El último austrohúngaro: Conversaciones con Berlanga (de Hidalgo y Hernández Les)

  12 Junio 2021

Antología de un cachondo

conversaciones-berlanga-0«En mis películas puede aparecer una patada en el culo a un paralítico o a un pobre. ¿Estoy siendo cruel? No. Estoy diciendo que el pobre no es menos que yo y que, como a mí, también a él se le puede dar una patada en el culo. Esto no es crueldad, sino todo lo contrario. Es la negación del paternalismo, de la falsa bondad, de la falsa caridad».

(Berlanga, sobre Plácido)

En 1980, mientras Berlanga rodaba Patrimonio nacional, Manuel Hidalgo y Juan Hernández Les ultimaban la edición de un libro que recogía diversas entrevistas al director, en las que se repasaba su filmografía.

En su momento, aquella regocijante recopilación de afirmaciones divertidas, ingeniosas y políticamente muy incorrectas podía ser clasificada como la respuesta nacional a libros tan indispensables para el cinéfilo de pro como las entrevistas de Truffaut a Hitchcock.

Cuarenta años después, con Berlanga y Hernandez Les fallecidos, Hidalgo retoma las Conversaciones con Berlanga para lanzar una nueva edición que contiene el mismo prólogo de Francisco Umbral (inolvidable su Teoría del cachondeo) y las mismas declaraciones de Berlanga, pero añade tres bloques que redoblan el interés de aquella obra legendaria: un repaso al resto de la filmografía de Berlanga (tras su segundo episodio nacional), una cronobiografía detallada (en la que descubrimos no pocas novedades sobre su vida) y una filmografía ampliada, completa y con los carteles de sus films.

En definitiva: leerlo hoy es aún más divertido y necesario que hace cuarenta años, por el ambiente de «censura verbal» que se respira y por los anexos que la nueva edición atesora… Berlanga es un gran antídoto contra tanta declaración «políticamente correcta» que debemos soportar en los medios de comunicación.

Como muestra, algunos botones… pero son solo eso, una muestra. El último austrohúngaro contiene mucho más. Regálatelo antes de que se agote.

Comenzamos con el prólogo de Umbral, en el que nos descubre que los tres grandes cachondos nacionales de la dictadura fueron el novelista Cela, el autor de teatro Fernán Gómez y el cineasta Berlanga.

Un ejemplo perfecto de cómo un prólogo debe ajustarse al tema y al estilo jocoso del libro, que se cierra con una cita para enmarcar: «Novelista de medio siglo español, Luis inaugura un género tan importante como el esperpento de Valle o el capricho de Goya: el cachondeo».

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Hablando de Esa pareja feliz, debut codirigido por Berlanga y Bardem, tras reconocer su escasa pericia para el baile o las carencias para rodar en la época (a veces no había ni película virgen), el director valenciano admite que todo eso de la conciencia de los personajes es más de Bardem, porque «en mis películas hay una miserabilización final del personaje. Mis personajes nunca consiguen mejorar su posición».

Una posición que se repite respecto a Bienvenido, Mister Marshall, de la que recuerda el uso excesivo de la voz en off, porque estaba de moda tras el estreno de Rebeca, de Hitchcock, y en cuanto a la evolución de los personajes mantenían la misma postura ambos directores: «nunca he creído mucho en la solidaridad. Tened en cuenta que está escrita en colaboración con Bardem, que es un hombre que cree en la generosidad, en la concienciación colectiva, en la solidaridad. Yo creo poco, aunque me gustaría creer».

Tiene fama de vago y de poco preocupado por la técnica (excepto el uso del plano secuencia), pero don Luis se siente orgulloso del nivel técnico de Novio a la vista, su tercer film, al que considera el mejor acabado junto a Los jueves, milagro. Aunque partía de un guion que no era suyo, es hablando de este film cuando admite un ejemplo de su pereza: «voy cayendo cada vez más en el exceso verbal, sobre todo desde que inicié mi colaboración con Azcona. Ya no hacemos esfuerzos por encontrar el gag visual. Nos divierten más las cosas que dicen los personajes que las cosas que hacen».

A propósito de Calabuch, reflexiona sobre la posibilidad de llevar adelante un film en el que minimizar la guerra, algo que no hizo durante la dictadura, pero sí después, con La vaquilla. Paradójicamente, reconoce que la llegada de la democracia no siempre fue para mejor y recuerda cómo con Franco aguzaban más el ingenio: «Una de mis frustraciones es no haber podido hacer una película sobre la cosa militar durante el franquismo. Curiosamente entonces nos atrevíamos a hacer algunos chistes sobre la milicia que ahora no nos atrevemos. Nos vamos haciendo, aunque tendría que ser al revés, más vulnerables al miedo».

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Con fama de perezoso, de barroco, de falta de compromiso o totalmente comprometido (según quién hablara de él), Berlanga desgrana en sus declaraciones puntos de vista sobre sus colaboradores; especialmente afortunada es su opinión sobre Pepe Isbert, protagonista, entre otros, de Los jueves, milagro, una de sus obras más atacadas por la censura, que le obligó incluso a añadir nuevas escenas (rodadas por Jorge Grau, por cierto): «Tenía una forma única de estar, de hablar, de mirar, de moverse. Nunca le tuve que explicar un personaje, lo cual era una gran ventaja para mí, porque yo nunca sé qué decir a los actores de sus personajes».

Dentro de ese manual del director, además del poco apego a dar demasiadas instrucciones a los actores, Berlanga se muestra muy exigente con los finales de los films: «Un final confuso es malo, pero enfatizar o tratar de aclarar las cosas en el final de una película es casi peor, es algo que me disgusta enormemente». La afirmación la realiza a propósito de Plácido.

Y, hablando de su episodio de Las cuatro verdades, titulado La muerte y el leñador, nos descubre que la comodidad es el motivo por el que con el tiempo ha acabado utilizando más a menudo el plano-secuencia: «Una vez tienes los movimientos de la cámara y de los actores preparados, ruedas de un tirón y sin complicaciones. Y llegado el montaje, no hay nada que pensar, tienes la secuencia montada… Es un mecanismo de defensa, y no una potenciación creativa como pretenden los críticos».

Ni los críticos, ni la censura, ni los guiones… nada escapa al tono incisivo y con cierto aire «fallero» de Berlanga. Podríamos seguir enumerando perlas, pero cada uno tendrá las suyas. El libro proporciona muchos momentos jocosos que invitan a reflexionar sobre el mundo en que vivimos.

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Hoy, con la ola de «corrección política» que inunda las declaraciones oficiales, pueden provocar más de un dolor de cabeza sus afirmaciones cachondas, donde manifiesta abiertamente su predilección por la pornografía antes que por el erotismo (hablando de Tamaño natural), su ausencia de cine político y de ataques directos al franquismo (pese a La escopeta nacional) y su gran tema, que siempre ha sido cómo la sociedad golpea al individuo hasta acabar hundiéndolo en la miseria (El verdugo, Plácido, Vivan los novios, La escopeta nacional…).

Con una portada mucho más atractiva que la original (gracias a las fotos de José Aymá) y un diseño más elegante y más fácil de leer, Alianza editorial lanzó el pasado noviembre esta nueva edición de las Conversaciones con Berlanga, apenas semanas antes de que en 2021 se cumpla el centenario del nacimiento del director valenciano.

Seguramente las lecciones de cine más divertidas del último año… y las más cachondas. No te las pierdas.

Escribe Mr. Kaplan  

El último austrohúngaro: Conversaciones con Berlanga | Manuel Hidalgo y Juan Hernández Les | Alianza Editorial | Madrid, 2020 | ISBN: 978-84-1362-127-2

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