Atraco a las tres (1962), de José María Forqué

  12 Diciembre 2020

El becerro de oro

atraco-a-las-3-0La comedia ha sido el cauce genérico por excelencia para la réplica desenfada y desmitificadora de lo serio. La sátira se convierte en el reflejo especular e invertido (el espejo cóncavo) de lo que en origen fue sacramento ritual, liturgia iniciática.

El éxito del cine negro norteamericano produjo toda una serie de réplicas y apropiaciones coloniales, tanto en su vertiente de imitación —emulación, incluso— como de burla. A partir de títulos señeros, como La jungla del asfalto (J. Huston, 1950) o Atraco perfecto (S. Kubrick, 1956), las cinematografías europeas replicaron humorísticamente el modelo fundador.

Valga como ejemplo la inglesa El quinteto de la muerte (A. Mackendrick, 1955), la italiana Rufufú (M. Monicelli, 1958) y la española Atraco a las tres (J. M. Forqué, 1962).

El filme del zaragozano Forqué se alza como una de las comedias por antonomasia del franquismo, en la estela gloriosa del cine coral berlanguiano, en particular de la excelsa Plácido (1961), con la que comparte una semejante estructura y un mismo impulso transgresor. Si la mirada de Berlanga se inscribe en la óptica quevediana (lo grotesco, lo hiriente), la película de Forqué bebe de la parodia y el humor-humanismo cervantino, una mirada más comprensiva con las miserias y debilidades de los personajes.

Cualquier secuencia de ese atraco fílmico, madrileño y castizo, frustrado, serviría para ilustrar las maravillas que atesoran el guion y su realización: desde la presentación inicial de los personajes y su lugar de trabajo a lo largo de los títulos de crédito —y acompañados por los acordes de la magistral música de Adolfo Waitzman— hasta las reuniones nocturnas en el chalet, las prácticas de conducción, la televisión compartida por todos los vecinos… y el manso y justo final.

Pero hay una frase que se eleva entre los acerados diamantes verbales de la historia; hay unas palabras que sintetizan en su recitado toda una cosmovisión de esa España que acaba de dejar el problema del sustento alimentario y que ya está probando las mieles del progreso a través de los efectos sobrevenidos del plan de estabilización tecnócrata, punto de partida del desarrollismo y de un modelo económico que ha regido los destinos de los españoles hasta hoy en día.

La secuencia responde a la aparición de la actriz Katia Loritz, una vedette-cebo que será la punta de lanza de un grupo de auténticos atracadores. Los empleados de la oficina bancaria sucumben a los encantos físicos de la escultural mujer, siendo el cabecilla del atraco amateur (López Vázquez) el encargado de recibir y agasajar a la despampanante belleza. Los sumisos oficinistas se rinden a un rijoso deseo incitados por las infinitas piernas de la clienta. Sus miradas se posan, ávidas, sobre el cuerpo-gourmet que se les ofrece.

Cuando el hambre ha desaparecido de sus existencias, se despierta el apetito por la riqueza y por el sexo. Dinero y erotismo serán los nuevos becerros de oro de la España del desarrollo. La obsecuencia con que López Vázquez trata a la mujer —un simulacro—, su total entrega y sumisión alcanzan unas cotas estratosféricas, apostilladas por esa enumeración gradativa ascendente, climática, supino ejemplo del más rastrero comportamiento de un artero e infeliz oficinista, modelo preclaro de la nueva clase media que se estaba fraguando en el interior del Régimen y que acabaría por devorarlo: «Fernando Galindo, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo» (en otra secuencia simétrica, el orden de la enumeración varía levemente: «Un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo»).

Escribe Juan Ramón Gabriel