Editorial septiembre 2020

  28 Septiembre 2020

Se acerca el invierno...

mulan-0Acaba en septiembre un verano atípico, y como sucediera con los personajes de la película de Woody Allen, las pudorosas hojas comienzan a caer y queda al descubierto la desnudez de las voluntades largo tiempo ocultadas.

Septiembre es el mes en el que dos maneras antagónicas de concebir la cinematografía han pugnado por establecer su hegemonía. Comoquiera que ninguna de las dos parece haber vencido, lo único claro es que se acerca un invierno crudo, metáfora de la muerte de lo que ya envejece y preludio de la primavera por llegar, aún no atisbada y ni siquiera imaginada en sus renovadas formas.

Estas dos maneras de hacer cine no son las únicas, porque afortunadamente la cartelera seguirá entregando pequeñas joyas de cine independiente como Las niñas, pero sí son las dominantes en el panorama actual.

Una de ellas, representada por el espectáculo epatante de Tenet, no aspira a aportar mucho más que un guión laberíntico, un aparato visual sobredimensionado y la clara, manifiesta e ingenua voluntad de recuperar para las salas el lustre perdido durante el confinamiento.

La otra, pretendidamente renovadora, la encarna Mulan, la última live action de Disney. Una producción que en occidente solo se ha estrenado en su plataforma de streaming al desorbitado precio de 21,99 euros y que al contrario que la película de Nolan, pretende dar el golpe de gracia a la exhibición pública masiva, que tiembla bajo la amenaza de la espada jian de la guerrera china.

Pero por suerte para ciertos sectores de la industria, Mulan está siendo un fracaso y la cuestión no es solo que sea —como considera el que suscribe— una película mediocre, sino que la productora del ratón ha planteado con ella una estrategia equivocadísima.

En el primer aspecto, lo que se puede decir de Mulan es que atesora todos y cada uno de los defectos de la cinematografía comercial actual, sin apenas ninguna virtud: es un remake innecesario, quizá fruto de la falta de guiones originales o, en todo caso, la muestra de una cruda planificación económica que ya no tiene la necesidad de disimular sus ambiciones bajo la cosmética de lo artístico.

Lo peor de todo es que no solo no supera, sino que aún palidece ante el filme original, y con ello solo ha conseguido enfadar a la vez a los nostálgicos del musical animado y a los que esperaban una revisión crítica de aquél.

También es una película en apariencia políticamente correcta, que hace gala de un feminismo naif, cuya protagonista encarna perfectamente —como ya lo hicieran Rey en Star Wars o Carol Danvers en Capitana Marvel—, el estereotipo de Mary Sue.

Para quien no esté familiarizado con la nomenclatura introducida por Paula Smith en 1973, una Mary Sue —cuya contrapartida masculina se denomina Gary Stu— es aquella protagonista femenina que atesora esencialmente unas virtudes que la salvarán, como deus ex-machina, de todos y cada uno de los lances a los que se enfrente en la narración: sin esfuerzo, sin trabajo, sin crecimiento personal, sin conflicto y sin precio a pagar, y que encima no tiene defectos morales de ningún tipo.

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Independientemente de la consideración que tengamos hacia los guionistas que crean personajes tan planos, incapaces de conectar con el espectador, una de las peores acusaciones que ha padecido Mulan es que traiciona el espíritu del cuento original, en la medida en que no reconoce el esfuerzo que pueda hacer cualquier mujer para, como es de justicia, llegar a igualarse en derechos y obligaciones con un hombre. Parece ser que el individualismo mágico del que se hace gala en esta entrega no ha gustado a los guardianes de las esencias, y eso que Disney pretendía congraciarse con el público chino precisamente con una adaptación supuestamente más fiel a la narración tradicional.  

Sin embargo, la primera adaptación del año 98 respetaba al menos este principio: todos podemos aprender algo del otro y es necesario reconocer la valía y el trabajo bien hecho allá donde se presente y venga de donde venga, con independencia de si el individuo valioso es hombre o mujer, porque del concurso solidario de ambos se sigue un bien para la comunidad entera.

Pero como ya he sugerido, Mulan ni siquiera es tan políticamente correcta como parece, puesto que la productora ha sido acusada de connivencia con el Gobierno chino por rodar en parajes donde se encierra en campos de reeducación a los disidentes mientras que en su desarrollo se glorifica innecesariamente a la mayoritaria etnia Han. La llamada al boicot no se ha hecho esperar desde un buen número de organizaciones de defensa de los Derechos Humanos y parece que ésta ha tenido éxito en gran parte de los suscriptores occidentales de Disney Plus.

Aunque uno no debe dejarse llevar por el entusiasmo humanístico: lo que también pueden sugerir las cifras, en una interpretación más prosaica, es que muchos han preferido piratear el contenido de alguna de las innumerables páginas que albergaban la tan fácilmente duplicable copia digital.

Así pues, una de las derivadas de la fallida apuesta de Disney habría sido el resucitar las descargas alegales, negocio que, como la hoja en otoño, se mostraba caduco después del exceso de oferta de las plataformas televisivas. La productora de Piratas del Caribe parece haber reverdecido, con su impuesto revolucionario, una práctica que no interesaba a nadie.

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Y es que no era solo la economía, ¡estúpidos!

Porque independientemente de la calidad del filme o sus tropiezos políticos, lo que de verdad asusta es que Disney, habiendo fagocitado ya la franquicia Star Wars, las de Marvel, la de Indiana Jones, Narnia, Pixar y todo el catálogo Fox, ahora pretenda comercializar todas sus nuevas producciones en una plataforma de streaming con precio añadido.

Tal acaparación pretende, por supuesto, hacerse con el monopolio del entretenimiento audiovisual en dura pugna con esa versión low cost que supone Netflix... pero lo grave es que además intenta imponer un nuevo modelo de negocio en el que será muy difícil que industrias auxiliares de la cinematografía sobrevivan.

Hasta Viggo Mortensen, quien encarnó a esa especie de Gary Stu que fuera Aragorn, ha llamado la atención en el Festival de San Sebastián sobre la necesidad de retornar, como el Rey de Gondor en un acto heroico y desesperado, a las salas de cine. Tal es el peligro que se atisba en el horizonte para un mundo que cambia sin saber hacia dónde y bajo qué égida.

Curiosamente el festival vasco se ha aprestado a premiar con la Concha de Oro a Beginning, una película polémica por su exigencia con el espectador y lo innovadora que resulta en su narrativa, con una protagonista femenina que —al contrario que Mulan— sufre y se muestra impotente ante una durísima realidad que, desmoronándose, la aprisiona.

Como queriendo expiar la posibilidad de que el séptimo arte no acabe por ser más que el enfrentamiento exclusivo entre los dos mencionados estilos deudores del puro espectáculo, el jurado del Zinemaldia ha optado también por destacar el documental de Julien Temple sobre Shane MacGowan, poeta de lo miserable, verdadero cronista de un mundo agrio y difícil en que no hay poderes sobrenaturales ni bendiciones que, como la Gracia de Dios, lo libren a uno de un destino autoimpuesto a golpe de decisiones propias.

La academia y la crítica parecen enviar un mensaje claro desde Donostia: el cine no morirá con nuestro placet.

Disney ha creído ser una Mary Sue, inmune a la realidad, a la tradición y al capricho de la taquilla y ha tropezado enredada en sus propios cordones. Ahora que recoge sus dientes del suelo, quizá podría empezar a pensar en ofrecer algo realmente novedoso a un público que no parece renunciar a la magia de la sala oscura y a la trágica dureza del camino del héroe... y la heroína.

Mientras tanto, las nuevas formas de hacer cine parecen esperar que pase este largo y cruel paréntesis invernal, al abrigo del viento que agita las frágiles hojas, en la tierra fértil de la imaginación de jóvenes y aún desconocidos creadores que esperan su momento para florecer... si tienen oportunidad de hacerlo.   

Escribe Ángel Vallejo

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