La pintura en el cine. El cine en la pintura (de José Luis Borau)

  12 Diciembre 2020

Cine y pintura

borau-pintura-0Nadie duda de la relación entre el Cine y la Pintura, aunque no son muchos los intentos por demostrarlo. No es el caso de José Luis Borau, un hombre de cine y de letras que, aunque de forma escueta, dada la procedencia de los textos, rinde aquí un homenaje a la relación entre ambas artes.

La base del libro la constituyen los discursos que Borau pronunció en los actos de toma de posesión como miembro de las Reales Academias de Bellas Artes de San Luis de Zaragoza (26 octubre 2001) y de San Fernando de Madrid (21 abril 2002).

La publicación incluye además un prólogo de Francisco Calvo Serraller, titulado Una visión estereoscópica de las relaciones entre Pintura y Cine y los dos discursos de contestación al homenajeado, más retórico y laudatorio el del presidente de la Academia zaragozana, más informal y entrañable el de su amigo Luis García Berlanga.

La pintura en el cine

En este texto/discurso José Luis Borau aborda el tema de la presencia de la Pintura en el Cine en la convicción de que «tales relaciones siguen sin estudiarse con el rigor y la profundidad debidos». Su tratamiento es breve, debido al marco en el cual se encuadra esta reflexión. El texto, no obstante, hace un recorrido panorámico sobre el parentesco entre ambas artes, sin pretender enumerar todos los nombres y títulos posibles, sino los más oportunos.

Comienza matizando que no hay que confundir presencias con influencias, y que dado el carácter voluntario de las primeras y «el origen inconsciente o no pretendido al menos» de las segundas, se consideraran estas últimas como más relevantes.

Las presencias pictóricas en el cine, dice, se muestran a través de biografías de pintores conocidos o anónimos, artistas que se interpretan a sí mismos, cuadros que centran la trama (Laura, Rebeca,...), reconstrucciones animadas de obras célebres (Doña Juana la Loca ante el féretro de su esposo en Locura de amor), biografías de modelos legendarias (Fornarina, La dama del armiño), etc.

Las influencias plásticas cree que pueden darse de tres formas (bien por separado o en combinación): a través de una escuela pictórica determinada; por el trabajo individual de un artista, capaz de influir en todo un movimiento (Alfred Kübin inspiró a cineastas expresionistas como Wiene, Weneger o Murnau) y/o por la influencia de una sola obra concreta, ya sea a través de sus cualidades, estilo o atmósfera.

Habla también de los cineastas nacionales (Luis G. Berlanga, Carlos Arévalo) e internacionales (Fritz Lang, Jean Negulesco, John Huston) que colgaron los pinceles para cambiarlos por la cámara y de los artistas que colaboraron como asesores de directores ilustres (Fernand Leger con Marcel L’Herbier, Dalí con Buñuel).

Recalca, asimismo, la importancia que algunos decoradores (Alexandre Trauner, Lazare Meerson) y fotógrafos (Louis Page), procedentes del mundo de la plástica, han tenido en la configuración del estilo de algunos directores y de determinadas películas.

Recoge la influencia de pintores, dibujantes e ilustradores, en muchos casos anónimos, en la configuración de algunos géneros cinematográficos (cine negro, western) y en la creación de títulos de crédito inolvidables (Psicosis, West Side Story).

A partir de la segunda mitad del siglo XX considera que las presencias e influencias pictóricas han sido ignoradas; sobre todo por movimientos como el Neorrealismo italiano (exceptuando a Visconti), el Free Cinema, la Nouvelle Vague o el Dogma. Los directores y operadores de los últimos años han recurrido a ellas sólo en ciertas películas de carácter histórico «a fin de conseguir mayor verosimilitud para sus imágenes». Contando con que siempre hay excepciones como la del británico Peter Greenaway, que ha fundido ambas artes.

Concluye su disertación afirmando que, aunque el Cine, «como arte mayor e independiente, sustantivo y soberano» nos incita a creer en su autonomía, libre de influencias de toda índole, lo cierto es que, aunque sea bajo varias capas, el sustrato plástico permanece. «La Pintura sigue alimentando en buena parte al Cine, aunque sea por regurgitación». Y termina: «Incluso se produce un efecto de ida y vuelta, según el cual hallazgos visuales que un día fueron tomados del lienzo regresan al mismo a través de una creciente presencia e influencia cinematográfica». Pero esa, como dice el propio Borau, es harina de otro costal.

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El cine en la pintura

«El Cine lleva un siglo estimulando el conocimiento, la imaginación y hasta el espíritu artístico de gran número de creadores desde sus años infantiles a los de madurez y decadencia, pese a que algunos de ellos lo hayan negado, quizás por no ser siquiera conscientes del hecho». Con esta convicción, José Luis Borau recorre en este texto el camino de vuelta al que aludía en el discurso anterior, metiéndose en harina que, ahora, sí es de este costal.

Cree que hay parecidos, influencias y homenajes obvios (caso de Andy Warhol y sus estrellas de cine, Magritte y su In memorian. Mark Sennet, Dalí y Mae West), por eso acota el terreno especificando que «el ascendiente del Cine en la obra de un pintor puede y debe calibrarse, sobre, todo por la frecuencia e intensidad con que adopta formas o maneras características de la pantalla, no —insistimos— por la presencia de objetos y personajes propios de la misma o de lo que podríamos llamar su parafernalia».

Concreta en tres las características principales que el cine ha transvasado a la pintura: el manejo artificial de la luz —la forma (tramposa) de iluminar del cine ha influido en muchos artistas modernos, incluyendo incluso las fuentes de luz y sus reflejos en la obra, creando transparencias, destellos y brillos con fines dramáticos—; el encuadre o ángulo de visión —el acotamiento del campo visual pictórico se ha visto afectado por los nuevos encuadres cinematográficos, las atrevidas angulaciones, la ley del plano-contraplano—; y la posibilidad de reflejar el movimiento.

En este último apartado recoge el interés que los pintores, ya desde el impresionismo, mostraron por plasmar el movimiento en sus obras, primero por influencia de la fotografía (Muybridge, Marey y sus experimentos sobre la descomposición del movimiento) y del cine después, con los futuristas a la cabeza, que le dedicaron hasta un Manifiesto en 1916.

Afirma que hay pintores cuya trayectoria no hubiera sido la misma sin la inspiración cinematográfica (Bacon, Hockney, Genovés, Arroyo) a pesar de lo cual Borau termina preguntándose si no debería la Pintura mantener su idiosincrasia inmovilista (como afirmaban Cézanne, Picasso y los cubistas) y no caer en la demagogia del dinamismo... En cualquier caso, cree que al menos el Cine ha servido para que la Pintura se cuestione si continúa en el esfuerzo o se retrae.

Ambos textos están redactados con esa prosa amena, ordenada y didáctica que caracteriza las exposiciones del sabio profesor. El libro lo completan el prólogo y los discursos aludidos en la introducción y una batería de imágenes que ilustran este recorrido de ida y vuelta entre Pintura y Cine.

Escribe Milagros López Morales

La pintura en el cine. El cine en la pintura | José Luis Borau | Ocho y medio | Madrid, 2003 | ISBN: 978-8495839398

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