Editorial septiembre 2022

  30 Septiembre 2022

El otoño del monarca

septiembre-0-adolfoNarra Gabriel García Márquez, en una de sus obras más originales, la muerte de un dictador imaginario cuya simplicidad era pareja a su crueldad, y ambas, de tan exageradas, resultaban casi inverosímiles para el lector asustadizo. Sin embargo, resultaba un retrato tan fiel de los tiranos sudamericanos —extremo constatado en la mucho más realista La fiesta del chivo, de su otrora amigo Vargas Llosa—, que podría decirse que en sus páginas la ficción no hizo sino suavizar la realidad.

El Patriarca gabrielino murió en soledad, comido por los gusanos, temido y abandonado por todos y dejando unas memorias no se sabe muy bien para quiénes, pero que llegaron a nuestras manos gracias al genio del escritor colombiano, que señaló el otoño como metáfora de la decadencia.

En la vida real, este incipiente otoño que astronómicamente ha comenzado hace escasos dos días, se anticipó con la muerte de toda una época, ya teñida de gris y apenas testimonial en sus actos, que comenzó a desaparecer con la muerte de Jean Luc Godard el 13 de septiembre de 2022.

Es absurdo —como diría Borges de los espejos y la cópula— multiplicar inútilmente los elogios al cineasta. Ya Adolfo Bellido lo ha hecho de la mejor manera posible en su artículo sobre el genio francés para Todo lo demás.

Baste decir aquí que con Godard desaparecen una actitud y un estilo que ya mostraba signos de agotamiento vital: la creación cinematográfica parece haber entrado en un período de depresión, trufada de clichés, reiterativos hasta la náusea, con una crisis de realizadores y guionistas nunca vista.

Muchos apuntan a que la cinematografía no es sino un reflejo de la sociedad, y exigiendo esta como exige productos de consumo rápido, los esfuerzos hermenéuticos ya no aparecen como delicias para el gourmet de la forma y el fondo, sino como excesos estilísticos que abruman al respetable y espantan a las productoras.

La desnudez del rey

La monarquía, como sugiere la entradilla, también paladea su decadencia. Casi todo el mundo coincide en que la dignidad de la Corona ha sufrido una mengua irreparable con la reciente desaparición de la muy cinematográfica Isabel II.

Su longeva majestad tiene el honor de haber sido representada en numerosas ocasiones en la pantalla grande y pequeña, interpretada por Helen Mirren en The Queen, por Claire Foy, Olivia Colman e Imelda Staunton —según su edad— en The Crown; por Freya Wilson en El discurso del rey, por Stella Gonet en Spencer, por Sarah Gadon en Noche real, por June Squibb en Siete días infernales, además de haber aparecido en formato animado en Los Simpson, Los Minions y Padre de familia. Aunque quizá lo más llamativo es que se haya representado a sí misma en persona junto al mismísimo James Bond (Daniel Craig), con ocasión de los juegos olímpicos de 2012.

Pero lo que parece haber constituido un ejemplo en la persona de Isabel II de lo que Richard Harris en Sin perdón denominaba «la majestad de la realeza», capaz de detener los impulsos asesinos de los magnicidas, no parece ser algo muy común en el resto de la familia real británica, y, sobre todo, en alguna que otra monarquía europea.

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Sin ir más lejos, el rey emérito de España, Juan Carlos I, ha visto cómo dos recientes documentales desdibujaban su aparentemente impoluto legado. Por un lado, A3media, con su serie Borbones, una familia real, de Aitor Gabilondo, y por el otro HBO con Salvar al rey, de Santi Acosta, hemos visto que también los reyes tienen bajos impulsos plebeyos y amor por las cosas que brillan.

Estos documentales seriados constituyen dos —de momento— tímidos intentos por arrojar luz sobre las zonas oscuras del actual patriarca borbónico. Esperemos que no sean los únicos ni los últimos, porque aún quedan hojas marchitas por caer de las viejas ramas de una institución que muchos consideran caduca. No hay mayor transparencia que la del árbol —o el rey— desnudo.    

Pero también, como aunando la orfandad monárquica y artística, cabe recordar que nos ha dejado inesperadamente el rey de Redonda, Javier Marías. El eterno aspirante español al Nobel se ha ido, como tantos otros, por secuelas del coronavirus. Últimamente se había visto odiado por muchos y loado por pocos. Su dignidad real se había esfumado con la caricatura que de sus opiniones hacían los ideólogos. Pollavieja, señoro... eran algunos de los neo-epítetos que se le dedicaron en vida. Él, desde luego, siempre fue a lo suyo, que era escribir libros y columnas semanales.

Quizá era consciente, por haberlo vivido en la propia familia —su padre, el eminente filósofo Julián Marías, sufrió en vida desprestigios si no similares, sí parejos—, de que la obra es lo único que pervive, y que no vale la pena ocuparse por minucias de opinadores.

Júzguese al autor por sus escritos y al hombre por sus miserias: estas son tan pasajeras —y tan comunes— como la carne mortal de la que se alimentan. Aquellas son cosa del Parnaso y están vedadas al común de los mortales.

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Pero... ¿y los republicanos?    

Pues lamentablemente también están de luto, pues Suiza y Grecia, dos eminentes repúblicas —la una autoconsciente, la otra sobrevenida— han perdido a dos de sus grandes representantes.

Alain Tanner, director de Los años luz, La salamandra o En la ciudad blanca, falleció a los 92 años el 11 de septiembre. Podría decirse de él que era el Godard suizo, en la medida que lideró su propia Nouvelle vague en el país helvético, junto al Grupo de los Cinco.

Grecia despidió a la diva Irene Papas, gran actriz de teatro que fue también protagonista de sonados éxitos cinematográficos: Los cañones de Navarone, Zorba el griego o Z señalan que la gran pantalla no le fue esquiva, aunque su profesión fue siempre el teatro.  

Louise Fletcher, la inolvidable enfermera Ratchet de Alguien voló sobre el nido del cuco también desapareció en la república más conocida del mundo —la francesa—, pero la paradoja es que fue coronada como reina de las villanas en otra república transoceánica: su papel de estricta señora del pabellón de chalados le valió un Oscar a la mejor interpretación en el año 1975 y además le valió para reinar en el Olimpo de los mejores villanos de toda la historia de la cinematografía: ocupó el quinto puesto absoluto y la segunda mujer, solo por detrás de la Malvada Bruja del Oeste interpretada por Margaret Hamilton.

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Crisis de fundamentos

Me perdonarán que el editorial esté quedando un poco cenizo, pero es que se nos ha ido gente muy grande este pasado mes.

Antes he hablado de una crisis creativa en la cinematografía. La verdad es que tal crisis es extensiva casi a cualquier estamento cultural de nuestro tiempo. La escuela decae, la televisión se pudre y los directores del ente público español se precipitan también como hoja marchita, no sin ser golpeados por los bastones de los que se creen dueños del cortijo. El «compromiso con la verdad» obliga a defenestrar a los que fueron ahí puestos por consenso. Pero la verdad es un concepto siempre sujeto a debate, y últimamente ensuciado por casi todo aquel que se atreve a invocarla.

Quizá por eso también se nos ha marchado Saul Kripke, el último y más grande de los filósofos que hizo de la verdad objeto de su estudio. Estoy seguro de que a la mayor parte de ustedes no les suena su nombre, pero créanme si les digo que un editorial que ha comenzado con Gabriel García Márquez, Vargas Llosa y Godard, no se ve en absoluto desmerecido si concluye con el genio de Kripke.

Pero no todo es oscuro en el horizonte: lo bueno es que octubre comienza con una celebración de la cinematografía y la vida en el Ateneo de Valencia. Allí, nuestro particular emérito, Adolfo Bellido, nos iluminará —totalmente vestido, eso sí— con su saber sobre el cine. Toda una vida dedicada al séptimo arte en dos horas. Una vida que ha guiado otras muchas, como las de la mayor parte de las personas que escribimos en este medio, y que despertó nuestro amor por el cine.

El acto del Ateneo se celebrará el día 3 de octubre a las 19:30, y será retransmitido online para todo aquel que quiera conectarse en el siguiente enlace:
https://fb.me/e/2dhEFvf6A

Tras un mes aciago siempre queda un lugar para la esperanza. Siempre que hay cine la hay.

Escribe Ángel Vallejo

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