroica de los presidenciables. Se dice que Donald Trump ha caído enfermo de Covid 19 y ha tenido una recuperación milagrosa y yo no soy quién para dudarlo... pero no puedo evitar recordar aquella película de Tim Robbins, Ciudadano Bob Roberts, en la que el candidato interpretado por Robbins —a la sazón director del filme— fingía un atentado para recuperar el prestigio perdido. La última escena de la película mostraba al supuestamente tullido político siguiendo el ritmo de una canción con el pie.

Lo que parece claro de todo esto es que las armas para convencer a la ciudadanía ya no son los discursos bien hilvanados, ni la apelación a su sensatez o capacidad racional. Como ya hemos sugerido, el componente emocional y el impacto visual en perfecta hibridación con la técnica cinematográfica, han llegado para quedarse e intentar conseguir réditos políticos.   

La manera en que podemos evitar que este poderoso influjo de la maniquea emotividad audiovisual nos obnubile es claro: vean ustedes más cine, y aprendan cómo ya todo fue dicho y previsto. Quizá esto no les ayude a decidirse a la hora de votar, pero sí a valorar si los políticos son buenos guionistas, realizadores, actores... o simples histriones.

Visto el nivel de desempeño profesional de la clase política en los últimos tiempos, quizá no sea mala cosa juzgarlos por algo en lo que realmente destacan.   

Y como en Encadenados no queremos ser menos, en nuestro alegato final vamos a leerles una lista de series o películas en las que aparezcan algunos de estos procesos electorales, o en las que sus protagonistas hayan sido llamados a desempeñar la función suprema de la representación de «We, The People».

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Quizá no estén todas y algunas sean difíciles de conseguir, pero seguro que son más agradables y fructíferas que algunos debates presidenciales con los que las televisiones llenan su parrilla. Disfrútenlas si pueden.

Abraham Lincoln (1930), D. W. Griffith

El joven Lincoln (1939), John Ford

Caballero sin espada (1939), Frank Capra

El político (1949), Robert Rossen

El mensajero del miedo (1962), John Frankenheimer

El mejor hombre (1964), Franklin J. Schaffner

Punto límite (1964), Sidney Lumet

El candidato (1972), Michael Ritchie

Todos los hombres de presidente (1976), Alan J. Pakula

Bienvenido Mr. Chance (1979), Hal Ashby

Kennedy (Miniserie de TV) (1983), Jim Goddard

JFK, caso abierto (1991), Oliver Stone

Ciudadano Bob Roberts (1992), Tim Robbins

Nixon (1995), Oliver Stone

Poder absoluto (1997), Clint Eastwood

La cortina de humo (1997), Barry Levinson

Trece días (2000), Roger Donaldson

Camino a la guerra (2002), John Frankenheimer

The Reagans (TV) (2003), Robert Allan Ackerman

El mensajero del miedo (2004), Jonathan Demme

El ala oeste de la casa blanca (TV) (1999-2006), Aaron Sorkin et alt.

W. (2008), Oliver Stone

John Adams (Miniserie de TV) (2008), Tom Hooper

El desafío: Frost contra Nixon (2008), Ron Howard

Los idus de marzo (2011), George Clooney

Lincoln (2012), Steven Spielberg

El mayordomo (2013), Lee Daniels

House of cards (TV) (2013-2018), Beau Willimon et alt.

El vicio del poder (2018), Adam McKay

Escribe Ángel Vallejo

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