Editorial julio 2021

  30 Julio 2021

Volar como Superman desde una terraza

titane-0Hay algo que, por su propia naturaleza, la pandemia no ha podido arrebatarnos, y es el disfrute a cielo abierto de las noches en un cine de verano. Estas terrazas proliferan por nuestra geografía, y han pasado de proyectar el clásico programa doble, a ponerse al día con los estrenos de las salas convencionales.

Por un precio asequible uno disfruta de cena, película y mosquitos, aunque dentro de poco podremos añadir el suave olor de la citronella para espantar a los hematófagos al catálogo de gratas sensaciones estivales. Algunos de estos teatros ya la esparcen con potentes ventiladores, que refrescan el ambiente haciéndonos sentir como en un suave vuelo, librándonos del mal que habita en los espacios cerrados.

De lo que lamentablemente no parece que vayamos a librarnos es de la decadencia constante de la cartelera. Como ya dijeran Scorsese y Tarantino, da la sensación de que ahora solo se hacen películas de superhéroes, de Star Wars o de invasiones extraterrestres —y a veces de las tres cosas a la vez—, así que últimamente parece difícil conciliar el buen ambiente con el buen cine.

Sin duda, los dos grandes realizadores exageran un poco, porque siempre puede uno encontrarse con agradables sorpresas en cartelera —como First cow o Uno de nosotros, películas con general asentimiento cualitativo en el Sin perdón de Encadenados—, aunque es cierto que las terrazas de verano solo se arriesgan con los taquillazos asegurados para todos los públicos.

No obstante, en Valencia contamos con una buena iniciativa del Ayuntamiento capitalino, que con la Filmoteca d’Estiu pretende aunar los placeres del buen cine y el aire libre. Desde hace ya 21 años, los alrededores del Palau de la Música acogen al público que quiere disfrutar de un programa distinto al de la cartelera convencional.

Este año podremos disfrutar de un ciclo de Berlanga, aprovechando el centenario de su nacimiento, y en el que no solo se proyectarán películas suyas, sino comedias de su agrado como Las vacaciones de Mr. Hulot de Jacques Tati o Pasaporte para Pimlico, de Henry Cornelius, pero también, de películas de relumbrón que huyen un tanto de la esclerotizada cartelera, agrupadas en torno a un ciclo denominado «Cosecha de premios 2021», donde podremos ver Otra ronda,  de Thomas Vinterberg; Nomadland, de Chloé Zhaó; La mort de Guillem, de Carlos Marqués Marcet; o Las niñas, de Pilar Palomero. Hay otro ciclo dedicado a «Aniversarios», y ahí se proyectarán Crash, de David Cronenberg; Carretera asfaltada en dos direcciones, de Monte Hellman; Gilda, de King Vidor; o El chico, de Charles Chaplin.

Pero no todos los grandes eventos han podido mantener su acostumbrada cita con el gran público: el festival de Cannes no pudo celebrarse, como era tradición, en mayo de 2020. Tampoco lo hizo en el quinto mes de 2021. Ha tenido que llegar julio para que la Palma de Oro sea entregada por Spike Lee —con ruptura de protocolo incluida— a la polémica Titane, de Julia Ducournau.

Ducournau, enfant terrible del cine francés, ha venido a dar nuevos aires a un fantastique que, como ya hemos sugerido, agoniza entre clichés y guiones prefabricados. No sabemos si Titane será para tanto —su anterior filme, Crudo, también concitó aprobación general en Encadenados—, pero desde luego ansiamos verla para comprobar si, una vez más, el pope de la crítica nacional que la ha puesto a caldo, acierta en disuadirnos de ver lo que generalmente resultan ser obras maestras.

filmoteca-estiu

Esa misma ansia —alimentada con un nuevo tráiler recién aparecido— albergamos los que esperamos la llegada del Dune, de Villeneuve. El realizador canadiense se ha atrevido con otro remake —y esto lo digo con la malicia de quien sugiere que su 2049 no era otra cosa que un refrito de la obra magna de Ridley Scott—, pero para dejar el pabellón bien alto tiene la ventaja de contar con toda la industria y un buen elenco actoral, elementos de los que apenas pudo disponer un David Lynch atenazado por la megalomanía del proyecto de Alejandro Jodorowsky y el peso de la obra de Frank Herbert.

De momento, en favor de Villeneuve juegan su indudable talento y ese par de buenos tráilers que nos hacen la boca agua hasta su estreno en septiembre. En favor de Lynch, que ya es un director mítico y que siempre puede recurrir a su fama de surrealista para justificar aquella película. Quizá su Dune fuera un fracaso, pero sin duda hoy día sirve de acicate para establecer comparaciones odiosas y espolear el espíritu de superación del director canadiense.

Para espíritu de superación y sacrificio, desde luego el de los atletas de los también pospuestos juegos olímpicos de Tokio. La noticia, aparte de los coliseos vacíos, ha sido la ruptura de la integridad mental de Simone Biles, un aviso de la dureza a que se somete a estas personas desde muy jóvenes. Ello constata que no todos —ni siquiera los atletas— podemos ser superhombres o supermujeres, y que el precio para serlo es a veces preludio de la deshumanización. Alcanzar la gloria exige deshacerse de las debilidades mortales, o aislarse, en la Fortaleza de la soledad, de los ecos de las muchedumbres.

En julio nos dejó Richard Donner, el director al que, precisamente, se atribuye el inicio de las adaptaciones de las sagas de superhéroes al cine. Autor de la primera Superman, con Christopher Reeve (1978), Donner también sufrió como los héroes trágicos que representó en celuloide. Casi como Jodorowsky, fue descabalgado de la secuela estrenada dos años más tarde por desavenencias artísticas con la productora, aunque a diferencia del chileno, él había rodado ya casi toda la película.

En el género de superhéroes también alumbró la saga de X-Men, y, además, hizo una buena serie de buddy movies con Arma letal. Pero a Donner también le debemos La profecía (1976), Los Goonies y Lady Halcón (ambas en 1985), demostrando con ello no solo que dominaba gran variedad de estilos, sino que era capaz de reventar las taquillas en todos los géneros.

richard-donner

También faltaron Raffaella Carrà, de quien puede decirse que nutrió nuestras pantallas de sensualidad sureña en los primeros años de la democracia y alimentó la nostalgia de aquellos tiempos con la versión que de sus canciones se hizo en la muy reciente Explota, explota, de Nacho Álvarez.

Pocos saben que Carrà fue también actriz de cine, y que protagonizó cerca de una decena de películas. Probablemente su mayor éxito fue en 1965 con El coronel Von Ryan, de Mark Robson, junto a Frank Sinatra y Trevor Howard, en el que tuvo el principal papel femenino. 

Pero quizá la más sentida falta haya sido la de Pilar Bardem, actriz transgeneracional, hija, hermana y madre de cineastas señaladísimos, que ha trabajado con casi todos los realizadores españoles durante varias décadas y de quien se ha subrayado muchas veces más, y no con respeto ni decoro, su adscripción política antes que su obra cinematográfica.

Por nuestra parte, desde luego, no podemos dejar de apuntar que ambos aspectos han sido importantes, y a veces inseparables, en su biografía: fue una jornalera de la interpretación, atesora cerca de 80 películas, participaciones en otras tantas series de televisión y obras de teatro, y consiguió para el gremio de actores de teatro la reducción de dos interpretaciones diarias a una sola.

Alguien que vivió por y para su profesión, sin abandonar por ellos su humanidad y la atención a los suyos y a sí misma, no puede ser menos considerada que una atleta o un héroe. Me consuela pensar que la mayoría podemos ser así, en nuestra lucha cotidiana. Y que no necesitamos, para sentirnos Superman, más que la ligera sensación de vuelo en una terraza de verano. 

Escribe Ángel Vallejo

pilar-bardem


Más artículos...