Casablanca (1942), de Michael Curtiz

  08 Junio 2021

¡Viva la libertad!

casablanca-0La película de Michael Curtiz ha sido pasto de la mitómana voracidad de la cinefilia. Su conversión en un icono cinematográfico radica en gran parte en la fluidez de sus diálogos, deudores a partes iguales del acerado cinismo del cine negro y del más destilado y cursi sentimentalismo de la comedia romántica. Woody Allen ya supo parasitar dichos diálogos desde una perspectiva tan sarcástica como admirativa.

Sin embargo, el nudo gordiano que constituye la base de su guion-conflicto (una mujer casada ha cometido adulterio por amor) se resolverá en una secuencia sin palabras, solo con miradas, gestos y acciones (y música). Ilsa (Ingrid Bergman) es la mujer de Víctor Laszlo, un líder político checoslovaco que ha logrado zafarse de los campos de concentración nazis, convirtiéndose en un icono político de la resistencia y la lucha por la libertad. Durante su cautiverio en el lager, Ilsa vivió un tórrido romance con Rick, un norteamericano que ha luchado en China y en la Guerra Civil Española en el bando de la libertad también.

En Casablanca, un Rick cínico y desencantado —debido al abandono de Ilsa— regenta un bar que es el cogollito de la ciudad. En ese interior, a modo de dédalo inextricable, se dirime el futuro de todo prófugo que pretenda escapar del totalitarismo nazi. En ese laberinto transcurrirá casi todo el filme.

Sorprendentemente, será el héroe político quien gane la partida del triángulo amoroso. Las circunstancias históricas así lo exigen y el comportamiento y la valentía de Víctor lo acreditan como tal. Víctor y Rick están dirimiendo en el despacho de este la posibilidad de huida de aquel. Rick la obstruye. Víctor indaga el motivo de su nula colaboración. Obviamente, se trata de Ilsa.

La tensión entre ambos enamorados se relaja —se desvía— cuando oyen los sones de un himno en alemán. El mayor Strasser y su comitiva entonan una canción alemana, cuyos sones humillan a los allí presentes. Desde arriba de las escaleras se ve atravesar el escenario (pues en eso se ha convertido el bar, en un improvisado tablero de competición) al capitán Renault (Claude Rains). Los gestos de los parroquianos se tensan. Los alemanes graznan su euforia victoriosa. Renault mira a Rick, quien impasible sufre la afrenta.

De repente, impulsado por el resorte de la dignidad, Víctor baja las escaleras y enfila hacia la silente orquesta, enmudecida ante el canto germano. Ilsa, sola en una mesa, mira con preocupación la irrupción de Víctor, quien exige a la orquesta que toque La Marsellesa. Los músicos solicitan con la mirada el beneplácito de Rick, que lo otorga. Cual director de orquesta, Víctor dirige a los músicos y a todos los presentes que, a una voz, entonan el himno francés.

Plano de Ilsa flanqueada de gendarmes franceses y con rostro crispado: es consciente del peligro, pero sobre todo de la oportunidad de que Víctor sea apresado. Ilsa está angustiada: podría volver a los brazos de Rick. Sigue sonando La Marsellesa, con mayor emoción, con más intensidad. Víctor ha insuflado encendidos ánimos en la concurrencia. Se ha erigido en dueño y señor y estandarte de la resistencia ante las mismas narices de los nazis, de cuyas cabezas pende durante toda la secuencia un ventilador de aspas a modo de futura guillotina justiciera.

Nuevo plano de Ilsa: su rostro está ahora embelesado, las lágrimas asoman a sus ojos, su admiración por Víctor es absoluta. La decisión ha sido tomada: seguirá al lado de su marido no por obligación y fidelidad conyugales, sino políticas. Sin el arrojo de su esposo, sin su coraje y valentía política, no habrá posibilidad de amor en el mundo para nadie. El sacrificio se impone.

Los alemanes han sido vencidos en un bar reconvertido en campo de batalla.

Escribe Juan Ramón Gabriel