Editorial julio y agosto 2020

  17 Agosto 2020

Lo que la pandemia se llevó

tenet-0Retomamos a finales de julio la vieja normalidad prepandémica que allá por marzo, sin saberlo, nos conducía hacia una inesperada catástrofe. Muchas cosas han cambiado desde los Idus, y por el camino se han quedado no solo las vidas, sino también la energía de muchas personas. El hecho de que yo mismo esté escribiendo este extraño editorial se debe a que nuestro querido Adolfo Bellido no se encuentra con ánimos para, de momento, sacarlo adelante. Todos esperamos que sea temporal, pero entretanto la vida sigue y, como decía Mark Twain, a veces rima.

Y digo esto porque a finales de agosto parece que nos afanamos en concordar los versos de marzo: de nuevo aumentan los casos y la espada de Damocles de otro encierro pende sobre nuestras cabezas. Poco sorprendentemente, no parece que esto nos haya mejorado como sociedad, tal y como pontificaban las bienaventuranzas de los optimistas y parecían augurar los primeros apoyos espontáneos —que acabaron siendo unánimes—, al personal sanitario desde los balcones de un país tan escasa y ocasionalmente dado a consensos.

El pesimismo de la inteligencia muestra que no solo repetimos los errores del pasado, sino que, como sugería A ciegas, la película de Fernando Meirelles basada en la obra de José Saramago, el fino velo de lo civilizatorio se rasga fácilmente con nuestro afilado egoísmo: el pacto comunitario apenas se extendió más allá de los aplausos de las ocho y el cainismo rebrotó como los virus en otoño.

Son muchos los que aprovechan cualquier circunstancia para acosar al adversario, en lugar de unir fuerzas para salir adelante. La Covid-19 no ha sido una excepción, pero además ha servido para evidenciar que los grandes problemas reales no sirven para alejar los fantasmas de nuestra pobre comprensión de la realidad.

Momentáneamente diluida la intensidad de la plaga, relativizada la amenaza del cambio climático ante la urgencia de lo intempestivo, a finales de junio nos apresuramos a resucitar los pseudoproblemas de una sociedad opulenta y pueril, mancilladora y censora, devota del revisionismo, el presentismo y la caza de brujas, para juzgar obras de otro tiempo no como testimonio de aquél —de lo cual constituye un maravilloso ejemplo el cine, que muestra perfectamente la idiosincrasia de la sociedad de su época—, sino como ofensa a los sentimientos del momento presente. De nuevo la historia parecía rimar con los versos compuestos por William H. Hays o Joseph McCarthy.

En este sentido, fue polémica la actitud de HBO al decidir retirar de su catálogo una obra como Lo que el viento se llevó, con la excusa de que podía ofender sentimientos raciales en un momento en que los ánimos estaban justa —aunque descontroladamente— encendidos, por el enésimo abuso de la fuerza policial contra una persona afroamericana.

Por suerte, la presión del público, el sentido común y quién sabe si la insistencia de alguna productora, hicieron que la cadena estadounidense rectificase y, como ya sucediera con las obras de Platón o Kant en algunas ediciones británicas, ésta se contentase con incluir en el prefacio un «aviso para potenciales ofendidos», advirtiendo que ciertas ideas de la película, así como las caracterizaciones de los personajes, eran fruto de una época distinta. Mucho más bárbara, eso sí, puesto que la censura no alcanzaba —como hoy— a todos los ámbitos expresivos y se quedaba solo en las cuestiones sexuales, religiosas y de consumo de estupefacientes que señalaba el código Hays.

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Creerán que exagero, pero el furor higiénico —que diría Borges— de la censura, llevó también a la eliminación de la serie Little Britain de los archivos de Netflix y la BBC por su recurrente uso del blackface, esa basta aplicación del betún que acaba caracterizando impúdicamente a blancos como si fueran negros. En este caso no creemos que las advertencias prospectivas vayan a permitirnos recuperarla: no parece haber nada que en una época tan cercana como 2007 pudiera justificar el uso del «humor negro» para los nuevos paladines de la decencia.

Porque si alguien piensa que este tipo de censura es el mismo que el de la película de Fleming se equivoca: mientras que aquélla aludía a los usos, costumbres y gustos cinematográficos de una época que, menos sensible que la nuestra, no reparaba en la supuesta maldad moral de su ignorancia culpable, la censura contemporánea apunta al núcleo de la creación artística: hay cosas sobre las que no se puede hablar, no se deben contar así o alguien no tiene derecho a expresarlas.

Lo tóxico no es solo la intención o el mensaje, sea éste consciente o fruto del espíritu de los tiempos: lo será también el medio, el casting o como ya sugirió Adolfo Bellido en su anterior editorial con respecto a Woody Allen, el propio autor, que debe quedar cancelado no solo por lo que diga en su obra, sino por lo que presuntamente haya hecho en algún momento de su vida.

Quienes crean que tal forma de proceder tiene algún tipo de justificación harían bien en pensar que no hay un catálogo moral objetivo y válido para escapar a esta política de tierra quemada artística: cualquiera puede, por cualquier motivo, ser «cancelado» en cualquier momento. ¿Hay alguien que piense que hay una razón unívoca para que Senderos de gloria, de Kubrick, estuviera prohibida durante decenios en países tan políticamente distintos como Francia, Marruecos, Canadá, Suiza o España? ¿Alguien se atreve a aventurar qué parte del espectro político se manifestaría hoy a la entrada de los cines para impedir el estreno de La vida de Brian o South Park y cuáles serían sus motivos?

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Abrir la puerta a la censura por motivos ideológicos, morales o religiosos puede tener consecuencias funestas para la creación artística: en unas sociedades fuertemente polarizadas, los unos vetarán a otros por cualquier motivo, y en esta alocada carrera del ojo por ojo, el mundo cultural quedará irremediablemente cegado. De nuevo pareciera que Saramago y Meirelles quisieran decirnos algo con aquella novela revisitada en película.    

¿Qué nos ha traído, sin embargo, este oneroso paréntesis? Nada positivo, parece: al parón de los estrenos de abril a junio, obligado por el cierre de las salas, se le ha dado un muy breve respiro en estos dos últimos meses. Algunos estrenos, de calidad discutible y origen, patrio parecen haber reanimado al sector, decuplicando los ingresos en taquilla de la segunda y tercera clasificadas: Santiago Segura, con su segunda entrega de Padre no hay más que uno, ha pasado por encima de La caza y Scooby, y parece demostrar con ello que tiene la fórmula del éxito, sin preocuparse lo más mínimo por el valor artístico de sus productos. La pregunta, por supuesto es: ¿acaso importa eso hoy día?

Porque la incertidumbre es grande, y con total independencia de la calidad de sus producciones, nadie sabe si podrá mantenerse un modelo cultural que vive de recluir a un gran número de espectadores en oscuros recintos de ventilación reciclada. Incluso los esperados grandes estrenos, como el Tenet de Christopher Nolan —ese creador, en afortunadas palabras de Juan Ramón Gabriel de «buenas malas películas»—, se ha retrasado hasta finales de agosto y no se sabe si llegará a tiempo para mantenerse en cartelera, hurtando la posibilidad de que un nuevo empujón reactive la taquilla y revitalice la industria.

Lo cierto es que el negocio está —como tantos otros— en crisis, y debe plantearse un nuevo modelo de explotación de sus recursos para sobrevivir, quizá —el virus no lo quiera— renunciando a la mística de la pantalla grande.

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En esta horrible tesitura, es posible que las plataformas de streaming como HBO, Netflix o Amazon sean parte de la solución, porque parece que esta manera de disfrutar del audiovisual ha venido para quedarse.

Pero si esto es así, lo que deberíamos pedirles a los osados creadores de epopeyas modernas como Los Soprano, The wire, Juego de tronos, Mindhunter o The boys es que se planten frente a la censura, no que la fomenten. Que den oportunidades a los creadores, poniendo a su disposición los medios necesarios para recuperar la grandeza del cine, lo que implicaría no solo invertir grandes presupuestos en el apartado técnico, sino, sobre todo, dar la libertad creativa esencial sin imponer libros de estilo políticamente correctos que la coarten.

La cinematografía nunca morirá, pero sí puede entrar en fases de declive mediante equivocadas tomas de posición ideológicas o económicas. La posibilidad de que las generaciones futuras nos evalúen como decadentes depende de las decisiones que se tomen hoy, pero en los luminosos despachos de las productoras se está más pendiente de las redes sociales y el pseudoactivismo acrítico, que de la antaño siniestra cuenta de resultados o de la siempre etérea calidad artística. No parece que ésta sea la mejor perspectiva para evitar el ocaso de una época.

Quizá, como en el caso de La vida de Brian, debamos volver al mecenazgo clásico de gente que hipoteca sus casas para que podamos ver obras valientes y no estereotípicas. El problema es que George Harrison ha muerto, el cine independiente está siendo laminado y el público tiene cada vez menos incentivos para salir de casa teniendo tantísima oferta cinematográfica a golpe de mando a distancia.

Mucho me temo que, en las circunstancias actuales y, como diría Ferlosio, «vendrán más años malos y nos harán más ciegos».

Escribe Ángel Vallejo

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