Editorial octubre 2021

  31 Octubre 2021

Ellos y ellas

octubre-0Parece que octubre es mes propicio para la memoria. Viene esto al caso por la cuestión del recuperado vigor de nuestro festival de cine, la Mostra de Valencia - Cinema del Mediterrani, que tuvo su primera edición allá por 1980 y que ha resurgido de sus cenizas desde 2018, pero también porque en el tránsito del décimo al undécimo mes, se produce eso que se ha venido en llamar Día de difuntos, de Todos los santos, o más recientemente Halloween.

Esta celebración, que pretende guardar memoria de los que ya no están con nosotros, muestra la curiosa hibridación de nuestras tradiciones con las de América, y llama la atención sobre el siempre polémico 12 de octubre de 1492 que le dio lugar, objeto de celebraciones tan diversas y llamativas como el Día de la Raza, de la Hispanidad o de la Resistencia indígena, según gustos y colores.

Son estos unos polémicos y tristes tiempos en los que los populistas se arrojan los muertos a la cabeza sin respeto por esos difuntos que deberán honrar en el tránsito de octubre a noviembre, y no es extraño hallar manifestaciones propagandísticas de la más diversa índole que pretendan justificar este acto nefando.

Y digo esto porque últimamente ha cobrado fama —no sé si justa o injustamente, dado que no he tenido ocasión de verlo— un documental sobre la Conquista de América y el surgimiento del Imperio español de José Luis López Linares.

López Linares es un cineasta solvente, según lo que conocemos de sus anteriores trabajos, y me resulta extraño pensar que haya dirigido un panfleto populista y acrítico, así que me abstendré de valorar lo que desconozco: solo puedo arriesgarme a decir cosas sobre este tema que no comprometan mi opinión cinematográfica, que será expuesta cuando tenga conocimiento de causa.

Así pues, si algo puedo decir es que tan absurdo parece negar que haya existido una Leyenda negra —todos los historiadores están de acuerdo en ello, y también en quienes han sido sus propagadores— como en esgrimir como contraparte una Leyenda rosa que no se compadece con la Visión de los vencidos recopilada por Miguel León-Portilla o la Relación de la destrucción de las Indias de Bartolomé de las Casas, libro que, por cierto, fue utilizado en su provecho por los negrolegendarios.

La conquista de América fue una serie de acontecimientos larga y compleja, no exenta de crueldad y heroísmo, y de interesantísimas disputas teológicas, tal y como mandaba el espíritu de los tiempos. También lo fueron la Romanización o la Unificación de China como un Todo bajo el cielo. No creo que los españoles de hoy tengan demasiado de qué responsabilizarse con respecto a aquellos hechos, del mismo modo que los italianos o los chinos tampoco deben hacerlo por lo acontecido hace milenios. Y sin responsabilidad no hay necesidad de perdón.

Señalar las luces y las sombras de la conquista, que de todo hubo, es tarea de los historiadores. Los que no padecimos aquellos tiempos debemos contentarnos con hacer la crónica de lo vivido.

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Y así, acabados los ecos de la trigésimo sexta edición de la Mostra de Valencia - Cinema del Mediterrani, es tiempo de hacer balance positivo de un festival que ha recuperado su prestigio artístico tras descender a los infiernos, e incluso desaparecer, desde 2011 a 2018.

Este descenso tuvo sus grandes hitos en el incomprensible gusto por el oropel hollywoodiense que marcó la época de los Don Johnson, Joan Collins, Christopher Lambert, Andie McDowell o David Carradine paseándose por Valencia del brazo de Rita Barberá; pero hay que reconocer que la peligrosa —y cara— senda del glamour hollywoodiense no la había iniciado ella: en 1986, Lauren Bacall fue la primera gran estrella de Hollywood que acudió a Valencia, y en 1988 le llegó el turno a Jeremy Irons.

El dispendio económico fue tan solo uno de los elementos que produjo su desaparición. La muerte espiritual de la Mostra, que quiso ocupar un lugar que no le correspondía, fue otro: en 2010 sufrió una extrañísima transformación, pasando la sección oficial a denominarse Festival del cinema de acció i aventura, y proyectando películas de América y Asia —no en vano la ganadora fue Little Big soldier, producida y escrita por Jackie Chan—, para dejar la cuestión del cine del mare nostrum en una sección secundaria denominada Panorama mediterráneo.

Pero el más importante de los obstáculos, sin duda, fue el de la crisis económica que azotó España desde 2008, y que se constituyó en la excusa perfecta para hacer ver que un presupuesto de 1,7 millones de euros era excesivo para algo tan irrelevante como la cultura cinematográfica «mediterránea».

octubre-mostraA nadie se le ocurrió que quizá lo que habría que hacer era reconvertir con calma el panorama audiovisual y cultural de la Comunidad Valenciana, retomar el espíritu inicial y reducir la cuantía del festival y sus premios.

Hay otro llamativo ejemplo de esta catastrófica política: dos años después se clausuraba también el mastodóntico ente público de Radiotelevisión Valenciana, como consecuencia de los glamurosos polvos que se transformaron en asfixiante lodo debido al temporal de la crisis.

Valencia parecía hacer honor a la tradición, creando algo hermoso —y por qué no decirlo, también grotesco— para después destruirlo con fuego purificador.

Seis años tuvieron que transcurrir hasta que la Mostra pudo de nuevo recuperarse, consciente de cuál debía ser su lugar en el panorama internacional de los festivales cinematográficos, reduciendo su presupuesto y sus ambiciones internacionalistas, y poniendo en manos de gente sensata —y no megalómana— como Eduardo Guillot, la dirección artística de un festival que, si quería crecer, debía hacerlo conforme a sus posibilidades y legítimas aspiraciones: los países que pueblan el  mediterráneo  y su área de influencia no son poca cosa, y la calidad de su cine es más que suficiente como para justificar un festival, sin menoscabo de que otras secciones quieran fomentar la pasión cinematográfica entre un público más joven y amplio con recursos al animé, al fantástico o a cualquier otro género. 

Pero quiero señalar que la Mostra ha puesto de relevancia una problemática actual que no es menor: la cuestión de la paridad en la entrega de premios y también en la de las producciones cinematográficas.

Viene esto al caso porque la propia Mostra se hizo eco del asunto en una de sus mesas redondas, que llevaba por título Paridad: ¿un reto posible?, y que tuvo como invitadas a Silvia Marsó y Cristina Andreu bajo la égida de Rosa Roig, directora técnica de la Mostra.

El problema es complejo y poliédrico, y ha tenido algunas muestras de su dificultad en acontecimientos recientes. Si bien la Mostra ha solventado bien el tema, concediendo premios a la interpretación masculina y femenina por separado —y habría que hacer notar que la femenina ha sido doble, por el premio ex-aequo a Basant Ahmed y Basmala Elghaiesh—, no parece haber sucedido exactamente lo mismo con el Zinemaldia, que a pesar de conceder igualmente un ex-aequo a Jessica Chastain y Flora Ofelia, ha decidido eliminar la distinción por género y premiar a la mejor interpretación a secas.

La polémica acontece, desde luego, porque si en este galardón unitario se hubiera premiado a un hombre, probablemente habría habido voces que reclamaran un abandono de la visión patriarcal o una —justísima— mejora de los papeles femeninos, que hasta hace muy poco casi nunca optaban al mismo reconocimiento que el de los masculinos, y esta reclamación habría sido vista como un elemento de presión para próximos jurados.

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Por otro lado, el hecho de que frente a la sobresaliente actuación de Javier Bardem en El patrón se halla premiado a estas dos actrices, ha despertado los recelos —no siempre injustificados— de los que creen que ahora se quiere compensar la tradicional invisibilidad de la mujer en casi todos los ámbitos de la vida social y cultural con una sobrerrepresentación en los galardones. Por supuesto, esto es un elemento de presión en el sentido contrario.

Bardem ya anticipó que él no sería el premiado, porque si se le concediera un ex-aequo con otra actriz sería como enmendar la plana a un festival que quería eliminar las distinciones de género, y no harían falta alforjas para semejante viaje; pero lo que probablemente no apareciera en sus peores pesadillas es la idea de un premio compartido entre dos actrices.

Una jugosa entrevista en El mundo —de la que me atrevo a decir que las cuestiones de género no eran lo más interesante— dejó bien a las claras su decepción con un palmarés que no solo no lo ha premiado a él, sino que ha colocado únicamente a tres hombres entre los quince galardonados.

La cuestión —dejando aparte que la estadística entre hombres y mujeres agraciados hace años era exactamente la contraria— es si esta unificación del premio ha servido para algo, si solo ha acrecentado los innecesarios y estúpidos recelos, o si como mínimo ha llegado demasiado pronto, en un mundo que todavía se debate sobre las desigualdades del pasado y las heridas abiertas por ellas, de manera que se torna imposible tomar decisiones razonables en un ambiente crispado.

Y es que no siempre ser el primero es lo mejor, sobre todo si llegas antes de tiempo.

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Para añadir leña al fuego, la llamativa polémica que se ha producido con el Premio Planeta, que creyendo premiar a una mujer ha otorgado el galardón a tres señores, viene a incidir sobre la realidad de algo así como un arte hecho por mujeres diferenciado del hecho por hombres.

Bien es verdad que no es lo mismo la literatura que el cine, y que resulta obvio que para premiar a alguien por su interpretación debemos contemplar a la persona y su personaje; las polémicas sobre la objetividad de las entregas de premios interpretativos se ven así contaminadas por la ausencia del anonimato, remedo del «doble ciego» o la «revisión por pares» de la metodología científica. La tentación de justificar la derrota a la atribución del premio por motivos ideológicos está mucho más presente. Más aún con el revuelo que había causado, en Donostia, la entrega de la mención honorífica a Johnny Depp, hecho que pareció exigir una compensación «de género» ante tal atrevimiento.

La verdad es que el que suscribe se siente incapaz de dar una respuesta satisfactoria ante tales desatinos, y siendo devoto de la filosofía de la ciencia, no se ve con ánimos de falsar cualquiera de las dos hipótesis «conspiranoicas» en disputa, así que me contentaré con calificarlas como pseudocientíficas.

Pero sí puedo decir que hay algunos elementos que me parecen dignos de tener en cuenta para obtener una suerte de guía entre tal marasmo: la idea, expresada por Bardem, de que el feminismo debe tener como objetivo dar a la mujer el lugar que se merece y que antaño estuvo copado por el hombre, pero sin necesidad de transformar a este en un enemigo. Que para ello debe fomentarse la producción cinematográfica hecha por mujeres, pero no necesaria y únicamente sobre temas de mujeres —corriendo el riesgo de encasillar el cine femenino, si tal cosa existe, en un subgénero cinematográfico—, y que este fomento pasa en primer lugar por alentar vocaciones y en segundo por aumentar la presencia de su cine en la cartelera y los certámenes.

La cuestión sobre si debe haber un doble galardón es más resbaladiza, pues hay argumentos a favor y en contra.

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Con respecto a la interpretación, la abundancia de actores y actrices cuyo talento es totalmente parejo, hace ver que en cuanto a mérito y capacidad en este ámbito no habría un problema de género. En ese sentido nadie sería más que nadie y habríamos alcanzado una deseable igualdad que haría incomprensible la pregunta de si la actuación de Chastain es mejor que la de Bardem por razón de su sexo.

He aquí la cuestión de la inconmensurabilidad: ¿Es posible que algo haga incomparables ambas interpretaciones? ¿Algo que justifique su disociación? Si para justificar esto nos estuviéramos guiando por la interpretación perfecta de un eterno femenino o masculino, por una esencia de género, esto haría necesario distinguir los premios... pero también establecer un criterio para juzgar esa extraña disquisición metafísica. Por otro lado, sería difícil juzgar interpretaciones como las de Dustin Hoffman en Tootsie o Hilary Swank en Boys don’t cry.

Así que no, no parece que en este sentido aquí haya un problema de género, y entenderlo es crucial: no estamos poniendo a hombres a competir contra mujeres, dado que los dos premios son exactamente de la misma categoría e implican exactamente las mismas capacidades, talentos y esfuerzos: esto no es boxeo o gimnasia rítmica, disciplinas en las que la fuerza o la flexibilidad tienen un papel tan relevante que casi excluyen a uno u otro sexo. En ese sentido, la existencia de un solo premio interpretativo es perfectamente defendible: el ganador se lo lleva todo porque compite en la exhibición de los mismos talentos.

Pero si entramos a discutir sobre la ya mencionada cantidad y calidad de los papeles femeninos y masculinos, la cosa adquiere perspectivas distintas: el hecho de que cualitativa y cuantitativamente los papeles —que no los intérpretes— femeninos sean de menor intensidad o relevancia, otorga una ventaja competitiva a los varones a la hora de llevarse un premio que mide todas las variables juntas: ante iguales capacidades interpretativas ganaría la vistosidad, la complejidad de la construcción del personaje, la abundancia de sus líneas de guion... y aquí, de momento, quizá porque hay más guionistas o realizadores masculinos que comprenden y profundizan en la naturaleza de los personajes que crean,  parece que la balanza se inclina del lado de Hefesto antes que del de Atenea.

Conservar el premio a actriz y actor en este —y solo en este sentido— equilibra el fiel sin que la gente llegue a pensar siquiera por un momento que la interpretación de Bardem es incomparable a la de Flora Ofelia.

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Hay, por otro lado, razones más prosaicas para mantener un doble galardón: así es estadísticamente menos probable cometer injusticia al duplicar los premiados, o si se prefiere, al reducir al 50% los que optan a cada premio, garantizándonos siempre la presencia de ambos sexos en una competición entre iguales.

A lo sumo, cada año debería darse primero un premio y luego el otro, para no herir unas susceptibilidades que, al fin y al cabo, son algo que sigue impidiendo que unifiquemos los galardones o que hacen que todavía estemos discutiendo sobre estas tonterías. Quizá cuando las superemos nos parezca, por definición, absolutamente arbitrario el otorgar dos premios distintos.  

El porqué no debería hacerse lo mismo con directoras y directores entra entonces en la ecuación de un modo abrupto, y la respuesta debe ser, sin embargo, sutil: ¿Hay algo que haga diferente la interpretación de la realización, como para que aquí no quepa establecer galardones distintos?

Creo que es lícito resistirse a aceptar tal distinción, en la medida en que la realización parece implicar unas capacidades intelectuales y creativas en las que no estamos dispuestos a hacer comparaciones por sexo: de nuevo no estamos ante el lanzamiento de peso o la natación sincronizada, sino algo intrínsecamente parejo, y esto parece dar la razón a los que defienden un solo galardón.

La diferencia, claro, vuelve a ser que hay muchísimas menos realizadoras que realizadores, y la estadística vuelve a jugar en contra de la equiparación por sexos: hasta tanto no se iguale la presencia de mujeres y hombres, la idea de que hay un desequilibrio de género es tan obvia que no cabe mencionarla sin quedar como un estúpido.

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Pero aquí sí hay un problema distinto al de la interpretación, y es que no se puede aplicar el criterio de la «calidad o cantidad de los papeles» que justificaba la segregación, dado que la función del responsable creativo y artístico no ha sido expresamente creada por y para un solo género: asumir que «hay maneras masculinas y femeninas de dirigir» equivaldría a asumir el compromiso metafísico e infalsable anterior.

No, la cuestión es que cuando se premia la dirección lo que se está premiando es una habilidad artística bien establecida, en la que priman la creatividad y el rigor, que no parecen repartirse por sexo del mismo modo que la fuerza o la flexibilidad, sino de un modo muchísimo más equilibrado. Distinguir entre el premio a la mejor dirección masculina y femenina trasladaría la indeseable idea de que ambos no pueden competir juntos por estar distintamente capacitados, sin la salvaguarda de que los papeles estarían mal repartidos.

En este sentido, parece más justo pagar el precio del desequilibrio estadístico, que debería corregirse en cuestión de muy pocos años si se atiende al fomento de las vocaciones cinematográficas femeninas, del mismo modo en que se ha corregido la presencia de las mujeres en la universidad, en la política, en la ciencia, en la judicatura...

Lamentablemente, también deberemos pagar el precio de cometer injusticias y herir susceptibilidades; lo único que debemos hacer es llamar la atención sobre ello y evitar que el péndulo oscile exageradamente o nos lleve a una situación indeseable.

Quizá dentro de poco tiempo todo este discurso suene viejo y caduco, o quizá ya ni siquiera otorguemos premios. Sea como sea, que nada de ello sirva como excusa para hacer mal cine.

Escribe Ángel Vallejo

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