Papicha, sueños de libertad (Papicha, 2019), de Mounia Meddour

  16 Enero 2021

El haik

papicha-0Las reivindicaciones del feminismo son abundantes y diversas, y es bueno que así sea. Sin embargo algunas de ellas suscitan menos atención, como si su importancia fuera menor que otras que se sitúan en la vanguardia de la lucha, sin que se acabe de ver con claridad, o quizá sí, la razón de que esto ocurra. Esta película, en la medida de sus limitadas posibilidades, viene a poner las cosas en su sitio.

Nedjma es una joven de dieciocho años en la Argelia de los años noventa, un país que comienza a vivir la expansión del fundamentalismo religioso, el cual se encarniza especialmente con las mujeres. Ella, espíritu libre, no se somete a sus imposiciones, vive sin hacer caso a las presiones que recibe y su sueño es convertirse en diseñadora de moda.

Las consecuencias para quien no se pliega a la nueva moral no se hacen esperar, y para ella adoptarán la trágica forma del asesinato de su hermana cuando las dos abandonaban la casa de la madre. La manera en la que se nos cuenta el crimen es magnífica, deteniéndose la cámara en el rostro de la joven mientras su hermana, al fondo, y desenfocada, cae abatida. El dolor que ese rostro expresa, lo único que importa, no requiere ni siquiera de sonido, y tras el primer plano de la protagonista que adivina lo que ha ocurrido a sus espaldas, sin necesidad de volverse, se inserta un largo fundido en negro que resalta la barbarie más que cualquier plano de la asesinada.

Pero la escena que queremos destacar llega a continuación, cuando tras el amortajamiento del cadáver (en silencio, con los leves sonidos del agua que cae y el roce de las telas acompañados por una banda sonora a modo de lamento mortuorio) y el entierro, en el que Nedjma da rienda suelta a su rabia, la joven limpia la sangre del haik, la prenda tradicional que casualmente vestía su hermana en el momento de ser tiroteada.

Cuando la tiende, y al verla oscilar al viento, la joven comienza a plegarla con sus dedos, a crear formas, a buscar posibilidades escondidas en ese trozo de tela. El velo que en otras circunstancias esclaviza encuentra aquí un nuevo uso; del símbolo de la muerte y la opresión se genera algo nuevo.

Nadjma se olvida de lo que la prenda significa, del dolor que la traspasa, y vuelve a ser ella, la que los asesinos no han podido domesticar. Su rostro nos indica que se encuentra ya en otro momento, y que el dolor no la va a paralizar. Como Ave fénix ha renacido de sus cenizas.

Un emocionante canto a la resistencia, a la lucha y a la confianza en el futuro.

Escribe Marcial Moreno

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