Editorial mayo 2021

  31 Mayo 2021

La descolonización imperfecta

mayo-vals-con-bashir-0Ahora que por fin ha terminado la campaña madrileña, con un resultado tan apabullante que, por lo menos, no parece que la clase política capitalina vaya a atormentarnos con meses de resaca pactista, el grueso de la ciudadanía no catalana —dado que allí perdura la de las elecciones de hace tres meses y últimamente se empeñan en agravar el dolor de cabeza con el asunto del indulto—, puede aprestarse a retomar la vieja normalidad a medida que va superándose la pandemia.

Esta normalidad, desde luego, se verá afectada por el calendario vacunal, tan absurdo e ineficiente que muestra cómo los políticos ya no saben más que ocuparse de las contiendas electorales. La polémica sobre las segundas dosis, con sus campañas de desinformación y propaganda, podría ser un buen argumento para las películas de Pajares y Esteso, si no fuera porque ambos dejaron el cine hace tiempo para pasar a ocuparse de las tertulias del corazón y demás vísceras.

Por lo demás, una serie de conflictos casi olvidados, pero nunca solucionados, han venido a irrumpir en nuestra recién adquirida tranquilidad de sobremesa, que ya no se agitaba con el vociferio de la política regional.

La descolonización imperfecta del Sahara y de la franja de Gaza reclama ahora —como una experiencia no digerida, que diría Ortega—, sus derechos actuales de emisión televisiva, y en tanto que conflictos larvados o recurrentes, deben impactar en el espectador cada vez con más crudeza y sentido del espectáculo, no sea que a este se le ocurra desconectar ante algo que le suena a ya visto.

La cuestión de Palestina, en tanto que problema poliédrico y de larguísimo recorrido, requeriría desde luego una explicación prolija de la que no podemos —ni quizá sepamos— ocuparnos. Pero lo cierto es que de nuevo algo tan aparentemente banal como una contienda electoral, hace que un grupo terrorista en la franja de Gaza se ocupe de lanzar misiles en lugar de pegar carteles, despertando con ello la ira de un Israel que, siguiendo la estrategia del perro loco, sobreactúa en su represalia, poniendo en bandeja a Hamás una victoria en las urnas mediante el paradójico recurso de una derrota militar, que, como siempre, acaba por sufrir el pueblo.

El desconocimiento generalizado por parte de la ciudadanía de los entresijos de un conflicto tan cruento es perfectamente comprensible. Las aristas son tantas y tan punzantes, que el editor apenas se atreve a sugerir que sus lectores se acerquen al problema desde el cine. Probablemente la mejor película sobre una de estas aristas sea Vals con Bashir (2008), un film de Ari Folman que alude a un conflicto adyacente, el de la masacre de Sabra y Chatila, por la que Israel fue acusado de dejación de funciones en lo que fue considerado un acto de genocidio contra población árabe por parte de los falangistas libaneses.   

Del otro lado, la película Paradise now (2005) muestra la preparación de dos terroristas palestinos encargados de atentar en Israel. El director Hany Abu Assad, exquisito siempre en sus planteamientos, que se caracterizan por una objetividad fría y calculada pero una emotividad vibrante, también nos ofrece Omar (2013), que describe el amargo alcance social del desencuentro con el ejemplo de una pareja separada por el muro, y las desconfianzas que franquearlo produce en cada uno de los dos bandos.

De Exodo (1960), de Otto Preminger, no suele decirse lo mismo. Basada en un guion de Dalton Trumbo, a su vez inspirado en una novela de Leon Uris, hoy día es considerada mayormente maniquea y prosionista. No obstante, es un filme interesante que señala la descolonización imperfecta por parte del Reino Unido, y muestra —bien que relativizado— el recurso al terrorismo de estado en los padres fundadores del país hebreo.

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Una película que se ocupa directamente de esto es Munich (2005), de Steven Spielberg, que refiere a los actos terroristas de Septiembre Negro en las olimpiadas alemanas de 1972 y a la venganza del ojo por ojo que Golda Meir puso en marcha por medio de la operación «Cólera de Dios» y a través del Mossad.

Y, por último, un interesante documental de 2003, Checkpoint, de Yoav Shamir, que cuenta las particularidades de los controles policiales que miles de palestinos debían atravesar diariamente para abandonar la franja de Gaza e ir al trabajo o al médico.

Hemos dejado muchas películas en el tintero, pero el inacabable conflicto árabe-israelí no debe ocupar por completo una crónica mensual que debe atender otras perspectivas.

La crisis hispano-marroquí de las últimas semanas, tiene también un lejano antecedente en el asunto de la descolonización imperfecta del Sahara. Como los mayores recuerdan, España, la potencia colonizadora, abandonó a su suerte a los saharauis tras el desafío que supuso la Marcha Verde auspiciada por Marruecos, país que reclamaba la soberanía sobre ese desolado territorio occidental.

Durante cuarenta y seis años la situación no se ha aclarado administrativamente, y la zona ha sido objeto de innumerables conflictos que van desde las crisis diplomáticas con España hasta la guerrilla y el terrorismo del Frente Polisario. A mil quinientos kilómetros de allí, las ciudades de africanas de Ceuta y Melilla —que son cualquier cosa excepto colonias—, son muchas veces teatro de operaciones de esta inacabable contienda.    

mayo-marcha-verde-1El acogimiento de Brahim Ghali, uno de los siniestros líderes del Frente Polisario, por parte de España en un hospital de Logroño, ha desencadenado una de esas recurrentes crisis políticas en la que Marruecos ha hecho uso de las necesidades de los desesperados para lanzarlos a una desgraciada aventura migratoria.

Este añejo desencuentro también ha sido prolijamente tratado por la cinematografía, aunque la enjundia de los filmes que se ocupan de ello sea mucho menor de los que tratan el conflicto árabe-israelí.

Por el lado español, el asunto de la ocupación del Sahara apenas ha dado para hacer una película de varietés (La marcha verde, 2001) que pasó con más pena que la gloria dedicada a su protagonista, la entonces muy televisiva Inma del Moral. En Marruecos, Al Massira (La marcha, 2016), de Youssef Britel, es poco más que un elemento de propaganda de consumo interno, que soslaya de un modo absoluto la presencia de los saharauis en el territorio ocupado.

En este sentido, cabe señalar que hay todo un festival gestionado por y para los refugiados, el FiSahara, que anualmente exhibe un buen número de películas y documentales que están por lo general, aunque no exclusivamente, centrados en la problemática.

El festival, que se celebra desde 2004 y procura dar a conocer la situación de los saharauis, a la par que procura entretenerlos mediante la proyección de las películas a concurso, también fomenta la realización cinematográfica entre los implicados, dado que cuenta con una escuela de cine. El festival otorga cada año un premio peculiar: una camella blanca a la familia que acoge al director premiado y un trofeo para ese mismo realizador.

Con respecto a las películas que tratan la situación actual de la población saharaui, Hamada (2018) es un buen ejemplo de cine didáctico, dirigida por el gallego Eloy Domínguez Serén, aunque curiosamente la producción es sueca. Pero más centradas en el tema de la inmigración en tránsito sobre las ciudades autónomas están Adú, de Salvador Calvo, y A este lado del mundo, de David Trueba, ambas de 2020. En la televisión, fue famosa hace muy pocos años la serie El príncipe, que se ocupaba de la vida en el barrio ceutí del mismo nombre, aunque con una temática del todo ajena a la disputa con el reino Alauita.   

Valga todo esto como simple recomendación de ocio formativo, si prefieren huir de las discusiones apasionadas, las proclamas patrióticas y los fragores bélicos con que los exaltados suelen aderezar estos sucesos.

Porque mayo siguió, con el conflicto en Colombia más activo que nunca, mostrando cómo la pandemia ha venido a colmar el vaso de la paciencia de los pueblos largamente castigados. Lo que para nosotros ha sido una tragedia inesperada, que ha irrumpido con brutalidad en un ambiente estructurado y más o menos tranquilo, en otros países menos afortunados ha supuesto el detonante de una revolución y la consecuente represalia de las fuerzas estatales, que no ha hecho sino avivar el fuego.

Es difícil no sacar lecciones de la pandemia: nuestras sociedades son enormemente frágiles, y los problemas que las ponen en verdadero peligro no nos han vuelto mejores: ni más solidarios, ni más responsables, ni más previsores.

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Aunque algunos, intentando que apartemos los ojos de la actualidad, tienen la intención de parecerlo. Nos prometen la gloria para el año 2050, en un proyecto cuyo folleto explicativo comienza con citas de Séneca y Unamuno, dos filósofos nacidos en la misma tierra que hoy quiere limitar la presencia de la filosofía en la enseñanza obligatoria. Leyéndolo, ni los planes quinquenales de la URSS le parecen a uno tan ambiciosos, ni los seguidores de Diógenes tan cínicos.

En fin, como suceso luctuoso, cabe decir que en mayo nos dejó Olympia Dukakis, la oscarizada actriz de Hechizo de luna (1987) y Poderosa Afrodita (1995). También se fue Charles Grodin, el coprotagonista de Huida a medianoche (Martin Brest, 1988) y de las películas del San Bernardo Beethoven. Grodin era sobre todo un cómico de la vieja escuela, que incluso tuvo su propio Talk Show, pero no por ello dejó de interpretar papeles inquietantes, como el doctor Hill de La semilla del diablo (1968) o al codicioso Fred Wilson, el antagonista de Jeff Bridges en King Kong (1976).

También fallecieron José Manuel Caballero Bonald y Franco Battiato, de quien poca gente sabe que dirigió, además de muchos vídeos musicales, algún cortometraje y dos películas: Perduto amor, en 2003, y Musikanten, en 2006, en la que apareciendo Alejandro Jodorowsky, podemos hacernos una idea de cuál es la temática.  

Pareciera que lo único bueno del mayo que acaba es que se acerca junio, el mes en el que un servidor cumple años. La buena noticia no es el hecho de envejecer, sino que una sala de cine ha tenido a bien regalarme dos entradas. Debe ser un signo esperanzador, como la llegada de las golondrinas.

Por mi parte pienso aprovecharlo... viendo una película que no hable de política.

Escribe Ángel Vallejo

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