Noviembre 2020: un editorial que es un «hasta siempre»

  20 Noviembre 2020

Dejad paso al mañana

0-Adolfo 137Nunca olvidaré mi encuentro con Mister Arkadin. Fue nada menos que en 1956, pero aun hoy lo tengo presente y por eso utilicé el nombre como pseudónimo.

La mayoría de mis críticas, análisis y libros han llevado mi nombre, pero el pseudónimo también ha abundado en las páginas sobre cine que he escrito a lo largo de los años.

(Primer paréntesis: hoy hay aún algún cinéfilo que ignora ese nombre. Son falsos adoradores del cine, lo llaman complejo, embobados con películas de superhéroes o de terror. Sin comentarios.)

Mister Arkadin no es un ser real, sino el personaje de un film. Lo vi en un cine de programa doble, junto a una comedia italiana con Lucía Bosé, que era la peli que iba a ver. Llegué cuando faltaban unos 20 minutos para que terminase el otro título. Ni sabía que el director era Orson Welles, al que había visto en otros films, fácilmente reconocible por su impresionante presencia. Le recordaba, por ejemplo, en su papel de César Borgia en El príncipe de los zorros.

Y, desde luego, no sabía que que había dos copias diferentes del film (que tenía además dos títulos: Mr. Arkadin y Confidential report): una en la que intervenían actores españoles en algunas secuencias, sustituyendo a los extranjeros que actuaban en la otra copia. ¿Cuál de las dos puede considerarse como la original? Complicado saberlo.

Entonces ignoraba casi todo de Welles: su labor enorme como actor y creador en el teatro; la dirección de un film innovador y revolucionario para el cine posterior como es Ciudadano Kane (1940), no estrenado en España hasta los años 60; el escándalo que produjo al presentar —dramatizada— La guerra de los mundos, de H. G. Wells, en una emisión de radio que paralizó Norteamérica; el ser uno de los grandes realizadores tanto en cine como en teatro…

Pero aquella película, Mr. Arkadin, era distinta a cualquier otra por su planificación y sus movimientos de cámara. Evidentemente, me quedé al terminar la película italiana para ver de nuevo completa la película de Welles. Desde entonces, en gran parte, cambió la visión que tenía del cine, lo que acabó por ponerme en el camino de conocer el cine… labor que remató un gran profesor de literatura en preuniversitario.

Precisamente desde el Preu comencé a escribir sobre cine. Mis críticas aparecieron a lo largo de los tiempos en diversas revistas, periódicos, catálogos… y en un programa de radio semanal en una emisora local, en Salamanca.

Son cientos de críticas y estudios sobre cine que tienen su pistoletazo de salida a mediados de los 60 con Cinestudio. Una época clave.

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Antonio Giménez Rico, Antonio Mercero, José Luis Garci, Carlos Losada, José Luis Martínez Montalbán, Carlos Heredero —y algún otro que seguramente olvido— nos reuníamos casi todas las tardes en la redacción de Cinestudio, donde escribía críticas de cine desde que llegué a Madrid. Allí hablábamos de cine o de novelas prohibidas que se vendían en el infierno (llamado así porque era el lugar de la librería donde se encontraban escondidas). Otros días íbamos a la Filmoteca Nacional, donde proyectaban estupendos ciclos de películas mudas o films desconocidos, muchos de ellos por estar prohibidos por la censura.

A finales de los 60 llegó el traslado como profesor a la recién abierta Universidad Laboral de Cheste, en Valencia. Allí puse en marcha un cine-club que llegó a contar con 5.000 alumnos del centro como público semanal. También pusimos en marcha, Elvira y yo, nuestro proyecto de familia, que se completó con nuestros hijos Adolfo y Alejandro.

Además de impartir clases de física y química, hicimos más cosas juntos. Algunas de ellas, quizá menores (o eso pensábamos nosotros), corrían a cargo del inseparable Mr. Arkadin, que, por ejemplo, escribía en una cartelera semanal, llamada Sipe, que no duró mucho tiempo.

Durante más de una década, fueron muchos los años en los que fuimos invitados al festival de Valladolid —la Seminci— y en una ocasión al de San Sebastián. En esos viajes, naturalmente, Adolfo acudía y Arkadin se quedaba en casa.

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En los 70, además de multitud de proyecciones adaptadas a la edad de los alumnos de Cheste (desde EGB hasta Magisterio), también empezamos a realizar talleres de cine, incluyendo el rodaje de películas en super-8, que presentábamos a distintos festivales.

A principios de los 80, con la ayuda de Sabín (uno de los alumnos de Cheste que ya colaboraba conmigo) preparamos en Puçol (Valencia) una variante del trabajo en la Universidad Laboral: unos cursos para alumnos de 8º de EGB de distintos colegios públicos, completados con proyecciones de cine en 16 mm y con el rodaje de películas en super-8.

Los alumnos de Cheste y Puçol compartieron experiencias y premios en distintos festivales, entre ellos el Cerinterfilm de Gijón, el certamen de Quart de Poblet y el recién creado Cinema Jove de Valencia, cuyas primeras ediciones se celebraron precisamente en la antigua Universidad Laboral.

(Segundo paréntesis: algún listillo del mundo del cine, de otra ciudad, vino para conocer lo que hacíamos y copió la idea —en realidad lo copió todo—, para presentarla en algún certamen escolar, haciéndola pasar como propia y, por ello, hasta recibió algún premio de innovación educativa. Exacto, sin comentarios.)

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En los 80 ya editábamos un boletín en el cine-club de Cheste, con fichas y críticas de las películas que proyectábamos. Con el tiempo, amplió sus secciones y pasó de editarse en ciclostil a ser fotocopiada. Incluso en la última etapa se editaba en offset. Fue la primera versión de Encadenados, editada en papel y distribuida no sólo a los alumnos, también entre el mundillo cinéfilo de la época.

En los 90, además de la organización de distintas secciones del festival Cinema Jove, llegaron dos libros para la Filmoteca Valenciana, en colaboración con Jesús Arranz, mi hijo Adolfo y el inseparable Sabín. El primero sobre Budd Boetticher y el segundo sobre Basilio Martín Patino. Ambos estuvieron en Valencia para el homenaje que se les tributó y para presentar su libro.

Tras un paréntesis en los 90, en el que todos los que colaborábamos en Encadenados en Cheste habíamos abandonado aquellas instalaciones, apareció Internet a finales de siglo y alguien llamó a nuestra puerta para que escribiéramos de cine. Fue el renacimiento de la revista, desde entonces la versión digital de Encadenados, revista de cine.

Durante 23 años he estado dirigiendo Encadenados, siempre independiente e innovadora. No es la mejor revista de cine, pero sí es una de las más antiguas de la red, ya que nacimos en 1998. Y en ella hicieron sus primeros pinitos un puñado de críticos, escritores y directores que nos han acompañado en distintas etapas.

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Junto a mi mujer Elvira, durante todos estos años, unas veces solos, otras con pocas personas y en ocasiones con muchos acompañantes, hemos recorrido al menos la mitad de la Tierra: desiertos, volcanes, zonas fértiles, ciudades hermosas pero superpobladas… También hemos visto sucesos de ayer, de hoy o del mañana, guerras, artilugios del pasado y del futuro. En una sala oscura cabe todo lo que puedas imaginar.

Muchos kilómetros a la búsqueda del ser humano, con sus luchas, sus éxitos, sus fracasos… y ahora, nosotros dos, después de recorrer tantos kilómetros, tras más de setenta años de mirar la vida en el ayer y en el mañana a través de la gran pantalla, ahora, vamos a descansar.

Así de simple: descansar. Por ello tenemos que decir adiós a muchas cosas y una de ellas es a nuestra querida Encadenados, que sigue manteniéndose siempre al día gracias a Sabín y al grupo de redactores que hoy sigue al frente de la publicación diaria: unos, veteranos del siglo pasado y del cine-club de Cheste; otros, recién llegados.

Debemos dejar la revista para los más jóvenes. Uno ya tiene una edad y las ideas novedosas se le pueden enquistar, mientras que gente con menos años mirará con otros ojos las propuestas que den paso a nuevas etapas de nuestra revista. Es hora de dejar paso al mañana.

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La edad es, por tanto, la que nos lleva a dejar la dirección de Encadenados. Eso no significa que alguna vez, pero sin prisa, con calma, escriba para la revista —o lo haga Mister Arkadin, que ya está impaciente por aporrear el teclado—. Para nosotros, Encadenados es mucho más que una revista, es casi como una hija.

No queremos despedirnos sin realizar una serie de agradecimientos a los que nos habéis acompañado en esta gran aventura.

A Sabín (nuestro editor diario), a Paco Nueda (nuestro informático que cuida la revista para evitar ataques y demás sorpresas) y a Carlos Núñez (el otro informático y asesor). Sin ellos, la revista no podría salir.

Al comité de redacción, que cuenta con cuatro chestanos: Gloria Benito, Luis Tormo, Marcial Moreno y Ángel Vallejo. Menos Gloria, los demás fueron alumnos míos en los 70 y los 80. El resto del comité lo forma gente tan estupenda como Juan Ramón Gabriel, Ángel San Martín, Israel Pérez o Miguel Ángel Císcar.

Los más veteranos ya fueron compañeros en Cinestudio y nos han apoyado en esta aventura: Carlos Losada y José Luis Martínez Montalbán (incansable buscador de biografías y filmografías, un excelente colaborador, desgraciadamente fallecido).

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Y a lo largo de los años hemos tenido y tenemos excelentes colaboradores, muchos de ellos están hoy al pie del cañón: Ana Císcar (nuestra diseñadora de portadas para los monográficos), Milagros López, Juan de Pablos Pons, Laura Bondía, María González, Ferran Ramírez, Pepe Sapena, María Sánchez, Francisco Nieto, Carlos Novoa, Juan Francisco Álvarez…

Sin olvidar a los que se han incorporado más recientemente, que nos ayudan a mantener un espíritu joven renovado: Javier Herreros, Manuel M. López Duque, Rubén Marín, Iván Escobar y el incansable Enrique Fernández, siempre dispuesto a recuperar clásicos para mantener la revista al día.

Y nuestro reconocimiento a los que nos acompañaron en algún momento de nuestra historia y luego hemos seguido caminos distintos, pero seguimos en contacto: Carles Alberola, Daniel Monzón, Enric Albero, Lucía Solaz, José Belón de Cisneros, Daniela T. Montoya, Sonia Molina, José Luis Barrera, Antonia del Rey, Daniel Arenas, Elisa Mª Martínez, Ángel Esparcia, José Mª Ródenas, Daniel Gascó, Josep Prósper, Vicente José Benet, Robert Andrés Gómez, Jordi Codó, Xema Palanca, Juan Ángel Saiz, Víctor Rivas, Eva Cortés, Arantxa Bolaños, Isi Lucas, Patricio Ruiz...

(Tercer y último paréntesis: también un saludo a todos aquellos —incluidas instituciones y, ¿por qué no?, revistas, personas y organismos— que, de una forma u otra nos olvidaron en su día o se esforzaron para que no se conociera nuestra labor y que se nos «borrara» del santoral. ¡Qué más da si, además, algunos de ellos nos llaman amigos! No comment.)

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A nuestros lectores fieles y a los no habituales. También a los futuros lectores y colaboradores, a los que cualquier día conozcan y amen esta modesta revista.

Y, por supuesto, a los que deberían estar en este listado, pero se nos ha olvidado citarlos (cosas de la edad)...

A todos, gracias y felicidades.

Nosotros dos, después de 103 números monográficos y 23 años de Encadenados digital —nacimos en septiembre de 1998—, os decimos no adiós, sino hasta siempre, porque siempre que nos necesite Encadenados, ahí estaremos.

Suerte y muchos triunfos para el nuevo equipo. No dejéis que la llama de Encadenados se apague nunca.

Un gran abrazo.

00-FIRMA ADOLFO

Adolfo Bellido López,
alias Mister Arkadin

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