Wildland (Kod & Blod, 2020), de Jeanette Nordahl

  28 Junio 2021

La ruptura del punto de vista

wildland-0El punto de vista que se adopte en una narración es decisivo, pues a través de él el espectador va a recibir la información que el autor pretende trasladarle. Cuando el relato lo ofrece un narrador omnisciente, cualquier detalle tiene justificada su inclusión en ese relato, no así cuando se erige como portavoz a uno de los personajes incluidos en él. En ese caso la precisión sobre lo que este está en condiciones o no de contar (porque lo ha vivido de primera mano o porque ha tenido noticia de ello a través de terceros) ha de ser escrupulosamente respetada, y no siempre resulta fácil.

Pero hay ocasiones en que la ruptura del punto de vista se lleva a cabo de manera deliberada, y se hace para introducir con ella un significado narrativo determinado.

La película que nos ocupa, una reciente producción danesa distribuida por las plataformas digitales, contiene una magnífica muestra de lo que acabamos de señalar.

Nos cuenta la historia de Ida, quien ha quedado huérfana al morir su madre en un accidente de tráfico, siendo enviada a vivir con su tía y los hijos de ésta, una peculiar familia a la que apenas conocía. A través de los ojos de Ida vamos descubriendo su nuevo entorno vital. Todo lo que la pantalla recoge ha sido vivido por ella, y el asombro que experimenta es el mismo que provoca en el espectador.

Sin embargo, hay dos momentos en los que la perspectiva cambia.

El primero es cuando se produce el asesinato. Entonces vemos por un momento la escena a través de los ojos de la niña que ve irrumpir a los mafiosos en su casa. Esta modificación tiene un sentido, en primer lugar, puramente argumental: servirá para indicarnos que la niña ha reconocido el hijo que lleva a los asesinos.

Pero mucho más importante, y hermoso, es el hecho de que a través de esa inversión lo que se está produciendo es el trueque de los personajes, es decir, la pequeña Sofia pasa a ocupar el lugar de Ida, pues, como ella, acaba de convertirse en huérfana, le ha sido arrojada a sus espaldas la tragedia que la adolescente está viviendo. Sin más explicaciones.

La segunda ruptura del punto de vista se produce al final de la película. Ida ha conseguido escapar de las garras de sus parientes, quienes acuden a visitarla a la institución en la que ha quedado internada. Cuando se despiden vuelve a invertirse la perspectiva, pasando ahora a ser la de Anna.

Al igual que en el caso anterior, lo que este hecho conlleva es la sustitución de un personaje por otro en la narración. Ida se ha liberado, pero en su lugar ha quedado Anna, quien, lejos de sus ansias de independencia que proyectaba junto a David, es la nueva prisionera de su suegra y sus cachorros.

Elegante y diáfano.

Escribe Marcial Moreno  

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