Perversidad (Scarlet Street, 1945), de Fritz Lang

  01 Noviembre 2020

Simbolismo: sillas eléctricas y verdugos

perversidad-0Fritz Lang, director harto conocido por obras maestras como Metrópolis (1927) o M, el vampiro de Düsseldorf (1931), se coronó como uno de los grandes nombres en lo que a Cine Negro se refiere, tanto por su destreza formal como por su implacabilidad.

Fe de ello da una de las últimas escenas de Perversidad (1945), Scarlet Street en su lengua original, donde tras la injusta ejecución —bastante placentera a ojos del espectador— del granuja de medio pelo Johnny Prince, interpretado por Dan Duryea, el protagonista Christopher Cross (Edward G. Robinson) deberá encarar en solitario al peor de sus demonios, su conciencia, tras finalmente reconocerse como el único perpetrador, ora directa ora indirectamente, de ambas muertes: el pasional asesinato de Kitty (Joan Bennett) y la ejecución en la silla eléctrica del ya mencionado Johnny Prince.

El plano predecesor a la escena analizada en este artículo se trata, como no podía ser de otra manera, de la ejecución en fuera de campo de Johnny Prince. Instantes después de haber sido dado muerte en la silla eléctrica, se nos presenta un plano de un letrero intermitentemente luminoso de una pensión. Esta yuxtaposición tiene una doble finalidad: en primer lugar, contextualiza el paradero de Christopher Cross, quien ya no se encuentra con su mujer, y en segundo lugar, crea una asociación inconsciente en el espectador, ligando dicha iluminación discontinua a la silla eléctrica previamente mencionada. A su vez, tiene también un efecto en la ambientación del lugar donde se va a desarrollar la acción, enmarcándolo como un espacio tétrico y lúgubre, un reino de sombras.

Christopher Cross se adentra en dicho reino silbando alegremente. Sus silbidos, no obstante, se verán inmediatamente ahogados por la contundencia de la música extradiegética, formada por una simple repetición de compases que incrementan la tensión y recargan, aún más, la ya densa atmósfera de la habitación. Además, la luz intermitente provoca la proyección en la pared de una serie de sombras, creando la sensación de celda. Celda en la que nuestro protagonista se verá atrapado.

Tras comenzar a escuchar las voces de Kitty y Johnny, Cristopher Cross se decanta por apagar las luces, acto que le sumerge de pleno en el reino de las sombras. Fritz Lang, mediante una rápida panorámica al lecho de Cross, termina por anclar al asesino con la escena del crimen, reforzando a su vez la violencia de esta con dicho recurso y haciendo volver a Cross sobre sus pasos, metafóricamente hablando. Este, iluminado de forma intermitente, se deja caer sobre la cama, donde las barras verticales de la cabecera tensan todavía más la imagen.

En un estado puramente extático, azotado por la luz intermitente, siendo así ligado directamente a la idea previamente establecida de la silla eléctrica, y engullido por unas sombras puramente expresionistas que enfatizan la dualidad asesino-cajero del protagonista, Christopher Cross desembocará en un remolino de confusión, locura y remordimiento que lo harán sucumbir en su tentativa de suicidio con la que concluye la secuencia.

Escribe Iván Escobar Fernández | @iescobar98 

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