Charlie y la fábrica de chocolate (Charlie and the Chocolate Factory, 2005), de Tim Burton

  24 Abril 2021

El cacao de Burton

charlie-y-fabrica-chocolate-0A lo largo de su prolífica carrera, Tim Burton ha logrado convertir su nombre en una marca, en un  diseño, en un  estilo. La mirada del director de Eduardo Manostijeras (1990) se ha plasmado en una serie de historias en las que ha sabido dar rienda suelta a un mundo interior gestado a raíz de la mimetización de todo un universo de fantasía al que explícitamente ha rendido culto, tributo de admiración, en sus propias creaciones.

El guiño referencial, la cita intertextual han sido en Burton una constante, una seña de identidad, muy acorde con el discurso diferido propio de la posmodernidad. Así, el pastiche, el paréntesis —tanto metaficcional como paródico— y la pleitesía halagadora navegan por el ancho mar burtoniano.

Cuando la puesta en escena ha mantenido un equilibrio con la historia, ha obtenido sus mejores logros: el supracitado homenaje a Frankenstein Frankenweenie (piedra angular de su cosmovisión), Ed Wood (1994), Sleepy Hollow (1999) y su poética declaración de principios éticos y estéticos Big Fish (2003).

En Charlie y la fábrica de chocolate, la escritura de Roald Dahl añade un toque dickensiano al ya de por sí presente y recurrente y problemático tratamiento del mundo familiar en Burton: la orfandad sobrevenida, las tensas relaciones paternofiales. Queda claro que la fábrica del título se convierte para el director en un inmenso estudio cinematográfico, en un set de rodaje. Debajo de la arquitectura fabril, se esconden los más fabulosos sueños, tanto los propios de unos niños adictos a las chuches, como los de un director enganchado a la mayor golosina estética: el cine.

A través del recorrido por el vientre de la fábrica de chocolate, Tim Burton escancia toda una serie de admirativos brindis a los más diversos géneros cinematográficos: las películas náuticas de Esther Williams; o el barco vikingo de Los vikingos (1958), que a falta de velas recurre a los galeotes de Ben-Hur (1959).

Pero la secuencia con mayores dosis de nutrientes cinéfilos es la que clausura el periplo competitivo de los cinco visitantes del hogar de Willy Wonka, aquella en que se descalifica el violento Mike TV, cuyo pecado constitutivo es su congénita sobreexcitación, mamada de su tóxica afición a las pantallas: televisión, videojuegos, y posible reflejo del pathos más profundo de los EEUU.

Al llegar a la sala de telechocolate, el tan soberbio como iracundo Mike se enfrenta a Willy, al que tacha de necio por no comprender el alcance de sus propios inventos: ese teletransportador de chocolate. Los celebérrimos compases iniciales de la obertura de Así habló Zaratustra, de Richard Strauss, se apoderan de nuestros oídos, al tiempo que la tableta de chocolate se transforma en (parodia) el enigmático monolito de la película de Kubrick. Y allí, dentro de la pantalla de televisión, junto a los monos, se erige… la tableta.

Willy insta a atravesar la pantalla para cogerla. Mike no se atreve, pero Charlie, sí. Pues Charlie tiene un corazón puro, lleno de bondad. En Charlie la dulzura de su órgano cordial discurre en paralelo con su amor por el chocolate. Esa equivalencia le permite romper el muro de separación entre la realidad y la fantasía, convirtiéndose en el heredero natural del imperio de Willy Wonka.

Amén de la cita a Kubrick, Burton introduce la famosa secuencia del asesinato en la ducha de Psicosis, para clausurar su festival de golosa cinefilia con la metamorfosis (kafkiana) de Mike en un increíble hombre menguante. La televisión destruye, aminora la capacidad fabuladora que debe regir el espíritu infantil.

La solución a los problemas de Willy Wonka pasa por abandonar su reclusión voluntaria y recuperar la capacidad de amar. De ahí su repetida afasia a la hora de pronunciar la palabra padre. Charly será su desatascador. El cine, el auténtico cacao de su imaginación (y de su corazón).

Escribe Juan Ramón Gabriel

  

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